Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Lo que descubrí en la colada de mi compañera de piso

Me llamo Gabriel y acabo de cumplir cuarenta y tres años. También acabo de divorciarme.

Dicho así suena frío, y la verdad es más larga. El proceso empezó hacía más de un año, pero los papeles se firmaron hace tres meses, un martes por la tarde, en el despacho de la abogada. Elena y yo nos dimos la mano al salir. Después de quince años juntos, al menos conseguimos no destrozarnos.

Tenemos dos hijos: Hugo, de trece años, y Lucía, de diez. Por ellos elegimos la fórmula de la casa nido. Los niños se quedan siempre en el piso de toda la vida y somos los padres quienes nos turnamos por semanas. Una semana vivo con ellos; la siguiente, me toca buscarme la vida en otro sitio.

El problema, como casi siempre, era el dinero. Mantengo mi parte de la hipoteca, los gastos de los críos, la casa nido. Tengo una tienda de vinos con un socio, Daniel, y nos va bien, pero sin lujos. Un piso entero para mí solo, para usarlo media vida, estaba fuera de mi alcance.

Pasé dos meses durmiendo en casa de mis padres las semanas libres. Son buena gente, pero tienen sus rutinas de siempre, inamovibles. Aguanté lo que pude. Después empecé a mirar habitaciones en alquiler.

La idea me repugnaba. A mi edad, volver a compartir piso como un universitario me parecía un fracaso. Pero cuanto más lo pensaba, más sentido tenía: solo necesitaba un sitio una semana de cada dos.

Tras semanas de anuncios descartados, encontré uno distinto. Tres habitaciones en una zona tranquila, alquilaban una. Buscaban una chica responsable, limpia, sin fiestas. Las fotos mostraban un piso luminoso con una terraza llena de plantas. Firmaba el anuncio una tal Nadia.

Estuve dos días dándole vueltas antes de llamar.

—¿Sí? —contestó al tercer tono.

—Hola, llamo por la habitación. Me llamo Gabriel.

—En el anuncio pongo que busco una chica. ¿Lo has leído?

—Lo he leído. Por eso te llamo. Solo te pido dos minutos para explicarte mi situación.

Hubo un silencio largo. Le conté lo del divorcio, la casa nido, que solo necesitaría el piso una semana sí y otra no, que el resto del tiempo estaría vacío. Que no buscaba ambiente de fiesta ni traer a nadie, solo un sitio tranquilo donde estar.

—No me lo esperaba —admitió al fin—. Pero ven a verlo el sábado a las once. No te prometo nada.

***

El sábado me duché, me afeité y llegué cinco minutos antes. Nadia me abrió antes de que llamara. Treinta y pocos, pelo castaño por los hombros, descalza. Me miró de arriba abajo sin disimular.

—Pasa.

El piso era mejor que en las fotos. Luminoso, ordenado, olía a limpio. Me sentó en el sofá y me sirvió un café. Le repetí mi historia con más detalle: Hugo y Lucía, la tienda, los números justos. Le propuse un mes de prueba.

—Si ves que no funciona, cojo mis cosas y me voy. Sin dramas.

Hablamos un buen rato. Me contó que venía de una relación larga, que el piso había sido de los dos y que ahora lo sostenía sola. Al final me enseñó la habitación: pequeña pero suficiente, con una ventana que daba al patio interior. Silenciosa.

—Me lo pienso y te llamo —dijo—. Tengo a dos chicas más en la lista.

El miércoles me llamó. Había decidido jugársela conmigo. Un mes de prueba, normas claras desde el principio y el primer mes por adelantado.

***

La mudanza fue rápida: una maleta de ropa, otra de cosas, el portátil y poco más. Esa primera semana me propuse ser el mejor compañero posible. El lunes, que la tienda cerraba, me quedé solo en el piso y lo limpié entero. Salón, cocina, baño. No entré en su cuarto ni en su despacho; eso era su espacio y no pensaba cruzar esa línea.

Cuando Nadia volvió por la tarde, se quedó parada en la puerta.

