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Relatos Ardientes

El vestido que ella se puso sin nada debajo

—Ponte el vestido que llevaste el sábado en el almuerzo. Pero sin bragas y descalza. Ah, y suéltate el pelo.

Carla se giró en el sofá con una sonrisa lenta y miró a Marcos por encima del hombro.

—Vaya. ¿Alguna otra instrucción?

—Si se me ocurre algo más, te lo haré saber —contestó él, guiñándole un ojo.

—¿Al menos puedo terminar la película?

—No.

Ella rio, una risa baja que él conocía de memoria.

—Está bien. Todo sea por tu cumpleaños.

No era habitual en ellos dejar una película a medias. Eran de los que se quedaban hasta los créditos, discutiendo finales y repitiendo escenas. Que él quisiera interrumpir a Gregory Peck en mitad del segundo acto decía mucho de lo que tenía en la cabeza.

Carla había invertido tiempo y buena parte de sus ahorros en que ese cumpleaños fuera distinto a todos los anteriores. Marcos cumplía cincuenta y dos, y ella quería que lo recordara durante años. Organizó un almuerzo con la familia, una cena larga con los amigos de siempre y, para el cierre, una escapada de dos días solo para ellos, en un chalet de madera a las afueras de Granada.

La casa era pequeña y cálida. Una sola planta, dos dormitorios, una cocina equipada que ella se había encargado de dejar abastecida hasta el último rincón. El jardín era enorme, con piscina, jacuzzi y una zona de barbacoa que pensaban estrenar al día siguiente. Pero esa noche el plan era no salir de dentro.

Habían llegado al mediodía, y la tarde se les había ido en lo de siempre: deshacer maletas, abrir una botella, discutir quién cocinaba. Marcos llevaba semanas con un humor extraño, como si el número redondo le pesara más de lo que quería admitir. Carla lo había notado, y precisamente por eso había planeado el fin de semana al detalle. No quería un cumpleaños cualquiera. Quería que él volviera a sentirse mirado, deseado, todavía capaz de provocar lo que provocaba.

En el salón había un sofá cama gris en forma de ele, tapizado en cuero, con cojines que combinaban el gris con el vinotinto. Frente a él, un televisor de pantalla ancha que llevaba un rato proyectando blanco y negro sobre las paredes.

Ya era de noche. Marcos estaba sentado en el centro del sofá con un cuenco de palomitas sobre las piernas. Carla ocupaba el lado más largo, tumbada boca abajo, con las piernas estiradas hacia el respaldo y la cabeza apoyada en un cojín que abrazaba mientras seguía la trama.

Llevaba una camiseta de tirantes y un short corto que le dejaban a él una vista privilegiada de su espalda, de sus piernas y de la curva donde terminaba la tela.

Estaba tan metida en la película que no se dio cuenta de que él ya no miraba la pantalla. La miraba a ella con esa expresión de cazador que ponía cada vez que la deseaba y la encontraba distraída.

El sábado, en el almuerzo con la familia, Carla había usado un vestido que lo había tenido inquieto toda la sobremesa. No era un vestido que mostrara. Era un vestido que sugería, y eso era justo lo que a él le quitaba el sueño.

Por eso le había hecho meterlo en la maleta. Cuando ella lo descubrió doblado entre sus cosas, solo había sonreído sin decir nada.

Era de una tela ligera y vaporosa, color crema, con un estampado de rosas pequeñas en tono rosado. Tirantes finos, un escote en uve que dejaba a la vista el cuello y los hombros, ajustado desde el pecho hasta la cintura para después abrirse en una falda larga con una abertura frontal que asomaba una pierna cada vez que ella caminaba o cruzaba las rodillas. Por la espalda, los tirantes se cruzaban en equis y dejaban la piel desnuda hasta media columna.

Lo que más lo encendía era esa manera en que las piernas se insinuaban con cada paso. Un camino prometido sin enseñar casi nada.

Carla volvió al salón con el vestido puesto y se quedó de pie frente a él, en silencio.

Por la ventana detrás del sofá entraba apenas un hilo de luz a través de las cortinas blancas. El resto era penumbra.

Marcos apagó el televisor. Se quitó la ropa sin prisa pero sin rodeos y caminó hacia ella. Estaba duro, y no hizo nada por disimularlo. Cuando ella lo notó, sintió que el calor le subía por el cuello.

La tomó por la cintura y la guio de vuelta al sofá, sentándola a horcajadas sobre él. Le devoró la boca mientras metía una mano bajo la falda y le acariciaba las nalgas, comprobando que, en efecto, no llevaba nada debajo.

Carla se dejó arrastrar. Con Marcos siempre era así: el deseo la cubría como una marea y ella dejaba de pensar.

Él le bajó los tirantes y le soltó el sujetador. Fue directo a sus pechos, los lamió, los mordió suave mientras ella le sostenía la cabeza con las dos manos y arqueaba la espalda buscando más.

