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Relatos Ardientes

Lo que pasó en mi coche con un desconocido del chat

La primera vez que nos vimos fue aquella mañana, dentro de mi coche, con la lluvia golpeando los cristales como si quisiera entrar.

Llevaba varias semanas dedicando mis ratos libres a un chat sobre viajes raros, de esos a los que nadie va. Me mantenía la mente ocupada, lejos de los problemas que me rondaban por casa. Los días pasaban en una calma prestada, y yo me aferraba a ella como podía.

Cada noche, después del trabajo, me reservaba un momento para encerrarme en mí misma y huir a lugares imposibles. Era mi forma de evadirme: el tiempo se volvía sorpresa cuando me dejaba soñar con otras vidas, con otros mapas, con versiones de mí que nunca llegaría a ser.

Una de esas noches, cuando el cansancio ya me pesaba en los párpados y los ojos me pedían cerrarse, apareció Adrián.

Su entrada no pasó desapercibida. De una forma que todavía no sé explicar, la conexión fue casi inmediata.

Era un hombre joven, de palabra cuidada y educada, que hablaba de un viaje con un entusiasmo contagioso. Y resultó ser, sin exagerar, el viaje de mis sueños. Su relato sobre un recorrido por las islas griegas, saltando de puerto en puerto, bastó para capturarme entera. Dejé de pensar en cualquier otra cosa que no fuera él, y casi sin darme cuenta me animé a escribirle por privado.

—¿Has hecho de verdad ese viaje? —le pregunté, con una curiosidad que apenas conseguí disimular.

Adrián era un hombre interesante, de los que ya quedan pocos. Culto, atento, humilde. Cualidades raras en un sitio como aquel, que me sedujeron desde el primer mensaje y me arrastraron a una conversación tan fluida como inesperada.

Por su manera de expresarse, supe enseguida que había recorrido medio mundo. Manejaba referencias, nombres, rincones que solo conoce quien ha viajado de verdad. Y, sin embargo, lo que más me desarmaba era el contraste con su humildad: nunca presumía, nunca imponía nada. Contaba como quien comparte, no como quien exhibe.

Durante semanas hablamos día y noche. Conversaciones que se estiraban hasta la madrugada, sin que el sueño lograra apagar el interés. Día tras día, sin saltarnos uno solo.

La lista de lugares era interminable: destinos viejos, rincones inesperados, sitios que ninguno de los dos había imaginado hasta que el otro los nombraba. Aquello se convirtió en un intercambio enriquecedor, práctico y fascinante a partes iguales.

Pronto fue un hábito diario, de esos que se vuelven necesidad.

Todo fluyó desde el primer instante. La cercanía creció sola, hasta que la química se hizo evidente, casi palpable. Ya no nos movían los mapas. Nos movían otras razones, más hondas, más íntimas, más difíciles de confesar incluso a una misma. A esas alturas ya me metía en la cama con el móvil y me tocaba pensando en él, con dos dedos hundidos en mi coño mientras leía sus mensajes, imaginando que era su boca la que me lamía y no mi propia mano la que me hacía correrme sobre las sábanas.

Un jueves por la mañana surgió la ocasión.

Habíamos decidido vernos. Desayunar juntos, pasar la mañana hablando entre el aroma del café, quizá dar un paseo después si el cuerpo lo pedía.

A las nueve en punto yo ya estaba en el aparcamiento de un centro comercial cualquiera, de esos sin alma que sirven para todo.

Había pasado la noche en vela, intranquila ante el encuentro. Sería la primera vez que compartiríamos algo más que palabras. Nos miraríamos a los ojos de verdad, nos rozaríamos por primera vez, y solo pensarlo me provocaba un nerviosismo que no conseguía domar. Me había puesto un vestido corto con un tanga negro finito, sin sujetador, porque en el fondo sabía perfectamente lo que quería que pasara.