—¿Qué has hecho?

—Limpiar. ¿Se nota?

—Claro que se nota. No tenías que hacerlo.

—Quería. Como agradecimiento.

Algo en ella se destensó esa tarde. Buen comienzo, pensé.

Pasó el primer mes, luego un segundo y un tercero. Cuando me quise dar cuenta, llevaba medio año compartiendo piso con ella y la tensión inicial se había evaporado del todo. Me recibía los viernes con una cerveza fría y un «qué tal la semana, compañero». Nos quedábamos charlando en la terraza hasta tarde, hablando de su trabajo en la farmacia, de mis hijos, de la tienda y de las ocurrencias de Daniel.

Manteníamos las distancias por costumbre, por respeto. Pero éramos, sin ninguna duda, amigos.

Yo tenía una rutina fija para la colada. Las idas y venidas entre casas me obligaban a ser organizado, y los sábados por la mañana, si me tocaba semana en su piso, lavaba. Un sábado, viendo que la lavadora no se llenaba solo con mi ropa, asomé la cabeza a su despacho.

—Voy a poner una lavadora de color. Si tienes algo, lo aprovecho y me ocupo de tenderlo.

—¿En serio? Qué lujo tenerte en casa.

Volvió con una pequeña montaña de ropa. La metí toda, eché el detergente y programé el ciclo.

Con el calor del verano, la ropa se secaba en un par de horas. Por la tarde fui a recogerla. Mi ropa primero; después la suya: camisetas oscuras, pantalones de pijama. Y entonces, entre todo, un tanga de encaje negro.

Me quedé con él en la mano un segundo de más. Era delicado, pequeño, con unas flores bordadas en los bordes. Pensé que se le había colado por error. Hasta entonces había sido muy discreta con su ropa íntima. Lo doblé, lo dejé en el fondo de la cesta, tapado por lo demás, y no le di más vueltas.

Cuando recogió la cesta esa noche, sonrió.

—Eres un santo.

Yo me quedé pensando que en seis meses era la primera vez que tocaba su ropa interior. No supe muy bien qué hacer con esa información.

Al día siguiente repetí la operación con la ropa blanca. Esta vez Nadia tardó más en traerme su parte, y cuando salió no me miraba a los ojos.

—Lo de ayer… se me coló una prenda por error —dijo—. Si te molestó, lo siento.

—No me molestó nada. Es ropa, forma parte del día a día.

Pareció relajarse. Pero al tender encontré otro tanga, este color crema, y un sujetador a juego, y luego otro más. No era un descuido. Era deliberado.

Mi compañera amaba la lencería delicada. Y cada vez se mostraba menos pudorosa conmigo.

Las semanas siguientes aquello se volvió tradición. Cada fin de semana descubría piezas nuevas: tangas de todos los colores, conjuntos a juego, encajes que parecían de seda. Dejé de ocultarlos cuando recogía. Los doblaba con normalidad y los dejaba en su cesta. Y me encantaba esa intimidad extraña que habíamos construido sin una sola palabra.

***

Un jueves llegué tarde, de ver un partido de Hugo, y encontré el salón lleno de risas. Nadia cenaba con tres amigas: Cristina, Marta y Bea. Botellas de vino, platos a medias, el ambiente de una cena entre amigas. Cuatro pares de ojos se clavaron en mí.

—Siéntate, tómate algo con nosotras —ofreció Nadia.

—Gracias, pero esto es vuestro. Me voy a mi cuarto.

Al día siguiente, mientras ella cortaba tomates para una ensalada, me lo soltó:

—Mis amigas se quedaron encantadas contigo. No pararon de piropearte cuando te fuiste.

—Qué tontería. Soy un viejo, estoy fuera de juego.

Dejó el cuchillo en la tabla y me miró de frente.

—Tienes cuarenta y tres años, no ochenta. Estás en forma, eres atractivo, tienes tu vida organizada. No sé de dónde sacas eso. A mis amigas les pareció guapísimo. Y a mí también me lo parece.

