La noche que planeó para sus cincuenta años
—Ábrelo.
Elena señaló el paquete que descansaba sobre la cama. Gabriel lo tomó, deshizo el lazo rojo y apartó el papel. Dentro había un pijama de hombre en satén color vino, con cuello en V, solapa y botones nacarados.
—¿Te gusta? —preguntó ella.
Él alzó la camisa para mirarla a contraluz, pasando el pulgar por la tela fresca.
—Claro que sí, amor. Gracias. Me encanta. —Se inclinó y la besó. Ella estaba sentada en el borde del colchón, con las piernas recogidas.
—Pruébatelo. Quiero verte.
—¿Ahora?
—No, el año que viene —dijo Elena con sorna—. Pues claro. Ahora. Yo voy a la otra habitación, me pongo el mío y vuelvo a ver cómo te queda. ¿Vale?
—Vale.
Minutos después ella cruzó la puerta y se llevó las manos a la boca.
—Vaya, qué guapo. Te ves elegante de verdad.
El color vino contrastaba con su piel clara. Sumado a sus ojos oscuros, al pelo entrecano y a la barba recortada con cuidado, el satén reforzaba ese aire sereno que Gabriel tenía sin proponérselo. La camisa caía limpia sobre sus hombros anchos. Elena había acertado de pleno con la talla.
Él la repasó de arriba abajo y sonrió.
—Interesante elección la tuya. Apuesto a que lo compraste en cuanto viste los conejos.
—Síííí. Son monísimos, ¿a que sí?
Gabriel se rio. Ella se había recogido el largo cabello castaño en una coleta y llevaba un conjunto rosa pálido estampado de conejos blancos, camisa de manga larga y pantalón. Aunque la tela no era ajustada, se le marcaban las caderas y los muslos.
—Mira —dijo levantando un pie para enseñar una pantufla de peluche con forma de conejo. Luego le tendió a él otro par, este imitando garras de león—. Para mi cumpleañero. Grrr.
—Gracias, cielo —rio él, y la besó de nuevo—. Bueno, creo que ya estamos listos para la ocasión. Pero como no baje el aire acondicionado nos vamos a derretir con estas pintas.
***
Tanto Gabriel como Elena eran de esas personas que se desviven por el detalle. Sus cumpleaños siempre traían comida familiar, porque caían en la misma fecha del aniversario de boda de sus padres; después, los dos se buscaban un hueco a solas.
El primer cumpleaños que celebraron juntos, ella le regaló un reloj. El segundo, una mochila del Real Betis con puerto USB, una sudadera del equipo y, como golpe maestro, entradas para verlo jugar contra el Barcelona desde la grada vip. Pero cumplir medio siglo era otra cosa. Cincuenta años de un hombre que había sido buen padre, buen hijo, buen amigo, buen vecino; alguien en quien apoyarse sin condiciones. Elena quería festejarlo a lo grande, y llevaba más de un año ahorrando en secreto para la pequeña fortuna que pensaba gastarse.
Tiempo atrás, cuando ella había cumplido años, Gabriel la había llevado a recorrer Asturias, la tierra de su abuelo materno. «Quiero que pises los pasos de tu historia familiar», le había dicho. Fue un viaje que jamás olvidarían. Ahora le tocaba a ella llenarlo de recuerdos.
Había organizado una pijamada con cuatro parejas: la hermana de Gabriel y su cuñado, su mejor amigo y la novia, su socia del trabajo y el marido, y otro viejo amigo con su esposa. Coordinar agendas no fue fácil, pero todos adoraban a Gabriel y acabaron cediendo.
Empezaron con varias partidas de cartas, cada pareja un equipo. No faltaron las risas ni las bandejas de picoteo. Elena no permitió que él tocara la cocina: contrató a una casa de banquetes para cada comida del fin de semana.
Esa misma tarde había montado un almuerzo en el jardín con los hijos de Gabriel, sus padres, su hermana y los sobrinos, aprovechando para celebrar también el aniversario. Elena llevaba un vestido color crema estampado de rosas, de tirantes finos y escote en uve, ajustado hasta la cintura y con una falda larga y vaporosa que se abría por delante al caminar. La espalda quedaba casi descubierta, apenas velada por el pelo suelto.