La mañana amaneció rota de lluvia. Llevábamos meses de sequía, al borde de las restricciones, con el verano apretando, y justo ese día el cielo decidió desfondarse. Una tormenta cerrada cayó sin tregua sobre la ciudad.

Hacía mucho que no llovía así. Conducir se había convertido en una prueba: pequeños riachuelos cruzaban el asfalto, el limpiaparabrisas no daba abasto y el mundo entero parecía borrarse tras el agua.

Aparqué en una zona descubierta, lejos de la entrada, casi escondida.

Durante el trayecto habíamos seguido escribiéndonos, y acordamos que quien llegara primero esperaría dentro del coche. Aquella vez llegué yo.

Quince minutos después apareció un Volvo azul oscuro que aparcó justo enfrente del mío.

Adrián salió bajo la lluvia. Se cubría la cabeza con la capucha de una chaqueta, intentando no empaparse, y cruzó con paso rápido los pocos metros que nos separaban.

Dos golpecitos suaves en el cristal hicieron que los nervios, que hasta entonces había mantenido a raya, despertaran de golpe.

Al abrir la puerta, se quitó la chaqueta con un movimiento ágil y, sin esperar invitación, se acomodó dentro.

—Buenos días —dijo, con una sonrisa que lo decía todo.

Adrián era un hombre normal. Se notaba que se cuidaba, que se mantenía en forma, pero su mayor atractivo estaba en esa sonrisa dulce, fácil, capaz de desarmar a cualquiera que se cruzara con ella.

Sentados frente a frente, nos sonreímos sin decir nada más.

Por un instante el tiempo pareció detenerse, suspendido en un espacio diminuto donde solo cabíamos nosotros y el repiqueteo del agua. Cuando sus ojos dejaron los míos para bajar hasta mis labios, supe que aquello ya no era solo un encuentro casual.

El ritmo cambió. Lo que sentía dejó de ser curiosidad. Algo más profundo, más urgente, empezaba a abrirse paso dentro de mí. Sentía el tanga ya húmedo, pegado al coño, y no llevábamos ni dos minutos.

Sin poder evitarlo, me acerqué para darle dos besos. En el fondo esperaba que aquel gesto torpe me llevara a algo más, y no me equivoqué. En lugar de los besos previstos, recibí un mordisco hambriento, casi impaciente, en el labio inferior.

Me quedé quieta, absorbiendo el instante, sorprendida por una promesa que abría de pronto un escenario nuevo a su lado.

Esto no estaba en mis planes.

Adrián era un hombre tranquilo. Amaba la emoción, pero sin imprudencias. No se precipitaba, no se alteraba. Un hombre sereno, equilibrado. De los que una llamaría, sin dudarlo, un buen hombre.

Y, sin embargo, esta vez se lanzó.

Aquel mordisco despertó en mí un deseo que llevaba dormido demasiado tiempo. Un hambre callada por saborear todo aquello que él aún no me había dado.

No tardó en borrar la distancia que nos separaba. Sus manos, inquietas y curiosas, buscaron mi pecho con una determinación contenida. Coló los dedos por el escote, apartó la tela y me sacó una teta al aire ahí mismo, en el asiento del coche, sin preguntar. Cuando notó que iba sin sujetador, se le escapó un gruñido bajo, casi animal, y susurró contra mi cuello:

—Guarra… venías preparada, ¿eh?

—Sí —admití, sin aire—. Vine a que me follaras.

El vaho de nuestras respiraciones empezó a acelerarse, empañando los cristales, cerrando el coche en una penumbra cómplice. Nunca habría imaginado que aquel día gris y lluvioso terminaría siendo nuestro aliado. Y, sin embargo, lo fue.

Una presión firme sobre mis pezones los mantenía en alerta, provocando una excitación que crecía sin control. Disfrutaba pellizcándolos, retorciéndolos entre el pulgar y el índice hasta que se me escapaba un quejido, rozándolos con la yema de los dedos hasta hacerlos vibrar, y a mí aquello me estremecía entera. Se agachó y se metió uno en la boca, chupándolo con fuerza, tirando de él con los dientes hasta que el pezón salía disparado de sus labios, rojo, duro, brillante de saliva.

