La pareja del bar y el giro que no esperaban
Aquel sábado me había quedado solo en casa, con un silencio que pesaba más que cualquier ruido. El vecino del piso de arriba había salido, los mensajes en el teléfono se habían apagado y yo, a mis cuarenta y un años, llevaba demasiadas semanas evitando todo lo que oliera a bullicio. Esa noche la calma me incomodó. Quería gente, música a un volumen incómodo, cuerpos chocando en una pista y la promesa pequeña de que algo distinto podía pasar.
Me duché despacio, me recorté la barba con más esmero del habitual y me puse una camisa negra que llevaba meses colgada. Cuando me miré al espejo, decidí que esa noche no iba a ser cualquier noche. No tenía un plan concreto. Solo el impulso.
El local que conocía estaba en una calle estrecha del centro, escondido detrás de una puerta sin nombre. Llegué pasadas las doce y media. Dentro, la música electrónica latía contra las paredes y un río de gente joven —veintipocos casi todos— sostenía vasos largos y conversaciones a gritos. Yo era uno de los pocos que pasaba de los treinta y, lejos de incomodarme, me coloqué en la barra y pedí un gin-tonic.
Al segundo trago, el cuerpo ya se me movía solo. La música no era la que yo escuchaba a diario, pero tenía un pulso que se metía bajo la piel. Bailé sin pareja, sin urgencia, observando a la gente como quien mira peces en un acuario. Y entonces los vi.
Estaban apoyados contra una columna, al fondo. Ella tenía el pelo oscuro recogido en un moño deshecho y llevaba una camiseta blanca demasiado fina. Él era más alto, de cara delgada, con una sonrisa torcida. Se hablaban al oído sin dejar de mirarme. No eran miradas perdidas: eran miradas con intención.
Pasaron varios minutos antes de que él se acercara. Caminaba con la seguridad inestable de quien va algo pasado de copas o de algo más.
—Oye —me dijo apoyándose en la barra, lo bastante cerca para que lo oyera sin levantar la voz—. ¿Te puedo decir una cosa sin que te lo tomes mal?
—Adelante —contesté, dándole vueltas al hielo del vaso.
—Mi novia lleva un rato fijándose en ti. Dice que le gustaría… —se rio nervioso— hablar contigo. Bueno, no solo hablar.
Ahí está, pensé. El tipo de propuesta que en otra noche habría declinado por pereza.
—¿Y tú qué opinas? —le pregunté, devolviéndole la sonrisa.
—Yo opino que mejor lo hablamos los tres. Te invitamos a una copa.
Acepté con un gesto. Caminé detrás de él hasta la columna, donde ella me esperaba con los ojos brillantes y una media sonrisa. Se llamaba Camila y él, Tomás. Ella tenía veintitrés años, según me dijo enseguida, como si necesitara dejarlo claro. Él, veinticinco. Estudiaban música los dos y vivían juntos desde hacía un año.
—No es la primera vez que se nos ocurre —dijo Camila, acercando su vaso al mío para brindar—. Pero nunca habíamos encontrado a nadie que… no sé. Que nos diera confianza.
—¿Y yo se la doy?
—Tienes pinta de saber lo que haces —contestó ella, mordiéndose el labio.
Tomás se rio. Era una risa que mezclaba excitación y miedo, esa risa que aparece cuando uno está a punto de cruzar una línea de la que nunca se vuelve igual.
***
A las tres de la madrugada, la música del local se apagó. Los empleados empezaron a recoger vasos sin disimulo. Camila me agarró del brazo con una familiaridad que no habíamos tenido cinco minutos antes.
—Tomás alquila un local de ensayo a dos calles —me dijo al oído—. ¿Vienes?
Asentí. Salimos los tres a la calle. El aire frío me golpeó la cara y, por un instante, dudé. Pero solo un instante. Caminamos en silencio, los tres con las manos en los bolsillos, hasta llegar a un portón metálico oxidado. Tomás abrió con una llave grande, encendió una luz fluorescente y bajamos por unas escaleras hasta una sala forrada de espuma negra, con una batería en el centro, dos amplificadores y un sofá viejo arrimado contra la pared.
—Tu palacio —le dije, y él se rio otra vez, esa misma risa nerviosa.
Sacó tres cervezas de una mininevera. Camila se sentó en el centro del sofá, dejando un sitio a cada lado. Yo me senté a su derecha. Tomás, a su izquierda. Durante un par de minutos, ninguno dijo nada. Solo se oía el zumbido del fluorescente y la respiración de los tres, un poco más rápida de lo que correspondía.
—Bueno —dijo Tomás, mirando al techo—, ¿qué hacemos?
—No sé tú —contestó Camila—. Yo sé perfectamente lo que quiero.
Se giró hacia mí y me besó. No fue un beso de prueba: fue un beso que llevaba media noche aguantando. Su lengua sabía a ginebra y a chicle de menta. Le puse la mano en la nuca y sentí el calor del cuello bajo el pelo. Tomás nos miraba desde el otro extremo del sofá con una mezcla de fascinación y vértigo.
—¿Estás bien? —le pregunté a él, sin soltar a Camila.
—Sí —dijo en un susurro—. Sigue.
Le subí la camiseta a Camila hasta dejarle los pechos al aire. Eran pequeños, firmes, con pezones oscuros. Le pasé los labios por uno de ellos mientras ella me hundía los dedos en el pelo. Tomás, sin decir nada, empezó a desabrocharse el pantalón. Lo oí, no lo vi. Estaba demasiado concentrado en el cuerpo que tenía debajo de la boca.
