Lo que descubrí en la colada de mi compañera de piso
Me llamo Gabriel y acabo de cumplir cuarenta y tres años. También acabo de divorciarme.
Dicho así suena frío, y la verdad es más larga. El proceso empezó hacía más de un año, pero los papeles se firmaron hace tres meses, un martes por la tarde, en el despacho de la abogada. Elena y yo nos dimos la mano al salir. Después de quince años juntos, al menos conseguimos no destrozarnos.
Tenemos dos hijos: Hugo, de trece años, y Lucía, de diez. Por ellos elegimos la fórmula de la casa nido. Los niños se quedan siempre en el piso de toda la vida y somos los padres quienes nos turnamos por semanas. Una semana vivo con ellos; la siguiente, me toca buscarme la vida en otro sitio.
El problema, como casi siempre, era el dinero. Mantengo mi parte de la hipoteca, los gastos de los críos, la casa nido. Tengo una tienda de vinos con un socio, Daniel, y nos va bien, pero sin lujos. Un piso entero para mí solo, para usarlo media vida, estaba fuera de mi alcance.
Pasé dos meses durmiendo en casa de mis padres las semanas libres. Son buena gente, pero tienen sus rutinas de siempre, inamovibles. Aguanté lo que pude. Después empecé a mirar habitaciones en alquiler.
La idea me repugnaba. A mi edad, volver a compartir piso como un universitario me parecía un fracaso. Pero cuanto más lo pensaba, más sentido tenía: solo necesitaba un sitio una semana de cada dos.
Tras semanas de anuncios descartados, encontré uno distinto. Tres habitaciones en una zona tranquila, alquilaban una. Buscaban una chica responsable, limpia, sin fiestas. Las fotos mostraban un piso luminoso con una terraza llena de plantas. Firmaba el anuncio una tal Nadia.
Estuve dos días dándole vueltas antes de llamar.
—¿Sí? —contestó al tercer tono.
—Hola, llamo por la habitación. Me llamo Gabriel.
—En el anuncio pongo que busco una chica. ¿Lo has leído?
—Lo he leído. Por eso te llamo. Solo te pido dos minutos para explicarte mi situación.
Hubo un silencio largo. Le conté lo del divorcio, la casa nido, que solo necesitaría el piso una semana sí y otra no, que el resto del tiempo estaría vacío. Que no buscaba ambiente de fiesta ni traer a nadie, solo un sitio tranquilo donde estar.
—No me lo esperaba —admitió al fin—. Pero ven a verlo el sábado a las once. No te prometo nada.
***
El sábado me duché, me afeité y llegué cinco minutos antes. Nadia me abrió antes de que llamara. Treinta y pocos, pelo castaño por los hombros, descalza. Me miró de arriba abajo sin disimular.
—Pasa.
El piso era mejor que en las fotos. Luminoso, ordenado, olía a limpio. Me sentó en el sofá y me sirvió un café. Le repetí mi historia con más detalle: Hugo y Lucía, la tienda, los números justos. Le propuse un mes de prueba.
—Si ves que no funciona, cojo mis cosas y me voy. Sin dramas.
Hablamos un buen rato. Me contó que venía de una relación larga, que el piso había sido de los dos y que ahora lo sostenía sola. Al final me enseñó la habitación: pequeña pero suficiente, con una ventana que daba al patio interior. Silenciosa.
—Me lo pienso y te llamo —dijo—. Tengo a dos chicas más en la lista.
El miércoles me llamó. Había decidido jugársela conmigo. Un mes de prueba, normas claras desde el principio y el primer mes por adelantado.
***
La mudanza fue rápida: una maleta de ropa, otra de cosas, el portátil y poco más. Esa primera semana me propuse ser el mejor compañero posible. El lunes, que la tienda cerraba, me quedé solo en el piso y lo limpié entero. Salón, cocina, baño. No entré en su cuarto ni en su despacho; eso era su espacio y no pensaba cruzar esa línea.
Cuando Nadia volvió por la tarde, se quedó parada en la puerta.
—¿Qué has hecho?
—Limpiar. ¿Se nota?
—Claro que se nota. No tenías que hacerlo.
—Quería. Como agradecimiento.
Algo en ella se destensó esa tarde. Buen comienzo, pensé.
