Cómo mi mejor clienta terminó siendo mi mayor secreto
En otro relato expliqué cómo y por qué empecé en la prostitución masculina. Hubo una época oscura en la que el sexo era para mí una vía de escape más que una fuente de ingresos, una forma de anestesiarme ante una realidad que no quería mirar de frente. Elena entró en mi vida durante esa etapa y, sin proponérselo, fue la persona que más me ayudó a salir de aquel agujero.
Era una mujer que muchos definirían como conservadora en sus costumbres y en sus valores. Pero eso nunca la llevó a juzgarme. Jamás me presionó para que dejara de ver a otros clientes. Lo único que me decía, con ese tono tranquilo y directo que tenía, era que tuviera cuidado. Poco más. Después de varios meses desde nuestro primer encuentro, la dinámica entre nosotros fue cambiando sola, sin que ninguno de los dos lo planeara: de clienta y chico de compañía, a confidentes; y con el tiempo, a algo que se parece bastante a la amistad de verdad.
Durante el primer año nos vimos con mucha frecuencia. Prácticamente cada semana, y algunos meses incluso dos o tres días seguidos. Yo tenía la sensación de querer recuperar algo, aunque no supiera muy bien qué. Para mí era también un buen arreglo económico: tenerla como clienta fija me ahorraba tener que aceptar encargos con hombres con los que no tenía ninguna afinidad.
El tema del dinero y la prostitución tardó en aparecer en nuestras conversaciones, pero cuando la confianza llegó, aparecieron las preguntas. Un día me preguntó directamente cómo podía acostarme con hombres que no me gustaban, si tanta falta me hacía el dinero.
Le respondí con total sinceridad. No era una cuestión de necesidad. Era una forma de ganar dinero rápido, aunque no siempre fácil. En una hora podía ganar lo que a cualquier trabajador le costaba dos o tres días de esfuerzo. En servicios más intensos, en un par de jornadas podía reunir el equivalente a un sueldo mensual completo. A costa de hacer a veces cosas que no eran exactamente agradables, eso sí.
Elena me escuchó sin apartar la mirada. Sé que entendió el razonamiento, aunque le costara conectarlo con algo de su propia experiencia. Ella había vivido siempre dentro de una burbuja de comodidad económica. Nunca tuvo que trabajar en el campo, en una fábrica o en la construcción. No conocía de primera mano lo que cuesta ganarse la vida con el cuerpo y el esfuerzo físico. Pero eso no la hacía arrogante. Con la gente de su propio círculo era, si acaso, más crítica que con nadie, como ya había quedado claro en más de una anécdota que le había oído contar.
Lo que teníamos juntos iba mucho más allá del sexo. Íbamos a exposiciones, a conciertos, a cenar a sitios donde yo no habría entrado solo. Ella tenía el hábito de llevarme a comprar ropa, cosa que a mí me resulta tediosa, pero con ella lo toleraba. Su argumento era simple: si ella era toda una señora, yo debía ir vestido a la altura. Tenía su lógica. Y aunque suene extraño, esos momentos eran tan parte de nuestra relación como los otros.
Elena siempre iba impecable. Incluso cuando quedábamos en su casa solo para estar juntos, aparecía bien vestida, perfumada, con cada detalle en su lugar. Nunca la vi con ropa de estar por casa. Le parecía importante mantener ese cuidado, como una forma de respetarse a sí misma. O quizás de respetarme a mí. Con ella nunca tuve claro del todo cuál era cuál.
***
Cuando llevábamos cerca de un año así, me propuso irse de vacaciones juntos. Una semana en la playa, en un hotel que ella elegiría. Acepté sin pensarlo demasiado.
La primera anécdota del viaje llegó antes de cruzar la puerta de la habitación. Mientras yo cargaba las maletas, Elena fue directamente al mostrador de recepción para hacer el registro. La chica de turno se dirigió a ella con una sonrisa profesional y luego miró en mi dirección.
—Por favor, ¿puede pedirle a su hijo que nos muestre el documento de identidad?
