Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Volví al barrio para descubrir cómo besaba

Nos conocimos cuando él tenía once años y yo diez. Era el verano en que mi familia se mudó a la calle Almendros, una cuadra estrecha de casas bajas donde todos los chicos jugaban a la pelota hasta que la mamá de alguno asomaba la cabeza por la ventana y empezaba a gritar nombres. Mateo era el que más fuerte pateaba. Yo, la que más se reía. Crecimos viéndonos cada tarde, peleándonos por tonterías, robándonos golosinas, contándonos secretos en la escalera del fondo.

Cuando cumplí dieciséis, mi padre cambió de trabajo y nos fuimos del barrio. Nos despedimos con un abrazo demasiado largo y una promesa de escribirnos que ninguno cumplió. Pasaron veinte años. Veinte años en los que, cada vez que pensaba en él, me preguntaba lo mismo: cómo besará, cómo serán sus manos, cómo se moverá encima de una mujer. No era amor exactamente. Era una curiosidad terca, una duda que se me quedó pegada a algún rincón del cuerpo y no se quería ir.

La vida me llevó a otra ciudad, a otro hombre, a otra historia que terminó como terminan casi todas. Y un martes de marzo, por trámites de una herencia, tuve que volver al barrio. A la misma calle. A la misma cuadra. Estacioné el auto frente al portón donde habíamos jugado mil veces a las escondidas y me quedé un rato mirando, sintiendo cómo el estómago me hacía un nudo viejo.

Su casa seguía siendo su casa. Una de esas fachadas pintadas de amarillo que nadie repinta porque ya forman parte del paisaje. Toqué timbre antes de pensarlo bien. No quería darme tiempo a arrepentirme.

Abrió él. Más alto de lo que recordaba, con la barba marcada y unas arrugas finas alrededor de los ojos que no le quedaban nada mal. Tardó un segundo en reconocerme. Cuando lo hizo, la sonrisa le ocupó toda la cara.

—No puede ser —dijo—. No puede ser que seas vos.

—Soy yo —contesté, y la voz me salió más temblorosa de lo que hubiera querido.

Me invitó a pasar. La casa olía a café recién hecho y a madera vieja. Me sentó en el living, me sirvió una taza, y empezamos a hablar como si no hubieran pasado dos décadas. Me contó que se había casado y separado, que vivía solo, que trabajaba en una imprenta del centro. Yo le conté mis propias derrotas con la misma honestidad. En algún momento dejamos de mirarnos como dos adultos educados y empezamos a mirarnos como aquellos dos chicos de la escalera del fondo.

***

Hubo un silencio. Uno de esos silencios que pesan, que se quedan en el aire esperando a que alguien diga algo importante. Lo dije yo.

—¿Sabés que hay algo que me quedó dando vueltas durante años?

—Decime —contestó, y se inclinó un poco hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas.

—Siempre me quedó la curiosidad de saber cómo besabas.

Lo dije rápido, antes de arrepentirme. Sentí cómo se me subía el calor a las mejillas. Él se quedó quieto un par de segundos, mirándome fijo, como midiendo si estaba hablando en serio.

—A mí me pasaba lo mismo —dijo al fin—. Estás hermosa. Ganas de besarte no me faltan.

Me levanté antes de que pudiera procesarlo. Él se levantó también. Quedamos a un paso de distancia, y por un instante fuimos otra vez aquellos chicos nerviosos a punto de hacer una travesura demasiado grande. Me tomó por la cintura con las dos manos. Yo le rodeé el cuello con los brazos. Nos quedamos así, mirándonos.

—¿Tenés miedo? —le pregunté, sonriendo—. Yo no muerdo. Bueno, sí muerdo. Pero muerdo lindo.

Se rió con esa picardía de chico travieso que recordaba perfectamente. Y entonces se acercó.

El primer beso fue lento. Como si los dos estuviéramos confirmando algo que llevábamos demasiado tiempo imaginando. Sus labios eran exactamente como los había soñado y al mismo tiempo nada parecidos. Olía a café y a colonia barata. Besaba con una mezcla de calma y hambre que me dejó las piernas blandas en cuestión de segundos.

