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Relatos Ardientes

La primera vez de Lucía fue idea suya

Eran las nueve de la mañana de un sábado. La llovizna del día anterior había tenido tiempo de secarse y el cielo despejado todavía guardaba el frío de las primeras horas. Andrés no había llegado aún, y Lucía, sentada en un banco de madera verde y desvencijado del parque, había empezado a agitar la pierna de arriba abajo, con impaciencia.

En el fondo, es mejor que aún no haya llegado, pensaba. Tengo demasiadas cosas que decidir.

Lanzó una mirada a los dos caminos por los que podría aparecer alguien. Se sentía observada, juzgada, aunque no había nadie cerca. Tenía veinte años, era bajita y delgada. El pelo lacio y negro le caía un poco más abajo de las clavículas. Llevaba una falda larga, también negra, atravesada por dos líneas finas y vaporosas de verde claro y rosa. Debajo de la chamarra, una blusa azul de tirantes, apenas ceñida al cuerpo.

Había elegido cada prenda con un cuidado que ahora le parecía ridículo. Si la mirada de Andrés se ponía pesada, podía ponerse la chamarra; si quería que él viera más, podía quitársela. La falda era bonita, tal vez demasiado formal, pero era una falda, al fin y al cabo. Si quería, podía mostrar discretamente un poco de pierna. Y sin embargo tenía la impresión de que cualquiera que pasara por allí adivinaría de un vistazo cuál era su situación.

¿Y cuál era su situación? Lucía vivía todavía en casa de sus padres. Su padre era un hombre conservador y algo misógino; su madre, un poco más permisiva y amable. La convivencia era feliz pero tensa. Sabía qué cosas podía contar y qué permisos podía pedir. Podía decirles, por ejemplo, que llevaba un par de meses saliendo con Andrés; que era un compañero de la universidad, algunos años mayor que ella.

Podía pedirles permiso para ir al parque, a un costado de la casa, a caminar con él y a darles de comer a las palomas. Jamás les habría contado que terminaban yendo hasta el departamento de Andrés. Jamás les habría dicho que en esa casa no había nadie más que ellos dos. Jamás les habría pedido permiso para ir a una fiesta con él, mucho menos para quedarse a dormir.

Y aun así, Andrés la había convencido. «Quiero cocinarte algo», le había dicho. La convenció de ver una película. Se besaron en el sillón. Él la tomó de la cintura. Ella sintió cómo se aceleraba la respiración de los dos. Fue demasiado. «Necesito agua», dijo ella. Andrés la habría dejado servirse sola, pero la interceptó cuando volvía. Le murmuró alguna cosa linda al oído. Se abrazaron con fuerza, se besaron de pie, y ella sintió con toda claridad la erección de él contra su vientre.

La mano de Andrés volvió a su cintura y esa vez se coló debajo de la blusa. No subió. Le acarició un momento la piel, después subió hasta el pelo y se quedó allí, enredada en su nuca.

¿Habría querido Lucía que esa mano subiera? ¿Habría querido que la cosa continuara? ¿Qué quería, en realidad? Ahora, en el parque, notaba cómo se le aceleraba la respiración solo de pensarlo. Las piernas se le tensaban; juntaba las rodillas como si quisiera estrujar sus pensamientos hasta que tomaran una forma.

***

La primera persona que se había dado cuenta de lo que pasaba entre ellos fue Camila. En la universidad, Camila —más amiga de Andrés que de Lucía— los había encontrado besándose en uno de los jardines. Se acercó a saludar y no quiso irse. Lucía fingió no molestarse. Cuando Andrés tuvo que dejarlas para entrar a sus últimas clases, Lucía siguió disimulando. Camila era graciosa y bonita, y probablemente ni siquiera se daba cuenta de lo mucho que estaba interrumpiendo. Pensaba puras cosas buenas de ella; por eso se sorprendió cuando empezaron a hablar.

—¿Te estás cogiendo a Andrés? —preguntó Camila, en cuanto se quedaron solas.

Lucía se puso roja y soltó una risa más enojada que divertida. Murmuró un «no» entre dientes.

—¿Y no te lo quieres coger? —insistió Camila, conteniendo la risita.

—¿Tú vas por ahí pensando «mira, a este me lo quiero coger»? —contestó Lucía, tratando de sonar sarcástica.

—Pues si son tipos con los que llevo… ¿seis, siete meses? A lo mejor sí. Pero bueno, supongo que tú prefieres la idea de que sea él quien te coja a ti.

—¡Deja de usar ese verbo, me desespera! No sé, ¿está bien? ¡No sé si quiero que me «coja»!

—Créeme, sí quieres.