Yo reprimí una carcajada. Elena, en cambio, no sonrió.
—Ese hombre de ahí es mi novio, no mi hijo, querida.
La chica se puso colorada hasta la raíz del pelo. Pidió disculpas tantas veces que se pisaba a sí misma, y cuando nos entregó las tarjetas lo hizo mirando al suelo. Elena avanzó hacia el ascensor con calma absoluta, sin darle más importancia. Eso era también ella: capaz de cortar cualquier situación incómoda sin drama y sin rencor.
En la habitación, dejé las maletas junto a la cama y la envolví antes de que pudiera decir nada. La tumbé sobre el edredón y empecé a besarla. Ella se reía y decía que todavía no habíamos deshecho el equipaje, que había que organizarse.
—Deshacemos las maletas después —le dije contra la boca—. Ahora te voy a follar.
Le tapé la boca con la mía y le metí la lengua hasta el fondo. Le pasé la mano por dentro del vestido, apreté una teta por encima del sujetador y noté el pezón endurecerse de golpe contra la palma. Su risa se apagó y se convirtió en un jadeo corto. Le subí el vestido hasta la cintura, le arranqué la ropa interior de un tirón —una braga fina de encaje que me guardé un segundo en el puño antes de tirarla al suelo— y le abrí las piernas de rodilla a rodilla.
Bajé la cabeza directamente a su coño. Estaba ya húmeda, brillante, con ese olor limpio y a hembra que se me había metido en la cabeza desde el primer día. Le pasé la lengua entera, de abajo arriba, muy despacio, y la sentí temblar. Repetí el gesto tres, cuatro veces, cada vez apretando un poco más. Le sujeté los muslos con las dos manos para que no se cerrara y me puse a chuparle el clítoris con paciencia, dando vueltas con la punta de la lengua, alternando con lametones largos por todos los labios. Cuando empezó a arquear la espalda le metí dos dedos dentro y curvé la yema hacia arriba, buscando ese punto exacto que la volvía loca. Ella soltó un gemido largo y me agarró del pelo con las dos manos, apretándome la cara contra su coño sin ningún pudor.
—No pares —jadeó—. Ahí, ahí, no pares…
Seguí hasta que la noté a punto. Entonces retiré la lengua y me incorporé. Ella protestó, con los ojos entrecerrados y la cara roja, intentando bajar la mano para acabar sola. Le aparté el brazo.
Me bajé los pantalones y los calzoncillos de un tirón. Tenía la polla completamente dura, apuntándole a la cara. Se la acerqué a los labios y ella abrió la boca sin que hiciera falta pedírselo. Me la comió entera, cerrando los ojos, cogiéndomela por la base y pasando la lengua por debajo del glande con ese movimiento suyo, lento y aplicado. La dejé mamármela un par de minutos, mirando cómo mi verga entraba y salía de esa boca de mujer decente, hasta que noté que si seguía me iba a correr antes de tiempo.
Se la saqué de la boca con un chasquido de saliva. La empujé para que quedara tumbada boca arriba otra vez, le levanté las piernas por los tobillos y me la clavé de una embestida. Elena gritó. Un grito de verdad, no de teatro, el que se le escapa a una mujer cuando le meten toda la polla de golpe. Empujé con fuerza, sin prisa pero sin pausa, hundiéndome hasta el fondo cada vez, y la cabecera de la cama comenzó a golpear la pared al ritmo. Un golpe seco, cada vez que la penetraba entera.
—Dime que te gusta —le dije jadeando—. Dime que te gusta que te folle así.
—Me encanta —contestó con la voz rota—. Me encanta tu polla, no pares, dámela toda…
La follé en esa posición hasta que sentí que se corría debajo de mí: le empezaron a temblar las piernas contra mis costados, cerró los ojos con fuerza y soltó un gemido largo, casi un lamento, mientras el coño se le apretaba alrededor de la verga en oleadas. Aguanté como pude, cambié el ángulo, la seguí embistiendo mientras ella todavía se contraía. Cuando no pude más, saqué apenas y volví a meterla hasta el fondo, agarrándola de las caderas, y me corrí dentro de ella con un gruñido. Sentí cada chorro de semen saliéndome, uno detrás de otro, mientras seguía empujando por inercia hasta la última contracción.