Pasó el primer mes, luego un segundo y un tercero. Cuando me quise dar cuenta, llevaba medio año compartiendo piso con ella y la tensión inicial se había evaporado del todo. Me recibía los viernes con una cerveza fría y un «qué tal la semana, compañero». Nos quedábamos charlando en la terraza hasta tarde, hablando de su trabajo en la farmacia, de mis hijos, de la tienda y de las ocurrencias de Daniel.
Manteníamos las distancias por costumbre, por respeto. Pero éramos, sin ninguna duda, amigos.
Yo tenía una rutina fija para la colada. Las idas y venidas entre casas me obligaban a ser organizado, y los sábados por la mañana, si me tocaba semana en su piso, lavaba. Un sábado, viendo que la lavadora no se llenaba solo con mi ropa, asomé la cabeza a su despacho.
—Voy a poner una lavadora de color. Si tienes algo, lo aprovecho y me ocupo de tenderlo.
—¿En serio? Qué lujo tenerte en casa.
Volvió con una pequeña montaña de ropa. La metí toda, eché el detergente y programé el ciclo.
Con el calor del verano, la ropa se secaba en un par de horas. Por la tarde fui a recogerla. Mi ropa primero; después la suya: camisetas oscuras, pantalones de pijama. Y entonces, entre todo, un tanga de encaje negro.
Me quedé con él en la mano un segundo de más. Era delicado, pequeño, con unas flores bordadas en los bordes. Pensé que se le había colado por error. Hasta entonces había sido muy discreta con su ropa íntima. Lo doblé, lo dejé en el fondo de la cesta, tapado por lo demás, y no le di más vueltas.
Cuando recogió la cesta esa noche, sonrió.
—Eres un santo.
Yo me quedé pensando que en seis meses era la primera vez que tocaba su ropa interior. No supe muy bien qué hacer con esa información.
Al día siguiente repetí la operación con la ropa blanca. Esta vez Nadia tardó más en traerme su parte, y cuando salió no me miraba a los ojos.
—Lo de ayer… se me coló una prenda por error —dijo—. Si te molestó, lo siento.
—No me molestó nada. Es ropa, forma parte del día a día.
Pareció relajarse. Pero al tender encontré otro tanga, este color crema, y un sujetador a juego, y luego otro más. No era un descuido. Era deliberado.
Mi compañera amaba la lencería delicada. Y cada vez se mostraba menos pudorosa conmigo.
Las semanas siguientes aquello se volvió tradición. Cada fin de semana descubría piezas nuevas: tangas de todos los colores, conjuntos a juego, encajes que parecían de seda. Dejé de ocultarlos cuando recogía. Los doblaba con normalidad y los dejaba en su cesta. Y me encantaba esa intimidad extraña que habíamos construido sin una sola palabra.
***
Un jueves llegué tarde, de ver un partido de Hugo, y encontré el salón lleno de risas. Nadia cenaba con tres amigas: Cristina, Marta y Bea. Botellas de vino, platos a medias, el ambiente de una cena entre amigas. Cuatro pares de ojos se clavaron en mí.
—Siéntate, tómate algo con nosotras —ofreció Nadia.
—Gracias, pero esto es vuestro. Me voy a mi cuarto.
Al día siguiente, mientras ella cortaba tomates para una ensalada, me lo soltó:
—Mis amigas se quedaron encantadas contigo. No pararon de piropearte cuando te fuiste.
—Qué tontería. Soy un viejo, estoy fuera de juego.
Dejó el cuchillo en la tabla y me miró de frente.
—Tienes cuarenta y tres años, no ochenta. Estás en forma, eres atractivo, tienes tu vida organizada. No sé de dónde sacas eso. A mis amigas les pareció guapísimo. Y a mí también me lo parece.
Se quedó mirándome un segundo de más y volvió a la ensalada como si no hubiera dicho nada importante. Yo no supe qué contestar, así que no dije nada.
A partir de esa noche empezamos a compartir mucho más. Ya no me encerraba después de cenar; me quedaba con ella hasta las tantas. Descubrimos que coincidíamos en casi todo. Le regalaba botellas de la tienda y las bebíamos en la terraza, casi a oscuras, los pies descalzos.