Entonces Camila le contó una historia que Lucía hubiera preferido no saber. Le contó que, años atrás, en una fiesta, Andrés se veía especialmente guapo, con una camisa informal abierta hasta el segundo botón y las mangas arremangadas. Llevaba la barba bien recortada y una sonrisa tranquila, segura. Cuando empezaron los juegos de bebida, Camila le había estampado un beso y, a la primera oportunidad, se lo había llevado a un cuarto.

—Nadie me ha dado una comida mejor —dijo Camila, mordiéndose el labio.

—¿Comida? —preguntó Lucía.

—Sexo oral, pues. De verdad eres una niña, ¿no? ¿Al menos te han metido mano?

Lucía bajó la mirada y se calló. Sí le habían metido mano, en realidad. Algunos chicos de la adolescencia habían intentado tocarla. Ella los regañaba después, los confrontaba y terminaba por dejarlos. Con Andrés estaba siendo distinto.

—Ay, perdona, no debí decir eso —se disculpó Camila—. La verdad es que me gusta cómo lo hace… y creo que tiene un buen estilo para ti.

—¿Cómo que para mí?

—Para… pues… una virgen.

Lucía tomó sus cosas y se fue sin despedirse. ¿Por qué Camila le había contado todo eso? Ahora, en el parque, se preguntaba si en serio lo deseaba. ¿Sabía siquiera cómo era eso de «desear»? ¿Alguna vez había deseado de verdad? ¿No era una estupidez estar pensando tanto? ¿No era demasiado arriesgado abrirle la puerta de su vida sexual a un hombre? Los hombres son tan… Y empezaba a enumerar una larga lista de temores. ¿La dejaría después de desvirgarla? Si Camila se lo pidiera, ¿volvería a meterse con ella?

***

En ese momento Andrés entró al parque, se sentó a su lado y le dio un beso en los labios. Las preocupaciones no se le borraron de la cabeza, pero Lucía decidió concentrarse en el beso. Era como si estuviera partida en dos. Una mitad quería ofrecerse allí mismo. La otra desconfiaba de él, quería irse a su casa, terminar con él o, al menos, ponerlo a prueba.

—¿Nos quedamos aquí? —preguntó Andrés. Lucía entendió perfectamente: le estaba preguntando si quería volver al departamento.

—No lo sé.

Andrés sonrió y le dio un beso en la mejilla. Lucía se levantó del banco más contenta de lo que esperaba, y los dos se encaminaron a casa de él.

Comida: una pasta de hierbas con rebanadas de pan. Película: una comedia romántica de la que, pasadas unas horas, ya no recordaba ni la trama. Finalmente, otra vez en el sillón. Lucía se acomodó un mechón detrás de la oreja para indicarle a Andrés que podía besarla. Él fingió no entender el gesto, y ella tuvo que tomarlo del cuello, en broma, hasta que él le devolvió el abrazo y la recostó, con la cabeza apoyada en uno de los brazos del sillón. Se besaron despacio. Poco a poco, los besos de él bajaron por el cuello, por las clavículas.

—Sé que te mueres por mis pechos —dijo Lucía, y se puso coloradísima al instante. No tenía idea de dónde había salido esa frase.

—¿Puedo tocarlos? —preguntó Andrés, casi sin pensar.

Lucía no sabía bien en qué se había metido. No quería que Andrés la considerara una mojigata ni una niña, pero tampoco quería sentirse dominada.

—No, no puedes. Todavía no.

Se levantó del sillón. Andrés no entendía nada. Lucía se paró a tres pasos de él, se quitó la chamarra y la aventó sobre el sillón. Se bajó los tirantes de la blusa. Debajo llevaba un brassier deportivo gris que se quitó también. No tuvo valor para arrojárselo encima a Andrés, así que lo dejó caer al suelo.

Le costaba respirar. Sentía una mezcla extraña de vergüenza, excitación y frío. Al principio los brazos le habían caído pesadamente a los costados. Cuando la vergüenza y el frío se apoderaron de ella, tuvo el impulso de taparse; pero, al acercarse las manos al torso, le dio pudor del propio pudor. Cambió el gesto: se tomó los pechos desde abajo y cubrió los pezones con los pulgares. Andrés intentó levantarse para tocarla, pero ella le hizo un gesto de advertencia y él volvió a hundirse en el sillón.

Lucía no se volvió a poner el brassier, pero sí se subió los tirantes de la blusa. El espectáculo, por lo menos el del pecho, había terminado. Andrés se quedó tratando de recordar lo que había visto: pechos pequeños y redondeados, pezones rígidos, de un color como de bronce.

—Eres hermosa —le dijo.

