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Relatos Ardientes

Lo que pasó con mi prima en el tercer piso

Tengo veintiséis años y arrastro desde la adolescencia una obsesión que nunca tuve el valor de confesar en voz alta. Me vuelven loco los pechos grandes y naturales, esos que se mueven solos cuando una mujer respira hondo. Y los de mi prima Mariela son, sin discusión, los más hermosos que vi en mi vida.

Ella tiene veintinueve, piel muy blanca, apenas mide un metro sesenta, un cuerpo de curvas suaves y un pelo negro que le cae justo sobre los hombros. Es de carácter alegre, conversadora, de esas mujeres que te miran a los ojos cuando te hablan. Yo nunca le sostenía del todo la mirada. Mis ojos siempre terminaban bajando un poco más, hacia esas tetas enormes que se le sacudían con cada risa.

La familia entera se reúne cada diciembre en casa de mis tíos para armar el árbol de Navidad. Es una tradición que mi abuela impuso hace décadas y que nadie se atreve a romper. Ese año yo había planificado con tiempo lo que pensaba hacer: ofrecerme para ayudar a Mariela con las figuras de porcelana, las que se colocan en la base del árbol. Eran muchas, y para acomodarlas había que agacharse una y otra vez.

Cuando llegué, ella ya estaba sentada en el suelo, junto a la caja. Llevaba una blusa tejida color salmón, holgada de cuello, y debajo un sostén oscuro que apenas conseguía contener semejante par de tetas. Con la primera inclinada entendí que la tarde iba a ser larga.

—Vení, ayudame —me dijo, sin levantar la vista—. Hay un montón y a nadie le interesa.

Me acomodé en el piso, a su lado. Cada vez que ella se inclinaba para colocar un angelito o un renito de porcelana, el escote se le abría como un telón. Yo tenía sus tetas a treinta centímetros de la cara, iluminadas por las luces blancas del árbol. Eran enormes, lechosas, con un peso evidente que el sostén ya había dejado de disimular. La areola era amplia y rosada, y el pezón —cuando alcanzaba a verlo entero— tenía la dureza precisa de los días fríos de diciembre.

No puede ser que esto esté pasando.

Pero pasaba. Y pasó durante dos horas.

—Esta va más al fondo —decía ella, hundiéndose hasta la base del árbol.

—Dale —contestaba yo, con la voz un poco ronca.

Lo que empezó como un descuido del sostén se convirtió, sin que ella hiciera nada para evitarlo, en un espectáculo descarado. En una de las agachadas, una teta terminó de salirse y quedó a la vista durante varios segundos, colgando pesada, con el pezón oscuro apuntando al piso. Mariela se acomodó la blusa con dos dedos, sin prisa. No me miró. No se rio. No dijo nada.

Algunas de mis primas, sentadas en el sillón del living, notaron mi estado. La menor soltó una risa contenida y giró la cara hacia la ventana. Yo me concentré en una caja de adornos de cristal y traté de pensar en cualquier cosa fea: peajes, dentistas, el techo del lavadero. No funcionó. Tenía los huevos doloridos y la verga aplastada contra el cierre del pantalón, tan hinchada que me latía con el pulso.

A las dos horas largas, mi tía nos pidió que subiéramos al tercer piso a buscar las últimas guirnaldas, las que se guardan en el altillo de la habitación de huéspedes.

—¿Vamos vos y yo? —dijo Mariela, levantándose y sacudiéndose el polvo de las rodillas—. Nadie quiere subir tantas escaleras.

Subimos en silencio. El tercer piso estaba a oscuras y olía a maderas viejas y al ambientador de lavanda que mi tía usa desde hace años. Mariela encendió una lámpara de pie y se quedó parada frente a la caja de cartón, sin hacer ademán de abrirla.

—Te conozco desde que tenías diez años —dijo, sin girarse.

—Sí.

—Siempre te enloquecieron mis tetas. ¿O no?

Sentí que me ardía la cara. Quise inventar una respuesta digna y no se me ocurrió ninguna.

—Mariela, yo…

—No, mirame. —Se dio vuelta despacio—. Toda la vida no me mirás a la cara. Hoy llevás dos horas sin sacarme los ojos de encima. Y la verga parada que tenés se ve desde la cocina.

No supe qué responder. Ella sonrió de costado, divertida, casi maternal.

—Ya no somos chicos —siguió—. En esta familia hay confianza. Y yo me caso en un mes.

—¿Qué…?

—Te propongo algo. —Se apoyó contra la cómoda y cruzó los brazos debajo del busto, empujándose las tetas hacia arriba como si quisiera ofrecérmelas sin tocarlas—. Vos me mostrás esa poronga que tenés escondida ahí abajo. Y yo te dejo verlas, tocarlas, chupármelas, lo que quieras. Todo menos meterme la pija en el coño. Soy virgen y voy a llegar virgen al altar, así que ni se te ocurra.