Cuando todo terminó, quedó despatarrada sobre el edredón, con el vestido todavía subido, las tetas fuera del sujetador y la cara como un tomate. Un hilo de mi corrida le empezaba a caer del coño hacia el edredón. Me miró desde abajo y dijo que estaba loco, que no la había dejado ni desnudarse. Le di un azote en el muslo y le dije que la culpa era suya por ponerse esa falda.
Nos duchamos juntos, deshicimos las maletas y salimos a pasear por el frente marítimo antes de cenar. La noche era cálida y ella iba del brazo de un hombre veinte años más joven que ella con la misma tranquilidad con la que haría cualquier otra cosa en su vida.
***
Al día siguiente fuimos a la playa. Y fue allí donde empujé un poco más lejos los límites que ella llevaba toda la vida respetando sin cuestionarlos.
Hacía calor desde temprano. Elena llegó con un bañador entero, elegante, del tipo que usaría cualquier mujer de su generación y su posición. Tenía un cuerpo precioso para sus años: curvas reales, piel que había cuidado siempre, una presencia que la gente nota aunque no sepa exactamente por qué.
Yo quería que hiciera topless.
Empecé sin decirlo directamente. Saqué el protector solar y le propuse darse crema. A mí me parece algo genuinamente placentero, aplicar crema en el cuerpo de una mujer, notar la temperatura de su piel, el cambio de textura entre zonas. Lo hice despacio por las piernas, por la espalda, por los hombros.
Cuando llegué al cierre del bañador a la altura de la espalda, lo desabroché con naturalidad y le dije que tenía que quitarse la parte de arriba para que la crema llegara bien a todas partes.
—Ni hablar —respondió sin dudar.
Le pedí que me pusiera fácil. Que nadie la iba a mirar. Que era una playa de adultos y que su cuerpo no tenía nada de qué avergonzarse. Ella no respondió, pero tampoco se volvió a abrochar el bañador. Esperé un momento. Se lo pedí otra vez, en voz baja, como si fuera un favor pequeño.
Se giró lentamente y quedó boca arriba con el pecho al descubierto. Me miró de reojo, vigilando mi reacción. Empecé a extenderle la crema por el torso, lento, con una presión justa, cuidando cada zona. Ella miraba hacia los lados al principio, un poco tensa. Le dije al oído que era preciosa, que se relajara, que cerrara los ojos.
Lo hizo.
Continué varios minutos. Los hombres que estaban cerca miraban de reojo y luego apartaban la vista: esa pequeña coreografía de quien quiere ver sin que lo pillen. Era comprensible. La forma en que le aplicaba la crema no era discreta: le rodeaba las tetas enteras con las dos manos, le pellizcaba los pezones entre el pulgar y el índice como si fuera parte del gesto de extender la crema, y le pasaba la palma por encima de los pechos con presión de sobra. Se le pusieron los pezones tan duros que se le veían a diez metros. La diferencia de edad entre los dos tampoco pasaba desapercibida. Pero a mí eso me encendía más que cualquier otra cosa: saber que había hombres mirándole las tetas a mi señora, sabiendo perfectamente que a la noche esas mismas tetas iban a estar contra mi boca.
A partir de ese día ya no se puso la parte de arriba del bañador cuando íbamos a la playa. Se metía al mar sin ella, se tumbaba al sol sin ella, con la misma tranquilidad con la que había hecho todo lo demás después de aquella primera vez. Me gustaba verla así. Me gustaba que yo fuera la persona que la había convencido.
***
Un par de días después nos metimos al mar juntos. Avanzamos hasta que el agua nos cubría por la cintura, un poco apartados de los grupos más cercanos. Le quité la parte inferior del bañador bajo el agua y me la guardé en la mano como quien guarda un trofeo. Ella me dejó hacer, mirando hacia la orilla como si comprobara que nadie nos observaba demasiado de cerca.