—Déjame el sillón —fue la única respuesta de Lucía.

Cambiaron de lugar. Ahora Andrés, de pie, no podía acercarse a ella. Lucía, sentada, fue subiéndose la falda hasta las rodillas. Igual que en el parque, las rodillas tensas se le habían juntado como si estuvieran imantadas; sólo con mucho esfuerzo logró separarlas un poco.

—¿De aquí también soy hermosa? —dijo, descubriéndose los muslos, compactos y morenos.

Andrés se arrodilló y se acercó así a la falda. Le besó las rodillas, la cara interna de los muslos, y deslizó las manos entre el sillón, la tela y las nalgas de ella. El trasero era probablemente lo más codiciado del cuerpo de Lucía. Su cadera y su cintura destacaban sin ser muy grandes, porque eran las que uno esperaba en una chica de piernas tan delgadas. Era el trasero, no los pechos, lo que le ganaba miradas y piropos de la calle, y por eso se sintió halagada cuando Andrés lo tocó: por fin esa parte de su cuerpo que ella misma consideraba la más sensual le traía algo que no fuera enojo.

Andrés se acercó a la ropa interior. Había, tenue pero claro, un olor a excitación. El hombre se arriesgó y besó los bordes de la tela, donde empezaban a verse algunos vellos delgados. Lucía gimió y le tomó la cabeza con las dos manos para alejarlo. De inmediato se sintió ridícula otra vez, y se obligó a buscar un diálogo que la hiciera sonar sensual.

—Hoy no me vas a comer —dijo, recordando las palabras de Camila. Le gustó tanto cómo había sonado que decidió agregar—: Aunque dicen que es tu punto fuerte.

Andrés se quedó pasmado unos segundos. No sabía bien si era un reproche o una estrategia de coqueteo. Lucía se rio, encantada de tener por una vez un poquito de autoridad en esa situación.

—Vamos a tu cuarto —dijo ella, con aplomo.

***

Se besaron por el pasillo. Se besaron cerrando la puerta y cayendo a la cama. Lucía se puso encima de él y, mientras lo besaba, se dejó llevar por su propio cuerpo. Empezó a frotarse despacio contra él. La falda negra los cubría a los dos. El pantalón de Andrés era, obviamente, un obstáculo; después de unos segundos, Lucía se retiró y le pidió que se lo quitara.

Entonces pudo ver el tamaño de sus problemas. No quiso clavarle la mirada al miembro de Andrés durante mucho rato, pero el tamaño empezaba a preocuparla. Volvió a sentarse encima, ahora con la intención clara de masturbarlo con su movimiento.

Si conseguía que Andrés acabara solo con ese pequeño faje, no quedaría como una mojigata y podría aplazar una semana más la decisión grande: ¿quería o no quería tener sexo con él? El problema era que Andrés estaba sano y tenía experiencia razonable, y Lucía, por intuitiva y seductora que estuviera saliéndole la actuación, iba a tener serios problemas para hacerlo acabar.

—Me siento incómoda —dijo finalmente. Se refería a que la humedad de su primera excitación, absorbida por la ropa interior, empezaba a irritarla con la fricción—. ¿Me puedo quitar la ropa?

Andrés asintió. Le daba morbo pensar que Lucía conservaría la falda al quitarse la ropa interior y que él podría hacerle el amor bajo el manto secreto de esa tela negra. Pero no: ella se quitó ambas cosas. Andrés se dijo que igual estaba bien, ahora podía ver su vello delgado y los hoyitos que se le hacían entre el pubis y el inicio de las piernas.

—¿No vas a desvestirte tú también? —le preguntó Lucía, mientras él la miraba absorto.

Si a ella le molestaba la fricción de la ropa, claro que no iba a montar a un Andrés con los boxers todavía puestos. Pero él quería que ella se lo pidiera, que se animara a hacerlo. Se quitó toda la ropa. Lucía, inesperadamente, sin decir nada, se sentó sobre él.

—Espera. Tengo condones —dijo Andrés.

—Si algo va a pasar, quiero que sea así, sin nada. No es un día peligroso de mi ciclo.

Y tenía razón. Lucía había pasado los días anteriores haciendo la cuenta de su ciclo menstrual, decidiendo si era lo suficientemente regular como para usar ese método.

Andrés la miró con cierto escepticismo. No terminaba de sentirse cómodo con el riesgo, pero la idea de cogerse a Lucía a pelo le parecía demasiado afortunada como para dejarla pasar. La cara angelical de ella, los ojos enormes, las cejas perfectas, la sonrisa. Andrés iba haciendo un recuento mental de las cosas que lo hipnotizaban de ella.

