La vecina del piso de arriba me ayudó a olvidarla
Caminé hacia el baño con las piernas todavía temblando. La confusión me pesaba en el cuerpo como una resaca. Oriné de pie, agarrado al lavabo, y dejé correr el agua fría sobre mi cara hasta que sentí los pómulos entumecidos. Necesitaba bajarme la fiebre. Necesitaba bajarme algo.
Apagué la luz y salí del baño en puntas. Renata y Camila dormían cada una en su lado de la casa, ajenas la una a la otra. Yo no podía quedarme un minuto más bajo ese techo. Recogí mi camisa del respaldo de la silla, los zapatos del pasillo, el cinturón del borde de la cama de Renata. Me vestí en la sala, sin encender ninguna luz.
Lo nuestro empezaba a complicarse. Renata era una mujer que sabía hacerse querer. Atenta, dedicada, con un cuerpo que no pedía favores y una manera de mirar de mujer adulta. El sexo con ella nunca había sido un problema. Lo que acababa de pasar con su hija, en cambio, no tenía nombre.
No es lo mismo acostarse con la prima de un amigo o con alguna alumna de la academia. La hija de la mujer con la que duermo es otra cosa. Y Camila no era una chica cualquiera: tenía la habilidad de calentarme con un mensaje, un guiño, un roce contra el respaldo del sillón. Bastaba con sentir el rastro de su perfume al cruzar la cocina para que se me pusiera dura.
Pedí un Uber desde la calle. Mientras esperaba, le escribí a Renata que me había salido un imprevisto del trabajo, una excusa torpe que ella se iba a tragar porque confiaba demasiado. El taxi tardó. Hacía frío en Polanco y yo tenía la espalda empapada en sudor.
El trayecto hasta mi departamento, en el otro extremo de la ciudad, lo hice mirando por la ventanilla sin ver nada. Me daba vueltas la cabeza con imágenes de la boca de Camila bajando por mi miembro, despacio, sin apuro, como quien degusta algo que sabe que no debería estar comiendo. Me veía a mí mismo viniéndome sobre su lengua, ella recogiendo cada gota con una concentración casi obscena. Respiré profundo en el asiento de atrás y todavía me parecía sentir el olor de ella en la cara, esa mezcla densa de juventud y sudor que se me había pegado a la piel como una mancha.
Llegué a casa caliente y con un malhumor extraño. Me molestaba que esa chiquilla me hubiera puesto así. Cualquier recuerdo, cualquier roce con el respaldo de la silla, cualquier pensamiento, y el cuerpo me volvía a responder. No estaba tranquilo. Abrí el navegador con la idea de contratar a una chica para esa noche, cuando me vibró el teléfono. Era ella.
—¿Por qué te fuiste? ¿No te gustó?
—Hola, Cami. Claro que me gustó. Tuve que salir corriendo por algo del trabajo, pero quedé más que cómodo.
—Me dejaste reventada. Así me gusta sentir a un hombre. Que sepa lo que está haciendo.
—Me vuelves loco, Camila. Y quiero que esto quede entre nosotros. No quiero lastimar a tu mamá.
—Tranquilo. Mientras tú no digas nada, yo tampoco. Oye, papi. ¿Te puedo decir papi? En cierta forma lo eres, jajaja.
—Dime como quieras —contesté, y sentí cómo mi propio cuerpo se traicionaba con esa palabra.
—¿Te gustaron mis tetas? Una amiga me dijo el otro día que las tengo disparejas. Quería tu opinión.
—Están perfectas.
Antes de que terminara de escribirlo, ya me había llegado una foto suya frente al espejo, en pantalón de mezclilla, con una ombliguera negra de red y sin nada debajo. Eran las mejores tetas que había visto en una mujer de su edad. Firmes, blancas, con los pezones tan duros como yo en ese momento.
—Mándame foto de tu pene —escribió, sin más.
No lo pensé. Me bajé el pantalón en la cama, busqué un ángulo decente y se la mandé. Esperé el siguiente mensaje, pero no llegó nunca. La vi conectarse, desconectarse, volverse a conectar. Y nada.
***
Esa mocosa estaba jugando conmigo. Primero me dejaba caliente como una caldera y después desaparecía como si nada hubiera pasado. Sentía la cabeza por estallar. Las dos cabezas.
En mi edificio, en el último piso, había un loft pequeño sobre el roof garden donde vivía una chica que conocía solo de saludarnos. Una morena clara, llenita, de unos treinta años. Vivía sola, hasta donde yo sabía. Cuando subía a hacer ejercicio o a leer un rato, a veces nos cruzábamos en las escaleras o en el área común. Era amable, hablaba poco. No era el tipo de mujer que me hubiera frenado en la calle, pero esa noche ya no estaba pensando con ese filtro.
Me ajusté la camisa, me pasé un poco de agua por el pelo y agarré un frasco vacío del estante. Subí las escaleras con la excusa más vieja del mundo bajo el brazo. Tuve suerte. Su ventana tenía luz. Los demás departamentos del edificio estaban a oscuras.
