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Relatos Ardientes

Esperé años para mi última primera vez

Hay una idea que me cuesta explicar sin sonar exagerado, así que pido un poco de paciencia. Todos podemos imaginar la primera vez que dimos un beso, o las primeras palabras que dijimos, o el color de los primeros ojos que nos miraron de verdad. El tiempo borra casi todo eso. Pero ¿y si alguien decidiera no empezar nunca más, salvo una última vez? Hubo un momento en mi vida en que me convencí de que ya no quedaba nada nuevo por vivir, que lo mío era seguir adelante sin añadir nada a la lista. Y entonces apareció ella, y mi vida giró ciento ochenta grados después de haber girado ya, hasta un punto que yo creía sin retorno.

Mi nombre no importa demasiado. Lo que importa es ella, y se llama Renata. A diferencia de mí, ya había estado casada, tenía un hijo y había vivido cosas que yo nunca llegué a vivir. Aun así, los dos sabíamos que merecíamos una segunda oportunidad. ¿Parece un cuento de amor? Lo es. Y no me da vergüenza decir que para mí no existe el buen sexo sin amor; sin eso, todo lo demás es apenas una forma educada de la soledad.

Déjenme describirla. Ojos oscuros como el café que toma a cualquier hora, cabello del mismo color, largo, de esos que se peinan solos cuando le acaricias la espalda. Piel clara, una de esas pieles uruguayas que parecen no haber visto nunca demasiado sol. Un metro setenta y uno, quizás un dedo más alta que yo. Labios rosados y una sonrisa tan tranquila que serena el aire alrededor. Del cuello para abajo, un cuerpo que aprendí de memoria mucho antes de tocarlo.

Nos conocimos de un modo raro y pasamos un par de años hablándonos antes de poder mirarnos de frente. Por eso, cuando al fin estuvimos en la misma habitación, ya nos conocíamos por dentro. De amigos pasamos a algo serio en muy poco tiempo, porque cuando conectas de verdad con alguien no quieres seguir esperando.

***

La primera vez que compartimos cama fue también la noche en que firmamos lo nuestro como debía ser. Llevaba un conjunto de encaje rojo y me miró con una mezcla de dulzura y picardía que me desarmó.

—¿Te sorprendí? —preguntó.

—Me sorprende que recuerdes cada conversación —respondí—. No olvidaste lo que te dije aquella vez sobre lo que me gusta. Así que, o llevas planeando esto desde entonces, o el rojo significa que hoy quieres soltarlo todo conmigo.

—Un poco de las dos —dijo, y se acercó despacio.

Caminaba segura, sin prisa. Cuando estuvo frente a mí me tomó las manos. Le besé la frente.

—Creía que no te encontraría nunca —murmuró—. Un hombre como te había pedido. ¿De verdad alguien escucha lo que pedimos?

—Claro que sí —dije—. Solo que no siempre llega cuando uno quiere, sino cuando uno está listo. Y yo estoy listo para ti. ¿Lo estás para mí?

—Con todo lo que tengo —contestó.

Nos besamos como si el tiempo se hubiera vaciado de golpe. Al principio fue lento, apenas un roce de labios, hasta que nuestras lenguas se buscaron con más hambre. Solté sus manos y ella me abrazó los brazos, dejándome con poco margen para moverme, así que recorrí lo que podía: su abdomen, sus caderas, su espalda, hasta cerrar las manos en sus glúteos y atraerla contra mí.

Me liberó para llevar sus manos a mi cuello y empezó a desvestirme. Me quitó la camisa. Le sujeté la nuca con firmeza y subí la intensidad del beso; ella gimió dentro de mi boca y me acarició el pecho desnudo. Aproveché para soltarle el broche y dejarle los senos libres. Entonces me aparté de su boca y le besé las mejillas, una y otra, repartiendo besos por toda la cara mientras ella reía, descolocada por el cambio de ritmo. La miré a los ojos, sonreí, y bajé a su cuello. Lo mordí con suavidad. Gimió de nuevo.