Se había masturbado pensando en Lucía desde mucho antes de que fueran novios: se imaginaba abriéndole las piernas entre las flores de los jardines de la universidad, o fajando con ella en los elevadores de la biblioteca. ¿No han tenido nunca un amigo o una amiga con los que no pueden dejar de soñar? Eso, durante mucho tiempo, había sido Lucía para él. Por eso lo que estaba a punto de pasar le parecía tan increíble que le nublaba el juicio.

Repitieron las posiciones. Lucía se dejó caer sobre su pelvis y acomodó el tronco del pene entre sus labios mayores. Empezó a montarlo, frotando su vulva húmeda. El glande rozaba el abdomen de Andrés y, al final de cada movimiento, el clítoris se besaba con la punta del miembro. Era el momento favorito de los dos. Lucía adivinaba que ese roce sólo seguiría siendo tan delicioso si se quedaba en instante fugaz. Se sentía segura, pero también estaba fingiendo. Se sentía segura justamente porque estaba actuando un personaje más abierto y más libidinoso que ella misma. En algún momento iba a tener que decidir hasta dónde quería llegar.

Apoyó las manos en el torso de él y lo miró a los ojos. Sonrieron y aumentaron la velocidad. Con una mano, Andrés le tocaba apenas con la punta de los dedos el trasero, para sentir su ritmo. Con la otra, le acariciaba un pecho.

Más de una vez, el movimiento pasó muy cerca de la entrada de la vagina. En esa posición era difícil que el pene terminara entrando, pero los dos se quedaban deseándolo. Finalmente Andrés no aguantó más.

—¿Te puedo penetrar un poco? —preguntó.

Lucía empezó a temblar. Miró el miembro de Andrés, púrpura y enérgico. Así, completamente rígido, era mucho más grande de lo que había pensado. ¿Es que no he visto muchos o el suyo es de verdad grande? ¿Se habrá recortado el vello para que parezca más grande? La preocupaba cómo se sentiría, cómo reaccionaría su propio cuerpo cuando lo albergara.

—Yo no… yo no… —empezó a tartamudear, queriendo decir que todavía era virgen.

—Entiendo. No te preocupes —contestó Andrés.

Apartó el miembro de la vulva e intentó sentarse a un lado. En el último momento, Lucía se arrepintió. Un estremecimiento eléctrico le recorrió la espalda. Un punzón se le instaló en todo el sexo y sintió cómo se humedecía todavía más. Sonrió: por fin sabía que lo deseaba. Le tomó los hombros y evitó que se le quitara de encima.

—Me vas a meter sólo la punta. Si intentas algo más, no vuelvo a hablarte —le advirtió.

Andrés tomó el miembro y lo frotó en la vulva, buscando a ciegas la entrada que la humedad y los labios de ella le iban señalando. En un momento sintió una pequeña tensión en la punta del glande: un poco más y habría empezado a penetrarla. Se soltó el pene y apoyó las dos manos junto a la cabeza de Lucía, sosteniéndose en vilo. Empezó a mover la cadera muy ligeramente. Con ese movimiento el pene no entraba; sólo vibraba en la entrada.

Andrés sabía que el siguiente movimiento no era suyo. No era la primera chica a la que desvirgaba. En estos momentos, lo mejor era esperar. Lucía empezó a gemir y a aferrarse a su espalda. Las piernas se le contraían hacia los lados. Si hubiera tenido alguna experiencia, ahora habría trenzado los pies alrededor de las nalgas de él para conducirlo a penetrarla. Pero esa fuerza que la excitación le ponía en las piernas, en una persona como ella, más bien escapaba hacia afuera, en espasmos confusos.

Con todos esos movimientos, la vulva se abrió un poquito y una nueva humedad le bañó el sexo. Era lo que Andrés estaba esperando. Lucía se estaba abriendo sin saberlo, y con los pequeños espasmos había empezado a penetrarse sola. Cuando notó lo que estaba pasando, gimió hondo y cerró los ojos.

—Ya no hay vuelta atrás, ¿verdad?

Andrés no contestó con palabras. Sabía a qué se refería. Para ella la virginidad había sido importante. Tal vez no fuera ni muy católica ni muy conservadora, pero algo le quedaba en la cabeza sobre la primera relación sexual como un antes y un después. Andrés sabía que lo más decente, en ese instante, era preguntarle si quería parar. Pero hacerlo significaba que ya no podría tener sexo con ella esa noche. Antes de preguntárselo, decidió besarle la mejilla con ternura. Lucía lo interceptó y lo besó con pasión en los labios. Necesitaba justo eso: besarlo y olvidarse de pensar.

