Aposté con mi mejor amigo gay y perdí tres veces
Era viernes por la tarde en el piso de Adrián, cerca del centro de Valencia. La luz dorada del atardecer se colaba entre las lamas de las persianas y dibujaba franjas largas sobre el sofá donde nos habíamos tirado los dos, descalzos, con dos botellines fríos en la mesa baja y una bolsa de nachos a medio terminar entre nosotros. El Mundial de Baloncesto ya había acabado hacía semanas, pero la cadena estaba dando los mejores partidos en diferido y nosotros, sin nada mejor que hacer un viernes, los íbamos viendo uno detrás de otro.
Yo soy Camila, tengo treinta años, latina nacida en Cali pero afincada en España desde los veinte. Piel morena, melena negra y ondulada hasta media espalda, ojos oscuros grandes. Cintura estrecha, piernas largas y delgadas. El pecho y el culo me los hizo un cirujano hace un par de años porque me cansé de no sentirme yo: tetas redondas y altas que se marcaban bajo el top corto que llevaba, y un trasero firme y respingón que cualquiera se quedaba mirando aunque yo estuviese sentada.
Adrián tiene treinta y cuatro, es de Murcia, alto y delgado pero con cuerpo trabajado de calistenia: pectorales marcados bajo la camiseta vieja, brazos tensos y venosos, abdomen plano con esa línea que baja hasta el ombligo y más allá. Barba oscura de tres días, pelo corto revuelto, ojos claros que siempre parecían reírse de algo. Llevábamos siendo amigos desde que coincidimos en un máster hacía cinco años, y desde el primer día tuvimos esa confianza de hablar de cualquier cosa sin filtros.
Estábamos picándonos como siempre.
—España le mete una paliza a Brasil en el clásico —solté, cruzando las piernas sobre el sofá—. Quince puntos fácil. Veinte, si quieres.
Adrián me miró de reojo, con esa sonrisa lenta suya.
—¿Tan segura estás?
—Segurísima. Apuesto lo que quieras.
Se rascó la barba, pensativo.
—¿Lo que sea? Vale. Pero nada de pasta, que sé que andas justa este mes. Si pierdes… me la chupas. Hasta el final.
Solté una carcajada y casi se me sale la cerveza por la nariz.
—¿En serio? ¿Yo? Pero si tú eres gay, tío. Las mujeres no te calientan ni un poco. No vas a aceptar eso de verdad.
—Pues por eso —dijo encogiéndose de hombros—. Es apuesta segura para ti. Y si gano yo, me das doscientos euros.
Cerró los ojos un instante, breve. Luego volvió a mirarme con una intensidad que no le había visto antes.
—Hecho. Pero si pierdes, cumples sin rechistar.
—Adrián, no tengo doscientos euros ni de coña —le advertí—. Estoy pelada hasta que me ingresen. Por eso te ofrezco lo otro. Si pierdo, te la chupo. Si ganas, los pones tú.
Levantó una ceja, pero asintió.
—Trato hecho.
Chocamos los botellines. El partido era una repetición y, como buena cuñada del baloncesto, yo creía recordar mal el resultado. Brasil ganó por diez puntos. Cuando terminó el último cuarto, Adrián bajó el volumen y me miró sin pestañear.
—Has perdido, Camila.
El calor me subió por el cuello.
—Joder… vale. Cumplo. Pero sin prisa, ¿eh? Y sin reírte de mí.
—No me río —dijo, serio—. Ven aquí.
Me arrodillé delante del sofá. Él se desabrochó el vaquero con calma, sin teatralidad, y se bajó el bóxer hasta los muslos. Su polla salió a medio levantar, gruesa para lo delgado que estaba él, con venas marcadas y la cabeza ya brillante por una gota de presemen. La rodeé con la mano, con las uñas pintadas de rojo. Pesaba más de lo que yo había imaginado. Latía bajo mis dedos.
—Está caliente —murmuré, casi para mí.
—Hace tiempo que no… —soltó él, con la voz un poco ronca.
Pasé la lengua plana por la cabeza, despacio, recogiendo esa gota salada de la punta. El sabor era intenso, ligeramente amargo, pero no me dio asco. La envolví con los labios y empecé a succionar la cabeza con suavidad, la lengua girando alrededor del frenillo, midiendo sus reacciones. Adrián soltó un gemido bajo, casi de sorpresa, como si su cuerpo fuese por delante de su cabeza.
Bajé más, centímetro a centímetro, hasta sentir que la cabeza me rozaba el paladar. Subí. Volví a bajar. Le metí toda la longitud, la garganta abriéndose para recibirla, la saliva chorreándome por la barbilla y goteando sobre sus testículos. El sonido era inconfundible: succiones húmedas, mi respiración por la nariz, sus gemidos roncos vibrando en el pecho.
—Joder, Camila… así… —gruñó, con la mano enredada en mi pelo, sin empujar, solo aferrándose.
Aceleré. La mano izquierda masajeándole los testículos, rodándolos entre los dedos mientras la boca le subía y bajaba. Se tensó entero, el abdomen le tembló y soltó mi nombre entre dientes antes de correrse. Chorros calientes me golpearon el fondo de la garganta. Tragué sin parar, succionando para sacarle hasta la última pulsación. Cuando me retiré, le pasé la lengua despacio por toda la longitud para limpiarlo, hasta que se estremeció.
Me senté a su lado en el sofá, los labios hinchados, la barbilla mojada.
—Saldado —dije, con la voz más ronca de lo que esperaba.
Él respiraba como si hubiese subido seis pisos.
—No me lo imaginaba así —murmuró, con la mirada perdida en el techo—. Es… distinto. Caliente. Húmedo de otra manera.
