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Relatos Ardientes

El viejo amigo al que mi esposa quiso conocer mejor

Hacía meses que Camila y yo dábamos vueltas sobre lo mismo. A veces lo nombrábamos, casi siempre lo dejábamos a medio decir, como un tema que se asomaba en la cama después de hacer el amor y se evaporaba con la luz del día. La fantasía estaba intacta. Lo que nos pesaba era el recuerdo de la otra vez.

—¿Te acordás de aquel idiota? —me dijo una noche, con la sábana hasta la cintura.

—Cómo olvidarlo.

El tipo de la primera vez había sido un desastre. Lo habíamos elegido por un anuncio, sin demasiadas referencias, dejándonos llevar por la urgencia. Camila había salido de esa experiencia furiosa, decepcionada, jurando que nunca más íbamos a meter a un desconocido en nuestra cama. Y la entendí. La fantasía de verla con otro hombre no valía si ella terminaba sintiéndose estafada.

Pero la fantasía no se fue. Se quedó ahí, agazapada, hasta que una madrugada de marzo ella me apoyó la cabeza en el pecho y soltó la frase que yo llevaba meses queriendo escuchar.

—Si lo hacemos otra vez, lo elegimos bien.

Yo ya tenía un nombre en la cabeza desde hacía rato. Mateo. Vivía a varias horas de nosotros, en una ciudad del sur, y aparecía por casa cada dos o tres meses por trabajo. Era de esos hombres que entran a un bar y las mujeres giran la cabeza sin querer. Cuarenta y pico, soltero por elección, gimnasio cinco veces por semana, una manera de mirar que no dejaba lugar a dudas. Y, sobre todo, era amigo mío desde la facultad. Si algo se rompía después, yo confiaba en que él iba a saber sostener el silencio.

Lo invité a tomar una cerveza la siguiente vez que pasó por la ciudad. En la barra de un bar del centro, esperé a que el segundo tarro estuviera por la mitad y se lo dije sin rodeos. Mateo se quedó mirándome unos segundos, como buscando la trampa.

—¿Me estás cargando?

—No.

—Tu mujer es una belleza. ¿Y vos me la estás ofreciendo?

—Te la estoy compartiendo —le corregí—. Una noche. Si ella quiere. Si vos querés.

Soltó una carcajada que se le quedó atascada cuando vio que yo no me reía. Después, despacio, dejó el vaso sobre la barra y dijo que sí. Acordamos esperar a su próximo viaje. Junio quedaba lejos. Yo quería que quedara lejos.

***

Llegó la noche de junio. Camila se preparó como si fuera la primera cita de su vida. La encontré frente al espejo del baño, descalza, peinándose el pelo todavía húmedo. Yo me senté en el borde de la bañera y la miré. Sabía cada cosa que se iba a poner antes de que abriera el cajón.

Body negro de encaje, sin nada debajo. Un pantalón de cuero oscuro con cierre lateral, ajustado hasta el tobillo. Blusa transparente abotonada hasta el cuello, de las que prometen mucho sin enseñar nada todavía. Un suéter de lana fina por encima, porque la noche era fría. Botas de caña alta, también negras. Camila tenía cuarenta años y un cuerpo que ningún veinteañero habría podido sostener una hora a su lado.

—¿Estoy bien? —me preguntó, sin girarse.

—Estás peligrosa.

Se rió, satisfecha. Yo le acomodé el cuello del suéter por detrás y le besé la nuca. Olía a un perfume que no le conocía.

Mateo nos pasó a buscar y nos llevó a un restaurante italiano que él conocía y nosotros no. Le había pedido a su asistente que reservara una mesa en un rincón. Pidió un vino tinto del sur y una entrada de carpaccio, y mientras servía, le rozaba a Camila el dorso de la mano cada vez que le pasaba el plato. Ella se dejaba. Yo, sentado del otro lado de la mesa, miraba.

Los hombres de las mesas vecinas la espiaban con disimulo. Las mujeres la registraban con esa mezcla de envidia y bronca que se reservan entre ellas. Camila comió poco. Bebió más. Cuando trajeron el postre, su rodilla ya buscaba la de Mateo bajo la mesa y mi amigo no había vuelto a soltarle la mano.

—¿Vamos a casa? —dije al fin—. Tenemos champaña en la heladera.

Mateo pagó la cuenta sin discutir.

***

En casa había dejado todo preparado. La temperatura justa, una playlist de jazz lento corriendo en un parlante del living, dos copas y una botella en una hielera al lado del sillón. Camila se quitó las botas en la entrada. Yo serví. Mateo se acomodó frente a la ventana, fingiendo mirar la calle mientras la miraba a ella por el reflejo del vidrio.

—Bailen —dije, y me senté en el sillón de un solo cuerpo, con la copa en la mano.

Mateo se acercó despacio. Ella le rodeó el cuello con los brazos y le apoyó la cabeza en el hombro. Se movían sin moverse, como hacen las parejas en la última canción de una boda. Mi amigo le bajó las manos por la espalda hasta apoyarlas en la cintura. Después un poco más abajo. Después un poco más.

Cambié la canción. Me levanté. Le saqué a Mateo el lugar y bailé yo. La besé en la boca delante de él, le abrí el primer botón de la blusa, el segundo, el tercero. Ella dejó caer el suéter al piso. Cuando le bajé la blusa por los hombros, sus pezones pequeños y duros quedaron asomando por el encaje del body. Mateo respiraba más fuerte desde el sillón.

—Te toca —le dije, y se la entregué.