Nos soltamos en casa. Ella salía de la ducha en toalla y cruzaba el pasillo sin pensarlo dos veces. Yo hacía lo mismo. Cenaba con una camiseta larga y las piernas al aire; yo en pantalón corto y sin camiseta las noches de más calor. Ninguno decía nada. Y cada fin de semana su lencería seguía pasando por mis manos, ya sin pudor, como una conversación que manteníamos sin hablar.
***
Una noche llegué con un whisky japonés que me había regalado un cliente, un single malt de doce años de los buenos. A Nadia se le iluminó la cara y me dio un abrazo que duró un segundo más de lo normal.
—Esto es una joya. La abrimos ahora mismo.
Sirvió dos dedos en cada vaso, sin hielo. Nos sentamos en el sofá, los pies en la mesa, y hablamos durante horas. Reímos mucho. Hasta que se giró hacia mí, con las piernas cruzadas.
—Vamos a jugar. Preguntas sinceras. Yo pregunto, tú contestas con la verdad. Luego al revés.
Empezó inocente: el primer beso, el mayor miedo. El whisky bajaba y los dos estábamos más sueltos. Entonces me miró fijamente.
—¿Qué opinas de mi lencería?
Podía esquivarla con una broma. Pero habíamos quedado en decir verdades.
—Que es de lo más sexy que he visto. Que cada vez que engancho un tanga tuyo en la pinza se me pone dura pensando en cómo te queda.
—Me alegro —dijo, con una sonrisa lenta, mordiéndose el labio—. Me gusta que te guste. Me gusta imaginarte empalmado tendiendo mis braguitas.
Cambió las reglas del juego.
—Hagamos una apuesta. Piedra, papel o tijera, tres de cinco. Si gano yo, mañana me preparas el desayuno sin camiseta.
—¿Y si gano yo?
—Tú dirás.
—Si gano yo, me enseñas tu cajón de ropa interior entero. Sin esperar a la colada.
Me miró fija unos segundos que se hicieron largos.
—Trato hecho.
Jugamos. Quedamos dos a dos y se decidió en la última. Yo saqué tijera; ella, papel.
—Has ganado —dijo.
Fue a su cuarto y volvió con dos cajones extraíbles, llenos de lencería ordenada por colores. Empecé a sacar prendas. Reconocí el tanga negro de encaje.
—Este lo he tendido.
—Tres veces.
Saqué un conjunto azul marino con bordados, otro rojo con lazos, uno de seda rosa pálido. Yo les inventaba etiquetas absurdas —«este es para robar un banco», «este para una boda real»— y ella se reía y añadía las suyas. Hasta que se quedó callada.
—Te das cuenta de que ahora, cada vez que me veas, me vas a imaginar con ropa interior, ¿verdad?
—Eso ya lo hacía. Cada vez que tiendo tu ropa te imagino sin ella.
—Eres un cabrón.
—Tú quisiste jugar.
Propuse una última copa antes de guardarlo todo. Le pregunté cuándo y por qué había empezado lo de la lencería.
—La primera vez fue un accidente —confesó—. Me dio mucha vergüenza al darme cuenta. Pensé que ibas a creer que te insinuaba algo. Pero no dijiste ni una palabra, lo tendiste como si fuera una camiseta más. Eso me gustó. Así que probé. Quería ver qué sentía yo si me mirabas la ropa interior. Y me gustó saber que la veías, que la tocabas, que sabías de mí cosas que nadie más sabía. Sentirme deseada otra vez, aunque fuera solo en mi imaginación.
Bebió un trago.
—He llegado a comprar ropa pensando únicamente en que tú la verías. En probármela frente al espejo preguntándome qué pensarías al tenderla. Y me he tocado, Gabriel. Me he metido los dedos en el coño pensando en ti tendiendo esas braguitas, oliéndolas, imaginándome dentro de ellas.
—Joder, Nadia.
—Es una locura, lo sé.
—No, no lo es. Yo también me la he cascado pensando en ti. Más veces de las que me atrevo a decir.
Dejé el vaso y me giré hacia ella.
—Creo que puedo adivinar cuál llevas puesto ahora mismo.
Se quedó muy quieta.
—¿Ah, sí? ¿Cuál?
Repasé mentalmente todo lo que había tendido las últimas semanas, pensé en ella, en que era viernes y estaba en casa conmigo.
—El azul marino. El elegante, el de las citas.
—Casi. Es azul marino, pero solo las braguitas. El sujetador es el negro de encaje, el que dijiste que era tu favorito.
