La lencería de mi esposa y lo que despertó en mí
Tenía cuarenta y siete años, un matrimonio estable y la sensación vaga de que algo no cuadraba. No era infeliz, exactamente. Pero tampoco era del todo honesto conmigo mismo, aunque en ese entonces no lo sabía todavía.
Mi esposa, Clara, era una mujer hermosa. Nos habíamos casado jóvenes, habíamos tenido a nuestro hijo, y la vida siguió su curso con la inercia silenciosa que tienen las cosas cuando nadie las cuestiona. En la cama éramos educados el uno con el otro. Nada más.
Yo me depilaba desde joven. El vello corporal me incomodaba, así que lo eliminaba con regularidad sin darle mayor importancia. Era una cuestión de higiene personal, me decía. Nada que ver con otra cosa.
Fue un martes de octubre cuando todo cambió.
Clara había viajado a visitar a su familia. Un viaje de cinco días que yo recibí con la mezcla habitual de alivio y culpa que da tener la casa para uno solo. Esa primera noche cené temprano, vi algo en televisión y me dispuse a acostarme.
Pero antes de apagar la luz pasé frente al cuarto de vestir y la puerta estaba entreabierta.
Entré para cerrarla y vi el cajón que ella dejaba siempre así, con las puntas de las medias y las telas suaves asomando por el borde. No sé qué me empujó a acercarme. Tal vez la curiosidad. Tal vez el silencio de la casa. Tal vez algo que llevaba años dormido eligió ese momento para despertar.
Saqué unas medias de encaje negro. Las sostuve entre los dedos y algo en mi pecho se tensó de una manera que no reconocí al instante, pero que no era desagradable. Luego saqué una tanguita de satén color vino. Ligera, casi transparente. Me quedé mirándola un momento.
¿Qué pasaría si…?
Me desnudé sin pensar demasiado, antes de que el cerebro pudiera intervenir con sus objeciones habituales. Me puse las medias primero, lentamente, como si hubiera tenido siempre ese gesto. Me coloqué la tanga. Y me miré al espejo del baño.
Lo que vi me provocó una reacción que no esperaba. No vergüenza ni alarma, sino calor. Un calor que empezó en el pecho y bajó directo al vientre. Me veía diferente. Me veía, por primera vez en mucho tiempo, como algo más próximo a mí mismo.
Esa noche me masturbé vestido así, mirándome al espejo, y el orgasmo fue de una intensidad que no recordaba desde la adolescencia. Cuando terminé me quedé sentado en el borde de la bañera, sin saber qué hacer con lo que acababa de sentir.
***
Los días siguientes fueron extraños. Seguí con mi vida normal: el trabajo, los recados, las llamadas breves a Clara. Pero el recuerdo de esa noche flotaba por debajo de todo como una corriente de agua tibia.
Cuando ella volvió, guardé todo exactamente como estaba. No pasó nada. Nadie lo sabía. Yo seguía siendo el mismo de siempre en la superficie.
Pero ya no lo era.
Las semanas siguientes empecé a explorar de manera discreta. Compré unas medias propias, de tela gruesa y aburrida, solo para tener algo a mano si necesitaba ese calor otra vez. Pero no era lo mismo. La textura importaba. El encaje importaba. La idea de usar algo que no era mío importaba.
Empecé a fantasear con algo más. Había leído cosas en internet que antes pasaba de largo con la indiferencia de alguien que no quiere admitir que le llama la atención. Relatos de hombres que disfrutaban de la penetración anal. Siempre los había descartado como ajenos a mí, sin considerar realmente si lo eran.
Intenté improvisarlo. Toallas enrolladas, objetos de la ducha envueltos en plástico. Nada funcionó bien. O eran demasiado grandes o demasiado rígidos, y la experiencia terminaba siendo frustrante en lugar de placentera. Necesitaba algo real.
***
Busqué online con la precaución excesiva de alguien que sabe que no está haciendo nada malo pero actúa como si lo hiciera. Borré el historial varias veces. Lo hice desde el móvil en lugar del ordenador compartido. Elegí con cuidado: un consolador de silicona, delgado y flexible, de unos veintidós centímetros. No el más grande ni el más elaborado. Algo con lo que tuviera sentido empezar.
El paquete llegó un jueves. Lo recibí yo solo, lo abrí en el baño con el seguro echado aunque estaba solo en casa, y lo sostuve un momento sintiendo la textura firme pero suave bajo los dedos.
Esto es real. Esto está pasando.
La oportunidad llegó unas semanas después. Mi hijo se fue de excursión con el colegio y Clara tenía un compromiso familiar al que yo me había librado con una excusa de trabajo. Tuve la casa para mí solo desde la mañana hasta bien entrada la noche.