Volví al sofá con el vino. Mateo no perdió un segundo. La besó como si llevara meses pensándolo. Le bajó el body de un hombro y le tomó un pecho con la boca. Camila cerró los ojos y le hundió los dedos en el pelo. La música seguía sonando, pero ya nadie bailaba.

Ella le abrió el cinturón. Después el cierre del pantalón. Le bajó los jeans hasta los tobillos y se arrodilló. Yo no había visto a mi mujer arrodillarse así desde el principio de la relación. Mateo era grueso, más grueso que yo, y Camila lo lamió primero con calma, con una sonrisa lenta, como si estuviera midiéndolo. Después se lo metió hasta el fondo. Subía y bajaba mientras yo, desde el sillón, miraba el reflejo de su espalda en el televisor apagado.

—Vamos a la cama —dije, casi al oído de ella, antes de que mi amigo se acabara ahí mismo.

Camila se levantó, le tomó la mano a Mateo y los tres caminamos al dormitorio.

***

Yo había dejado las luces a media intensidad y la cama tendida con sábanas limpias. Camila se terminó de sacar la ropa con una calma que no le conocía. El body cayó al piso. Mateo la observaba desde el borde del colchón. Yo me senté en el sillón del rincón. Esa primera parte me la quería mirar.

Camila se subió a la cama y se puso en cuatro. Mateo se acomodó detrás. Le pasó la mano por la espalda, por la curva de la cintura, por las nalgas. Le separó los muslos despacio, como si estuviera abriendo un regalo. Ella se mordió el labio y miró por encima del hombro buscándome.

—Mirame —le pedí.

Y me miró cuando Mateo entró por primera vez. Le vi la boca abriéndose, los ojos cerrándose, la mandíbula floja. Mi amigo arrancó despacio, con embestidas largas, sosteniéndola de las caderas. Ella jadeaba sin pudor. Yo la conocía gimiendo conmigo. No la había escuchado nunca gimiendo con otro hombre. Era otra voz.

—Vení —dijo ella, después de un rato—. Acá, conmigo.

Me levanté del sillón y me arrimé a la cabecera. Camila me buscó la boca con los labios y, sin pedir permiso, me empezó a desabrochar el pantalón. Quedé de pie a su lado. Me la metió en la boca al mismo ritmo que Mateo le entraba por detrás. La sincronización fue inmediata. Cada vez que Mateo empujaba, ella se la enterraba hasta la garganta.

—Pará —le dije—. Pará, que me acabo.

Me retiré un paso. Mateo se rió, sin parar de moverse.

—Más vale que aguantes —dijo—. Falta lo mejor.

***

Lo que vino después lo habíamos hablado mil veces y nunca habíamos hecho. Doble penetración. Camila era la que más vueltas le había dado a la idea. La que más miedo le tenía. La que más la deseaba.

Me acosté boca arriba. Ella se acomodó encima, mirándome a los ojos, y se sentó sobre mí. La sentí caliente, mojada, ya abierta por el otro. Mateo se ubicó detrás. Le pasó una mano por la espalda hasta apoyarle la palma entre los omóplatos.

—Avisame si te duele.

—No me hables —dijo ella, con los ojos cerrados—. Hacelo.

Le separó las nalgas, se untó con saliva y empujó. Despacio. Camila se quedó quieta sobre mí, con la frente apoyada en mi clavícula, respirando entre dientes. Sentí cómo mi amigo iba ganando lugar adentro de ella, y la sentía a ella estirándose en los dos lados al mismo tiempo. Cuando Mateo terminó de entrar, los tres nos quedamos en silencio unos segundos. Solo la música del living llegaba, lejos, irreal.

Después empezamos a movernos. Yo entraba cuando él salía, él entraba cuando yo salía, y al cabo de un minuto encontramos el ritmo. Camila pasó del jadeo al gemido, del gemido al grito. Decía cosas que mi mujer no decía. Pedía cosas que mi mujer no pedía. Yo la miraba a la cara desde abajo y no la reconocía. Y la deseaba más por eso.

—Qué rico el culo de tu mujer —dijo Mateo, sin filtro, y a mí se me reventó algo por dentro.

Sentí los espasmos de él primero. Mateo se sostuvo de mis muslos cuando se acabó, y descargó largo, con esos pulsos pesados que se sienten incluso a través del cuerpo del otro. Se quedó dentro de ella unos segundos más, respirando, y después se retiró despacio y se dejó caer de lado.

Camila no me dio respiro. Se sentó más firme sobre mí y empezó a moverse sola, las manos en mi pecho, los ojos en los míos, todavía con la otra parte goteando. No tardé en seguirla. Cuando me acabé, los dos gritamos al mismo tiempo, y ella se desplomó encima mío, mojada, sudada, temblando.

***

Mateo se fue de madrugada. Le dejó a Camila un beso en la frente y a mí un abrazo torpe en la puerta. Cuando volví a la cama, ella tenía los ojos abiertos en la oscuridad.

—¿Estás bien? —pregunté.

—Mejor que bien.

—¿Lo haríamos otra vez?

Se quedó pensando un rato. Después se acercó, me apoyó la cabeza en el pecho y dijo, bajito, lo que yo necesitaba oír.

—Con él, las veces que quieras.

Y ahí supe que la primera vez no había sido la mala. La primera vez había sido la equivocada. Esta, recién esta, era la que íbamos a recordar.

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Comentarios (1)

FedeK_89

Tremendo relato!!! De esos que no podes dejar de leer hasta el final.

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