***

Asentí sin pensarlo. Habría asentido a cualquier cosa.

Mariela se llevó las manos al ruedo de la blusa y se la sacó en un movimiento limpio, sin teatro. Quedó frente a mí con el sostén oscuro y las marcas que el aro le había dejado en la piel. Me miró un segundo, evaluándome, y se desprendió el broche por la espalda.

Cuando el sostén cayó al suelo, el cerebro se me apagó.

Las había imaginado durante años, pero la realidad fue más grande, más blanca y más perfecta de lo que cualquier fantasía adolescente pudo construir. Pesaban. Se les notaba el peso en la curva inferior, en la forma en que las venas suaves bajaban hacia el pezón. La areola era enorme, casi del tamaño de una mandarina chica, y el pezón —ahora completo, a un metro de mi cara— estaba durísimo, oscuro de excitación contenida, tan tieso que parecía apuntarme.

—Vení —dijo.

Me acerqué dos pasos. Tenía las manos paralizadas a los costados del cuerpo.

—Ahora vos. Bajate todo.

Me desabroché el cinturón con dedos torpes, me bajé el pantalón y el calzoncillo de un tirón. La verga saltó hacia afuera con una urgencia ridícula, casi humillante, dura, roja, con la punta brillante ya mojada de líquido preseminal que me chorreaba hasta los huevos. Llevaba dos meses sin coger con nadie y dos horas mirándole las tetas sin descanso. Mariela bajó la vista y se mordió el labio.

—Pobrecito —dijo, en voz muy baja—. Mirá cómo la tenés. Estás por explotar.

—Sí.

—Vení, vení para acá.

Me tomó por la muñeca y me tiró hacia ella. Se sentó en el borde de la cama de huéspedes, me abrió las piernas con la rodilla y me puso justo entre sus muslos, con la verga a la altura de la cara. Me miró desde abajo, con una sonrisa ladeada, y me agarró el tronco con la mano derecha. Los dedos apenas le cerraban alrededor. Apretó una vez, de arriba abajo, y de la punta le brotó una gota gruesa que ella recogió con la lengua sin cambiar la expresión.

—Uh, primo. Estás salado.

Abrió la boca y se la metió entera. No de a poco: se la tragó hasta que la sentí golpearle contra el fondo de la garganta. Cerró los labios sobre el tronco, chupó fuerte hacia afuera y la sacó con un sonido húmedo, dejando un hilo de saliva colgando entre la punta y el labio inferior. Me temblaron las rodillas.

—Aguantá —me ordenó—. Recién empiezo.

Volvió a metérsela y esta vez la trabajó con calma, subiendo y bajando la cabeza en un ritmo lento, apretando la lengua contra la parte de abajo del tronco. Me chupaba mirándome a los ojos, con las cejas apenas fruncidas de concentración, mientras con la mano libre me acariciaba los huevos, sopesándolos, midiéndolos. Cada tanto la sacaba entera y me lamía los huevos uno por uno, con la boca abierta, ensuciándome todo de saliva.

—Tocámelas —me pidió, con la punta de mi pija apoyada contra la mejilla—. Están esperando desde hace veinte años.

Le puse las dos manos encima. El peso completo me llenó las palmas, una densidad tibia y suave que las manos juntas no alcanzaban a abarcar. Le apreté los pezones con la yema de los pulgares y ella cerró los ojos y dejó escapar un gemido corto, agudo, el primero de la tarde.

—Más fuerte, primo. No tengas miedo.

Le hice caso. Se los pellizqué, se los retorcí despacio, se los estiré hasta que ella arqueó la espalda y se rio en voz baja. Los pezones se le pusieron todavía más duros entre mis dedos, oscuros, hinchados, como si fueran a reventar.

—Metémela otra vez ahí adentro —le dije, con la voz rota.

—No, ahora quiero otra cosa. —Se levantó, me empujó suave por el pecho y me hizo sentar a mí en la cama—. Sentate y mirá.

Se arrodilló entre mis piernas, se juntó las dos tetas con las palmas y se las cerró alrededor de mi verga. La piel era tibia, más suave de lo que había imaginado, y la carne tan abundante que la pija me desapareció entera entre ellas. Solo se le veía la punta asomando por arriba, roja, chorreando. Escupió sobre ella dos veces, ensució todo el surco entre las tetas y empezó a moverlas.

Primero arriba y abajo, apretando fuerte, con los pezones rozándome los muslos en cada bajada. Después con un balanceo de costado que me cortó la respiración. Cada tanto bajaba la cabeza y le chupaba la punta cuando le asomaba entre las tetas, sin dejar de moverlas, dándome una pajeada tetona y una mamada al mismo tiempo.

—Decime cómo se siente —murmuró.

