Tres mesas nos separaban y aun así me desnudaste
No fui a aquel local buscándote. Te lo juro por lo poco que me queda de orgullo. Fui porque era miércoles, porque tenía hambre y porque el sitio quedaba de paso entre la oficina y mi casa. Pedí lo de siempre, me senté junto a la ventana y abrí el teléfono para no mirar a nadie. Dos años llevaba practicando ese arte: el de no mirar, el de no recordar, el de fingir que tu nombre era una palabra cualquiera y no la única que sabía gemir con la boca llena de tu polla.
Y entonces levanté la vista.
Estabas a tres mesas de la mía, de perfil, con tu sobrino sentado enfrente. El crío había tirado una servilleta al suelo y armaba escándalo por algo que solo entienden los niños. Tú le pellizcaste la oreja, suave, con esa firmeza tuya que nunca llegaba a doler. Después le sonreíste, le revolviste el pelo y le diste un mordisco a tu hamburguesa como si el mundo entero cupiera en ese gesto.
No puede ser él. No aquí. No hoy.
Pero eras tú. Reconocí la forma en que apoyabas el codo en la mesa, el modo en que ladeabas la cabeza cuando algo te divertía. Reconocí, sobre todo, tus manos. Esas manos que conocían mi coño mejor que yo misma, que habían abierto mis muslos en habitaciones que ya no existen para nadie más que para mí, que me habían metido dos dedos hasta el fondo mientras me tapabas la boca para que no gritara.
Bajé la mirada al plato. Fue inútil. Cuando volví a alzarla, ya habías girado la cara hacia mí.
***
Lo nuestro nunca tuvo nombre, y por eso fue imposible enterrarlo. No fuimos novios. No fuimos amigos. Fuimos esa cosa intermedia y peligrosa que se construye a deshoras, en mensajes borrados, en encuentros que jurábamos serían el último. Nos conocimos en la boda de gente que ya ni recuerdo, y para cuando los invitados se fueron, tú ya me tenías contra la pared del baño con la mano metida bajo el vestido y dos dedos entrando y saliendo de mi coño empapado.
Durante meses te tuve sin tenerte. Aparecías cuando menos lo esperaba y desaparecías justo cuando empezaba a necesitarte. Aprendí a vivir en el filo de esa incertidumbre, a desear el sonido de tu coche en la calle, a odiarte un poco cada mañana y a perdonarte cada noche a base de mamártela hasta que te corrías en mi boca. Lo dejamos porque teníamos que dejarlo, porque había otras vidas atadas a las nuestras, porque seguir era prenderle fuego a demasiadas cosas. Lo dejamos como se deja de respirar bajo el agua: a la fuerza, con los pulmones ardiendo.
Y ahora estabas ahí, comiendo una hamburguesa, mirándome como si los dos años no hubieran sido más que una pausa larga entre dos frases de la misma conversación.
***
Te vi tragar. Te vi limpiarte la comisura con el pulgar, llevártelo a la boca un segundo de más. Sabías que te observaba. Claro que lo sabías. Siempre supiste exactamente el efecto que tenías sobre mí, y nunca tuviste la decencia de no usarlo.
Tu sobrino se levantó y corrió hacia la zona de juegos del fondo, dejándote solo en la mesa. Apenas te quedaban dos bocados. Las gafas de armazón claro te resbalaban por el tabique y tú no hacías nada por subirlas, como si supieras que ese pequeño descuido también me gustaba.
Entonces hiciste algo que me partió en dos.
Levantaste el pan de la hamburguesa, despacio, y echaste salsa hasta que casi se desbordó. Volviste a colocar la tapa y le diste un mordisco lento, calculado, uno que dejó escapar el aderezo por la comisura y caer sobre el plato. No apartaste los ojos de mí ni un instante.
Dejé de comer. No pude evitarlo. El pecho se me cerró de golpe, como si alguien hubiera apretado un puño justo detrás de mis costillas. Sentí cómo mi cuerpo, ese traidor que tanto me había costado domesticar, empezaba a despertar cada sensación que yo creía sepultada para siempre. Los pezones se me pusieron duros contra la tela del sujetador, el coño empezó a latirme entre las piernas y noté que las bragas se me humedecían de a poco, sin que yo pudiera hacer nada por evitarlo.