Cuando intenté bajar hacia su pecho, me detuvo. Me besó, me mordió el labio, después el cuello, un poco más fuerte de lo que yo había hecho con ella, y empezó a descender con la lengua por mi torso hasta quedar de rodillas. Me terminó de desnudar en el camino.

Me miró a los ojos antes de tomarme con la mano. Me besó el vientre, me besó más abajo, se demoró sin prisa, jugando, midiendo cada reacción mía. Empezó despacio, apenas un poco, y luego más, mirándome desde abajo para asegurarse de que la veía. Le acaricié el pelo. La cosa se volvió más intensa de lo que cualquiera de los dos esperaba, hasta que un par de lágrimas le corrieron por la cara y tuvo que separarse, sin dejar de mirarme.

—Quiero que termines así —dijo, con la voz ronca—. Por favor.

No dije nada. La dejé seguir. Sentí el calor subir desde el fondo del vientre.

—Ya —avisé.

Cumplí su pedido. Lo recibió sin apartarse, con los ojos cerrados primero y abiertos después, sorprendida de lo que provocaba en mí. Se limpió con los dedos, sonriendo.

—Guau —susurró—. Es demasiado.

—Me toca a mí —dije.

***

La recosté en la cama. Volví a su boca, a su cuello, bajé a sus senos. Los besé los dos, los mordí despacio, dibujé círculos con la lengua antes de cerrar los labios sobre cada pezón. Ella arqueaba la espalda. Seguí bajando por su abdomen, besé desde el ombligo hasta las caderas, donde dejé una marca suave a cada lado.

Mordí el borde de su ropa interior y se la fui bajando hasta dejarla desnuda del todo. Le tomé los tobillos y los apoyé sobre mis hombros. Le besé los muslos por dentro sin tocar el centro, subí por sus pantorrillas, le besé los glúteos. Cada vez que parecía que iba a llegar adonde ella quería, me desviaba. Gemía de pura impaciencia, los muslos le temblaban, y eso me bastaba para seguir alargándolo.

Cuando por fin la besé donde lo pedía, ya estaba empapada. La trabajé despacio, de un lado a otro, de abajo hacia arriba, subiendo el ritmo poco a poco. Metí dos dedos y los curvé hacia mí, buscando el punto exacto mientras la lengua hacía el resto. Sus gemidos se volvieron incontrolables, los muslos se le tensaron alrededor de mi cabeza, y la sentí estallar contra mi boca en una serie de espasmos largos. Me quedé ahí un rato más, mientras ella jadeaba.

—Acabé —dijo, casi sin aire.

—Lo sé —respondí, y subí a besarla.

Sus besos eran suaves ahora, relajados, pero igual de apasionados. Me acariciaba el pelo, los brazos, como si quisiera recorrerme entero en el menor tiempo posible. Me miró, llevó las manos a mi pecho.

—¿Sabes cuánto tiempo llevo imaginando esto? —preguntó.

—Más o menos las mismas veces que yo —dije. Asintió.

—Me pregunto si estoy soñando. No me importa, ¿sabes? Solo quiero sentir que pasa de verdad.

Le acaricié el mentón. Ladeó la cara y me buscó los dedos con la boca, besándome las yemas una por una.

—Si estamos soñando lo mismo, despertaremos juntos —le dije—. Y si está pasando de verdad, se repetirá mil veces, pero nunca igual.

Sonrió y se metió mis dedos en la boca, mordiéndolos apenas.

***

Me tomé el tiempo de pasarle la punta por todo el sexo, sin entrar, mientras con la otra mano le sostenía la cabeza para que mirara. Nuestras frentes se tocaron, los dos con los ojos fijos en el mismo punto. Empezó a gemir cuando la rocé en el lugar exacto.

—Te necesito adentro —dijo entre gemidos.

—Todavía no —contesté.