Me quedé sin palabras.
—¿Sabes qué es lo peor? —dijo—. Que ahora tú lo sabes, y yo sé que lo sabes, y vamos a seguir aquí sentados como si no pasara nada. Con las braguitas empapadas yo, y tú con la polla dura debajo del pantalón.
—¿Quieres que pase algo?
La pregunta quedó flotando entre nosotros. Habló de lo seguro que era esto, de lo que podíamos estropear si cruzábamos la línea. Después se levantó.
—Me voy a dormir. Buenas noches, Gabriel.
Se fue a su habitación. Esta vez no cerró la puerta del todo.
***
Me quedé en el sofá terminando el whisky, preguntándome cuánto más podríamos seguir así. Sentía la polla dura contra la cremallera, la boca seca, el pulso golpeándome en las sienes. Decidí ser valiente. Me levanté y fui hasta su puerta entreabierta. Toqué con los nudillos.
—¿Sí?
Abrí un poco. Estaba de pie junto a la cama, guardando ropa, en camiseta larga y descalza. Se giró despacio, sabiendo perfectamente lo que venía a buscar.
—Quiero saber una última cosa. Cuál llevas puesto ahora.
Se sentó en el borde de la cama, con las manos sobre los muslos.
—¿Cuál querrías que llevase?
Empezó a acariciarse los muslos despacio, con las yemas de los dedos, subiendo hasta el borde de la camiseta y bajando otra vez, dejándose mirar. Fallé dos veces a propósito. A la tercera negó con la cabeza, sonriendo.
—Pues entra y cierra la puerta.
Entré. Cerré. Ella siguió acariciándose mientras hablaba, ahora subiendo la camiseta un poco más, dejándome adivinar el filo del encaje.
—Llevo semanas pensando en este momento. En si te atreverías a entrar. He comprado ropa pensando en ti, me he tocado en esta cama pensando en tus manos, en tu boca, en tu polla. Me he corrido gritando bajito para que no me oyeras, con dos dedos dentro y la otra mano apretándome un pecho, imaginando que eras tú.
Levantó la camiseta despacio, centímetro a centímetro. Aparecieron sus muslos, sus caderas, unas braguitas blancas completamente transparentes que dejaban ver la mata oscura de su pubis, el vello recortado, y una mancha de humedad en el centro del tejido. Las que había dicho que se pondría al día siguiente. Se las había puesto hoy.
—¿Te gusta lo que ves?
No pude hablar. Solo asentí, con la vista clavada entre sus piernas. Se quitó la camiseta del todo y la dejó caer. El sujetador a juego, blanco, transparente. Le veía los pezones duros a través del encaje, hinchados, oscuros, apretando contra el tejido como pidiendo salir.
—Ven aquí.
Di dos pasos y quedamos frente a frente. Ella alargó la mano y me apretó la polla por encima del pantalón, sin dejar de mirarme a los ojos. Se le escapó un jadeo al notar lo dura que la tenía.
—Joder, Gabriel. Estás como una piedra.
—¿Todavía tienes miedo? —preguntó.
—Sí.
—Yo también. Pero quiero que me beses. Y después quiero que me hagas todo lo que llevas meses pensando.
La besé. Empezó tímido y en un segundo se volvió profundo, húmedo, urgente. Nuestras lenguas se enredaron con hambre, mordiéndonos los labios, respirando por la boca del otro. Sus manos se enredaron en mi pelo; las mías bajaron a su cintura, al borde del encaje, donde el tejido era tan fino que sentía su calor por debajo. Le apreté el culo con las dos manos y ella gimió dentro de mi boca.
—Llevas semanas poniéndome lencería delante —dije contra su boca—. Sabiendo lo que me hacía. Sabiendo que me la cascaba pensando en tus tangas.
—Lo esperaba. Quería que lo hicieras. Cada vez que colgabas mis braguitas yo entraba en la cocina a comprobar cuáles habías tocado, y me imaginaba tus dedos ahí, y se me caía el bragas.
Bajé una mano por su vientre, por el encaje transparente, y le froté el coño por encima de las braguitas. El tejido estaba empapado, resbaladizo. Ella se abrió más de piernas y apoyó la frente en mi hombro, jadeando.
—Estás chorreando, Nadia.
—Llevo así desde que empezó la partida de piedra, papel o tijera.