Y me rematáste cuando abriste la hamburguesa otra vez. Metiste los dedos medio y anular en la salsa, los sacaste blancos y brillantes, mezclados con un hilo de tomate, y los sostuviste un segundo en el aire para que yo lo viera todo.
Vi cómo se separaban tus labios. Vi tu lengua deslizarse sobre tus dedos, rodearlos, encerrarlos en tu boca con una calma que no tenía nada de inocente. Vi cómo los chupabas hasta el nudillo, cómo los sacabas lentos, cómo volvías a metértelos como si fueran otra cosa. Vi cómo cerrabas los ojos apenas un instante, como hacías cuando estabas dentro de mí y querías que el momento durara, cuando me llenabas el coño hasta el fondo y te quedabas quieto para no correrte todavía.
Me sonreíste con la boca todavía sucia. Te limpiaste los dedos con la servilleta. Y me guiñaste un ojo.
Justo eso me faltaba para saber que volvería a ser tuya.
***
El resto sucedió en ese idioma que solo nosotros hablábamos. Te levantaste, fuiste a buscar a tu sobrino, le compraste un helado y le dijiste algo que lo hizo reír. Pasaste junto a mi mesa camino a la puerta. No te detuviste. Solo dejaste caer, en voz baja, sin mirarme:
—El estacionamiento de atrás. Diez minutos. Y ven con las bragas ya mojadas, que sé que lo estás.
Y seguiste caminando como si no acabaras de incendiar dos años de disciplina con quince palabras.
Me quedé clavada en la silla, con el corazón golpeándome el cuello y el coño palpitándome tan fuerte que estaba segura de que se oía. Sabía que debía quedarme. Sabía todas las razones, las había repetido como un rosario cada noche durante meses. Pero el cuerpo tiene su propia memoria, y la mía solo sabía obedecerte, abrir las piernas y dejarse follar por ti.
Esperé los diez minutos. Los conté en el reloj del local, uno a uno, mientras revolvía la comida sin probarla y apretaba los muslos por debajo de la mesa. Después pagué, salí al aire frío de la tarde y rodeé el edificio hasta la parte de atrás, donde el asfalto agrietado y la sombra de un muro guardaban una intimidad que nadie había pedido.
***
Tu coche estaba al fondo, con los cristales empañándose ya. El niño no estaba; supe después que lo habías dejado con tu hermana, que vivía a dos calles, con la excusa de una diligencia rápida. Siempre fuiste bueno inventando excusas. Yo fui buena creyéndolas.
Abrí la puerta y me dejé caer en el asiento del copiloto. Durante un segundo no dijimos nada. Nos miramos como dos personas que se reconocen después de mucho tiempo y temen que la voz rompa el hechizo.
—Dos años —dije al fin.
—Lo sé —respondiste.
—No deberíamos.
—Lo sé. Pero abre las piernas.
Y entonces me besaste, y todo el discurso que había ensayado se deshizo en mi boca como azúcar mojada.
Tus labios sabían a salsa, a sal, a algo dulce que no supe nombrar y que tampoco quise. Me sostuviste la nuca con esa mano que recordaba cada centímetro de mí, y con la otra me metiste la falda hacia arriba de un tirón, sin preguntar, sin fingir delicadeza. Tus dedos treparon por mi muslo interno y encontraron la tela mojada de mis bragas. Sonreíste contra mi boca.
—Empapada. Como siempre —murmuraste.
—Cállate y tócame —le mordí el labio inferior—. Llevas dos años debiéndomelo.
Apartaste la tela de un lado y me metiste el dedo medio en el coño de golpe, hasta el fondo. Se me escapó un gemido ronco que rebotó contra los cristales empañados. Mi coño se cerró alrededor de tu dedo como si nunca hubiera dejado de reconocerte, y tú soltaste una risa baja que me erizó la nuca.