Se quedó mirándome un segundo de más y volvió a la ensalada como si no hubiera dicho nada importante. Yo no supe qué contestar, así que no dije nada.

A partir de esa noche empezamos a compartir mucho más. Ya no me encerraba después de cenar; me quedaba con ella hasta las tantas. Descubrimos que coincidíamos en casi todo. Le regalaba botellas de la tienda y las bebíamos en la terraza, casi a oscuras, los pies descalzos.

Nos soltamos en casa. Ella salía de la ducha en toalla y cruzaba el pasillo sin pensarlo dos veces. Yo hacía lo mismo. Cenaba con una camiseta larga y las piernas al aire; yo en pantalón corto y sin camiseta las noches de más calor. Ninguno decía nada. Y cada fin de semana su lencería seguía pasando por mis manos, ya sin pudor, como una conversación que manteníamos sin hablar.

***

Una noche llegué con un whisky japonés que me había regalado un cliente, un single malt de doce años de los buenos. A Nadia se le iluminó la cara y me dio un abrazo que duró un segundo más de lo normal.

—Esto es una joya. La abrimos ahora mismo.

Sirvió dos dedos en cada vaso, sin hielo. Nos sentamos en el sofá, los pies en la mesa, y hablamos durante horas. Reímos mucho. Hasta que se giró hacia mí, con las piernas cruzadas.

—Vamos a jugar. Preguntas sinceras. Yo pregunto, tú contestas con la verdad. Luego al revés.

Empezó inocente: el primer beso, el mayor miedo. El whisky bajaba y los dos estábamos más sueltos. Entonces me miró fijamente.

—¿Qué opinas de mi lencería?

Podía esquivarla con una broma. Pero habíamos quedado en decir verdades.

—Que es de lo más sexy que he visto.

—Me alegro —dijo, con una sonrisa lenta—. Me gusta que te guste.

Cambió las reglas del juego.

—Hagamos una apuesta. Piedra, papel o tijera, tres de cinco. Si gano yo, mañana me preparas el desayuno sin camiseta.

—¿Y si gano yo?

—Tú dirás.

—Si gano yo, me enseñas tu cajón de ropa interior entero. Sin esperar a la colada.

Me miró fija unos segundos que se hicieron largos.

—Trato hecho.

Jugamos. Quedamos dos a dos y se decidió en la última. Yo saqué tijera; ella, papel.

—Has ganado —dijo.

Fue a su cuarto y volvió con dos cajones extraíbles, llenos de lencería ordenada por colores. Empecé a sacar prendas. Reconocí el tanga negro de encaje.

—Este lo he tendido.

—Tres veces.

Saqué un conjunto azul marino con bordados, otro rojo con lazos, uno de seda rosa pálido. Yo les inventaba etiquetas absurdas —«este es para robar un banco», «este para una boda real»— y ella se reía y añadía las suyas. Hasta que se quedó callada.

—Te das cuenta de que ahora, cada vez que me veas, me vas a imaginar con ropa interior, ¿verdad?

—Eso ya lo hacía. Cada vez que tiendo tu ropa.

—Eres un cabrón.

—Tú quisiste jugar.

Propuse una última copa antes de guardarlo todo. Le pregunté cuándo y por qué había empezado lo de la lencería.

—La primera vez fue un accidente —confesó—. Me dio mucha vergüenza al darme cuenta. Pensé que ibas a creer que te insinuaba algo. Pero no dijiste ni una palabra, lo tendiste como si fuera una camiseta más. Eso me gustó. Así que probé. Quería ver qué sentía yo si me mirabas la ropa interior. Y me gustó saber que la veías, que la tocabas, que sabías de mí cosas que nadie más sabía. Sentirme deseada otra vez, aunque fuera solo en mi imaginación.

Bebió un trago.

—He llegado a comprar ropa pensando únicamente en que tú la verías. En probármela frente al espejo preguntándome qué pensarías al tenderla.

—Joder, Nadia.

—Es una locura, lo sé.