—No digas nada —le corté—. Ha sido por la apuesta. Punto.
***
Un rato después la cadena puso otro partido en diferido: Argentina contra Canadá. Yo ya tenía dos cervezas más en el cuerpo y la lengua suelta.
—Argentina los pasa por encima —solté—. Subimos la apuesta. Si pierdo, me follas el culo. Una vez. Hasta el final.
Adrián casi se atraganta.
—¿Tú estás escuchando lo que dices? Soy gay, Camila.
—Justamente —le contesté, mirándolo a los ojos—. No vas a querer hacerlo en serio. Es farol. Y si gano, me pagas trescientos euros.
—Con la pasta no tengo problema —dijo él, despacio—. Pero si pierdes, cumples al cien por cien.
—No tengo trescientos euros, Adrián. Por eso te ofrezco esto. Si pierdo, te dejo. Si ganas, los pones tú.
Cerró los ojos otra vez, breves segundos. Cuando los abrió tenía esa sonrisa rara, mitad burla, mitad otra cosa.
—Hecho.
Argentina empezó bien y sacó ventaja. Pero a mitad del tercer cuarto Canadá metió un parcial enorme y le dio la vuelta al partido. Cuando sonó la bocina final, yo ya tenía las manos sudadas y el estómago en la garganta.
Silencio largo. Solo se oía la nevera del salón.
—Dos a cero —dijo él, mirando la pantalla.
Las piernas me temblaban un poco cuando me levanté.
—Vale… hazlo. Pero con mucho lubricante. Despacio. Si me hace mucho daño, paras.
Me llevó al dormitorio sin decir más. La luz era baja, una lamparita sobre la mesilla. Me quité los vaqueros con dedos torpes y me puse a cuatro patas sobre la cama, con el culo en pompa, moreno y firme, mirándole la pared. Lo oí abrir un cajón y sacar el bote.
—Respira hondo —dijo, con una voz mucho más calmada que la mía—. Voy despacio.
Empezó con un dedo, embadurnado, dándome tiempo a abrirme. Después dos. Yo apretaba la sábana con los puños y respiraba por la boca. Cuando entró él, lo hizo a milímetros, parando cada tres o cuatro. El primer empuje me hizo arquearme hacia delante, con un quejido que se me escapó sin permiso. El siguiente fue menos. Después de un rato el dolor empezó a diluirse en una especie de calor pesado y empecé a empujar yo hacia atrás sin darme cuenta.
—Joder… está apretado —susurró él, casi para sí—. Tirante, firme. Distinto, pero…
Se cogió a mis caderas y aceleró, con un ritmo que ya no parecía el de alguien obligado a cumplir un trato. Yo tenía la cara contra la almohada, la melena pegada a la frente, mordiéndome el labio para no gritar. Cuando se vino, lo soltó de golpe, con un gruñido largo, y se quedó dentro mientras los chorros calientes me llenaban por dentro.
Caí boca abajo sobre la cama, sin fuerzas. Él se dejó caer a mi lado, jadeando.
—No me lo esperaba —murmuró al techo, después de un rato—. Es casi… casi igual.
—No digas nada —murmuré yo, con la cara medio enterrada en la almohada.
***
Esa noche no me fui a casa. Cenamos pizza en calzoncillos y camiseta como si no hubiese pasado nada raro, viendo otro partido más, esta vez Serbia contra Alemania, también en diferido. Fue Adrián quien soltó la pulla esta vez.
—Serbia los pinta, Camila. ¿Te apuestas algo?
Me reí con la boca llena.
—Tú estás aprendiendo rápido, ¿eh?
—Mucho.
Mastiqué, tragué, le miré.
—Vale. Si pierdo, me quedo a dormir y mañana te despierto con la boca. Bien profunda. Si ganas tú me pagas otros doscientos.
—No tengo nada de eso —dije yo, antes de que abriese la boca—. Ya sabes cómo va esto. O lo aceptas o nada.
—Hecho.
Serbia se hundió en el último cuarto y yo, otra vez, en la apuesta. Me empezaba a preguntar si estaba perdiendo a propósito.
Dormimos pegados, sin hablar mucho, su brazo cruzado por encima de mi cintura. A las siete y media de la mañana me desperté antes que él. La luz fría entraba por la ventana sin la persiana del todo bajada. Me deslicé bajo las sábanas sin hacer ruido, con cuidado de no rozarle la pierna con la mía. Le encontré la polla a medio levantar, calentita, todavía blanda en mi mano.
Empecé despacio, lengua plana desde la base hasta la punta, recogiendo el presemen salado que ya empezaba a juntarse. Subí, bajé, lamí los testículos, volví a la base. Cuando lo metí entero, la garganta se me abrió fácil esta vez, ya conocía el camino. Le succionaba con un ritmo lento y profundo, una mano masajeándole los huevos, la otra apoyada en el muslo.
Adrián despertó con un gruñido largo, manos buscándome el pelo bajo las sábanas.
—Joder, Camila… sí… más profundo… —murmuró, todavía medio dormido.
Aceleré. Garganta abierta, saliva chorreando por la base, succiones fuertes, ritmo constante. Se tensó entero. Soltó mi nombre entre dientes y se corrió, chorros calientes y abundantes contra el fondo de mi boca. Tragué todo, despacio, mientras le sentía latir.
Cuando salí de debajo de las sábanas, los labios me brillaban y la barbilla también. Me senté en el borde de la cama y le miré.
Él jadeaba, con el pecho subiendo y bajando, los ojos un poco vidriosos.
—Joder… Camila… —murmuró.
No dije nada. Ya íbamos tres. Y, mientras le miraba, no estaba segura de querer ganar la próxima.