Confieso lo que pasó al final de la partida en casa
Llevábamos semanas afinando los detalles de aquella noche. Marcos —mi marido— iba a organizar una partida de póker en casa, con dos amigos suyos de toda la vida y cinco hombres a los que apenas habíamos cruzado palabra. La idea de la partida fue suya. El final lo escribí yo.
Trabajo como escort desde hace algunos años. Marcos lo sabe desde antes de la boda y, lejos de molestarle, le excita. Hemos aprendido a usar mi oficio como un juego compartido. Aquella noche íbamos a cerrar la partida con algo que ninguno de los invitados iba a olvidar fácilmente.
Las cartas duraron lo justo. Desde la habitación de arriba escuchaba sus risas, el choque de las fichas contra el cristal, alguna palabrota celebrando una mano. Marcos había puesto un colchón en el suelo del salón, lo había forrado con un plástico transparente y había empujado los muebles contra las paredes. La mesa de juego quedaba al otro lado, casi escondida.
A las dos de la mañana, mi marido subió a buscarme.
—Están listos —dijo, y me dio un beso largo en el cuello—. Bruno ya preguntó dos veces por ti.
Bruno era el mejor amigo de Marcos, el cómplice de siempre. El resto de los invitados eran nombres nuevos para mí: Iván, Damián, Lucio, Renato y un hombre alto al que llamaban Mateo. Cinco desconocidos, dos amigos. Siete bocas, siete pares de manos, siete maneras de mirarme.
Bajé las escaleras descalza, sostuve los stilettos colgando de los dedos y empujé la puerta del salón con el hombro. Estaba completamente desnuda. Quería que esa imagen fuera lo primero. Sin envoltorio, sin prólogo. Ellos, en cambio, todavía llevaban camisas, vaqueros, hasta corbatas a medio aflojar.
El silencio duró tres segundos. Después, alguien aplaudió. Un «joder» se mezcló con un «ohhh» exagerado, alguien soltó una carcajada nerviosa. Pasé delante de ellos despacio, dos veces, dejando que se acostumbraran a la idea, dejando que les pesara en la entrepierna lo que estaba a punto de pasar.
—Quiero darles algo que recuerden —dije, y mi voz salió más firme de lo que esperaba—. Pero solamente para los que se atrevan a desnudarse conmigo.
Marcos y Bruno fueron los primeros en empezar a desabrocharse los botones. Predicaban con el ejemplo. El resto miró un par de segundos, se buscaron entre ellos con la mirada y se sumaron al gesto. Las prendas fueron cayendo por el respaldo de las sillas, por el suelo, sobre la mesa de juego abandonada. Lucio doblaba la camisa con cuidado, casi pidiendo permiso. Damián, en cambio, lanzó la suya al sofá sin mirar.
Dejé los stilettos en el rincón —el plástico habría sido una trampa para los tacones— y me arrodillé en el centro del colchón. Cerré los ojos un segundo. Respiré.
Me llevé los dedos a la boca, los humedecí despacio y bajé la mano. Empecé a tocarme delante de ellos, primero con suavidad, después con más insistencia. La concha respondía sola. De vez en cuando estiraba el brazo hacia atrás y me acariciaba las nalgas, la raya, el borde del culo. Quería que vieran todo. Quería que ellos también se tocaran sin pedirme permiso.
Abrí los ojos un instante, sólo para confirmarlo. Casi todos estaban ya erectos. Y uno —Mateo, el alto— tenía la verga más gruesa que había visto en mucho tiempo. Ojalá ese hombre me llame más adelante, pensé sin poder evitarlo. Que pueda pagar mi tarifa. Que esta noche no sea la única.
—Acérquense —dijo Marcos desde detrás—. Pueden tocarla. Sin pasarse, todavía.
Cayeron sobre mí como si llevaran horas esperando el permiso. Manos en los pechos, manos en las caderas, una boca buscándome el cuello, otra recorriéndome la espalda. Permitimos la boca; no las pijas. Esa era la regla. Yo seguía masturbándome entre el barullo y empecé a susurrarles que se tocaran. Que no se quedaran quietos. Que se acompañaran.
Cuando vi que todos estaban con la verga en la mano sin dejar de toquetearme, le hice una seña a Marcos. Él y Bruno habían ensayado la coreografía dos noches antes, riéndose en la cama como dos críos con un secreto.
***
Marcos conectó el proyector al teléfono y enfocó la pared blanca del fondo. Bruno se tumbó de espaldas en el colchón. Le pasé la lengua por el pecho, le mordí un pezón, bajé por el vientre y me incorporé sobre él a horcajadas. Despacio. Quería que mi marido tuviera tiempo de filmar.
Bruno entró en mí mientras Marcos, a un metro de distancia, hacía un primer plano con el celular. La verga apareció proyectada en la pared, enorme, abriéndome la concha, y un coro de respiraciones contenidas recorrió la habitación. Empecé a moverme sobre él de manera lenta, dejando que el sonido del plástico bajo nuestros cuerpos marcara el ritmo.
Algunos me miraban directamente. Otros tenían los ojos clavados en la pared. Algunos hacían las dos cosas a la vez, masturbándose sin pudor, perdidos entre el cuerpo real y la imagen agigantada.
Dos minutos sobre Bruno. Quizá tres. Lo justo para que se acomodaran al espectáculo. Me incorporé, le pasé el celular y me puse en cuatro sobre el colchón. Bruno se sentó frente a mí y volvió a filmar primer plano.
