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Relatos Ardientes

La segunda noche con Mateo la pasó sin mí

Vuelvo a escribir aquí porque la primera vez que conté lo nuestro recibí más mensajes de los que esperaba, casi todos preguntando lo mismo: ¿hubo una segunda? La hubo. Pasó el treinta de diciembre, y esta vez yo no fui exactamente el protagonista.

Para los que llegan nuevos, resumo rápido. Mi mujer se llama Carla. Mateo es un amigo mío de hace años, casado también. Todo empezó la noche de su cumpleaños, cuando lo que parecía una broma terminó con ellos dos en la habitación y conmigo mirando desde la puerta sin poder creerlo. Desde esa noche intercambiaron números, y al día siguiente ya se escribían como dos adolescentes.

—Solo nos saludamos —me decía ella cuando la pillaba sonriéndole al celular.

Saludos que duraban media hora, claro.

El veinticinco, en plena Navidad, Mateo le mandó un mensaje deseándole de todo. Entre línea y línea soltó que ojalá repitieran lo del cumpleaños, que le había encantado cómo se movía ella y la forma en que lo hacía con la boca. Carla me lo enseñó muerta de risa, pero con los ojos brillando. No tuvo que pensarlo mucho para contestarle que cuando él quisiera se ponían de acuerdo.

Así pasaron los días, ellos chateando y yo aguantando una mezcla rara de celos y calentura que, para qué mentir, ganaba la calentura. Hasta que Mateo nos invitó a su casa. Su esposa se había ido a Monterrey con la familia y él se había tenido que regresar antes por el negocio. Estaba solo.

—¿Qué hacemos? —me preguntó Carla, mordiéndose el labio.

—Si tú quieres, vamos un rato —le dije—. No hay problema, amor.

No hizo falta decir nada más. Los dos sabíamos perfectamente en qué iba a terminar la visita. Ella le reenvió el mensaje proponiendo el martes, una cerveza por las fiestas, algo tranquilo.

—Aquí te espero con muchas ganas de verte, preciosa —contestó él.

—¿Solo de verme? —le devolvió Carla.

La respuesta de Mateo no la voy a repetir entera, pero digamos que dejó claro que las ganas no eran solo de verla. Cuando me lo mostró, los dos nos reímos, y a mí ya se me había empezado a poner dura.

***

Llegó el martes. Salí del trabajo y Carla ya había dejado a los niños con su hermana. Nos dimos una ducha juntos y ahí, todavía mojada, me hizo una de las mejores chaquetas de mi vida. Lo planeamos así a propósito: ella quería estrenarse con Mateo y, cuando estuviera bien llena, terminar conmigo. Solo de pensarlo me costó aguantar.

Se arregló como para una fiesta. Tanga roja de hilo, una falda pegada que le marcaba todo, tacones color crema y una blusa con un escote que se llevaba la mirada. Hacía un frío de los buenos, así que con la chamarra puesta no se le notaba nada; el espectáculo era solo cuando se la quitaba.

Pasamos por un pack de cervezas y manejamos los veinte minutos hasta su casa. Mateo nos abrió el portón para meter el carro y casi corrió a abrirle la puerta a Carla. Le dio la mano, le hizo dos o tres reverencias de payaso y le soltó un piropo tras otro sobre lo bien que se veía. Se dieron un beso en la boca ahí mismo.

—Órale —les dije—, no coman pan enfrente de los pobres.

Nos reímos los tres y pasamos a la sala. Charlamos de todo un rato: del año, del negocio, de su esposa. Nos contó que ella había encontrado algunos mensajes con Carla, pero nada comprometedor, así que no hubo bronca.

—No te preocupes —le dijo mi mujer—. Si ella un día no quiere, aquí me tienes a mí.

Mateo le tomó la cara con las dos manos y le dio un beso largo, de esos con fuego.

—Gracias, preciosa —murmuró.

Seguimos tomando y, sin darme cuenta, la cerveza se me fue subiendo más rápido de lo normal. Yo era el que tenía que manejar de regreso, así que dije que mejor nos íbamos.

—Quédense a dormir —ofreció Mateo—. Mañana temprano se van y ya.

Los dos volvimos a saber, sin decirlo, lo que significaba aceptar. Aceptamos.

El problema es que el alcohol me ganó de verdad. Para la una de la mañana yo ya no daba más. Mateo me llevó al cuarto de sus hijas para que me recostara un rato, y Carla, que casi no toma, se quedó con él «platicando». Lo que pasó después me lo contó ella con todo detalle al día siguiente, y lo cuento tal como me lo dijo.

***

—¿Y qué dices? —le preguntó Mateo cuando me oyeron roncar—. ¿Lo hacemos otra vez?

—Si tú quieres —contestó ella—. Aunque me hubiera gustado que él estuviera despierto.

—No te apures. Vamos a mi cuarto.

Entraron a la habitación principal. Él la abrazó por detrás, le fue dando besos en el cuello y los hombros, y le dijo al oído que llevaba días con ganas de comérsela. Carla se giró y le respondió con la boca. Empezaron a desvestirse despacio, sin prisa, hasta que ella quedó en tanga.

—Qué rica te ves —le dijo él, quitándose la playera y el pantalón de un tirón.