La tumbé en la cama y bajé besando su cuello, mordisqueándole el hueco de la clavícula, chupándole los pezones a través del encaje hasta dejar el sujetador transparente empapado de saliva, marcándolos duros contra el tejido. Le desabroché el sujetador y se lo saqué. Sus pechos cayeron libres, blancos, con los pezones enrojecidos de tanto chupar. Se los besé uno por uno, los mordí despacio, tiré con los dientes hasta que ella arqueó la espalda y me clavó los dedos en la nuca.
Seguí bajando por el valle entre sus pechos, por su vientre, mordiéndole la piel del bajo vientre. Me arrodillé entre sus piernas y le pasé la lengua por encima de las braguitas transparentes, largo, saboreando el tejido empapado. Sabía a ella, a sal, a hembra caliente. Ella soltó un gemido largo y levantó las caderas contra mi cara.
—No te lo voy a quitar todavía —dije—. Te queda demasiado bien.
Besé la cara interna de sus muslos, despacio, acercándome sin llegar, mordiéndole la piel blanda hasta dejarle pequeñas marcas rojas. Podía ver la humedad a través del encaje transparente, un hilo brillante bajándole por la ingle.
—Eres cruel —susurró, retorciéndose—. Cómemelo ya, por favor.
—¿Cómo me lo pides?
—Cómeme el coño, Gabriel. Cómemelo entero.
Aparté las braguitas a un lado y hundí la boca entre sus piernas. El primer contacto de mi lengua contra sus labios abiertos la hizo arquearse hasta separar el culo de la cama. La lamí despacio, de abajo arriba, recorriendo toda la raja, saboreando el flujo espeso que la empapaba. Encontré su clítoris hinchado, duro, sobresaliendo del capuchón, y lo acaricié en círculos con la punta de la lengua. Después lo chupé, atrapándolo entre los labios, tirando suave, soltándolo, volviendo a chuparlo.
—Ay, joder, joder, joder —gemía ella, agarrándome del pelo, meneando las caderas contra mi cara.
Metí un dedo, luego otro, sin dejar de mover la lengua. Los curvé hacia arriba, buscándole el punto rugoso en la pared frontal, y empecé a follármela con los dedos mientras le comía el clítoris a la vez. Ella se estremecía a cada empujón, sus muslos apretándome la cabeza, jadeando cada vez más fuerte.
—No pares —jadeó—, no pares, sigue, sigue, me voy a correr.
No paré. Aceleré con los dedos, chupando el clítoris con más fuerza, hasta que la sentí tensarse entera, los muslos temblando a los lados de mi cara, el vientre contrayéndose en oleadas. Explotó con un gemido largo, ronco, sin controlarse, contrayéndose alrededor de mis dedos, empapándome la barbilla de flujo caliente. La acompañé hasta que se relajó, lamiéndole despacio los labios inflamados mientras ella se derretía sobre las sábanas.
—Dios mío —murmuró, todavía temblando—. Ahora me toca a mí. Túmbate.
Me tumbó y me quitó la camiseta y el pantalón despacio, rozándome la piel con las yemas, besándome el pecho, el ombligo, la línea de vello que bajaba hasta el bóxer. Me acarició la polla por encima de la ropa interior, apretando, midiéndola con la mano.
—Estás muy duro. Enorme.
—Llevo así desde que entré al salón esta tarde. Desde que te vi cruzar el pasillo con la camiseta esa que se te transparenta.
Me bajó el bóxer de un tirón. Mi polla saltó libre, dura, palpitando, con la punta ya mojada. Ella se relamió, se apartó el pelo detrás de la oreja y bajó la cabeza. Antes de meterla en la boca me la agarró con la mano y me pasó la lengua por toda la longitud, de los cojones hasta el glande, despacio, mirándome a los ojos. Después atrapó la punta entre los labios y chupó fuerte, sacando el pre.
—Llevo meses imaginando cómo sabrías —dijo.
Se la metió entera, tanto como pudo, hasta que la sentí golpear el fondo de su garganta. Empezó a mamármela despacio, con toda la boca, ayudándose con la mano en la base, girando la muñeca a cada bajada. Su lengua se enroscaba alrededor del glande cada vez que subía, y a cada bajada le oía la garganta hacer ese sonido húmedo, apretado. Me deslizó uno de los tirantes del sujetador —se lo había vuelto a poner un instante, coqueta— y dejó un pecho al descubierto, el pezón duro rozándome el muslo mientras me chupaba.