Marcos se ensalivó la verga con calma. Después, con dos dedos, me ensalivó generosamente el esfínter. La sensación de su saliva fría, el dedo abriéndose camino, me arrancó un suspiro que no esperaba. La fue metiendo de a poco. Sacaba y volvía a empujar. Una vez, dos, tres. Cuando estuvo dentro hasta los huevos, se quedó quieto un instante y después empezó un vaivén tranquilo, casi tierno.
Detrás de la cámara, Bruno respiraba pesado. El resto del público se masturbaba con desesperación, ya sin disimulo. Marcos hizo cuatro embestidas rápidas, frenéticas, y se retiró antes de que yo le pidiera lo contrario.
Bruno cortó la filmación. Yo volví a arrodillarme en el centro del colchón. Abrí la boca y saqué la lengua sin sonreír, los ojos clavados en los siete cuerpos que me rodeaban. Hice una seña con dos dedos. Acérquense. Acérquense. Acérquense.
***
Marcos fue el primero. No tuvo paciencia para esperar la fila. Su chorro me llegó directo a la cara, después a las tetas, un hilo caliente cruzándome la mejilla. «Gracias», susurré, y dejé que el semen me corriera hacia los labios.
El segundo fue Bruno. Se inclinó hacia un costado y se ocupó de dirigir su chorro contra la raya de mis nalgas. No fue mucho —ya se le había escapado bastante durante la filmación—, pero lo sentí descender despacio entre las nalgas, llegar al esfínter todavía sensible, y un poco más abajo. Pequeñas chispas a contracorriente.
Cerré los ojos. Estiré el cuello hacia atrás. Dejé que el resto decidiera.
Lucio acabó sobre mis tetas, contenido, casi avergonzado. Damián, en cambio, me apuntó deliberadamente a la boca. Abrí los labios a tiempo. El sabor me sorprendió —menos salado de lo que recordaba— y tragué la mitad, dejé que la otra mitad cayera por la barbilla. Iván terminó sobre mi espalda. Renato, en el pelo. Mateo —el alto, el de la verga imposible— eligió las tetas, en abundancia, y me masajeó el pecho con la mano izquierda mientras se vaciaba con la derecha.
Siete hombres. Siete chorros. Yo en el centro, los ojos cerrados, los labios entreabiertos, los pechos cubiertos. No hay manera de poner ese placer en palabras. No es sólo lo físico. Es saber que cada uno de ellos perdió el control por mí. Que esa noche existió por mi cuerpo.
Cuando los oí respirar cada uno por su lado, abrí los ojos. Empecé a pasarme las manos por todo el cuerpo, masajeándome con su semen, distribuyéndolo. Los pezones, el vientre, el cuello, los muslos. Me dejé pintar entera. Algunos seguían mirándome. Otros buscaban algo donde sentarse, agotados.
—Cinco minutos —dije sin levantarme—. Después vuelvo a estar entera.
Me levanté con cuidado y subí descalza al baño. La ducha duró lo justo, agua tibia, jabón sin perfume. Cuando bajé, me había puesto los tacones otra vez, y nada más. Ellos ya se habían limpiado con toallitas húmedas que Marcos había dejado preparadas en una mesita del rincón.
***
Improvisé entonces un juego pequeño, casi como propina. Les pedí a los cinco desconocidos —porque Bruno y Marcos no contaban— que formaran un círculo. Me coloqué en el centro con mi marido detrás. Él me cubrió los ojos con las manos y me hizo girar varias veces. Cuando me detuvo, abrí los ojos y, con los brazos extendidos, señalé al hombre que tenía justo delante.
Fue Mateo. Por supuesto que fue Mateo.
—¿Te gustaría comerme la concha? —le pregunté.
—Claro que sí —contestó, eufórico.
Me tendí de nuevo sobre el colchón, esquivando las manchas, y abrí bien las piernas. Le di tres minutos exactos. Tres minutos sin restricciones: lengua dentro, lengua fuera, clítoris, todo. Tres minutos que me hicieron temblar las piernas y morder la sábana que Bruno me había deslizado debajo de la nuca. Mateo lamía como si llevara mucho tiempo deseándolo.
Cuando se incorporó, sólo dijo dos palabras.
—Una delicia.
Fue el cierre de la reunión. Nos vestimos. Repartí tarjetas. Ofrecí mis dos modalidades de servicio: a solas y, si lo preferían, con mi marido presente. Uno de ellos preguntó, casi en voz baja, si era verdad lo que había contado Marcos durante la partida. Si estaba casada de verdad.
—Sí —dije—. Y si me contratas, mi marido puede estar mirando. A casi todos los hombres que conozco íntimamente eso los excita más que cualquier otra cosa. A él también.
Mateo me guardó la tarjeta en el bolsillo del pecho. Sospecho que va a llamar.
Cerramos la puerta detrás del último invitado. Marcos me abrazó por detrás, todavía oliendo a todo lo que había pasado, y me susurró al oído cuándo lo volvíamos a hacer. Le di un beso largo y le contesté que la próxima sería con más invitados. Que esto no se cansa. Que se siente demasiado bien.
Pronto les cuento mi viaje a Montevideo, sola —porque Marcos no podía acompañarme esa semana—, invitada por Renzo para algo muy especial. Y un almuerzo, sin sexo, con una mujer famosa que él me prometió que disfrutaremos juntos.
Hasta el próximo relato.
Camila.