Cuando se separó, lo miré.

—Besás riquísimo —le dije—. Me imagino cómo harás el resto.

—Bueno —contestó con la voz un poco más ronca—. Veamos.

***

El segundo beso ya no fue calmo. Me apretó contra él con fuerza, una mano subiendo por mi espalda hasta enredarse en mi pelo, la otra bajando lentamente hasta mis caderas. Yo metí las manos debajo de su remera y sentí su piel tibia, la línea dura del abdomen, los músculos de la espalda que se tensaban cada vez que me apretaba más fuerte. No éramos los chicos del barrio. Éramos dos adultos con veinte años de espera acumulada.

Bajó la boca hasta mi cuello. Me susurró, casi al oído, algo que apenas entendí pero que sonó a «estás riquísima». Sus labios fueron bajando hacia el escote de la blusa que llevaba puesta. Me arqueé contra él sin proponérmelo. La habitación se había vuelto demasiado caliente.

Empecé a desabrocharle el cinturón con los dedos torpes. Él me sacó la blusa de un tirón suave y se quedó un segundo mirándome, como si quisiera memorizar cada detalle. Tenía el corpiño negro que había elegido esa mañana sin saber por qué. Tal vez sabiendo perfectamente por qué.

—Sos más linda de lo que me acuerdo —dijo.

—Vos también —contesté, y me sorprendió cuánto lo sentía en serio.

Le saqué la remera. Lo vi entero por primera vez en mi vida adulta, y la cabeza me dio una vuelta corta. Le acaricié el pecho, le bajé los dedos por el abdomen hasta meter la mano dentro del pantalón, debajo de la ropa interior. Lo sentí caliente, duro, completamente listo. Le di un apretón suave. Cerró los ojos un segundo.

—Quiero probarlo —le dije, y no me reconocí la voz.

Me arrodillé. Le bajé el pantalón con la ropa interior de una sola vez. Lo miré desde abajo, sosteniéndoselo con la mano, y empecé despacio. Primero con la lengua, recorriéndolo entero, sintiendo cómo le temblaban un poco las piernas. Después me lo metí en la boca, profundo, marcando un ritmo lento que iba acelerando. Él me hundió los dedos en el pelo, sin forzar, solo guiándome, susurrando cosas que ya no llegaban a ser palabras.

—Para —dijo después de un rato—. Si seguís así, esto se termina muy rápido.

Me levantó del piso agarrándome de los brazos. Me besó otra vez, con la boca más urgente todavía. Me llevó hasta el sillón del living, me empujó con suavidad hasta sentarme, y se arrodilló él esta vez. Me desabrochó el pantalón despacio, mirándome a los ojos todo el tiempo. Me lo bajó. Me sacó la última prenda que me quedaba. Me abrió las piernas con las dos manos.

—Te quiero conocer entera —dijo.

***

Lo que vino después no lo recuerdo en orden. Recuerdo su boca, paciente, recorriendo todo, sin apuro. Recuerdo agarrarme del respaldo del sillón con las dos manos para no derretirme. Recuerdo decirle que parara y al segundo siguiente pedirle que no parara nunca. Recuerdo el primer orgasmo, corto y limpio, como un golpe seco que me hizo cerrar los ojos.

Cuando los abrí, él me estaba mirando desde abajo, sonriendo.

—Recién empezamos —dijo.

Se sacó el pantalón del todo. Se levantó. Me dio la vuelta sobre el sillón, me apoyó las dos manos en el respaldo, y se acomodó detrás de mí. Sentí la punta apoyándose, tanteando, y después la primera embestida, firme, completa, hasta el fondo. Me arranqué un gemido que no controlé.

—Así —le pedí—. Así, no pares.