Me senté sobre su vientre y dejé que me acariciara con las dos manos. Le junté los senos, sonrió al entender lo que quería, y los apretó ella misma dejando solo la punta libre. Escupió encima, un gesto que me pareció tremendamente erótico, y empecé a moverme despacio mientras nos mirábamos. Cuando me cansé de esa imagen me incorporé, la llevé al borde de la cama y dejé que su cabeza colgara apenas fuera del colchón. Ella se acariciaba con una mano mientras yo volvía a su boca. En esa posición todo era más profundo, más crudo, y aunque se le escapaban arcadas, era ella la que me buscaba de vuelta. Le aparté la mano y la atendí yo, hasta que cerró los muslos de golpe con otro orgasmo.

Me detuve y le miré la cara: relajada, descompuesta, con los labios hinchados y los ojos mirándome con más deseo que al principio.

—¿Ahora sí me vas a penetrar? —preguntó. Asentí.

Se recostó en el centro de la cama y me rodeó la cintura con las piernas. La abracé por el cuello y la besé mientras entraba. Fue fácil, los dos estábamos tan húmedos que no hubo nada que forzar. Me acosté sobre ella, sin soltarle el cuello, y empecé a moverme. Después le hablé al oído.

—Tengo algo que decirte —murmuré. Se quedó quieta—. Me vuelve loco lo mojada que estás. La forma en que me empapas. Aguanta un poco más, quiero que te pongas peor todavía.

Sus caderas se movían solas, buscándome, mientras yo me mantenía lento a propósito.

—Hoy te voy a hacer el amor hasta que salga el sol —seguí—. Te voy a dar tantos orgasmos que vas a tener que dormir donde caigas. Apenas estamos empezando.

Le pasé la lengua por el oído, despacio, y sentí cómo se le erizaba la piel entera.

Gimió fuerte y me apretó el torso con los brazos cuando sus piernas se tensaron y temblaron. La sentí mojarse de nuevo, más caliente que antes, y entré hasta el fondo de una sola vez. Los ojos se le pusieron en blanco. Me quedé quieto hasta que su cara se relajó y sonrió medio dormida.

Le subí los tobillos a la altura de mis hombros y le sujeté las manos contra la cama. Abrió los ojos, sorprendida por la maniobra, y antes de que dijera nada salí y volví a entrar, despacio al retirarme y firme al hundirme. En cada embestida gemía. Cuando ya no pude ir más lento, aceleré sin perder fuerza.

—¡Dios! —exclamó—. ¿Qué me estás haciendo?

Volví a sentir sus espasmos. Otro orgasmo, esta vez con todo apretándome adentro. Bajé a sus senos, los besé, los mordí mientras seguía. Después de un rato salí, y bastó un beso breve en su sexo para que gimiera otra vez, hipersensible.

—¿Te puedes girar? —pregunté.

—¿Qué?

—Quiero hacértelo así.

No se hizo de rogar, y yo tampoco. Me puse detrás y entré con un vaivén corto, firme, parejo, ni rápido ni lento, que le gustó más de lo que esperaba. Le sujeté las caderas para entrar más hondo y aceleré. Después le levanté una pierna a la altura del hombro y la giré un poco de lado, mirando cómo entraba y salía con algo de dificultad, porque ya estaba hinchada y no dejaba de gemir. Noté que llevaba un rato mordiendo las sábanas; la línea entre el dolor y el placer la habíamos cruzado hacía tiempo. Para que no se le acalambrara nada, la dejé boca arriba otra vez y seguí, lento pero decidido.

—Acaba, por favor —pidió con dificultad.

Sentí tensarse todo. Concedido. No alcancé a contar las veces que me vacié dentro de ella. Al segundo espasmo se llevó una mano al clítoris y se acarició rápido, y los temblores que vinieron después parecieron exprimirme entero.

—Eso fue increíble —dijo.

—Créelo, pasó —contesté.

—Lo sé. Es solo que no me lo esperaba. Fue… un viaje.

—¿Quién dijo que terminamos? —pregunté. Abrió los ojos como platos.

