La noche que un helado de tiramisú nos descontroló
Esa noche no pasaba nada especial. Daniel estaba tirado en el sofá con una cerveza, medio dormido frente a un partido que ni le importaba, y yo había sacado del congelador el único helado que quedaba: uno de tiramisú que él odiaba. Me senté en el otro extremo, con el bote sobre las rodillas, y empecé a comer despacio, sin prisa, disfrutando de que era todo para mí.
—Dame helado —dijo, sin apartar los ojos de la tele.
—No.
Entonces sí giró la cabeza. Me miró con esa cara de niño al que le acaban de quitar un juguete.
—Venga, solo un poco.
—No. Ni siquiera es del sabor que te gusta. Es de tiramisú.
—¿En serio no me vas a dar?
—Tú tienes tu cerveza. ¿Acaso yo te pedí un trago? Además, ¿helado con cerveza? Te va a dar una indigestión.
—Solo quiero un poco. No seas egoísta —insistió, y se acercó intentando atrapar la cuchara.
La escondí detrás de mi espalda.
—Dije que no. Quédate quieto. Mira, casi meten gol —señalé la pantalla, más para distraerlo que por otra cosa.
—Quiero helado —repitió. Y se inclinó sobre mí, tumbándome contra el respaldo del sofá—. Dame la cuchara.
—Que no —contesté, apretando el bote y la cuchara contra mi pecho.
—¿Te vas a poner así? Te voy a dar dos tortazos en el culo.
—Inténtalo —lo reté, sosteniéndole la mirada.
—Lo haré. Te lo voy a dejar rojo.
—Pues me siento encima del helado.
—Pues mejor todavía. Te lo lamo del culo.
—Quisiera ver cómo haces eso.
—No me retes.
—No me retes tú —le dije, y le lancé una cucharada de helado directa a la cara.
***
—¡Vaya! —exclamó él, quitándose el helado de la mejilla con un dedo para chupárselo después—. Estás en problemas.
—¿Sí? —Y le tiré otra cucharada.
Ahí se acabó la tregua. Me sujetó contra el sofá con el peso de las piernas y forcejeamos hasta que consiguió quitarme el bote. Cargó una cucharada enorme y la levantó, amenazándome con lanzármela toda encima.
Lo agarré por la muñeca a tiempo.
—Piensa bien lo que vas a hacer. No pienso limpiar el sofá después. Es tu casa, tu sofá.
—No va a haber nada que limpiar —dijo, con una calma que me puso en alerta—. Lamo todo el helado que caiga sobre ti.
—Malvado. Te aprovechas porque eres más grande. Suéltame y ya verás.
—Tú empezaste esto.
Me inmovilizó las dos muñecas contra el sofá con una sola mano. Con la otra dejó caer un hilo de helado sobre mi antebrazo, se agachó y lo lamió despacio, mirándome todo el tiempo. Sentí el contraste del frío del helado y el calor de su lengua, y algo dentro de mí cambió de canal sin avisar.
Me subió la blusa hasta descubrir el abdomen. Dejó caer otra gota helada justo en el ombligo y se acercó otra vez a lamerla, sin prisa, recreándose.
—¿Sabes? —murmuró contra mi piel—. El helado sabe mejor servido sobre ti.
Ya no era una pelea por una cuchara. Los dos lo sabíamos.
—Dame un poco. Aquí —dije, y abrí la boca señalándola con la barbilla.
—¿Por qué tengo que darte?
—Porque te conviene.
Me miró desconfiado, pero dejó caer un poco de helado dentro de mi boca. Yo me incorporé apenas, busqué la suya y se lo pasé con la lengua. El beso que vino después no tuvo nada de juego. Fue ardiente, hambriento, de esos que borran todo lo demás. Me soltó las muñecas, me abrazó y me pegó a su cuerpo. Me quitó la blusa y, con un par de movimientos torpes, también el sujetador.
—Suéltate el pelo —pidió.
Lo hice. Cayó suelto sobre mis hombros y vi cómo se le encendía la mirada.
***
Le levanté la camiseta, descubriendo su pecho, y lo recorrí con la lengua hasta hacerlo jadear. Le quité la camiseta del todo y la tiré al suelo.
—Ahora es mi turno —le avisé.
Me metí una cucharada generosa en la boca y la fui repartiendo sobre su pecho, sobre las tetillas, y después soplé sobre la piel mojada.
—¿Te gusta?
—Sí —contestó, con la respiración cortada.
Tomé más helado y repetí todo otra vez: dejar caer, soplar, lamer. Lo escuchaba respirar cada vez más rápido y eso me encendía a mí. Él metió los dedos en el bote y los llevó a mi boca. Me recorrió los labios y luego los hundió dentro. Los chupé despacio, sin dejar de mirarlo, provocándolo. Volvió a meterlos en el helado y otra vez en mi boca. Lo besé y le pasé el helado con la lengua, y volvimos a ese vaivén lento de lenguas que ya no llevaba a ninguna parte que no fuera la cama, o el suelo, o donde nos pillara.