La provocación tenía su efecto. Con disimulo, moví las caderas en el asiento, buscando el roce de la tela para calmar, en la medida en que podía, la necesidad que crecía entre mis piernas. Notaba el tanga completamente empapado, pegado a los labios de mi coño, y cada vez que me removía la costura se me metía dentro y me arrancaba un temblor.

Esa fricción me saciaba a medias. Y él lo sabía.

La urgencia que empezaba a arder me llevó a actuar.

Sin pensarlo, por puro impulso, entrelacé mis dedos con su mano libre. Apretando con fuerza, liberé por ahí parte de la tensión que me recorría. La otra mano seguía firme sobre mi pecho, arrancándome gemidos que no lograba contener. La necesidad se volvió imperiosa, y no lo pensé más: le agarré la muñeca, le subí la falda de un tirón y dirigí su mano hasta mi coño, presionándola sobre la tela mojada del tanga para que sintiera exactamente cómo estaba por él.

—Joder… —murmuró al notar la humedad—. Estás empapada. Estás chorreando, Mariana.

—Tócame —le pedí, casi rogándole—. Métemelos ya.

Cerré los ojos.

Y, adueñándome de cada sensación que su mano me regalaba, me entregué sin reparos a disfrutarlo.

Apartó el tanga de un lado con dos dedos y me acarició directamente sobre la piel, sin barreras. Exploró despacio la línea de mis labios hinchados, los separó y deslizó un dedo entero dentro de mí, hasta el fondo. Con destreza buscó el punto exacto, esa zona esponjosa detrás del hueso púbico que me hace ver estrellas, y empezó a frotar mientras el pulgar me daba vueltas al clítoris. Allí, el frío que la yema de sus dedos había traído de la calle empezó a disiparse lentamente. El contraste me encendía por dentro, arrancándome un movimiento involuntario, como si mi cuerpo respondiera antes que mi cabeza.

El vaivén de mis caderas se deslizaba sobre sus dedos, empalándome yo sola contra su mano, y no era yo la única a la que aquello satisfacía. Notaba en la penumbra el bulto que le tensaba el pantalón, una polla dura pidiendo salir, y no pude aguantarme. Bajé la mano y le apreté encima de la tela: era gruesa, larga, palpitante bajo mis dedos.

—Sácala —le pedí—. Quiero vértela.

Se desabrochó el cinturón con una mano mientras seguía metiéndome los dedos con la otra. Cuando por fin se bajó los calzoncillos, su polla saltó fuera, dura como una piedra, roja en la punta, con una gota de precorrida colgando del glande. Se la agarré. Estaba caliente, pesada, más gruesa de lo que había imaginado. Empecé a masturbarle despacio, apretando el prepucio hacia abajo, viendo cómo se le hinchaba aún más la cabeza cada vez que subía mi puño hasta arriba.

Su boca, sedienta, buscó refugio en mi pecho.

El roce de sus dientes perfilaba la punta de mis pezones, endurecidos por el frío, cargados de una sensibilidad casi insoportable. Húmedos y expuestos, sus dedos tiraban de ellos con una firmeza que rozaba el dolor sin llegar a serlo.

Ponía a prueba mi resistencia. Soportar la dulce provocación de sus dedos se había convertido en un juego, y yo había aceptado jugarlo.

Me incliné sobre la palanca de cambios, incómoda, sin importarme una mierda la postura, y me metí su polla en la boca. Ancha, dura, con un sabor salado en la punta que me hizo gemir. Se la chupé entera, hasta el fondo, hasta notarla golpearme la garganta. Salí para tomar aire y volví a bajar, ensalivándola bien, dejando que un hilo de saliva le corriera por los huevos. Le chupé el tronco de arriba abajo, le lamí los cojones uno a uno, y volví a tragármela.

