Estrené mi viudez con sus dos mejores amigos
Eran las tres y veinte de la madrugada y el aire de la sala estaba cargado del aroma dulzón de los lirios. Eduardo llevaba puesto el traje azul que tanto le gustaba y una expresión que no le había visto en cuatro años: tranquila, casi pacífica. Era una ironía que jamás había sabido imaginar.
Su cajón había costado más que el departamento donde yo nací. Tres mil quinientos dólares, según escuché en el murmullo de los abogados. Esta vez, su dinero no había podido comprarle el destino.
Lo miraba desde el otro lado del salón y me sorprendía sintiéndome ligera, como si me hubieran aflojado un cinturón muy apretado. Todavía tenía frescos en la memoria los nombres con que me llamaba, los empujones, las noches en que me obligaba a abrir las piernas porque «para eso me había pagado». Ahora ese viejo perverso estaba inmóvil, sin lengua para insultarme, sin manos para amoratarme la cintura.
Hacía cuatro años, mi padre me había entregado a Eduardo por una deuda. Yo tenía diecinueve. Él tenía casi sesenta y olor a tabaco frío. Me casé con un vestido prestado y firmé donde me indicaron. Esa noche aprendí lo que significaba ser propiedad de un hombre.
Cuatro años después, un infarto fulminante me devolvió el aire.
Había fingido todo el día. Lloré en los momentos correctos, agradecí los pésames con la voz quebrada y dejé que las amigas de Eduardo me abrazaran apretándome contra sus pieles caras. Pero a medida que el reloj avanzaba, algo más fuerte que el dolor —algo que ni yo entendía— se me iba acumulando entre las piernas.
Quizá fue el perfume de los lirios. Quizá fueron los ojos de los hombres que me miraban con culpa el escote. Quizá fue saber, por primera vez en mi vida adulta, que nadie iba a venir a marcarme el cuerpo cuando llegara a casa.
Me había vestido para esa noche con la misma frialdad con que un soldado se prepara para una emboscada. Vestido negro largo, ceñido en la cintura, con un corte bajo en la espalda que dejaba ver dos huesos perfectos. Eduardo, vivo, jamás me hubiera permitido salir así. Pero Eduardo estaba muerto.
A las tres y media solo quedaban dos hombres en la sala. Ricardo, un fotógrafo cincuentón al que todos llamaban «El Lente», y Sebastián, su yerno, un hombre de unos treinta y cinco con manos enormes y la mirada nerviosa de quien no quiere mirar y no puede dejar de hacerlo. Los dos habían jugado a las cartas en mi mesa más veces de las que podía contar. Los dos me habían desnudado con los ojos cada vez que Eduardo se distraía sirviendo whisky.
—¿Quieren café? —pregunté en un susurro—. Voy al cuarto de al lado a buscar algo y a ordenar las flores nuevas. No tardo.
Salí caminando despacio. Lento, calculado, dejando que el vestido se moviera. Cuando empujé la puerta entornada me di vuelta lo justo para confirmarlo. Los dos me miraban el trasero. Ricardo se mordía el labio. Sebastián tragaba saliva.
Sonreí sin que me vieran.
***
El cuarto era pequeño, con un sillón viejo, una mesa de madera y una ventana que daba al patio interior. Me apoyé contra la mesa y traté de armar un ramo nuevo, pero los dedos me temblaban. No por miedo: por hambre. Una hambre que no recordaba haber sentido nunca.
La puerta se abrió a los pocos minutos. Entró Ricardo primero, después Sebastián, cerrando despacio detrás de sí.
—Permiso, Mariana —dijo Ricardo, carraspeando—. Veníamos a ver si necesitabas que te ayudemos en algo.
Lo miré a los ojos. No bajé la vista. No fingí pudor.
—Sí —dije, y me sorprendió mi propia voz, firme y baja—. Necesito que alguien consuele a esta viuda.
Hubo medio segundo de silencio. Después se movieron al mismo tiempo, como si hubieran estado esperando esa frase toda la noche. Ricardo se ubicó detrás de mí; Sebastián, adelante. Las cuatro manos buscaron a la vez.
—Tenés una cintura que no es de este mundo —murmuró Ricardo al oído. Me apoyó las palmas en las caderas y, sin preguntar, dejó que su erección me presionara la parte baja de la espalda.
Sebastián me apartó el pelo del cuello, me lo besó y empezó a masajearme los pechos por encima de la tela. Su otra mano se hundía entre mis muslos, buscando, presionando el vestido contra mi sexo.
Cerré los ojos. Empujé las caderas hacia atrás, contra el bulto de Ricardo. Eduardo me había enseñado a moverme exactamente así. Cuatro años de obediencia se me convirtieron, en menos de un minuto, en un arma.
—Ya basta —dije después de unos segundos, dando un paso adelante—. Si me siguen tocando los dos van a romperme el vestido. Y todavía me queda velar a mi marido.
Se quedaron quietos, jadeando.
—Uno solo —dije, mirándolos—. Después tal vez el otro. Decidan ustedes mientras me desvisto.
Ricardo le dijo algo a Sebastián al oído. Lo vi asentir. Entendí, sin necesidad de explicación, que el viejo se estaba reservando para el final.
Me bajé el cierre del vestido despacio. Lo dejé caer al piso con una pequeña pirueta. Debajo llevaba un conjunto de encaje negro que Eduardo me había obligado a usar muchas veces, siempre acompañándolo con humillaciones que ahora me parecían lejanas. Esa noche el encaje era mío otra vez.