—Estás loco —susurró—. Aquí no, aquí no…
—Aquí sí —le contesté, y le metí la mano entre las piernas debajo del agua.
Le pasé dos dedos por el coño, notando la diferencia entre el agua salada de fuera y su humedad de dentro. La froté despacio, con la palma apoyada contra su pubis y las yemas entrando y saliendo, mientras con la otra mano le rodeaba la cintura para que no perdiera el equilibrio. Ella cerró los ojos, apoyó la frente en mi hombro y dejó escapar un gemido bajito que solo yo pude oír, medio ahogado por el ruido de las olas.
—Bájame el bañador —le dije al oído.
Metió la mano bajo el agua y me desató el nudo del bañador con dedos torpes. Me lo bajó hasta la mitad de los muslos. Le cogí la mano y se la puse encima de la polla. Me la agarró y empezó a masturbarme despacio, con esa forma tan suya, cerrando bien el puño alrededor y dando pequeños giros con la muñeca. La verga la tenía como una piedra a los dos minutos.
La alcé con ambas manos. Enrolló las piernas alrededor de mi cintura. La bajé sobre mi polla poco a poco y la penetré así, de pie en el mar, con el sol de frente y el agua amortiguando cada movimiento. Sentí cómo se me abría entera y me tragaba hasta el fondo. Ella soltó un jadeo contra mi cuello y se agarró a mis hombros con las dos manos, clavándome las uñas.
—Ay Dios —murmuró—. Nos van a ver, nos van a ver…
—Nadie nos ve —le contesté, aunque me daba exactamente igual si nos veían o no—. Cállate y muévete conmigo.
Yo no respondí más. El agua ayudaba a sostener su peso, así que podía sujetarla del culo con ambas manos, un cachete en cada palma, y marcar yo el ritmo subiéndola y bajándola sobre mi verga. Lo hice despacio al principio, con embestidas largas, sacándomela casi entera y volviéndola a meter hasta el fondo, notando el chapoteo del agua entre nuestros cuerpos. Ella se mordía el hombro para no gritar. Yo le apretaba el culo con los dedos, le abría los cachetes bajo el agua, jugaba con la yema del pulgar rozándole el otro agujero, y ella se estremecía cada vez que lo tocaba.
—Fóllame —susurró contra mi cuello, y era la primera vez en toda su vida que le oía esa palabra—. Fóllame más fuerte.
Aumenté el ritmo. La bajaba con más fuerza sobre la polla, cada vez más rápido, y ella empezó a temblarme entera entre los brazos. Le pegué la boca a un pezón y se lo chupé mientras seguía embistiéndola. Sentí el coño apretarse alrededor de la verga y supe que se estaba corriendo otra vez, ahí mismo, en medio del mar, con dos parejas nadando a menos de treinta metros. Se corrió en silencio, mordiéndose el labio, con todo el cuerpo rígido contra el mío.
Aguanté unos segundos más y me corrí también, dentro de ella, con la vista puesta en el horizonte y el semen mezclándose con el agua salada dentro de su coño. La sostuve mientras se recuperaba, sin sacársela todavía, dejándola quieta con la polla dentro hasta que las contracciones se le apagaron.
Nos quedamos abrazados un buen rato después. Quietos en el agua, sin hablar, mientras el sol empezaba a bajar hacia el mar. Había algo absurdo y perfecto en ese momento, como esas cosas que no necesitan explicación para tener sentido.
***
Fueron unas vacaciones que no olvidaré. Comimos bien, bebimos sin excesos, dormimos hasta tarde y follamos más de lo que habíamos follado en meses. Elena volvió de ese viaje siendo un poco menos la mujer contenida que había sido siempre. No sé si eso fue bueno o malo para ella. Creo que fue real, que es lo único que importa.
Lo que empezó como una transacción se convirtió en algo para lo que no tengo una palabra exacta. No fue amor en el sentido que la gente entiende ese concepto. Fue algo más complicado y más honesto que eso. Y durante el tiempo que duró, fue lo mejor que me pasó en aquella época.