—Joder, qué bien la chupas… —jadeó, agarrándome del pelo—. Sigue, no pares…

Me guiaba la cabeza con la mano, marcando el ritmo, follándome la boca con embestidas cortas. Yo notaba cómo se hinchaba aún más, cómo empezaba a temblarle el vientre, y aflojé antes de que se corriera. Todavía no. Todavía no quería que acabara.

Volví a incorporarme. Con la falda por la cintura y el tanga hecho una cuerda entre los muslos, me lo quité de un tirón por debajo de las piernas y lo tiré al salpicadero. Trepé como pude por encima de la palanca, con el techo del coche pegado a la nuca, y me senté a horcajadas sobre él. Su polla, mojada por mi propia saliva, quedó atrapada entre mi coño abierto y su barriga, y empecé a restregarme, dejando que se deslizara entre mis labios sin llegar a entrar todavía.

—Métemela —le supliqué al oído—. Métemela ya, por favor.

Se la agarró por la base, la apuntó y yo me dejé caer despacio. La cabeza entró con un pequeño empujón que me arrancó un gemido largo, y luego el resto se abrió paso a golpe de gravedad, centímetro a centímetro, hasta que la sentí clavada hasta el fondo, presionando ese punto que solo un buen tamaño alcanza. Me quedé quieta unos segundos, empalada, sintiéndola latir dentro de mí.

—Ahh… joder… qué llena…

***

Empecé a moverme con cadencia, con intención, subiendo y bajando sobre su polla, deslizándome sobre él en busca de ese plus que sabía que llegaría. Le apoyé las manos en los hombros y cabalgué despacio primero, viendo cómo su verga aparecía y desaparecía entre mis piernas, brillante de mis flujos, cada vez más resbaladiza.

Adrián disfrutaba de todo aquello. Me agarró de las caderas y empezó a embestirme desde abajo, sincronizando sus golpes con mis bajadas, chocando contra mi culo con un ruido húmedo que llenaba el coche. En una sincronía perfecta entre la boca y las manos, devoraba mis pechos como si fueran aire necesario para seguir vivo, chupándome los pezones mientras me follaba, mordiéndomelos cada vez que yo bajaba entera hasta el fondo. Y yo, cada vez que la intensidad crecía, deseaba más ser parte de él, fundirme con él, dejar de saber dónde terminaba mi cuerpo y empezaba el suyo.

—Así, guarra… móntame esa polla —me gruñó al oído—. Ábrete bien, que te la voy a meter hasta el alma.

Sus palabras me pusieron todavía más. Aceleré el ritmo, dando saltos cortos y profundos, notando cómo cada embestida me golpeaba el fondo del coño. Los cristales estaban ya completamente empañados, las gotas de lluvia repiqueteando fuera, y dentro solo se oía el chapoteo de mi coño empapado tragándose su polla y mis gemidos ahogados contra su cuello.

Cuando mi clítoris empezó a recibir el roce constante contra su pubis, mi cuerpo se rindió. Su boca abandonó mis pechos y subió a mis labios, besándome con avidez, metiéndome la lengua hasta la garganta, mientras su otra mano se cerraba sobre mi cuello, firme, dueña de la situación.

El jadeo entrecortado por la falta de aire. Una lengua intrépida y desafiante. Y una polla que cruzaba, sin pedir permiso, todos los límites que yo creía tener.

Fue lo único que necesitamos para caer juntos en la perdición. Una entrega voluntaria al placer, al deseo prohibido que ninguno de los dos había nombrado en voz alta durante semanas.

Me sacó de encima con un movimiento brusco, me tumbó de lado sobre los dos asientos, me abrió las piernas y se metió entre ellas como pudo. Me la clavó otra vez de una sola embestida, esta vez él arriba, marcando él el ritmo, folleteándome contra el respaldo con estocadas largas y profundas que me hacían chirriar la piel contra el cuero. Con una mano me apretaba el cuello, con la otra me sujetaba una pierna abierta contra el techo del coche, dejándome expuesta, ofrecida, a su merced.