Sebastián se quedó duro, literalmente, sin atinar a moverse. Ricardo se llevó una mano a los pantalones.
***
Sebastián fue el primero. Se sacó la ropa con manotazos torpes y me abrazó como si llevara años queriendo hacerlo. Su boca era hambrienta, casi sucia, y yo respondí dejando que su lengua hiciera el ridículo dentro de la mía. Su pene me golpeaba el ombligo, duro como una llave de cobre.
Lo miré desde abajo.
—¿Me dejás que te la chupe? —pregunté—. Prometo no parar.
No respondió. Le bajé el calzoncillo de un tirón y me arrodillé en la alfombra. Era la primera verga que veía en mi vida que no fuera la de Eduardo. Más larga, más gruesa, con la piel tirante y el glande húmedo. Me la metí en la boca de una vez. La punta me llegó a la garganta y casi me hizo ahogar, pero no la solté. Sentía a Sebastián temblar.
—Mariana… —murmuró, con la mano enredada en mi pelo—. Mariana, frená, frená.
Frené. No quería que terminara tan rápido.
Lo empujé hasta el sillón viejo y me senté encima. Me empalé despacio, centímetro a centímetro, mirando cómo se le abrían los ojos. Lo cabalgué pausada al principio, después rápido, después otra vez pausada. Le mordí el labio inferior. Le clavé las uñas en los hombros. Cuando me vine la primera vez —la primera vez de mi vida con un hombre adentro, porque Eduardo nunca había sabido o querido— me escuché gritar como una desconocida.
Sebastián también gritó. Sentí cómo se vaciaba dentro de mí, latido a latido. Después se quedó tirado en el sillón, con los ojos cerrados y una sonrisa que parecía hecha de incredulidad.
***
Ricardo se había estado tocando en el rincón todo ese tiempo. Cuando me incorporé del sillón, lo encontré mirándome como mira un fotógrafo a su modelo favorita: con admiración, con cálculo, con cierta paciencia.
—¿Querés culearme? —le pregunté sin rodeos. Eduardo había usado ese agujero tantas veces como castigo que ahora ofrecerlo libremente se me presentaba como un acto de propiedad—. Sé que la fantasía la tuviste siempre. Te leo la cara cada vez que jugabas a las cartas en mi mesa.
—Mariana —dijo, con la voz ronca—, sería un honor.
—Entonces vení conmigo.
Lo tomé de la mano y abrí la puerta. La sala principal, con el cajón en el centro, estaba en penumbra. Las velas todavía ardían. Eduardo seguía allí, con esa expresión de paz robada.
Acerqué a Ricardo hasta el ataúd. Lo paré pegado al borde de madera lustrada. Le agarré el pene con suavidad y miré a Eduardo a la cara.
—Llegó la hora —le dije, sin gritar, casi como un rezo—. Mirá bien desde donde estés. Esto es lo que me debías.
Después me arrodillé al lado del cajón y me metí la verga de Ricardo en la boca. Sentí cómo crecía contra mi paladar. Sentí cómo el viejo me agarraba el pelo con las dos manos y empezaba a empujar. Sentí las velas crepitar a un metro de mi mejilla.
—No sabía que te gustaba tanto —murmuró Ricardo, sin parar—. Sos otra mujer, Mariana. Sos otra mujer.
Era exactamente eso lo que quería escuchar.
Me incorporé después de un rato y caminé hasta el sillón que habían usado los empleados de la funeraria. Apoyé las manos en el respaldo, separé las piernas y le mostré la espalda. Ricardo se acercó por detrás. Me acarició la entrepierna, todavía mojada por Sebastián, y usó esa humedad para prepararme el otro agujero.
—Despacio —le pedí.
Despacio entró. Yo me mordí el brazo para no aullar. Cuatro años de noches forzadas no me habían preparado para algo así, para algo que yo había elegido. El dolor se mezclaba con un calor nuevo, denso, que me subía por la columna.
Cuando empezó a moverse en serio, lo miré de reojo. Detrás de él, los candelabros temblaban con cada embestida. El cajón abierto recibía la luz amarilla como si Eduardo nos estuviera viendo desde adentro.
—Tu marido… —jadeaba Ricardo—, tu marido nunca te supo coger, ¿no?
—Nunca —dije—. Seguí. No pares. Seguí.
Me dio vuelta y me tiró de espaldas sobre el sillón. Me clavó la verga otra vez, de un solo envión, y mis piernas se cerraron alrededor de su cintura. Sus dedos me apretaban los pezones. Mis tobillos chocaban contra su nuca. Cuando me vine la segunda vez fue largo, profundo, casi triste.
Ricardo terminó dentro de mí, con un quejido sordo. Sentí cómo se desplomaba sobre mi pecho. Sentí el calor de su semen mezclándose con el de su yerno. Sentí, por encima de todo, que me había recuperado.
***
Se vistieron en silencio, casi avergonzados. La luz del amanecer empezaba a colarse por los vitrales del salón. Eduardo seguía en su cajón, intacto, con esa expresión que ahora me parecía menos pacífica.
Los acompañé hasta la puerta. A los dos les dejé un beso largo en la boca. A Ricardo le susurré que volviera a darme el pésame cuando quisiera. A Sebastián le dije que su mujer dormía profundo y que él sabía dónde encontrarme.
Cerré la puerta y me apoyé en ella. El velorio terminaba a las nueve, cuando llegaran los empleados del cementerio. Tenía menos de tres horas para volver a ser la viuda desconsolada.
Tres horas me sobraban. La viuda que había entrado a esa sala el día anterior ya estaba muerta también.