Gabriel se quedó sin aire al verla, pero no tuvo ocasión de decírselo: ella iba de un lado a otro, revisando la mesa, la tarta, dando indicaciones a los camareros. Cuando por fin la atrapó a solas, sonó el timbre anunciando a sus padres, y enseguida la casa se llenó de gente.
Almorzaron entre brindis y bromas. Tras repartir la tarta y soplar las velas, Gabriel improvisó un discurso breve. Dio las gracias a la vida por tenerlos ahí y, mirando a Elena, prometió celebrar el amor con ella tantos años como sus padres llevaban juntos.
Más tarde, cuando ella entró a la casa a por algo, él la siguió. La sujetó por la cintura y la pegó a su cuerpo, pillándola desprevenida.
—Hola, amor. ¿Necesitas algo? —preguntó Elena.
—Algo, no. Más bien a alguien —murmuró él apartándole el pelo y besándole la nuca.
—¿Estás loco? Nos van a ver. —Se reía, intentando zafarse.
—Loco describe bastante bien cómo me siento. Loco por ti. Anda, un momento en el cuarto. Ni siquiera hace falta que te quites este vestido. —Y deslizó la mano por la abertura de la falda.
—¡Quieto! Tus padres, tus hijos, tu hermana, están todos ahí fuera. No puedo.
—Tienes razón —suspiró él, resignado.
Elena le rodeó el cuello con los brazos y sonrió con dulzura.
—Mejor dime: ¿escribiste lo que te pedí?
—Claro que sí.
Como parte del plan, ella le había entregado un sobre con cincuenta papelitos para que anotara las fantasías que quería cumplir.
—Entonces solo tienes que tener paciencia —dijo Elena, y volvió al jardín.
***
Los padres de Gabriel se marcharon los primeros, luego la hermana, después los hijos. Al caer la noche, al juego de cartas le siguió el karaoke. El repertorio fue variado, con dúos incluidos. Gabriel cantó Yellow; Elena le dedicó La vie en rose, la canción que le susurraba al oído los primeros meses de novios. Cuando terminó, él se levantó y la besó entre vítores.
Guiados por ella, todos le cantaron el cumpleaños feliz. Elena sacó una enorme tarta de chocolate y fresa coronada por velas doradas que formaban un cincuenta. Era la segunda tarta del día. Gabriel pidió un deseo y sopló.
Hacia la una de la mañana, los invitados se retiraron a sus cuartos. Ellos dos se dejaron caer en la cama, rendidos.
Al día siguiente sirvieron un desayuno en el jardín, otra vez con catering. Al mediodía la casa quedó en silencio: los dos volvieron a dormir un rato, porque por la tarde viajarían a las afueras de Granada, a un chalet que Elena había alquilado.
Lo había visto en fotos, pero después se había acercado en persona para comprobar que todo estuviera como ella quería. Era una casita de madera de una sola planta, acogedora, con dos dormitorios y un jardín inmenso de césped artificial. A un lado, una tarima elevada sostenía una piscina rectangular con su escalera metálica. Al fondo, una hilera de lucecitas a ras de suelo creaba una atmósfera íntima en lugar de iluminar de verdad.
Junto a la tarima, bajo un cenador cubierto de lona blanca, colgaban cortinas largas que rozaban el suelo. Elena había pedido que retiraran las sillas y dejaran solo la mesa de cristal, y que colocaran dos tumbonas de madera pegadas, sin hueco entre ambas, con colchonetas blancas y cojines rosas mullidos. En el centro de la mesa hizo poner un ramo de cincuenta rosas, porque Gabriel siempre bromeaba con que nunca le habían regalado flores. También dejó la nevera abastecida pagando un cargo extra.
Llegaron de noche. El aire fresco y los árboles cercanos suavizaban el calor del verano. Nada más cruzar el umbral, Elena se quitó la ropa y se quedó solo con una braguita negra de encaje semitransparente. Corrió a la piscina. En su casa nunca podía bañarse desnuda por los vecinos; allí, retirados del mundo, no había ojos espías.
Las luces se reflejaban temblando en el agua azul. Gabriel se acercó al borde de la tarima y ella nadó hasta él. Bajo el agua se le adivinaban los senos, pequeños y firmes.
—¿A qué esperas para entrar?
—No me apetece. ¿No está fría? Vas a coger un resfriado.
—Buu, qué aburrido —protestó ella salpicándolo—. Entra ya. No lo pienso pedir una tercera vez.
—¿Me amenazas?
—Te aviso. No hagas que salga a buscarte.
