La camarera de gafas que esperaba mi confesión
Si tuvieran que describir a Lorena en una sola frase, dirían que es la mujer que pasa desapercibida. Mide un metro sesenta y tres, lleva el pelo castaño semi rizado a la altura de los hombros, gafas de pasta marrón, y se viste con vaqueros rectos y blusas anchas que no marcan nada. Habla poco. Casi nunca bromea. Se ríe en contadas ocasiones, y cuando lo hace, lo hace bajito, como si pidiera permiso. No es de las mujeres que llaman la atención solo con cruzar la puerta.
Y eso fue, precisamente, lo que me terminó atrapando. Por más que la mirara y la volviera a mirar, no era capaz de hacerme una idea clara de cómo era ella debajo de toda esa apariencia neutra. Esa imposibilidad de descifrarla me ponía. Me ponía tanto que pasé tres años de mi vida obsesionado con averiguarlo.
Lorena tiene treinta y ocho años y es la dueña de un bar pequeño en el centro del pueblo, La Casona. Lo lleva con su hermano y su madre, pero la que vive entre la barra y la cocina la mayor parte del día es ella. Mis padres habían sido clientes de toda la vida, así que la conozco desde que yo era un crío. No fue hasta bien entrados los veintiocho cuando empecé a notar que ella no paraba de mirarme.
Al principio no le di mayor importancia. Pensé que sería casualidad, o que estaría mirando a alguien detrás de mí. Pero con los años, y con mis fetiches ya bastante claros en la cabeza, empecé a devolverle la mirada. Aprendí su rutina. Aprendí en qué momento del día estaba sola detrás de la barra. Aprendí qué gesto hacía con la boca cuando yo entraba: se mordía un instante el labio inferior antes de saludarme.
Durante años nos pasamos así, intercambiando miradas furtivas. Ella sabía que yo la buscaba y le gustaba. Yo sabía que ella me buscaba y eso me ponía. Era un juego silencioso, sostenido, que se hizo rutina sin que ninguno de los dos hiciera nada por romperla.
***
El verano pasado algo cambió. Lorena empezó a vestirse distinto. La ropa más ajustada, las blusas con menos botones, los vaqueros eligiendo otro corte. Coqueteaba más abiertamente con los clientes, sonreía más, alargaba las conversaciones. La primera tarde que entré al bar después de dos meses sin verla, casi se me cayó la mochila al suelo.
Llevaba una camisa sin mangas de color crema, vaqueros acampanados ajustados en la cadera y la cintura que le marcaban un culo respingón que yo no le conocía. Sandalias negras de tiras finas, el pelo recogido en un moño bajo del que escapaban dos mechones, y sus gafas. Las de siempre, las de pasta. Tuve que sentarme en la primera mesa que encontré porque la erección que se me puso era imposible de disimular de pie.
A las mujeres con gafas les tengo una debilidad que no sé explicar. Y cuando llevan sandalias o chancletas con el pie a la vista, se me va la cabeza directa al suelo. Lorena, esa tarde, juntaba los dos fetiches en el mismo cuerpo. Era injusto.
Se acercó a mi mesa con la libreta en la mano. Me miró por encima de las gafas, con esos ojos marrones que parecían no haber roto un plato en su vida.
—¿Qué te pongo? —dijo.
—Un chupito de Frangelico —dije yo, intentando que la voz no me delatara.
Volvió detrás de la barra y vi cómo se estiraba para alcanzar la botella del estante alto. La camisa se le subió un par de centímetros y dejó al descubierto la base de la espalda. Cerré los ojos un segundo y respiré.
Cuando vino a servirme el chupito, hubo algo raro. Me acercó el vaso, y al dejarlo en la mesa hizo el gesto de querer rozarme la mano. Lo hizo tan torpemente que se notó que no era costumbre suya, que lo había estado pensando y no había sabido cómo. Se le quedó la mano flotando un segundo encima de la mía, y luego la retiró.
—Gracias —dije.
Salí a fumar. Necesitaba enfriar la cabeza. La acera del bar daba a un callejón que olía a jazmín, y me apoyé en la pared con el cigarro en la mano, pensando que después de tantos años algo había cambiado entre nosotros y yo no sabía exactamente qué.
Cuando volví a entrar, ella seguía detrás de la barra. Me senté en un taburete y le pedí un vaso de agua. Me lo trajo con la otra mano libre, y en el momento en que los dos íbamos a coger el vaso a la vez, ella puso su mano encima de la mía y la dejó ahí.
Yo extendí el dedo índice y le acaricié la muñeca lentamente, siguiendo la línea de la vena. Nunca le había tocado la piel. Era más suave de lo que había imaginado en tres años. Cuando la miré a los ojos, vi cómo se mordía el labio inferior, y un pequeño gemido se le escapó. Lo cortó en seco con un «gracias» nervioso y se dio la vuelta para limpiar la cafetera, que no estaba sucia.
Esa noche no dormí.
Me había costado tres años y veinte segundos darme cuenta de que ella estaba esperando exactamente lo mismo que yo.
