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Relatos Ardientes

Lo que pasó entre dos amigas la noche del trueno

Llegaron a la casona pasadas las tres de la madrugada. Rosario dormía bajo una lluvia que parecía no tener fin, y los relámpagos cortaban el cielo en pedazos por encima del río. Carolina y Micaela iban apretadas en el asiento trasero de la camioneta, con el perfume del boliche todavía pegado al pelo y los labios ardiendo por los besos de la noche.

—¿Se la tocaste? —murmuró Carolina al oído de su amiga.

—Un poco —respondió Micaela en un hilo de voz, casi inaudible, para que el padre de Carolina no escuchara desde el asiento de adelante.

Los padres seguían enfrascados en su propia conversación. Venían de un festejo en el centro: el padre de Carolina había firmado un ascenso esa misma tarde y la madre todavía estaba prendida del champán. Habían interrumpido la celebración solo para pasar a buscar a las chicas a la salida del Vértigo, el boliche universitario al que las dos iban casi todos los sábados.

Avanzaron por calle Mendoza, doblaron en Pellegrini y a treinta metros frenaron frente a la casona de piedra. Las chicas bajaron de la mano, esquivando los charcos.

—En una hora volvemos —dijo el padre desde la ventanilla.

Las vio entrar bajo el alero y, desde la persiana del living, Carolina hizo el gesto convenido: pulgar arriba, todo bien. La camioneta arrancó.

—Voy al baño y nos contamos todo. Usá el otro si querés —dijo Carolina, y se fue corriendo por el pasillo como una conejita.

Se desvistió frente al espejo del baño grande. Cuando se bajó la bombacha sintió la humedad pegajosa entre los muslos. Qué calentura, pensó mientras orinaba. Se lavó en el bidé, despacio, y al pararse vio sus pezones marrones erguidos como dos semillas frente al espejo. Los rozó con la yema del dedo. Un relámpago la atravesó. Se lavó la cara y se enjuagó la boca antes de volver a la habitación.

En el baño del fondo, Micaela hacía lo mismo. Se sacó el pantalón y la blusa, se desabrochó el corpiño y se puso una remera corta. La bombacha estaba empapada. Repitió el ritual de su amiga: bidé, agua fría en la cara, los dientes con un poco de pasta. Antes de salir se animó a pasarse un dedo por los labios mojados de la concha. Ahogó un gemido y se contuvo. Si seguía un segundo más, se quedaba ahí.

Afuera la lluvia se había vuelto un diluvio y el cielo se prendía con descargas que venían del río.

Las dos volvieron a la habitación casi sincronizadas. Llevaban la bombacha húmeda enrollada en una mano. Se rieron en silencio y las revolearon hacia el cesto.

—Somos unas asquerosas y unas putas —dijo Carolina con una sonrisa torcida. Estaba desnuda y se había pasado una crema de leche por los hombros y el cuello. Olía a dulce y a jazmín.

—Olé —le dijo, tirándole del brazo.

Micaela se acercó como un animalito adiestrado y la olfateó debajo de la oreja. Tuvo que cerrar los ojos para no morderle el cuello ahí mismo.

A los dieciocho, Carolina y Micaela eran amigas, cómplices y socias de una vida secreta que sus madres ni se imaginaban. Se contaban todo, hasta el último detalle. En realidad era Carolina la que provocaba esas tertulias íntimas, esas confesiones susurradas que a Micaela le costaban arrancar pero después la dejaban temblando. Esa noche no iba a ser distinta. La caldera de la casona estaba al máximo y la habitación tenía un calor de invernadero. Estaban frescas del baño, encendidas, sin una gota de sueño.