Cuando quedó desnudo, mi mujer no se hizo del rogar. Lo empujó a la cama y bajó por su pecho hasta abajo, lamiéndolo entero, primero despacio y después con ganas, como sabe hacerlo. Mientras tanto se quitó la tanga y empezó a tocarse. No habían pasado ni cinco minutos cuando ya estaba mojada y temblando por dentro.

Dejó lo que estaba haciendo y se subió encima de él. A Mateo ni tiempo le dio de buscar el condón: lo sintió venir casi de inmediato, todo adentro de ella.

—No pares —le pidió Carla—. Quédate así.

Se quedaron quietos, ella recostada sobre su pecho, besándose despacio. Y al poco rato lo sintió endurecerse de nuevo dentro de ella sin haber salido siquiera. Según me dijo, esa fue la mejor parte: notar cómo volvía a la vida sin moverse.

Entonces sí empezó en serio. Él la tumbó de espaldas, le levantó las piernas con los tacones todavía puestos y se metió hasta el fondo.

—¿Te gusta así, amor? —le preguntó.

—Me encanta —jadeó ella—. Pero soy de él y tuya nada más.

Le pidió que se pusiera en cuatro y ella obedeció. Mateo le preguntó si lo quería con condón o como estaban, y Carla le dijo que como él quisiera. No se lo puso. Entró despacio, y ella sintió cada centímetro abriéndola.

—Así, despacio —le decía—. No tan rápido, déjame sentirte.

Estuvieron así un buen rato, él empujando duro y ella aguantando contra la almohada para no despertar a nadie. Carla se vino primero, con todo el cuerpo, y cuando él estuvo a punto le preguntó dónde quería que terminara.

—Aquí —dijo ella, soltándose y arrodillándose frente a él.

Mateo se acabó sobre su cara, y mi mujer, que para esas cosas no tiene vergüenza, le limpió todo con la boca sin dejar nada. Después se besaron, se acostaron y se quedaron dormidos en la misma cama donde él duerme con su esposa. A mí me dejaron en el otro cuarto, perdido en mi borrachera, sin enterarme de nada.

***

Lo siguiente sí lo viví yo, a medias. Me desperté no sé a qué hora con la boca seca y la cabeza pesada. Me asomé buscando a Carla y la encontré en la habitación de Mateo, los dos dormidos. Él se había levantado al baño. Cuando volvió, mi mujer aprovechó para pedirle prestado el baño también, y caminó hasta ahí desnuda, moviéndole las nalgas a propósito para que mirara. Eran las siete y media de la mañana.

Yo seguía medio ido, así que me volví a tirar un rato. Lo que pasó después me lo confirmó ella, aunque esa parte ya la presentí.

Carla regresó a la cama, le dio un beso de buenos días bien apasionado, y se encontró con que él ya estaba listo otra vez. Empezó a tocarlo con cuidado, besándole el pecho, y como sabe que a mí me prende escuchar esos detalles, le pidió que se masturbara para ella mientras lo miraba.

—Imagínate cosas conmigo —le susurraba—, pero no pares.

Se puso en cuatro frente a él. Mateo no aguantó la imagen, se acomodó detrás y, como ya había estado ahí en la primera noche, ella no le dijo que no.

—Despacio —le pidió—. Tantito a la vez.

Él se ayudó con un poco de saliva y entró poco a poco. Las primeras dos veces le dolió, pero después su cuerpo se fue acomodando y empezó a disfrutarlo. Carla se tocaba al mismo tiempo y no aguantó demasiado; se vino mojando la cama. Mateo terminó al poco rato, y los dos quedaron agotados.

Se volvieron a dormir hasta cerca del mediodía, cuando le sonó el celular y nos despertamos los tres. Yo salí del otro cuarto estirándome, todavía con la resaca, y los encontré riéndose en la cocina como si nada.

—Buenos días, dormilón —me dijo Carla, dándome un beso.

No me molesté ni un segundo. Al contrario. Me senté con ellos, me tomé un café, y mientras Mateo contaba alguna tontería yo miraba a mi mujer pensando en lo afortunado que era de tener a alguien tan libre y tan mía a la vez.

Porque esa es la parte que la gente no entiende cuando lee estas confesiones: no perdí nada esa noche. Que se hayan divertido sin mí no me quitó nada; me sumó las ganas. Ahora Carla tiene a su esposo y a su amigo, y entre los dos la cuidamos como se merece. La próxima vez, eso sí, pienso quedarme despierto.

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Comentarios (6)

Leon_84

jajajaja me mató el final, no lo vi venir para nada. Tremendo relato

Kike_norte

Por favor seguí con esto, quedé con un montón de preguntas sin respuesta. Necesito saber qué pasó despues

PabloSur77

La ironía es demasiado buena. Uno cree que tiene todo controlado y la vida te enseña que no. Lo contás de una manera muy natural, sin exagerar nada, eso es lo que lo hace tan creible.

Lectora_ok

dormirse justo en ese momento... campeon absoluto 😂😂

Santi_MZA

Me recordó un poco a algo que me pasó a mi, esa sensación de haberte perdido algo sin poder hacer nada. La angustia y la excitación al mismo tiempo, rara mezcla. Muy bien narrado.

CarmendelValle

Que buena pluma, se lee de un tiron y te deja queriendo mas. Seguí escribiendo!

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