—No, no lo es.

Dejé el vaso y me giré hacia ella.

—Creo que puedo adivinar cuál llevas puesto ahora mismo.

Se quedó muy quieta.

—¿Ah, sí? ¿Cuál?

Repasé mentalmente todo lo que había tendido las últimas semanas, pensé en ella, en que era viernes y estaba en casa conmigo.

—El azul marino. El elegante, el de las citas.

—Casi. Es azul marino, pero solo las braguitas. El sujetador es el negro de encaje, el que dijiste que era tu favorito.

Me quedé sin palabras.

—¿Sabes qué es lo peor? —dijo—. Que ahora tú lo sabes, y yo sé que lo sabes, y vamos a seguir aquí sentados como si no pasara nada.

—¿Quieres que pase algo?

La pregunta quedó flotando entre nosotros. Habló de lo seguro que era esto, de lo que podíamos estropear si cruzábamos la línea. Después se levantó.

—Me voy a dormir. Buenas noches, Gabriel.

Se fue a su habitación. Esta vez no cerró la puerta del todo.

***

Me quedé en el sofá terminando el whisky, preguntándome cuánto más podríamos seguir así. Decidí ser valiente. Me levanté y fui hasta su puerta entreabierta. Toqué con los nudillos.

—¿Sí?

Abrí un poco. Estaba de pie junto a la cama, guardando ropa.

—Quiero saber una última cosa. Cuál llevas puesto ahora.

Se sentó en el borde de la cama, con las manos sobre los muslos.

—¿Cuál querrías que llevase?

Empezó a acariciarse los muslos despacio, con las yemas de los dedos, dejándose mirar. Fallé dos veces a propósito. A la tercera negó con la cabeza, sonriendo.

—Pues entra y cierra la puerta.

Entré. Cerré. Ella siguió acariciándose mientras hablaba.

—Llevo semanas pensando en este momento. En si te atreverías a entrar. He comprado ropa pensando en ti, me he tocado en esta cama pensando en tus manos.

Levantó la camiseta despacio, centímetro a centímetro. Aparecieron sus muslos, sus caderas, unas braguitas blancas completamente transparentes. Las que había dicho que se pondría al día siguiente. Se las había puesto hoy.

—¿Te gusta lo que ves?

No pude hablar. Solo asentí. Se quitó la camiseta del todo y la dejó caer. El sujetador a juego, blanco, transparente. Le veía los pezones a través del encaje.

—Ven aquí.

Di dos pasos y quedamos frente a frente.

—¿Todavía tienes miedo? —preguntó.

—Sí.

—Yo también. Pero quiero que me beses.

La besé. Empezó tímido y en un segundo se volvió profundo, húmedo, urgente. Sus manos se enredaron en mi pelo; las mías bajaron a su cintura, al borde del encaje, donde el tejido era tan fino que sentía su calor por debajo.

—Llevas semanas poniéndome lencería delante —dije contra su boca—. Sabiendo lo que me hacía.

—Lo esperaba.

La tumbé en la cama y bajé besando su cuello, el valle entre sus pechos, su vientre. Me arrodillé entre sus piernas.

—No te lo voy a quitar todavía —dije—. Te queda demasiado bien.

Besé la cara interna de sus muslos, despacio, acercándome sin llegar. Podía ver la humedad a través del encaje transparente.

—Eres cruel —susurró.

Aparté las braguitas a un lado y hundí la boca entre sus piernas. El primer contacto de mi lengua la hizo arquearse. La lamí despacio, encontré su clítoris, lo acaricié en círculos. Metí un dedo, luego otro, sin dejar de mover la lengua.

—No pares —jadeó—, no pares.

No paré. Aceleré hasta que la sentí tensarse, los muslos temblando a los lados de mi cara. Explotó con un gemido largo, contrayéndose alrededor de mis dedos. La acompañé hasta que se relajó.

—Ahora me toca a mí —dijo, recuperando el control.

Me tumbó y me quitó la camiseta y el pantalón despacio, rozándome la piel con las yemas. Me acarició por encima de la ropa interior.