—Sigues igual de estrecha, joder —dijiste—. Y ya me chorreas por la mano.
Añadiste un segundo dedo. Después un tercero. Me abrías despacio, con esa técnica calculada que tenías de bombearme mientras me frotabas el clítoris con el pulgar, ese ritmo tuyo que en tres minutos me había hecho correrme más veces que ningún otro hombre en una noche. Yo me aferré a la tela de tu camisa como quien se agarra a lo único firme en medio de un terremoto, y separé más las piernas para que me follaras con los dedos hasta el nudillo.
—Así, hijo de puta —jadeé—. Así me acordaba yo.
—¿Te acordabas de esto? —sacaste los dedos, brillantes de mí, y me los pusiste en los labios—. Chupa. Prueba lo que llevas dos años negándome.
Abrí la boca y te chupé los dedos como tú te habías chupado los tuyos en el local. Los rodeé con la lengua, los lamí de arriba abajo, los ensucié de saliva mientras te miraba a los ojos. Sabía a mí, a sal, a hambre. Te temblaba la mandíbula.
—Te extrañé —confesé cuando me los sacaste de la boca, y odié lo cierto que sonaba.
—Cada día —dijiste tú—. Cada vez que me hacía una paja pensaba en tu boca. En cómo la abrías. En cómo tragabas.
***
Mi mano bajó a tu cinturón. Te desabroché la hebilla despacio, disfrutando de tu impaciencia, devolviéndote por fin algo del juego que me habías hecho dentro del local. Te bajé el cierre y metí la mano en tus calzoncillos. Ahí estabas, duro, caliente, latiendo contra mi palma, con la punta ya húmeda de esa gota que tanto me gustaba lamerte.
—Joder —dije, apretándote en el puño—. Ni siquiera te la olvidé de largo.
Te acaricié de arriba abajo, sin prisa, mirándote a los ojos igual que tú me habías mirado mientras te chupabas los dedos. Sentí cómo se te hinchaba entre los dedos, cómo se te escapaba un gruñido al llegar al glande, cómo cerrabas los ojos y echabas la cabeza hacia atrás contra el reposacabezas. Recogí con el pulgar la humedad de la punta y me la llevé a la boca.
—Eres cruel —dijiste con la voz ronca.
—Aprendí del mejor.
Me incliné sobre la palanca de cambios y te la metí en la boca de un solo movimiento, hasta la garganta, sin avisar. Te oí ahogar un juramento y agarrarme del pelo con las dos manos. Empecé a chupártela como me acordaba que te gustaba: apretando los labios en la base, jugando con la lengua bajo el frenillo, subiendo lento hasta la punta y volviendo a bajar tragándote entera. Cada vez que llegaba abajo tú me empujabas la cabeza un centímetro más, y yo dejaba que lo hicieras porque quería sentirte en el fondo, quería asfixiarme contigo, quería que se me llenaran los ojos de lágrimas mientras me follabas la boca.
—Así, cielo, así —jadeabas—. Dios, dos años esperando esta boca.
Te la mamé hasta que sentí que estabas a punto. Entonces te la saqué, te miré con los labios brillantes de saliva y te lamí el glande de una sola pasada larga.
—Ni se te ocurra correrte todavía —dije—. Todavía no.
—Súbete —me ordenaste, jadeando—. Súbete ya, joder.
Reclinaste el asiento. Me arranqué las bragas de un tirón, me subí sobre ti como pude en el espacio del coche, con la falda arremangada hasta la cintura y la respiración ya rota. Te agarré con la mano y me guié yo misma sobre tu polla, apoyando la punta en la entrada de mi coño. Nos quedamos así un instante, suspendidos en el borde, sabiendo que cruzar esa línea era volver a abrir todo lo que tanto nos había costado cerrar.
—Una vez más —susurraste, como si fuera una promesa y no una mentira que ya habíamos contado mil veces.
—Una vez más —repetí.
Y bajé de golpe.