—Córrete —me ordenó, sin dejar de embestirme—. Córrete en mi polla, Mariana. Ya.

La mano en mi cuello se cerró un poco más, posesiva, mientras sus caderas aceleraban el ritmo, decididas, hasta dejarme sin aliento, jadeando, a merced de lo que él quisiera hacer conmigo. Cada golpe me arrancaba un gemido más agudo, más descontrolado. Sentía cómo mi coño empezaba a apretarle, a chupárselo por dentro, a temblar alrededor de su polla.

—Hmm… —fue el gemido apagado, casi obediente, que se me escapó de la garganta—. Sí… sí… me corro, me corro…

Sentí cómo mi cuerpo se abandonaba a un orgasmo que ya no podía frenar, una explosión que desbordaba toda razón y me arrastraba hacia un abismo dulce y consciente. Me arqueé entera, chorreando sobre su polla, empapándole el vientre y los muslos, con las paredes del coño convulsionándose alrededor de él, apretándolo, mordiéndolo por dentro. Grité contra su boca, sin importarme si alguien podía oírme en el aparcamiento vacío, y él siguió embistiéndome, sin parar, alargándome el orgasmo hasta que empezó a doler.

—Voy a correrme… —gruñó—. ¿Dónde te la echo?

—En la boca —le dije, con la voz rota—. Dámela en la boca.

Salió de mí, se puso de rodillas como pudo en el poco espacio que había, y yo bajé la cabeza y me la metí entera, todavía brillante de mis flujos. Le chupé con avidez, con la mano rodeándole la base, sintiéndole hincharse una última vez. Se corrió con un gruñido ronco, un chorro caliente y espeso que me llenó la boca, luego otro que me alcanzó los labios y me resbaló por la barbilla. Tragué lo que pude sin dejar de chupar, apretándole el glande con la lengua, saboreándolo hasta la última gota, hasta que se le escapó un espasmo y me apartó con delicadeza porque ya no aguantaba más.

Cuando por fin mi respiración se aquietó, lenta y profunda, alcé la mirada y me encontré con su rostro. Sonreía con una calma densa, casi orgullosa, como quien contempla algo que le pertenece y al mismo tiempo venera. Había en sus ojos una ternura oscura, silenciosa, casi solemne. Me pasó el pulgar por la comisura de la boca, recogió una gota blanca que se me había quedado ahí y me la metió entre los labios. Se la chupé.

No dijo nada. Me envolvió entre sus brazos con un gesto firme y protector, acariciándome despacio, como si temiera romperme. Me resguardó del frío que empezaba a invadirme tras la caída del éxtasis, guardándome contra su pecho, reclamando para sí ese instante vulnerable que seguía a mi rendición.

—Buenos días, preciosa —murmuró, y noté cada palabra vibrar contra su pecho.

Afuera seguía lloviendo. Dentro, los cristales empañados nos escondían del mundo, y por un momento deseé que la tormenta no parara nunca.

Esto es lo que pasó. No lo he adornado ni lo he inventado. Solo lo he contado por fin, tal como lo viví.

Mariana.

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Comentarios(7)

Juancho_BA

Increible relato, me tuvo pegado de principio a fin!!!

SoledadM

Muy bien narrado, se siente la tension de esperar. Espero que haya segunda parte con mas detalles

LectoraNight

jajaja los nervios del principio me resultaron tan reales... a mi me pasa igual cuando quedo con alguien que no conozco todavia

RicardoB_79

Corta pero intensa, justo lo que me gusta. Buen trabajo

GabiR_75

Lo que mas me gusto es el ritmo, no se hace pesado en ningun momento. Ese efecto de tension inicial esta muy bien logrado. Seguí así.

Andy

genial!!!

KarinaT_RD

Que valiente eso de ir sin conocerlo. Me muero de los nervios solo de pensarlo jaja. Escribi mas por favor!

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