Gabriel se rio. Se desnudó bajo su mirada atenta, dobló la ropa y la dejó a un lado. Se metió en el agua solo con un bóxer negro y nadó hasta ella, que lo recibió con un abrazo.
—Ven, vamos a arreglar lo del frío —dijo Elena, y lo besó—. ¿Sabes qué me apetece? Helado. ¿Vas a por él a la nevera?
—¿Ahora? ¿Medio desnudos, de noche, en la piscina? ¿Y crees que eso me va a dar calor? Tengo ideas mejores.
—Ve, por favor. Luego nos metemos en el jacuzzi si quieres —insistió ella con un puchero.
—No puedo contigo.
Salió, se secó, se puso una bata del propio servicio y entró. Volvió minutos después con una botella de espumoso y dos copas.
—Eso no es lo que pedí.
—Esto es mucho mejor. Es una fecha especial.
—En realidad fui yo quien mandó comprar ese vino. Supuse que te gustaría. —Sonrió—. Anda, tomémoslo allí.
Gabriel señaló el cenador. Elena salió por la escalera metálica y él la envolvió por detrás con una bata blanca, ayudándola a ponérsela. Caminaron juntos y dejaron las copas sobre el cristal.
—Estas son tuyas —dijo ella—: cincuenta rosas rojas, una por cada año. Para que no vuelvas a quejarte de que nadie te regala flores.
—No dejas de sorprenderme. Eres increíble —respondió él, besándola.
Sirvió el vino y brindaron por el tiempo recorrido y por el que vendría. Elena entró a por su móvil y un altavoz, y al volver traía además una vela aromática. Cerró las cortinas que daban al fondo del jardín y dejó abiertas las de la piscina. Puso una lista de jazz y piano. El espacio quedó en penumbra, iluminado solo por la llama y el resplandor del agua.
Se sentó con la espalda contra el pecho de Gabriel, las piernas extendidas junto a las de él, que la abrazó por la cintura.
—¿Te ha gustado tu cumpleaños? —preguntó ella.
—Ha sido el mejor que he tenido nunca.
—Me alegra oír eso. —Elena le acariciaba la pierna con el pie, despacio. Tomó la mano de él, la observó, le recorrió los dedos—. Tienes unas manos preciosas. ¿Te lo había dicho ya?
—Un par de veces.
—Dime la verdad: ¿te gustan mis manos o lo que hago con ellas?
—Malvado vanidoso —rio ella girándose hacia él.
Gabriel se acercó y le estampó un beso. Elena se ladeó hasta quedar de frente y él le tomó el rostro con ambas manos para besarla largo, lento, profundo. Ella se quedó sin aliento.
—Quizá necesitas que te recuerde qué sé hacer con las manos —dijo él deslizando la derecha hacia el nudo de su bata.
—Espera. Falta algo.
Elena se levantó de golpe y lo dejó desconcertado. Volvió a los pocos minutos con el sobre azul de los papelitos en las manos.
—Me muero de curiosidad por saber qué escribiste.
Gabriel guardó silencio, mirándola. Ella abrió el sobre y sacó el primero. Lo leyó: «Tú». Sonrió, sin decir nada. Sacó el segundo: «Tú». El tercero: «Tú». Miró el resto del montón y sacó otro al azar: «Tú».
—Si no hubieras escrito «Tú» en los cincuenta, habría pensado que querías salir del paso —dijo levantando la vista—. No sé si besarte o reñirte. Esto no me lo esperaba. —Suspiró.
—Sin duda debes besarme. Prometiste cumplir mis fantasías, y escribí «Tú» cincuenta veces. ¿Qué haces tan lejos entonces? Ven —ordenó él en voz baja.
Elena se sentó en la tumbona, a su lado, sin dejar de mirarlo. Gabriel se incorporó y soltó el nudo de la bata de ella.
—¿Ya no te preocupa que tenga frío? —preguntó.
—¿Ahora te importa el frío a ti?
—No mucho. No cuando te tengo cerca. Tú sabes darme calor.
Le retiró la bata. Ella se acercó y apoyó los pies en sus caderas, deslizándolos juguetona por sus muslos, arriba y abajo. Gabriel le acarició las piernas desde los muslos hasta los tobillos y, de pronto, la sujetó con fuerza y la pegó a su cuerpo. Elena se rio. Él la guio para que se sentara encima, cruzó las piernas debajo y la abrazó.