—Joder, Nadia, qué bien la chupas.
Aceleró. Me la metía hasta el fondo, se atragantaba, se apartaba tosiendo un poco con los ojos llorosos y volvía a por más. Una hebra de saliva le colgaba de la barbilla hasta mis huevos. Con la otra mano se acariciaba entre las piernas, sin sacar los dedos de dentro de las braguitas transparentes. Yo tenía una mano en su pelo, guiándola sin forzar, la otra agarrada a las sábanas.
—Si sigues así, no voy a aguantar. Me vas a hacer correr en tu boca.
Se separó, con los labios hinchados, brillantes de saliva.
—Todavía no. No he terminado contigo. Cuando te corras quiero sentirlo dentro.
Se levantó, se quitó el sujetador y las braguitas empapadas y quedó desnuda frente a mí. Se pasó los dedos por el coño abierto, se los llevó a la boca y los chupó despacio, mirándome. Salió un momento del cuarto y volvió con la botella de whisky.
—¿Una última prueba?
Se sentó a horcajadas sobre mí, con la polla dura pegada contra su vientre, y dejó caer unas gotas sobre su pecho. El whisky resbaló por su piel, por el pezón, hasta el vientre.
—Pruébalo.
Me incorporé y lamí cada gota de su pezón, chupándole el pecho entero, mordiéndoselo despacio. Ella jadeó y se restregó el coño mojado contra mi vientre, dejando un rastro húmedo. Después inclinó la botella sobre mí; el líquido frío me cayó sobre la polla y me arrancó un jadeo, y su boca caliente lo calmó enseguida, lamiéndome de los huevos a la punta, chupándome cada gota mezclada con whisky y pre.
Dejó la botella, se colocó otra vez sobre mí y guió mi polla con la mano hasta su entrada. Se frotó la punta contra los labios, empapándome, dando pequeños golpecitos contra el clítoris hasta que a los dos se nos escapó un gemido.
—¿Estás seguro?
—Completamente. Métetela.
Bajó despacio, centímetro a centímetro, empalándose sobre mí. La sentí abrirse, apretada, caliente, mojadísima, tragándome la polla hasta que se sentó del todo con las nalgas apoyadas en mis muslos. Nos quedamos quietos un instante, mirándonos, respirando agitados. Ella se mordía el labio de abajo.
—Te siento tan adentro. Me llenas entera.
Empezó a moverse. Despacio al principio, casi en círculos, encontrando el ritmo, con las manos en mi pecho y los pechos meneándose delante de mi cara. Después empezó a subir y bajar, más rápido, más fuerte, cabalgándome como si llevara meses ensayándolo mentalmente. La polla le entraba y salía brillante de sus jugos, haciendo un sonido húmedo cada vez que sus nalgas chocaban contra mis muslos.
—Llevo meses imaginando esto —dijo, sin dejar de moverse—. Cómo me follarías. Si serías dulce, si me lo darías fuerte. Es mejor. Mucho mejor.
Le agarré las caderas con las dos manos, ayudándola a bajar más fuerte, empujando yo hacia arriba a cada bajada. Los pechos le rebotaban con cada golpe. Le atrapé uno en la boca, le chupé el pezón hasta hacerla gritar. Ella me clavó las uñas en los hombros, echándose adelante para follarse el clítoris contra mi pubis a cada embestida.
—Así, así, dame así, Gabriel.
—Fóllame la polla, Nadia. Móntame como una puta.
—Eso soy, ¿verdad? Tu putita. La compañera de piso que te dejaba las braguitas para que te la cascaras.
El whisky y los parones me habían retrasado; podía aguantar un poco más. Me deleité mirándola: sus pechos moviéndose con cada embestida, su pelo cayéndole sobre los hombros, su boca entreabierta, un hilo de saliva en la comisura. Sudaba. Yo también.
—No pares —gimió, cambiando el ángulo—. Estoy cerca. Otra vez, joder, otra vez.
—Córrete para mí. Córrete montándome la polla.
La vi perderse, la espalda arqueándose, la boca abierta en un grito mudo, todo su coño apretándome al correrse. La sentí ordeñándome por dentro, en oleadas, mientras ella temblaba entera y me arañaba el pecho. Se desplomó sobre mí, con la polla todavía dentro, temblando, jadeando en mi cuello.