Empezó a moverse con un ritmo que no tenía nada de tímido. Me agarraba las caderas con las dos manos para marcar el compás. De vez en cuando se inclinaba sobre mi espalda, me mordía suave entre los hombros, me agarraba un pecho desde abajo. Yo iba contra él cada vez con más ganas, escuchando cómo nuestros cuerpos chocaban, sintiendo cómo el sillón se movía debajo de las rodillas.

—Quiero verte —le dije después de un rato—. Quiero subirme.

Se acostó él contra el respaldo. Yo me subí encima, una pierna a cada lado, y me hundí despacio, mirándolo a los ojos mientras lo iba metiendo entero. La expresión que puso me quedó grabada. Me empecé a mover, primero en círculos lentos, después subiendo y bajando con más fuerza. Él me agarraba los pechos, me besaba el cuello, me mordía suavemente la oreja.

—No sabés cuántas veces te imaginé así —me dijo entre dientes.

—Yo también —contesté—. Veinte años. No sabés lo que es.

Me incliné un poco hacia atrás, apoyando las manos en sus rodillas, dejándolo entrar más profundo. La cabeza se me iba sola para atrás. Sentía que algo se estaba juntando muy abajo, despacio, como una marea que sube. Él lo notó. Me agarró de la cintura con fuerza y empezó a moverme él, marcando el ritmo desde abajo, golpeando justo donde tenía que golpear.

—Me voy a venir otra vez —le avisé, y la voz me salió rota.

—Vení —contestó—. Vení conmigo.

El segundo orgasmo fue distinto. Largo, profundo, una ola entera que no terminaba nunca. Lo sentí venirse a él casi al mismo tiempo, sintiendo cómo su cuerpo se tensaba debajo del mío, cómo me apretaba con tanta fuerza que iba a dejarme marcas en la cintura. Me derrumbé sobre su pecho, sudada, respirando como si hubiera corrido una maratón.

Nos quedamos así un rato largo. Él me acariciaba la espalda con una mano distraída. Yo le escuchaba el corazón latiendo, despacio, volviendo a la normalidad.

—Veinte años —dijo en algún momento, casi riéndose.

—Veinte años —repetí, y me reí yo también.

***

Nos vestimos sin apuro. Me convidó otro café, y esta vez lo tomamos sentados en la cocina, en silencio, mirándonos cada tanto y sonriendo como dos chicos que acaban de hacer algo que no deberían haber hecho. No hablamos de qué iba a pasar después. No hicimos promesas. No nos pusimos planes. Intercambiamos los números de teléfono y los dos sabíamos, sin decirlo, que nos íbamos a volver a ver, pero también que esa tarde había sido completa en sí misma. No necesitaba nada más para existir.

Cuando me acompañó hasta la puerta, me dio un último abrazo largo, y un beso lento en la boca, distinto a todos los anteriores. Un beso que era una despedida y también un agradecimiento.

—Manejá con cuidado —me dijo.

—Vos también —contesté, sin saber muy bien qué quería decir.

Caminé hasta el auto sin mirar atrás. Me subí. Cerré la puerta. Apoyé las dos manos en el volante y me quedé un rato así, mirando la fachada amarilla de su casa, sintiendo cómo el cuerpo todavía me zumbaba.

La duda de veinte años se había terminado. No quedaba ninguna pregunta sin respuesta. Y sin embargo, mientras arrancaba y enfilaba hacia la salida del barrio, no pude evitar pensar que tal vez, después de todo, esa curiosidad había sido lo único que me había mantenido a flote en algunos de los peores momentos. Ahora tenía la respuesta. Y la respuesta era mejor de lo que jamás había imaginado.

Sonreí sola, dentro del auto, y aceleré.

Valora este relato

Comentarios (4)

Karina_77

que lindo!! me encanto esa sensación de curiosidad guardada tanto tiempo. muy real

TomásRB

me recordó a alguien del pasado jajaja... uno se queda con esas cosas sin darse cuenta. Gracias por compartirlo

ValentinaK

increible como algo tan sencillo puede quedarse grabado toda la vida. Me encanto como lo contaste

NachoCasla

se me hizo cortisimo, quede con ganas de saber como siguio. Esperando la continuacion!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.