***

Sin esperar respuesta volví a su boca, a su cuello, a sus senos, dejándole claro con cada gesto cuánto la deseaba.

—¿Qué más tienes en mente? —preguntó, todavía jadeando.

—La idea de llenarte por completo —respondí.

—Qué maravilla —susurró.

Empecé un movimiento nuevo, circular, a buena velocidad. A los dos minutos cambié el ángulo, levantando las caderas y entrando casi en vertical, con las manos aferradas a sus senos. Me miraba con los ojos muy abiertos.

—Te siento raro —dijo.

—Define raro —contesté sin parar.

—Te siento… por detrás. Es extraño.

Sabía a qué se refería. El ángulo presionaba un punto distinto, y la intención era clara. Le levanté los glúteos y le acerqué las rodillas a la cara para entrar más hondo. Empecé lento, saliendo casi del todo y volviendo con firmeza. Me había corrido dos veces, así que podía aguantar más antes del tercero, y pensaba aprovecharlo. Aceleré hasta sentirla mojarse otra vez, su cuerpo entero tensándose. Soltó un gemido largo, todo ella vibró, y al sacar la sentí soltar de golpe todo lo que había acumulado.

—¡Ay, perdón! —exclamó, riéndose.

—No tienes nada que perdonar —dije, y la besé en la frente.

Respiraba con dificultad, sonriendo, mordiéndose los labios.

—Mejor de lo que lo imaginé —murmuró—. Te amo.

—También te amo —respondí.

—¿Nos bañamos juntos? —preguntó. Negué con la cabeza—. Todavía no terminamos.

***

La ayudé a levantarse y quedamos frente a frente, de rodillas. Le levanté una pierna a la altura de la pelvis y me froté contra ella un momento antes de echarme en la cama y hacerle un gesto con el dedo. Entendió. Se sentó sobre mi vientre, me guió hacia adentro y empezó a moverse: primero hacia mi pecho, después hacia mis rodillas, los ojos cerrados. Le acaricié los senos, subí por sus brazos, entrelazamos las manos. Cambió a un vaivén vertical, después a círculos. La tomé de los glúteos para ayudarla a subir y empujé yo desde abajo durante un buen rato, hasta que le dejé otra vez el control. Echaba la cabeza atrás, usándome como mejor le gustaba, y a mí me encantaba dárselo.

Cuando consideré que era suficiente le pedí que bajara. Me ignoró, apretándome con más ganas, así que levanté el torso, le mordí los pezones con suavidad y aproveché para recuperar el mando. La dejé de espaldas, le subí las piernas a mis caderas y seguí, mordiendo sus senos mientras la penetraba lento y constante. Llegó una nueva oleada de espasmos, pero no me detuve. Justo cuando sentí que iba a terminar, salí, me guié hasta el otro lugar y entré apenas la punta. Me miró con los ojos abiertos de par en par, pero no se movió. Me terminé ahí, despacio, cumpliendo al fin la promesa que le había hecho al oído.

Un minuto después me acosté a su lado y le acaricié las mejillas.

—¿Qué me has hecho? —preguntó.

—Quererte como había que quererte —dije.

—No quiero hacer esto con nadie más —murmuró.

—No hará falta. Ya nos tenemos. Esta fue nuestra primera vez, y la última primera vez para los dos. Después de este nosotros, mientras sigamos juntos, no hay nada más. Contigo siempre.

Me besó otra vez. Había una seguridad nueva en su mirada, la de quien por fin deja de esperar.

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Comentarios (5)

Isadora_C

Que manera de escribir... me dejó sin palabras. Seguí así!

ViviLect

Esperando la segunda parte!!! Se hizo muy corto

CarlosRioNegro

Me encantó como narrás la espera, se siente real sin ser burdo. Gracias por compartir esto.

LuciaEnLect

Hermoso. De verdad, hermoso.

FerRivero77

La expectativa que le ponés al relato es lo que mas me gustó. No salta directo al asunto y eso lo hace mucho mas rico. Genial.

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