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Relatos Ardientes

Descubrí a mi madre con su novio una madrugada

Hola, me llamo Mateo. Tengo veinte años recién cumplidos y esto que voy a contar pasó hace apenas unas semanas. Lo sigo masticando en la cabeza y por eso lo pongo por escrito; necesito sacármelo de adentro y leerlo desde afuera, como si le hubiera pasado a otro.

Vivo con mi madre desde siempre. Mi padre desapareció cuando yo tenía cuatro años y, desde entonces, hemos sido ella y yo contra el mundo. Se llama Lorena, tiene cuarenta y cinco, mide poco más de un metro cincuenta y conserva un cuerpo que muchas mujeres más jóvenes envidiarían. Morena, de cintura estrecha, caderas marcadas, ojos verdes. Yo soy alto, flaco y, hasta esa noche, virgen. Lo confieso sin rodeos porque es parte de lo que voy a contar.

Hace un par de meses ella me presentó a su «amigo» Adrián. Veintitrés años, más alto que yo, espalda ancha, sonrisa de tipo seguro de sí mismo. Apenas le di la mano sentí algo raro: una mueca de superioridad mal disimulada, como si ya supiera algo que a mí me faltaba. Esa misma noche, cuando él se fue, mi madre me agarró las manos en la mesa de la cocina.

—No es solo un amigo, Mateo. Estamos saliendo desde hace meses —me dijo, mirando el mantel.

—¿Por qué no me lo contaste antes?

—Porque sé que es chico. Porque tenía miedo de tu reacción. Pero me hace bien, hijo. Hace mucho que no me sentía así.

No supe qué responder. Una parte de mí quería alegrarse por ella. La otra parte, más oscura, ardía de celos. ¿Un chico casi de mi edad? Yo iba a la facultad con muchachos como Adrián. Muchachos que se acostaban con cualquiera los fines de semana mientras yo todavía no había besado a nadie. Y ahora uno de ellos se metía en mi casa, en la cama de mi madre.

Pasaron semanas y no lo volví a ver. Mi madre tampoco lo mencionó. Hasta llegué a pensar que habían cortado, porque ella no salía y no recibía llamadas extrañas. Pero el domingo pasado, alrededor del mediodía, escuché el timbre y me asomé por la ventana de la cocina. Era él. Una bolsa de panadería en una mano, un ramo pequeño en la otra.

—Vino a comer. Te pido que seas amable —me adelantó ella en voz baja antes de abrir.

Lo dejé pasar sin decir mucho. Comimos los tres. Hablamos del fútbol, de la facultad, de tonterías. Yo medía cada gesto: cómo él la miraba cuando ella servía la sobremesa, cómo le rozaba la mano al pasarle la sal, cómo a ella le brillaban los ojos al reírse de cualquier estupidez que él dijera. Nunca había visto a mi madre así. Era otra mujer.

***

Pensé que después del almuerzo se iría. Pero llegaron las seis, las ocho, las diez de la noche, y Adrián seguía sentado en el sillón de la sala. Vivimos en un barrio donde el último autobús pasa a las once, y a las once y diez mi madre apareció en el comedor con cara de circunstancia.

—Adrián se va a quedar esta noche, Mateo. Es tarde y peligroso a esta hora.

—¿Dónde duerme? —pregunté, fingiendo desinterés.

—Le armé un colchón abajo, en el rincón del comedor.

El rincón del comedor está pegado a la escalera, sin puerta, sin tabique. Cualquiera que duerma ahí está, prácticamente, en medio de la casa. Asentí sin decir nada y subí a mi cuarto.

Un rato después escuché la ducha. Cuando salió, mi madre apareció con un pantaloncito corto rosa y una blusa blanca finita que no usaba nunca para dormir. Olía a crema, a perfume suave. Nunca se ponía crema antes de acostarse. Lo noté porque, desde chico, me dormía mientras ella se desmaquillaba con agua y nada más.

—Buenas noches, mi amor —me dijo desde la puerta de mi cuarto, y se acercó a darme un beso en la frente.

Le sentí el perfume nuevo en la curva del cuello.

—Buenas noches, mamá.

Cerré los ojos. Estaba cansado y me confié. Me dormí más rápido de lo que esperaba.

***

A las dos de la mañana me desperté de golpe. No sé qué me despertó. Quizá un ruido, quizá un presentimiento. Estiré la mano hacia el lado de la cama y, en lugar del aire frío de la noche, sentí que en la casa había algo despierto. Me levanté y miré por la rendija de mi puerta. La pieza de mi madre, al lado de la mía, estaba abierta y la cama intacta.

Me senté en el borde del colchón. Aguanté la respiración. Y entonces los escuché.

Eran sonidos sordos, ahogados. Besos largos, una respiración entrecortada, el rozar de un cuerpo contra una sábana. Sentí el estómago hueco, como cuando alguien te confiesa una infidelidad. Me temblaban las manos. ¿Cómo podía hacerme esto? ¿En la casa donde dormía su hijo? ¿Con un muchacho que era casi de mi edad?

Y, al mismo tiempo, algo más empezó a moverse adentro de mí. Algo que no quiero llamar deseo, pero que se le parecía bastante. Sentí calor en la cara, en el pecho, entre las piernas. Me asusté de mí mismo.

Apoyé los pies en el piso con cuidado y salí al pasillo descalzo. La madera de la escalera vieja siempre cruje, así que bajé pegado a la pared, paso a paso, dejando el peso del lado del pasamanos. Tres escalones. Cinco escalones. Los sonidos se aclaraban: un chasquido de saliva, una respiración corta, un susurro.

—Qué rica la tienes —dijo mi madre en voz muy baja, y me clavó al lugar.