Nos quitamos el resto de la ropa el uno al otro, a tirones, riéndonos entre besos.
Lo empujé contra el sofá. Lo hice acostarse y me senté encima de sus piernas. Cogí el bote con las dos manos y dejé caer helado en su boca y en su pecho. Me acerqué y lo besé. Después fui bajando, persiguiendo con la lengua el rastro que dejaba el helado por su cuerpo. Volví a coger más, lo escurrí sobre su abdomen y lo lamí hasta dejarlo limpio.
Entonces me metí una cucharada grande en la boca y la repartí con la lengua sobre su sexo, ya muy duro. Subía y bajaba cubriéndolo de helado y de saliva, jugando con el frío y el calor. Después lamí, chupé, lo tomé entero. Él me recogió el pelo con una mano para poder mirar. Me concentré un rato en la punta, entrando y saliendo con la lengua en movimientos rápidos, y luego rodeé todo el borde. No paré hasta que lo sentí estremecerse y terminar en mi boca.
Cogí el bote y tomé un poco más.
—Mmm, sabes bien con helado. ¿Quieres probar?
—Guarra —dijo él, todavía jadeando.
Me agaché sonriendo y lo besé. Besos lentos, sin prisa, dejando que recuperara el aire.
***
Me estiré sobre él. Me cubrí los pechos y los pezones de helado y se los acerqué a la cara. Levantó apenas la cabeza y los lamió, primero uno y después el otro. Puse más helado y me deslicé sobre su pecho, frotándome contra él. Sentí cómo volvía a endurecerse debajo de mí.
Lo guie dentro de mí despacio. Empecé a moverme suave, hundiéndolo poco a poco hasta tenerlo muy adentro. Tracé ondas con las caderas, marcando un ritmo lento, casi perezoso. Él me agarró del trasero con las dos manos y nos quedamos un buen rato en ese balanceo, mirándonos, sin necesidad de decir nada.
Luego se incorporó hasta quedar sentado frente a mí, sin salir.
—¡Joder! Eres tan sensual —dijo con la voz ronca.
Agarró el bote con las dos manos, lo levantó y lo dejó escurrir por mi cuello, por mis pechos, por todas partes.
—¡Oye! No hagas eso. Voy a quedar toda pegajosa.
—Yo mismo te llevo a la bañera y te limpio.
—Está bien —cedí, y me reí.
Me recorrió con los dedos sin prisa, extendiendo el helado por mi piel, observándome mientras lo hacía como si quisiera grabarse la imagen. De pronto, con un movimiento brusco, se hundió entre mis pechos y me hizo tambalear. Resbalé hacia la alfombra del salón y lo arrastré conmigo. Los dos caímos al suelo muertos de risa.
—¡Ey, loco!
—Tienes razón. Estoy loco por ti.
***
Quedé tendida sobre la alfombra y él se acomodó entre mis piernas. Las recogí alrededor de sus caderas. Nos dimos besos pequeños, acercando y separando los labios, jugando. Bajó por mi cuello, por mi pecho, hasta el abdomen, besando y lamiendo los restos de helado que se me habían pegado. Subió otra vez y me besó con ganas mientras entraba en mí hasta llenarme por completo.
Me entrelazó las manos y me estiró los brazos por encima de la cabeza. Recorrió la cara interna de mis brazos con los labios hasta volver a mi cuello y a mi boca. Después empezó a aumentar el ritmo, embistiendo más fuerte, llevándome al borde. Verme así, escucharme gemir cada vez más alto, también lo encendía a él.
Me cogió una pierna y se la puso al hombro. Bajó la intensidad para entrar y salir casi del todo, justo cuando yo apretaba los músculos por dentro, y los dos soltamos un gemido a la vez. Después se irguió, se arrodilló y me llevó las dos piernas sobre sus hombros, sin dejar de estar dentro. Me sujetó por las caderas y empujó más hondo, más seguido, hasta sentir cómo me deshacía. En ese instante, con el calor y la humedad al máximo, lo sentí terminar dentro de mí, temblando.
Nos quedamos así un momento, sin aliento, pegajosos de helado derretido y sudor, riéndonos de lo absurdo de todo.
—De ahora en adelante —dijo, acostándose a mi lado y abrazándome— me voy a asegurar de tener siempre helado en el congelador.
Y cumplió. Desde esa noche, cada vez que abro la puerta del congelador y veo un bote de tiramisú esperando al fondo, sé exactamente lo que él está pensando. Y casi siempre, lo dejo pensarlo.