La besó de cerca, en la frente, en la punta de la nariz, en la comisura de los labios, rozándola también con la barba y el aliento. Ella se estremeció y cerró los ojos. Gabriel le besó el cuello y la acercó por entero, acariciándole el pelo y la espalda. Bajó las manos por su columna hasta sujetarla por las nalgas y atraerla hacia él. Buscó su boca y la besó con intensidad.
Entonces Elena devolvió el recorrido: la frente, la nariz, la mejilla, el ángulo de la boca. No se detuvo ahí; le besó el mentón, la oreja, el cuello, hasta arrancarle un jadeo. Le quitó la bata. Volvieron a abrazarse y a devorarse, entrelazando las lenguas mientras las caderas se movían y los cuerpos se rozaban.
Gabriel descendió con la boca por el cuello y los hombros de ella hasta los senos, pero Elena lo tomó del rostro y volvió a hundir la lengua en su boca, alejándola y acercándola para provocarlo. La necesidad se hizo urgente. Él le arrancó la última prenda y se deshizo del bóxer. La sentó de nuevo sobre él. Estaba muy húmeda, así que la penetró de un solo movimiento, firme pero suave, y se movió despacio, llegando cada vez más hondo. Apenas un par de embestidas y a ella la sacudió un orgasmo de pies a cabeza.
Gabriel se detuvo y la sostuvo con los brazos.
—Lo siento —dijo Elena con la respiración entrecortada.
—No pasa nada, cielo.
—¿Cómo que no? Si acabamos de empezar. No deberías haber parado.
—Me fascina cómo reacciona tu cuerpo —sonrió él—. Por algo mi fantasía eres tú. Mira, estoy más duro ahora.
—Eres un sol —rio ella con ternura—. Me pasa igual contigo. Dame solo un momento y te lo compenso. Ya sabes que me recupero rápido.
—Cariño, tenemos toda la noche. Y la vida.
Elena lo besó y lo empujó con suavidad hasta recostarlo en el respaldo. Se puso a horcajadas y aproximó su sexo al de él rozándolo apenas, acercándose y alejándose. Cuando lo tuvo dentro, echó el cuerpo hacia atrás sin dejar de mecer la pelvis, apoyó las piernas sobre los hombros de Gabriel y se dejó llevar. Él la sujetó por la cintura para marcar el ritmo. Ella se incorporó después, las manos en la tumbona, moviéndose deprisa hasta que un grito ahogado la atravesó entera. Gabriel la siguió, temblando, deshaciéndose en su interior.
Se abrazaron entre besos suaves. Él la acomodó de lado sobre la colchoneta y, sin decir nada, estiró el brazo para tomar una rosa del jarrón. La pasó por su nariz, sus labios, su cuello; bordeó los hombros, las clavículas, los pezones; bajó por las caderas y la cara interna de los muslos, haciéndola abrir un poco las piernas y rozarle el sexo con los pétalos.
—Date la vuelta —le indicó.
Elena se tendió boca abajo. Gabriel le apartó el pelo y siguió el contorno de su columna, deslizando los pétalos por los costados hasta detenerse en la espalda baja. Ella vibró, gimiendo más alto. Él arrancó la flor y la dejó caer deshecha sobre su piel; luego besó y lamió su cuello, su espalda, sus nalgas.
—Espera. Tómame —dijo ella girando la cabeza.
Gabriel sonrió. La hizo ponerse de lado y recoger una pierna. Entró en ella con un movimiento contenido, alternando embestidas rápidas y otras lentas en las que salía casi por completo. Después la sentó de espaldas sobre él, inclinada hacia delante, y ambos aceleraron hasta que ella tuvo que aferrarse al respaldo. Él se irguió detrás, le puso las manos en los senos y la embistió con fuerza, arrancándole un gemido tras otro, hasta que el cuerpo de Elena se sacudió de nuevo. Sus contracciones lo empujaron pronto al límite, y los dos cayeron agotados sobre las tumbonas.
Cuando recobró la calma, Gabriel la hizo girarse boca arriba. La miró.
—Te quiero.
Elena extendió la mano y le acarició el rostro.
—Te quiero.
Sobre ellos, las lucecitas seguían encendidas y el agua de la piscina devolvía su reflejo tembloroso. No hacía falta nada más. Tenían, como él había dicho, toda la noche. Y la vida entera por delante.