Era ella. Era mi madre diciéndole eso a otro hombre, a un chico que apenas conocía, en la casa donde yo dormía. La voz le salía ronca, distinta, una voz que yo no había escuchado nunca.

—¿Te gusta, mi amor? —contestó Adrián, también en voz baja.

—Sí, papi.

Sentí que se me cortaba el aire. Apoyé la espalda contra la pared y miré hacia la baranda. Desde donde estaba no se veía nada todavía: el comedor estaba a oscuras y el rincón quedaba en el ángulo opuesto. Solo se escuchaba. Pero alcanzaba.

Quince minutos me quedé ahí, sin moverme. Con la mano apretada sobre la boca para no respirar fuerte, con el otro brazo cruzado sobre el estómago. Y, al cabo de un rato, descubrí que tenía la otra mano metida adentro del pantalón. No me había dado cuenta de cuándo había empezado. Era como si el cuerpo decidiera solo.

***

—Espera —escuché a mi madre—. No tenemos preservativo.

—Da igual, mi amor. Ya está. Ya es el momento.

—Hazlo despacio, entonces. Hazlo lindo.

Lo siguiente fue inconfundible. Un quejido grave de ella, un golpe de cuerpos suave contra el colchón, un ritmo que se acomodó solo. Y los gemidos de mi madre: primero contenidos, después sueltos, después casi descontrolados. Cuarenta minutos, calculo. Cuarenta minutos en los que la escuché disfrutar como nunca había imaginado que disfrutara nadie en mi casa.

—Shhh, Lore, lo vas a despertar.

—No me importa —dijo ella, en un susurro que era todo lo contrario de no importarle.

—Te tapo la boca.

—Tápamela.

Hubo un sonido ahogado y los gemidos pasaron a ser un murmullo que me llegaba en olas. Algo se me rompió por dentro y, al mismo tiempo, algo se me prendió. Me agarré de valor, bajé los últimos escalones gateando, crucé la sala a oscuras y me agaché detrás de la silla del comedor que daba justo de frente al rincón.

Y los vi.

Mi madre estaba boca abajo, las piernas estiradas, el pantaloncito rosa enredado a la altura de los tobillos. Adrián estaba sobre ella, sosteniéndose con los brazos, moviéndose lento, casi con paciencia. La mano izquierda de él le tapaba la boca a mi madre, y la mano derecha se hundía en la cadera marcándole los dedos en la piel.

Tendría que haber cerrado los ojos. Tendría que haber subido. No lo hice.

Vi a mi madre retorcer las piernas. Vi cómo arqueaba la espalda cuando él empujaba más fuerte. Vi cómo él se inclinaba a decirle algo al oído y cómo ella, atrapada bajo su mano, respondía con un sonido que no era una palabra. Me quedé ahí, agachado detrás de la silla, con la mano firme y la otra apretada contra mi propia boca, durante casi una hora.

Esto está mal, esto está mal, esto está mal, me repetía. Pero no me iba.

—Me vengo, Lore —dijo Adrián al final, con la voz tensa—. ¿Lista?

—Sí, mi amor.

Le sacó la mano de la boca. Las últimas embestidas fueron más rápidas, más profundas, y vi cómo él se hundía hasta el fondo y se quedaba ahí, tieso, mientras mi madre soltaba un quejido largo, sin pudor, como si nadie estuviera escuchando. Después él se desplomó sobre la espalda de ella y se quedaron así, los dos respirando agitados, con el pantaloncito rosa todavía colgando de los tobillos.

Yo me vine sin avisarme a mí mismo. Fue la mejor y la peor cosa que me pasó en la vida.

***

Subí las escaleras de la misma manera en que las había bajado: pegado a la pared, sin respirar. Me metí en la cama, me cubrí hasta la cabeza y me quedé despierto hasta que escuché el primer pájaro afuera. Después dormí dos horas, mal, soñando cosas confusas en las que no distinguía caras pero sí voces.

A las diez de la mañana bajé. Mi madre estaba en la cocina, despierta, con la tetera al fuego y la radio prendida bajito. Estaba vestida con la misma ropa de andar por casa de siempre, sin maquillaje, sin perfume, sin nada que delatara la noche anterior. Tenía buen humor.

—Hijo, buen día. ¿Quieres tostadas?

—¿Y Adrián? —pregunté, antes de poder frenarme.

—Se fue temprano. Tenía que entrar al trabajo.

Asentí. Me senté a la mesa y la miré pasar la mañana como si nada hubiera ocurrido. Y eso fue, quizá, lo que más me revolvió. Que ella pudiera reincorporarse a su papel de madre con tanta naturalidad. Que pudiera servirme el café con la misma mano que, unas horas antes, le había agarrado el hombro a otro hombre.

Hace ya varias semanas de esa noche. No la miro igual. No la miro mal: la miro distinto. La miro sabiendo que es una mujer, no solo mi madre. Una mujer que desea, que pide, que disfruta. No sé qué hacer con esa información.

No sé si Adrián va a volver. No sé si va a haber otra noche así. No sé, sobre todo, si quiero que la haya o si no quiero. A veces, en la cama, me descubro escuchando el silencio de la casa con una atención que antes no tenía. Atento al timbre que no suena, a la puerta que no se abre, a los pasos que no bajan.

Lo único que sé, con certeza, es que algo se me corrió de lugar adentro esa madrugada y todavía no encuentra la manera de volver.

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Comentarios (3)

MiguelReader

que historia mas entretenida, quede con ganas de saber como siguió todo esa noche jaja

RominaGde

increible!! Por favor una segunda parte

curiosa87

esto es real o ficcion? porque si es verdad me imagino la cara que pusiste jajaja. Buenisimo de todas formas

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