—Todavía estás duro —dijo, sorprendida, incorporándose un poco—. Increíble.
—Me falta poco. Ponte a cuatro patas.
Me obedeció sin decir nada. Se apartó despacio, sacándose la polla del coño con un jadeo, y se colocó boca abajo, con el culo levantado, la cara apoyada en la almohada, mirándome por encima del hombro. Le veía el coño abierto, hinchado, brillando, y el ojo del culo apretado justo encima. Me arrodillé detrás y le pasé la polla entera por la raja, arriba y abajo, empapándome.
—Métemela ya, por favor.
La empujé de una embestida hasta el fondo. Ella gritó contra la almohada. Le agarré las caderas con las dos manos y empecé a follármela desde atrás, fuerte, hondo, sin darle tregua. Cada golpe le sacaba un gemido; cada retirada dejaba mi polla brillante hasta la base. Le veía las nalgas temblar a cada choque, marcándome los dedos blancos donde la apretaba.
—Así, así, más fuerte, rómpeme —jadeaba ella, empujando el culo hacia atrás, buscándome.
Le solté una nalga y le di una palmada. Ella soltó un gemido agudo y se apretó todavía más alrededor de mi polla. Le di otra en la otra nalga y la marca se le puso roja. Me incliné sobre su espalda sin dejar de embestir, le agarré un pecho por debajo, le pellizqué el pezón. Con la otra mano le busqué el clítoris y se lo froté en círculos mientras se la metía hasta el fondo.
—Voy a correrme otra vez —jadeó—, joder, Gabriel, no pares, no pares.
—Córrete conmigo dentro. Otra vez. Vamos.
Se corrió con un grito ronco, apretándome tan fuerte que casi no podía moverme. Aguanté, le seguí frotando el clítoris hasta que ella misma me apartó la mano diciendo que no podía más. La tumbé del todo, boca abajo, con las piernas ligeramente abiertas, y me tumbé sobre ella para follármela así, aplastándola contra el colchón, entrando desde arriba, apretado, hondísimo.
—No voy a aguantar mucho más.
—Entonces no te contengas. Córrete dentro de mí. Quiero sentirte lleno.
Sus palabras casi acaban conmigo allí mismo. Empujé más rápido, más profundo, más brutal, sintiendo cómo los huevos se me subían y todo se me acumulaba en la base. Ella gemía a cada embestida, la almohada mordida, susurrando cosas guarras contra la tela:
—Sí, sí, córrete dentro, lléname, joder, córrete en mi coño.
Unas embestidas más y me corrí, fuerte, interminable, la polla contrayéndose dentro de ella, chorro tras chorro, vaciándome hasta la última gota mientras ella me apretaba con el coño ordeñándome cada latido. Me dejé caer sobre su espalda un segundo, respirando en su nuca, todavía dentro, sintiendo cómo la polla me palpitaba dentro de ella hasta que empezó a ceder.
Salí despacio. Un hilo espeso me siguió y le cayó por la cara interna del muslo. Ella soltó un jadeo largo, saciado, y giró la cara para mirarme, con una sonrisa perezosa.
—Me has llenado entera. Lo noto todavía dentro.
Me tumbé a su lado. Los dos respirando agitados, sudorosos, saciados. Ella se giró, se pegó a mí y me pasó dos dedos por el vientre, jugando con el sudor.
***
Se giró hacia mí y apoyó la cabeza en mi hombro. Sentí su semen y el mío bajándole por el muslo, mojándome la pierna. No me importó.
—¿Por qué esperamos tanto?
—Porque teníamos miedo.
—Ya no tengo miedo.
—Yo tampoco.
Me besó suavemente, con los labios todavía hinchados.
—Quédate esta noche. No te vayas a tu cuarto. Y mañana, cuando me despierte, quiero que me vuelvas a follar antes del desayuno.
—Hecho.
La atraje hacia mí y se acurrucó contra mi pecho.
—Nadia. Esto cambia las cosas.
—Lo sé.
—¿Te parece bien?
—Me parece perfecto.
Besé su pelo. Nos quedamos así hasta que el sueño nos venció. Por primera vez en muchos meses, dormí toda la noche de un tirón.