Subió por su cuello con la boca al tiempo que las manos volvían bajo la falda. Le acarició la cara interna de los muslos, fue subiendo, y la abrió con los dedos. Carla jadeó, soltó un gemido grave, empujó las caderas contra su mano. Él la llevó al borde y, justo antes de que cayera, se detuvo.

—No tan rápido —murmuró contra su oreja.

La acercó hasta rozarla apenas con la punta, sin entrar todavía, hasta que ella misma empezó a bajar buscándolo. Entonces sí, la dejó sentarse del todo y la sintió cerrarse a su alrededor. Subió las manos por sus costados hasta los pechos mientras la besaba y empujaba desde abajo. Pocas veces la tomaba de una manera tan directa.

Carla estaba desbordada cuando él la sujetó por la espalda y la tumbó boca arriba sobre el cuero. Se colocó entre sus piernas, le besó la boca, el cuello, el pecho, bajó lamiendo desde el centro del torso hasta el ombligo. Le levantó la falda del vestido, recorrió con la lengua la cara interna de los muslos y se hundió entre sus piernas.

—Espera —dijo ella con un hilo de voz, cerrándolas despacio—. Si haces eso, no aguanto.

—Eso quiero —contestó él, volviendo a abrirla con la boca—. Que no aguantes.

La trabajó con la lengua con una insistencia que la hizo perder el control. El orgasmo le llegó largo, acompañado de un gemido que se le escapó del fondo. Marcos remontó su cuerpo en sentido contrario, besándola por donde subía, hasta volver a su boca. Carla estaba ida, no conseguía seguirle el ritmo del beso.

—¿Estás bien? —preguntó él.

—Demasiado bien —respondió ella, intentando sonreír.

Abrió los ojos y lo miró con una ternura que lo desarmó. Le acarició el pelo, todavía con la respiración entrecortada.

Se besaron despacio, hondo. Él se separó un instante solo para terminar de quitarle el vestido y dejarla del todo desnuda. Volvió a colocarse sobre ella, le tomó una pierna y se la pasó por la cintura. Carla subió también la otra. Esta vez entró más lento, centímetro a centímetro, dejándola sentirlo entero. Ella se aferró a su espalda mientras él alternaba besos en el cuello y en los labios.

Marcos se incorporó, le levantó una pierna y se la apoyó en el hombro. Llegó muy adentro sin acelerar, moviéndose despacio, mirándola. Le acarició el pelo, el rostro, los pechos.

—Te quiero, cielo —dijo, casi sin voz.

Luego se inclinó sobre ella y le recogió las dos piernas contra el cuerpo. Cambió el ritmo, lo hizo más hondo y más rápido. Se acercó a besarla mientras la sujetaba y empujaba con más fuerza.

—Y yo a ti, Marcos —le dijo ella al oído.

Carla se agarró del borde del sofá hasta que todo el cuerpo se le sacudió. Él aguantó un poco más, observándola deshacerse, antes de terminar dentro de ella.

Quedaron los dos exhaustos, aunque ninguno creía que la noche fuera a acabar ahí.

Se abrazaron desnudos, él debajo y ella tumbada de lado sobre su pecho, escuchándole el corazón bajar de revoluciones.

—¿Sabes una cosa? —dijo Carla pasado un rato—. Cuando compré ese vestido, solo pensaba en verme presentable para tu familia. Es más, estuve a punto de descartarlo en la tienda. Me pareció que la abertura de la falda era demasiado.

—Pues verte con él ha sido uno de los mejores regalos de cumpleaños que me han hecho —respondió él, acariciándole la espalda desnuda—. Ya te lo dije una vez: tú eres mi fantasía.

Ella sonrió contra su piel. Afuera, la sierra estaba en silencio, y el televisor seguía apagado, con Gregory Peck congelado en alguna escena que terminarían de ver al día siguiente. O quizá no.

Carla cerró los ojos. Por la mañana habría jacuzzi, café y barbacoa. Pero todavía faltaba mucho para la mañana, y por la forma en que la mano de Marcos había empezado de nuevo a recorrerle la cadera, supo que el vestido, esa noche, ya había cumplido de sobra su trabajo.

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Comentarios (5)

LectorPasional

increible como una cosa tan simple se vuelve tan erotica. me encanto

Gabi_RosS

Por favor que haya una segunda parte... quede con ganas de saber como siguio todo.

VeroMx

jajaja ese final me mato!!! muy bueno

MatiasC77

me recordo a una situacion parecida que vivi hace años, esa tension previa antes de que todo pasara... tremendo relato

NocheMediterranea

Lo que mas me gusto es como describe esa anticipacion, la mirada, el silencio. No necesita ser explicito para que uno se quede pegado al texto. Muy bien logrado.

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