Carolina sacó del placard dos bombachas limpias. Una de algodón blanco para ella, una tanga negra para su amiga. Mientras revolvía el cajón, Micaela le miraba la espalda y, sobre todo, las tetas que se le veían de costado cuando giraba. Las tenía más grandes que las suyas, casi perfectas, con esos pezones marrones que se le ponían duros con cualquier roce. Cuántas veces había soñado con esas tetas. Desde el primer día de la secundaria, Micaela buscaba cualquier excusa para rozarlas: un abrazo, un juego en la pileta, ayudarle con el broche del corpiño. Carolina lo sabía. Siempre lo había sabido.

—Se la toqué por encima del pantalón —arrancó Micaela mientras se calzaba la tanga—. La tenía dura como una piedra. Podía sentir todo: el tronco, la cabeza, todo. Y él me metía mano por debajo de la remera, como un pulpo. Me tocaba las tetas, me apretaba los pezones, me bajaba el cierre del pantalón. Yo estaba prendida a sus besos y no lo podía soltar. ¡Cómo me hizo calentar!

Esa noche habían elegido los sillones de los reservados del Vértigo para transar con dos pibes que iban a primero de medicina. Los habían conocido una semana antes, en una peña universitaria. Eran lindos, altos, con esa seguridad de los que recién entran a la facultad y se creen dueños del mundo. Las dos se habían lanzado a la aventura sin pensarlo demasiado.

—Yo casi se la chupo en la oscuridad —contó Carolina riéndose, sentándose en el borde de la cama con las piernas cruzadas—. Me comió a besos y me desabrochó el jean en un segundo. Le quise frenar la mano, pero con poca onda. Me amasaba los pezones con los dedos como si estuviera haciendo pan. Y cuando me besó el cuello me volvió loca. Le metí la mano en el boxer y casi se la saco para mirársela. Era como un fierro caliente. Lo pienso y me mojo.

Las dos estaban frente a frente. Micaela seguía el relato, pero los ojos se le iban una y otra vez a las tetas de su amiga. Carolina se dio cuenta. Se levantó y se acercó dos pasos.

—Si no llegaba mi viejo a buscarnos, te juro que me lo cogía —dijo, y se paró a centímetros de Micaela.

Las tetas de las dos quedaron separadas por un palmo. Micaela no se movió.

—¿Estás caliente? —preguntó Carolina en voz baja.

Micaela asintió con la cabeza.

Carolina le tomó la mano. Enredó los dedos en los suyos y, despacio, le subió el brazo hasta apoyarle la palma en la teta izquierda.

—Tocámela. Sé que siempre te gustaron —le dijo al oído.

Micaela obedeció. Le pasó la palma por el pezón y después un dedo, lento, alrededor de la aureola. Carolina cerró los ojos. Las dos se sentían chispeantes y muy femeninas, con esa mezcla de pudor y atrevimiento que solo se tiene a los dieciocho.

—Si fuera varón, te juro que te cogería —susurró Carolina—. Tu culo siempre me calentó.

Micaela no contestó. No podía. Tenía la garganta seca y la respiración trabada.

Y entonces sobrevino el beso. No fue un beso casto ni breve. Carolina le comió la boca. Micaela quiso resistir un instante, pero tenía las defensas sexuales por el piso. Sintió cómo la lengua de su amiga se metía en la cavidad de su boca, cómo se buscaban, cómo se mordían apenas. Una mano de Carolina bajó hasta el elástico de la tanga. Le rozó la piel del vientre, justo arriba del hueso. Unos centímetros más abajo y Micaela no sabía cómo iba a responder su cuerpo.

Carolina la tenía en el punto que quería: doblegada al deseo.

Fue ahí cuando unos haces de luz iluminaron el barrio por la rendija de la persiana. Después sonó un trueno como una ráfaga de metralla, tan cerca que las ventanas trepidaron. Las dos pegaron un grito y se despegaron. El trueno se fue apagando despacio, arrastrando un eco bajo por encima de los techos.