Me duché con detenimiento. Me preparé con calma, sin apuro. Y me puse la lencería de Clara: las medias de encaje negro, la tanga de satén, un camisón corto color crema que ella guardaba en el fondo del cajón y que yo le había visto ponerse solo una vez, una noche que habían pasado sin que nada ocurriera entre nosotros.
Me miré al espejo del baño durante un largo momento. Me tomé mi tiempo.
Así.
Saqué el consolador, lo limpié, lo cubrí generosamente de lubricante. Me arrodillé en la cama con los codos apoyados en la almohada. Tardé unos minutos en encontrar el ángulo correcto, en relajarme lo suficiente para que el cuerpo aceptara algo que no conocía. No hubo dolor. Hubo resistencia al principio, y luego no.
Cuando empecé a sentir que cedía, algo cambió por dentro.
No era solo físico, aunque lo físico era intenso y real y completamente inesperado en su magnitud. Era otra cosa. Una sensación de que algo que había estado comprimido durante décadas estaba, por primera vez, ocupando el espacio que le correspondía.
Moví las caderas despacio. Encontré un ritmo. El placer subió por la espalda en oleadas lentas y calientes, y cada pequeño movimiento era una revelación nueva. Me oía respirar. Me oía jadear en voz baja en el silencio del apartamento vacío.
No me toqué en ningún otro momento. Sin embargo, cuando terminé, el orgasmo fue tan completo que tardé varios minutos en poder volver a pensar con claridad. Estuve tumbado boca arriba, mirando el techo, con el corazón latiéndome fuerte y la cabeza completamente en blanco. ¿Por qué tardé tanto?
***
Guardé el juguete en una bolsa de tela, dentro de una caja de zapatos, detrás de mis jerseys de invierno en el armario. Durante meses lo usé cuando había oportunidad: un miércoles que Clara llegaba tarde del gimnasio, una mañana de sábado que ella salía a ver a sus amigas.
Cada vez era mejor. Fui aprendiendo qué posición funcionaba, cuánto lubricante usar, cómo respirar para que el cuerpo se relajara por completo. Lo que al principio requería paciencia se volvió natural, instintivo. Y las fantasías empezaron a cambiar de forma.
Al principio eran abstractas, centradas en la sensación. Luego aparecieron figuras. No mujeres, como había sido siempre. Hombres. Cuerpos masculinos, manos grandes, voces graves. La imagen específica de una verga real en lugar de silicona. La idea de alguien que supiera lo que yo necesitaba porque él lo necesitaba también.
No sé en qué momento exacto dejé de resistirme a esas imágenes y empecé a dejarlas estar. Solo sé que en algún punto dejó de ser un esfuerzo y se convirtió en algo parecido al alivio.
***
Mi vida sexual con Clara se fue apagando sin drama. Ella lo intentaba de vez en cuando, con más frecuencia de la que lo había hecho en los últimos años, como si algo en el ambiente doméstico la hubiera vuelto más receptiva. Pero yo no podía corresponder del modo que ella esperaba. No era falta de voluntad. Era que mi cuerpo no respondía a lo que antes respondía.
Respondía a otras cosas.
No se lo conté. No sé cómo habría empezado esa conversación ni cómo habría terminado. Seguí siendo el mismo de siempre hacia afuera: el padre presente, el marido correcto, el hombre que nadie tiene razones para sospechar que guarda algo. Pero adentro la distancia entre lo que era y lo que sentía se fue haciendo cada vez menos tolerable.
Pensé muchas veces en lo que significaría actuar sobre esas fantasías. No de manera abstracta, sino concretamente: buscar a alguien, encontrarlo, estar en la misma habitación que otro hombre que supiera lo que yo quería porque él quería lo mismo. La idea me excitaba y me aterraba en partes iguales, y no siempre en ese orden.
No lo hice. Todavía no.
***
Han pasado casi tres años desde aquella noche de octubre.
Ahora sé cosas de mí mismo que antes no sabía. Sé que me gusta la lencería. Sé que el placer anal es, para mí, más intenso que cualquier otra cosa que haya experimentado. Sé que cuando cierro los ojos y pienso en alguien, esa persona no tiene el cuerpo de una mujer.
No sé muy bien cómo llamarme. No sé si ese nombre importa tanto como pensaba que importaría a los veinte años, cuando el mundo parecía dividido en categorías claras y permanentes.
Lo que sí sé es que hay una distancia entre quien soy cuando estoy solo y quien soy cuando estoy con otras personas, y esa distancia se ha vuelto difícil de sostener en silencio.
No busco que nadie me diga qué hacer. Solo quería escribirlo en algún lado y que alguien lo leyera y entendiera que no es tan raro como parece a las tres de la mañana cuando no puedes dormir y el mundo exterior sigue funcionando como si nada.
¿Alguien más llegó a los cuarenta y pico con la sensación de que la vida entera había sido una primera versión, y que todavía quedaba algo más honesto por vivir?