***
Tardé tres días en juntar el valor. Calculé la hora a la que el bar solía estar vacío, una de las primeras de la tarde, cuando los obreros ya habían vuelto al trabajo y los jubilados todavía no habían llegado a sus partidas de cartas. Entré sin saludar.
El bar estaba vacío, como había previsto. Lorena estaba sentada en un taburete del fondo de la barra, leyendo algo en el móvil, con las piernas cruzadas y una sandalia colgándole de la punta del pie. Levantó la vista cuando me oyó entrar. No dijo nada. Esperó a que yo me acercara.
—¿Qué te pongo? —preguntó por inercia, sin moverse del taburete.
—Un café con hielo —dije, y me senté a su lado.
Hizo el café sin levantarse, alargando el brazo a la cafetera, sin dejar de mirarme. Cuando me lo puso delante, los dos nos quedamos en silencio. Sentía el calor de su brazo a un palmo del mío. Sentía su perfume, una cosa cítrica y limpia. Y sentía, sobre todo, que ella estaba esperando que yo dijera de una vez lo que llevaba años sin decir.
—Lorena, me pones —dije, así, sin adornos—. Hay algo en ti que no entiendo y que me pone muchísimo. Llevo años pensando en eso.
Pensé que se iba a levantar. Pensé que me iba a echar del bar. Pensé que me iba a decir que estaba casada, o que confundía las cosas, o cualquiera de las mil maneras en que aquello podía salir mal.
—Ya era hora de que me lo dijeras —dijo ella.
Lo dijo bajito, sin sonreír, sin dramatismo. Como si llevara la frase preparada desde hacía tanto tiempo que ya hubiera perdido entusiasmo.
Ahí entendí que todas mis sospechas eran ciertas.
***
Lo que más me atraía de ella, intenté explicárselo después, era esa sensación de que la veía capaz de cualquier cosa, en la cama y fuera de ella. A simple vista parecía la chica que nunca rompió un plato. Pero cuanto más la miraba, más detalles me hacían dudar.
La forma en que se le movían las nalgas debajo de los vaqueros, sin marcar absolutamente nada, como si no llevara braga. O como si llevara un tanga de hilo. O un tanga de triángulo. O nada. Esa duda fue, durante años, el motor de mis mejores fantasías.
—Y con tu respuesta —le dije, ya con la cara muy cerca de la suya—, supe que eras de las que viven en los extremos.
—¿Y ahora qué? —dijo ella.
Estábamos tan cerca que el aliento del uno se le mezclaba al otro. El calor que salía de los dos rostros era casi insoportable.
—Alquilamos una casa rural —dije—. Un fin de semana. Lejos. Una donde nadie nos oiga destrozarnos.
Sonrió por primera vez. Una sonrisa torcida, que no le había visto nunca.
—A mí me gusta dominar —dijo—. Me gusta tener al otro de rodillas y hacerle lo que se me ocurra. Tengo juguetes. Bastantes.
—Los puedes usar si eres capaz de dominarme —dije yo—. A mí también me gusta mandar. Y ninguna mujer ha podido conmigo todavía.
—Conmigo eso va a cambiar.
—Tendremos que pelearnos en la cama para ver quién gana.
Cogió el móvil del taburete. Buscó tres segundos. Me enseñó la pantalla con una casa rural en una zona de monte, sin vecinos, sin cobertura, sin nada alrededor. La reservó delante de mí. No me preguntó si me parecía bien la fecha. No me preguntó si tenía dinero para mi parte. Solo lo hizo.
—Salimos el viernes por la tarde —dijo, y guardó el móvil.
En ese momento entró un cliente al bar. Un hombre mayor que pidió un cortado y se sentó al otro extremo. Lorena se puso de pie, me miró un instante por encima de las gafas, y volvió a su papel de camarera de toda la vida.
Yo apuré el café con hielo. Intercambiamos los números de teléfono en una servilleta y me marché.
***
A los pocos minutos de salir del bar me sonó el móvil. Era ella. Una foto. Su mano derecha y la tela azul oscuro de un tanga, las dos cosas brillantes. La calidad de la foto, mala. La intención, perfectamente clara. Me llegó sin texto, sin emoji, sin nada.
Me metí en el coche, en el parking del supermercado, y le contesté con otra foto: mi mano derecha llena de semen, todavía caliente, y el reloj de pulsera marcando la hora exacta en que ella me había mandado la suya. Sin texto tampoco.
Tardó tres minutos en escribir, esta vez con palabras: «El viernes te doy de comer eso a ti».
Cerré el coche y me quedé mirando el techo.
Faltan cuatro días para el viernes. Cuatro días y catorce horas, exactamente. Llevo dos sin dormir, repasando en la cabeza qué juguetes habrá comprado, qué bragas elegirá, si cumplirá lo que dijo, si seré capaz de no rendirme antes de tiempo. Y, sobre todo, qué cara me pondrá cuando aparezca el viernes a las seis con la mochila al hombro y los nervios disimulados.
En unos días os contaré cómo fue nuestra pelea.