Micaela aprovechó el sobresalto para saltar a la cama y taparse hasta el cuello. Más para escapar de las caricias de su amiga que por miedo a la tormenta. Carolina, todavía con la respiración agitada, también se replegó. Se metió en su cama y se cubrió con una sábana. La única luz que quedaba era la del velador.

—Mejor dormimos —dijo Micaela en un tono que pretendía ser de ruego pero le salió de derrota.

Carolina estiró el brazo y apagó el velador.

Las dos quedaron acostadas de costado, una mirando hacia la otra. Cuando los ojos se acostumbraron a la oscuridad cruzaron miradas. Micaela vio que Carolina se había destapado. La sábana se le había caído hasta la cintura, y las tetas estaban ahí, otra vez, llamándola.

—Contame cómo la tenía —dijo Carolina.

—Basta, ya te conté.

—Quiero más detalles. ¿Era grande?

Mientras hablaba, llevó una mano hacia su entrepierna. Micaela vio, en la penumbra, los movimientos sutiles bajo la tela blanca de la bombacha. Nunca se había animado a tanto. Primero el beso. Después la frase de que se la quería coger. Ahora se masturbaba al lado suyo, como si nada. Era demasiado y, al mismo tiempo, era poco.

—Sí, la tenía grande y gorda —respondió Micaela con un hilo de voz.

Carolina aceleró los movimientos circulares sobre el clítoris. Con la otra mano se apretaba un pezón, lo estiraba, lo soltaba.

—¿No te vas a tocar? —preguntó.

—No sé.

—Te morís de ganas.

Era cierto. Se moría de ganas. Pero jamás se había masturbado delante de nadie. Esa noche, sin embargo, podía todo. Cerró los ojos y se imaginó la dureza del pene que tanto había frotado un rato antes. Lo imaginó desnudo, con la piel rugosa, entre sus dedos. En especial pensó en el glande, en la cabeza brillante rozándole los labios de la concha. Cuando abría los ojos, veía a su amiga. Las tetas duras, la mano mecanizada bajo la bombacha, el labio mordido. La respiración de las dos se agitó. Ahogaban los gemidos contra la almohada.

A Micaela le pareció escuchar el chapoteo de los dedos de Carolina entrando y saliendo del mar que debía estar inundándole la concha. Deseó más. Resistió las ganas de cruzarse a la otra cama. Carolina la miraba como hechizada, la atraía sin tocarla.

Los truenos se alejaban hacia el sur, pero no cesaban del todo. Los dedos de ellas tampoco tenían paz.

Al mismo tiempo, casi sin querer, las dos acabaron. Dos gemidos a coro, ahogados, mientras un último trueno —más leve— sacudió los vidrios. Después quedó solo la lluvia, monótona, sobre las tejas.

Carolina se levantó. Dio dos pasos descalza hasta la cama de su amiga.

—Voy a dormir con vos —dijo, y se sacó la bombacha sin esperar respuesta.

—Estás loca, mirá si entra tu vieja.

—Mi vieja nunca, pero nunca, entra a mi pieza —dijo con una seguridad que no admitía duda.

Micaela se giró y quedó mirando la pared. Sintió cómo Carolina le bajaba la tanga con dos dedos, hasta los muslos. Después le terminó de sacar la tela enredada en los tobillos y la tiró al piso.

—Mejor las dos desnudas —le susurró al oído.

Pegó sus tetas contra la espalda de Micaela y la concha contra la cola. La abrazó con fuerza. Micaela, en un movimiento que no decidió del todo, arrimó las nalgas un poco más contra el cuerpo de su amiga. El calor empezó a subirles por la piel en oleadas lentas, y así, sin decir más, sin volver a tocarse, se durmieron.

Afuera la tormenta seguía. Al día siguiente, ninguna de las dos iba a hablar de lo que había pasado esa madrugada. Pero las dos lo iban a recordar, muchos años después, como la noche en que algo se rompió entre ellas para siempre. O algo se construyó. Nunca terminaron de saberlo.

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