Cuando levanté la cabeza, Tomás estaba con la mano dentro del bóxer, mirándonos con los labios entreabiertos. Camila también lo miraba. Y yo, en ese instante, tuve una idea que no estaba en el guion que ellos habían imaginado.
—Espera —dije, separándome un momento.
—¿Qué pasa? —preguntó Camila, casi asustada.
—Nada malo. Solo quiero proponer algo.
***
Lo miré a él. Tomás bajó la mano y se sentó más recto, como si lo hubieran pillado en falta. Camila siguió la dirección de mi mirada y, por primera vez en toda la noche, dejó de sonreír. No era pérdida de interés: era una concentración nueva.
—¿Tú lo has hecho alguna vez con un hombre? —le pregunté a Tomás.
Él tragó saliva. Tardó en contestar.
—No. Nunca.
—¿Te apetece?
Camila se quedó muy quieta. Yo no le había soltado la cintura, y sentí cómo se le aceleraba el pulso bajo la piel. Tomás miró a Camila buscando permiso o reproche, no supe distinguir. Ella, en lugar de contestar por él, le acarició la mejilla con el dorso de los dedos.
—Decide tú —le dijo—. Yo te miro.
Hubo un silencio largo. Tomás respiró hondo, asintió una vez y otra, y se quitó la camiseta. Camila se levantó del sofá, recogió su propia ropa del suelo y se acomodó en una silla baja frente a nosotros. Cruzó las piernas, descalza, con la camiseta puesta otra vez pero los pantalones a un lado.
—Quiero verlo todo —murmuró.
Me acerqué a Tomás. Le pasé una mano por la nuca, igual que se la había pasado a su novia diez minutos antes. Él cerró los ojos. Lo besé despacio, dejándole tiempo a echarse atrás si quería. No se echó atrás. Su boca, al principio rígida, se fue ablandando hasta encajar con la mía. Me agarró por la camisa con una fuerza que delataba toda la tensión que llevaba dentro.
Lo desnudé con calma. Cada vez que él dudaba, yo paraba y le miraba a la cara. Cada vez que asentía, seguía. Camila no dijo una palabra desde su silla, pero la oía respirar a un ritmo cada vez más alterado. Cuando levanté la vista, vi que tenía la mano entre los muslos.
—No paréis por mí —dijo cuando la miré—. No paréis por mí.
***
Tomás se puso a cuatro patas en el sofá, no porque yo se lo pidiera, sino porque su cuerpo encontró esa posición solo. Llevaba toda la noche pensándose dominante y, en cuanto se permitió otra cosa, la abrazó sin discusión. Le acaricié la espalda desde la nuca hasta la cintura. Me agaché y le besé los hombros, los omóplatos, la columna. Él temblaba, pero no de miedo: de ganas contenidas.
Camila, en la silla, se había bajado la ropa interior. Tenía una mano entre las piernas y la otra agarrada al borde del asiento. No me miraba a mí. Lo miraba a él. Miraba a su novio entregado a una experiencia que no habían planeado y que, sin embargo, ella reconocía como propia. Como si llevaran mucho tiempo bordeando esa fantasía sin nombrarla.
—Dilo —le pidió ella a Tomás con la voz ronca—. Dile lo que quieres.
Tomás giró un poco la cabeza, lo justo para mirarme por encima del hombro.
—Sigue —dijo en voz baja—. Por favor.
Lo que vino después transcurrió en un tiempo distinto. Hubo lubricación, hubo paciencia, hubo pausas y respiraciones. Hubo un momento en que Tomás soltó un quejido grave que no era de dolor sino de descubrimiento. Hubo otro en que Camila se llevó la mano libre a la boca para no gritar. Y hubo, sobre todo, una sensación rara y luminosa de estar en el lado correcto de una línea que cada uno de los tres había cruzado a su manera.
Cuando terminamos, los tres nos quedamos quietos un buen rato. Tomás se giró boca arriba, con un brazo cruzado sobre los ojos. Camila se levantó de la silla y se sentó en el sofá, en medio. Me apoyó la cabeza en el hombro. Con la otra mano buscó la de Tomás.
—Gracias —dijo ella, mirando al techo.
—¿Por qué? —pregunté.
—Por no hacer lo que esperábamos.
***
Salí del local de ensayo a las cinco y media de la madrugada. Tomás me acompañó hasta el portón y me dio un abrazo torpe, breve, agradecido. Camila me sopló un beso desde el sofá, envuelta en una manta que había aparecido de algún rincón.
Caminé hasta mi coche con la cabeza encajada en una calma extraña. No era satisfacción simple. Era algo más complicado: la certeza de haber participado, sin proponérmelo, en un destape que no era el mío. Yo había ido buscando una distracción. Me había llevado, en cambio, la sensación de haber abierto una puerta para otra persona.
Conduje a casa con la ventanilla bajada. El aire frío me llenaba el coche. Pensé en cuántas parejas pasan años contándose la misma fantasía mentirosa, en cuántos chicos creen que su deseo está cerrado solo porque nadie les ha preguntado bien. Pensé en Camila, mirando a su novio con aquellos ojos. Pensé en lo poco que sé yo mismo de mi propio deseo, y en cómo a veces aparece donde menos lo busco.
No nos volvimos a ver. No intercambiamos teléfonos. No quedó ningún hilo. Pero hay noches, todavía, en las que pongo la música de aquel local y me acuerdo de tres personas sentadas en un sofá, decidiendo en silencio qué eran cada uno antes de que la noche acabara.