Toqué tres veces, sin pensarlo.
—¿Quién es? —Una voz somnolienta del otro lado.
—Soy Mateo, el vecino de abajo. Disculpa la hora.
Abrió con cara de preocupación, agarrada al picaporte con las dos manos. Llevaba pantalón deportivo y una sudadera ancha.
—¿Pasa algo?
—No, nada grave. Es una tontería. Iba a hacerme un café para ver una película y me di cuenta de que no tengo azúcar. Estaba por bajar a la tienda, pero pensé que tal vez tú…
Se rio bajito, con esa risa nerviosa de mujer que no sabe muy bien dónde meterse.
—Ay, vecino, casi me asustas. Pasa, pasa. Disculpa el desorden.
—Está bonito tu departamento. En serio, mil disculpas por molestarte a esta hora.
—Después me las cobro, eh. —Volvió a reír, esta vez más suelta.
—Dime cómo y listo. Estoy dispuesto a pagar la deuda.
Sacó la bolsa de azúcar de una alacena baja y llenó el frasco con cuidado, sin desperdiciar un grano. Me lo estiró con las dos manos y, cuando lo tomé, mis dedos rozaron los suyos. Lo sentí. Ella también.
Tengo que aclarar algo: nunca fui de los hombres que andan ligando por la calle. No sé hacerlo. No me sale natural. Pero esa noche no podía quedarme así. Necesitaba sacarme a Camila del cuerpo a la fuerza, fuera como fuera.
—Te lo debo. ¿Tú qué estabas haciendo?
—Nada. Aburrida con el celular. Iba a salir con unas amigas, pero al final canceló todo el mundo.
—Qué mal. La noche está como para no estar sola.
—Pues sí. Por eso me iba a hacer un café —dije, y le sonreí.
—Qué fiestón ibas a tener, tú y tu café.
—Por mí, encantado de compartirlo. Pedimos algo de cenar y vemos una película, si quieres.
—No, vecino, qué vas a pensar de mí. Otro día.
—No acepto un no por respuesta. —Le estiré la mano sin pensar. Y, contra todos los pronósticos que tenía armados en la cabeza, ella la tomó.
El roce de su mano sobre la mía me puso duro al instante, de una manera tan brusca que tuve que separarme medio paso para que no se notara tanto. Ella se incomodó. Soltó la mano, dio un paso atrás y me dijo que mejor en otra ocasión.
—Mira, vecina —improvisé—. La verdad es que llevo meses queriendo bajar a saludarte mejor. Desde que te vi en el roof, las primeras veces. No sabía cómo acercarme. Esta noche, no sé, me animé y subí con la excusa más estúpida de todas. Si te incomodé, perdón. Devuelvo el azúcar mañana.
—¿En serio?
—En serio. Disculpa. Buenas noches.
Me incliné para despedirme con un beso en la mejilla, sin esperanzas. Bajé las escaleras con las manos sudando y el cuerpo dolorido. En mi departamento puse la cafetera, prendí música baja, abrí la ventana para que entrara aire. Servía el café cuando sonó el timbre.
No puede ser ella.
Abrí sin preguntar y ahí estaba, en el rellano. En pantalón deportivo, en sudadera, en chanclas, con el pelo recogido a las apuradas.
—Acepto la película. Tampoco soy muy buena con esto de la gente, pero hace frío.
—Pasa.
Quería arrancarle la ropa ahí mismo. Respiré hondo, le ofrecí un café. Mientras llenaba la cafetera por segunda vez, le pregunté qué tipo de películas le gustaban.
—De terror. Pero no las puedo ver sola.
—A mí me dan miedo. Pero si quieres vemos una.
***
—Te queda lindo el look —le dije, mientras le pasaba la taza.
—Es mi pijama, tonto.
—«Todo» se te ve bien.
—¿Tú crees? Mis amigas me dicen que estoy gorda.
—¿Gorda? Gorda me… —Me frené a tiempo. Casi.
—Dilo. Anda. Gorda te la qué.
Me reí. Negué con la cabeza. Pero ella insistió, fijando los ojos en los míos.
—Gorda me la pones. Perdón, Romina, se me escapó. Trabajo con puro patán, se contagia.
Romina se puso de pie y caminó hacia mí. Me sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario.
—A ver. ¿Qué tan gorda te la pongo?
No le di tiempo. Le tomé la cara con las dos manos y la besé. La besé como si llevara semanas tragándome ese beso. Ella se dejó. Las lenguas se buscaron sin pudor. Bajé las manos a su cintura y de ahí, por debajo del pantalón, a las nalgas. No tenía nada puesto. La piel caliente, lisa, me hizo soltar un gemido entre los dientes. Mientras le agarraba las carnes, por un segundo me cruzó por la cabeza la imagen de Camila. Y de Renata. Me sentí raro pensando en que estaba engañando a mi novia con la vecina, y aún más raro pensando que también estaba engañando a la hija de mi novia.