En ese movimiento, Lucía terminó de introducirse el glande. ¿Lo había querido así? Ni ella misma lo sabía. Mientras lo besaba, gimió por la nariz. Había sentido cómo la cinta púrpura oscuro del borde del glande se metía dentro de ella. Había sentido la hendidura pequeña con la que arrancaba el tronco del miembro. Estaba bastante animada: era cierto que le dolía, pero no era un dolor insoportable.

—Lo voy a sacar, ¿te parece? —dijo Andrés.

—Mételo —le contestó ella, casi sin dejarlo terminar.

Durante tres pequeñas estocadas, Andrés fue lentísimo. Dejó que fuera Lucía, con las manos en su cintura, la que lo fuera acercando. Después pasó un momento afuera y le frotó el pene contra la vagina otra vez. Ella respiraba con cierta dificultad y, cuando él la volvió a penetrar, lento y superficial como antes, sintió cómo las manos le pellizcaban la espalda. Era una señal interesante y un poquito inocente.

Andrés subió un punto la velocidad e incluso se permitió entrar un poquito más. Empezó a sostenerse con una sola mano, y con la otra acarició un instante el pezón derecho. Bajó al clítoris y lo acarició con suavidad. Lucía empezó a gemir a intervalos más cortos y más regulares. Finalmente, él sintió el eco de un espasmo. Abajo, en una profundidad a la que todavía no había llegado, ella se estaba contrayendo en un orgasmo.

Andrés esperó a que el espasmo pasara y se inclinó a besarla. La dejó descansar un momento y volvió a aquellos primeros movimientos pequeños, con los que el pene apenas temblaba dentro de su novia. Lucía, por unos segundos, no reaccionó: estaba noqueada de placer por su primer orgasmo con otra persona. Después, la excitación la llevó a gemir con más intensidad que antes.

Para entender lo que pasó después hay que recordar que Lucía era una chica recatada. Conocía la masturbación, pero masturbarse había sido para ella más un ejercicio de autoexploración que una práctica de placer. Sabía que, poco después de un orgasmo, su sexo estaba más distendido y más sensible. Pero no sabía cuánto más distendido ni cuánto más sensible.

Sin pensarlo demasiado, decidió que, si alguna vez quería ser penetrada a profundidad, si quería darle a Andrés una relación sexual en forma, ese era el momento: justo ahora iba a doler menos. Le tomó la espalda y elevó la pelvis para que el pene entrara entero. No entró ni la mitad del tronco y Lucía tuvo que reculer de dolor. Había subestimado su propia sensibilidad. Justo antes de la frontera del glande, lo frenó. Andrés empezó a empujar poquito a poco, acariciándole la cabeza. No quería detenerse.

—Tranquila, vamos lento —le dijo, pero ella ya había pasado por algo demasiado desagradable.

—No quiero seguir —dijo Lucía, muy apenada, hundiendo la barbilla en el pecho y cerrando los ojos.

Durante un momento, Andrés no se movió. Después tomó una bocanada larga de aire. Lucía abrió los ojos para ver su expresión. No estaba molesto, ni decepcionado. Estaba haciendo un esfuerzo para contenerse. Le sacó el glande lentamente y se recostó a su lado.

Lucía estaba feliz. Tenía un novio comprensivo. Sus temores sobre él se habían disuelto. Estaban juntos, escondidos a ratos de la familia de ella, viviendo lo suyo. ¿Qué importaba si iban un poco lento? Decidió que, si al día siguiente se cruzaba con Camila, le iba a confirmar lo que había pasado. ¿Camila había querido humillarla o aconsejarla? Fuera como fuera, para compartir su experiencia con una amiga o para desafiar a una antigua rival, Lucía iba a exagerar un poquito. Iba a decirle:

«Ayer por fin dejé a Andrés meterse en mi cama. Tienes razón, coge muy rico. No estoy en un momento peligroso del ciclo, pero por las dudas no lo dejé acabar… bueno, no donde él quería». Y se mordería el labio para terminar: «Si vuelvo a estar encima de él, no sé si voy a poder detenerme».

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Comentarios (5)

curiosa88

que buenisimo!!! muy bien escrito

Gabi_lectora

Por favor la continuacion, quede con ganas de saber como termino todo

MartaSD

Me encanto el inicio, la imagen del parque y la pierna nerviosa me atrapo desde el primer momento. Muy real.

Sombra_Lect

Me recordo un poco a mi propia primera vez jaja, esa mezcla rara de querer y no animarte a decirlo. Tremendo relato

Fernanda_ok

Se nota que es una confesion de verdad, tiene ese toque autentico que no se puede inventar

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