Te sentí abrirme entera, subir por dentro hasta un lugar que llevaba dos años vacío, encajar como la última pieza de algo que nunca debió desarmarse. Grité contra tu cuello. Tú me clavaste los dedos en las caderas con tanta fuerza que supe que iba a tener marcas al día siguiente, y me lo agradecí de antemano.
—Estás llena de mí otra vez —jadeaste contra mi oreja—. Mira cómo tu coño me traga entero. Mira cómo te encaja.
Empecé a moverme sobre ti despacio, subiendo y bajando, dejando que salieras casi entero para volver a empalarme hasta el fondo. Cada vez que bajaba, la base de tu polla me golpeaba el clítoris y a mí se me escapaba un gemido nuevo. Tus manos subieron por debajo de mi blusa, me arrancaron el sujetador hacia arriba y encontraron mis tetas. Me pellizcaste los pezones al mismo ritmo con que yo te cabalgaba, retorciéndolos apenas lo suficiente para que el placer me llegara hasta el vientre.
—Más rápido —gruñiste—. Fóllame más rápido, que llevo dos años imaginando esto.
Obedecí. Apoyé las manos en el techo del coche y empecé a rebotar sobre ti con todas mis fuerzas, con la falda pegada a la piel de sudor, con los pechos moviéndose delante de tu cara. Tú me chupaste uno, después el otro, mordiéndome los pezones cada vez que bajaba, y yo sentí cómo el orgasmo empezaba a acumulárseme en la boca del estómago, tenso, cerca, inminente.
—Voy a correrme —anuncié entre dientes—. Voy a correrme encima de tu polla como una perra.
—Hazlo —me dijiste, agarrándome del culo con las dos manos y empujándome contra ti—. Córrete. Empapame. Que se me note toda la tarde.
Te clavé las uñas en los hombros y me corrí sobre ti mordiéndote el labio para no gritar. Mi coño te apretó en oleadas, tirando de tu polla hacia dentro, y tú aguantaste esos segundos con una disciplina que casi no reconocí. Cuando el temblor empezó a bajarme, me sujetaste por las caderas, me levantaste apenas y me empezaste a follar tú desde abajo, con embestidas cortas, rápidas, brutales.
—Ahora yo —jadeaste—. Ahora te lleno yo.
—Adentro —le supliqué, porque siempre habías sido capaz de hacer que se lo pidiera—. Córrete adentro, por favor. Quiero salir de este coche con tu leche corriéndome por los muslos.
Bastó eso. Te tensaste debajo de mí, me clavaste los dedos en las caderas y te viniste con un gruñido largo contra mi hombro. Sentí cada latido, cada chorro caliente llenándome por dentro, y me apreté contra ti para no perder ni una gota. Tú murmuraste mi nombre con una devoción que hacía dos años nadie pronunciaba igual, y yo sentí cómo el semen empezaba a escaparse ya por donde estábamos unidos.
***
Después nos quedamos quietos, pegados, con el corazón desbocado y la cordura volviendo de a poco como vuelve la marea. Todavía te tenía dentro, todavía me chorreabas despacio entre los muslos, todavía tus manos me recorrían la espalda húmeda por debajo de la blusa. Yo sabía cómo terminaba esto. Ya lo habíamos vivido. Vendría el silencio incómodo, la ropa acomodándose, la promesa tibia de que esta vez sería distinto, y luego semanas, meses, el lento regreso a la costumbre de no mirarte.
Pero esa tarde decidí no pensar en eso. Apoyé la cabeza en tu pecho, escuché tu respiración serenarse y me permití, por un rato, creer en la única mentira que de verdad me importaba: que algunas cosas vuelven porque nunca llegaron a irse del todo.
No fui a aquel local buscándote. Pero salí de tu coche con las bragas rotas en el bolsillo, con tu semen bajándome por las piernas dentro de las medias, con el sabor de tu polla todavía en la boca, sabiendo que volvería el próximo miércoles, a la misma hora, junto a la misma ventana. Y que, si la suerte y el deseo se ponían de acuerdo otra vez, tres mesas no serían suficientes para mantenerte lejos de mí.