—Estás muy duro.

—Llevo así desde que entré al salón esta tarde.

Me bajó el bóxer. Se deslizó uno de los tirantes del sujetador, dejando un pecho al descubierto, el pezón duro. Me tomó con la mano y bajó la cabeza. Su boca cálida, húmeda, su lengua trabajando despacio. Una de mis manos fue a su pelo; la otra agarró las sábanas.

—Si sigues así, no voy a aguantar.

Se separó.

—Todavía no. No he terminado contigo.

Se levantó, se quitó el sujetador y las braguitas y quedó desnuda frente a mí. Salió un momento y volvió con la botella de whisky.

—¿Una última prueba?

Se sentó a horcajadas sobre mí y dejó caer unas gotas sobre su pecho. El whisky resbaló por su piel.

—Pruébalo.

Me incorporé y lamí cada gota de su pezón. Después inclinó la botella sobre mí; el líquido frío me arrancó un grito, y su boca caliente lo calmó enseguida, lamiéndome hasta la punta.

Dejó la botella, se colocó otra vez sobre mí y guió mi erección hasta su entrada.

—¿Estás seguro?

—Completamente.

Bajó despacio, centímetro a centímetro, hasta tenerme del todo dentro. Nos quedamos quietos un instante, mirándonos, respirando agitados.

—Te siento tan adentro —susurró.

Empezó a moverse. Despacio al principio, encontrando el ritmo, con las manos en mi pecho. Después más rápido, más fuerte.

—Llevo meses imaginando esto —dijo—. Es mejor. Mucho mejor.

El whisky y los parones me habían retrasado; podía aguantar un poco más. Me deleité mirándola: sus pechos moviéndose con cada embestida, su pelo cayéndole sobre los hombros, su boca entreabierta.

—No pares —gimió—. Estoy cerca.

—Córrete para mí.

La vi perderse, la espalda arqueándose, apretándome al correrse. Se desplomó sobre mi pecho, temblando todavía.

—Todavía estás duro —dijo, sorprendida.

La hice rodar suavemente y me coloqué encima. Me moví despacio primero, después más hondo.

—No voy a aguantar mucho más.

—Entonces no te contengas. Quiero que te corras dentro de mí.

Sus palabras casi acaban conmigo allí mismo. Empujé más rápido, más profundo; ella me rodeó con las piernas, las uñas clavadas en mi espalda. Unas embestidas más y me corrí, fuerte, interminable, vaciándome dentro de ella mientras me sostenía.

Cuando terminó, me dejé caer a su lado. Los dos respirando agitados, sudorosos, saciados.

***

Se giró hacia mí y apoyó la cabeza en mi hombro.

—¿Por qué esperamos tanto?

—Porque teníamos miedo.

—Ya no tengo miedo.

—Yo tampoco.

Me besó suavemente.

—Quédate esta noche. No te vayas a tu cuarto.

La atraje hacia mí y se acurrucó contra mi pecho.

—Nadia. Esto cambia las cosas.

—Lo sé.

—¿Te parece bien?

—Me parece perfecto.

Besé su pelo. Nos quedamos así hasta que el sueño nos venció. Por primera vez en muchos meses, dormí toda la noche de un tirón.

Ver todos los relatos de Confesiones

Valora este relato

Comentarios (6)

Luna87

increible!!! me quede con ganas de mucho mas, gracias por compartirlo

Marcos_BsAs

Que bien narrado, todo muy natural y creible. Espero que haya continuacion porque asi no puede quedar!

Pili_lectora

me recordo a una situacion parecida que tuve con mi compañera de piso hace años jaja, aunque no tan emocionante. muy buen relato!

Ruben

La tension que transmitis leyendo esto... de esas confesiones que te enganchan desde el titulo y no te sueltan.

Belen_lectora

Y despues??? no puede terminar ahi, necesito la segunda parte ya mismo

MatiasNqn

se hizo cortisimo. muy bueno, espero mas

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.