Era una locura tener tantos fantasmas en la cabeza al mismo tiempo. Nunca había conseguido llevarme a alguien a la cama a la primera y ahora que la tenía ahí, en mi sala, sin ningún obstáculo, lo que más me preocupaba era no poder despejar a esas dos mujeres de mi memoria.
Decidí que iba a vivir el momento. La empujé contra la pared del living. La sostuve por el cuello, con la mano abierta, sin apretar, mirándola a los ojos. Romina jadeaba.
—Vas a hacer todo lo que yo te diga. Ahora eres mía.
—Sí, señor. Lo que pidas.
Esa respuesta me prendió una mecha. La besé otra vez con el cuello todavía sujeto y mi otra mano se fue directo entre sus piernas. El olor me golpeó de inmediato. Fuerte. No desagradable, pero fuerte. Como pasar carne fresca delante de un perro hambriento. Pasé el dedo medio por sus labios buscando el clítoris. Lo encontré sin esfuerzo. Botón duro, hinchado, todo empapado. Empecé a hacerle círculos con presión hacia arriba mientras seguía besándola. Las piernas le empezaron a temblar y yo no aflojaba. Cuando el temblor subió de intensidad, le metí más fuerza. Sentí un chorro tibio sobre mi mano, como si literalmente se le escapara la orina. Siguió temblando un rato más, agarrada de mi antebrazo, hasta que me pidió sentarse.
—Te dije que ibas a hacer lo que yo te pidiera. Híncate.
—Déjame respirar.
—Híncate. No lo repito.
Se arrodilló. Le saqué el miembro del pantalón. Ya estaba escurriendo.
—Abre la boca.
—Límpiala un poco.
No le contesté. Le agarré el pelo con una mano y le pasé el glande por la frente, las mejillas, los labios. Como un lápiz labial. Apretó la boca. Forcejeamos. Con la otra mano le presioné las mejillas hasta que cedió. La metí hasta el fondo. La empecé a usar por la boca, sosteniéndola por la cabeza, empujando cada vez más profundo. Nunca le vino la arcada. Esa mujer mamaba como una profesional.
La levanté. Le di la vuelta. Apoyó las manos en el respaldo del sillón, con las piernas estiradas. Le bajé el pantalón hasta los tobillos. Llevé la punta a su entrada y, cuando sentí el orificio, empujé sin aviso. Estaba tan mojada que entré como cuchillo en mantequilla caliente.
La sostuve por la cadera para empujar con fuerza. El golpeteo de mi pelvis contra sus nalgas y el olor cada vez más espeso me trajeron de nuevo, sin pedir permiso, la imagen de Camila. Me dio rabia. Apreté los dientes y bombeé más fuerte. Romina gemía cada vez más alto. Sus gritos me sacaron de la cabeza otra vez. El sudor me corría sobre los ojos y me ardía.
—Señor, métemela por el culo. Quiero sentirla rompiéndome. ¿Me complaces?
—Te voy a complacer, putita. Ponte en cuatro sobre el sillón. La cabeza apoyada. Ábrete las nalgas con tus manos.
Lo hizo. Era una imagen que no se borra. Le pasé la lengua por todo el surco. Ella no se movió. Solo gimió y se abrió un poco más. Le metí la lengua tan profundo como pude, sin preocuparme por nada. Le metí el dedo. Me gritó que quería el miembro, no el dedo.
Me puse de pie. Apoyé la punta. Empujé. La cabeza entró con resistencia, pero después se deslizó completa. Apretado, pero resbaladizo. Romina gritaba y sus gritos solo me daban más ganas de partirla. Le di una nalgada. Después otra. Las huellas rojas de mis manos empezaron a quedarle marcadas en esas nalgotas tan deliciosas.
—Soy tu puta, señor. Soy tu putita. Úsame como quieras.
Y entonces, sin pensarlo, dije algo que no debí decir.
—Vas a ser mi hijastra. Te voy a coger como nunca, putita. Y vas a contarle a tu mamá que te uso cuando quiero.
Me quedé congelado un segundo. ¿Qué acabo de decir? Le estaba pidiendo a Romina que actuara de Camila. Era exactamente lo contrario de lo que había subido a buscar.
Pero ella, sin perder el ritmo, respondió:
—Sí, papi. Hazlo. Quiero que mi mamá nos vea. Quiero que las dos te complazcamos como te mereces.
—Aprieta bien ese culito, hija. Ya me vengo. Te voy a dejar el culo lleno.
—Lleno, papi. Márcame. Que sea solo tuyo.
No pude más. Exploté dentro de ella, gimiendo, jadeando como un animal. Chorro tras chorro. Cuando me detuve, ambos respirábamos al mismo ritmo. Mi miembro todavía latía adentro, perdiendo fuerza, hasta que se deslizó solo.
Nos derrumbamos en el sillón, exhaustos. Sentí el frío de la sala. Tiré una manta encima de los dos, la abracé desde atrás y nos quedamos dormidos.
No sabía si la había usado para olvidarme de Camila o si la había usado para acercarme más a ella. Esa duda me iba a perseguir mucho tiempo.