—Me estoy muriendo, Mariela. Me voy a venir.

—Todavía no. Aguantá un poco más, primo. Quiero disfrutarte.

Me apretó los huevos con la mano izquierda, justo en la base, y la sensación de que estaba por acabarme se cortó de golpe. Sabía lo que hacía. Se quedó unos segundos así, sosteniéndome, con la verga hundida entre las tetas y la boca abierta encima de la punta, respirando calentito. Después soltó la presión y volvió a empezar, más lento, torturándome.

—¿Alguna vez te la chuparon con las tetas al mismo tiempo? —preguntó, entre lengüetazos.

—No.

—Ahora sí. Y no te vas a olvidar nunca.

Aumentó el ritmo. Las tetas subían y bajaban a los costados de la pija, aplastándola, envolviéndola, y la boca la esperaba arriba en cada empuje. La saliva le corría por el pecho, se le juntaba en el hueco entre las tetas, hacía un sonido obsceno cada vez que ella cerraba el surco. Yo le tenía las manos enredadas en el pelo negro, sin apretar, dejándola hacer.

—No te tardes más —murmuró, cuando me sintió temblar—. Vení en las tetas, primo. Quiero verte la cara cuando te vengas.

No me tardé. Sentí el calor subiendo desde la base del cuerpo, desde los huevos que ella seguía sopesando con la mano libre. Quise avisarle, decirle algo, pero ella me apretó más fuerte con las tetas y aceleró el vaivén, como si necesitara ordeñarme hasta el final.

Cuando me vine, me vine como nunca. Dos meses de espera, veinte años de fantasía, dos horas de tortura visual. Salió en chorros largos y calientes, uno tras otro, con una potencia que me sorprendió a mí mismo. El primer chorro le pegó en el mentón y le subió hasta la mejilla. El segundo le cayó justo entre las tetas y le chorreó por el surco. El tercero y el cuarto le mancharon los pezones, el cuello, la mandíbula y un mechón de pelo que se le había caído sobre el hombro. Todavía seguía saliendo cuando quedé tambaleándome, sosteniéndome contra el respaldo de la cómoda, con las piernas de gelatina.

Mariela se miró sin susto, casi con curiosidad clínica. Se pasó dos dedos por el surco entre las tetas, los levantó llenos de semen y se los llevó a la boca. Los chupó lento, sin sacarme los ojos de encima.

—Uy. Te tenías muchas ganas, ¿no, primo?

No pude hablar. Negué con la cabeza, después asentí, después volví a negar. Ella se rio, bajó la cabeza y me limpió con la boca lo poco que había quedado en la punta. Chupó despacio, apretando los labios alrededor del glande hinchado, sacándome hasta la última gota. Lo hizo con una calma que todavía hoy no entiendo. Sin asco, sin culpa, sin prisa. Después me dio un besito en la punta y me acomodó la verga adentro del calzoncillo con la misma delicadeza con la que acababa de acomodar los angelitos de porcelana.

—Favor completo —dijo, levantando la vista y limpiándose el mentón con el dorso de la mano—. ¿O no?

***

Bajamos al living con las guirnaldas en la mano, como si nada. Ella se había lavado la cara y el pecho en el baño de huéspedes y se había puesto la blusa al revés un segundo, hasta que se dio cuenta y se la acomodó con un gesto rápido frente al espejo del pasillo. Yo no terminé de recomponerme nunca. Mi tía me preguntó si estaba mareado y le dije que sí, que las escaleras me habían dejado mal.

El árbol quedó armado a las nueve de la noche. Comimos pan dulce, brindamos con sidra, mi abuela contó por décima vez la historia del año que se quemó la cocina. Mariela me sirvió un café y rozó mi mano con dos dedos cuando me lo entregó. Nada más.

Un mes después se casó. Vestido blanco, velo, ramo, las trescientas fotos de rigor. Cuando me tocó saludarla en la fila de la entrada del salón, me sonrió igual que siempre, alegre, conversadora, mirándome a los ojos sin un solo temblor.

—Gracias por venir, primo.

—Gracias por invitarme.

Y ya está. Nunca más hablamos de aquella tarde en el tercer piso. Ella tiene dos hijos ahora, una vida tranquila, un marido bueno que no tiene la menor idea de nada. Yo me casé también, soy padre, vivo lejos del barrio de mis tíos. Cuando llega diciembre y armo el árbol con mis chicos, hay un momento en que me quedo mirando las luces sin moverme.

Mi mujer me pregunta qué me pasa.

—Nada —contesto—. Estaba acordándome de mi prima Mariela. Del último árbol que armamos juntos, antes de que se casara.

Y no miento. Lo único que no cuento es lo que pasó esa tarde en el altillo. Cómo me chupó la pija entre esas tetas gigantes, cómo se tragó mi corrida sin pestañear, cómo me dejó vacío y feliz para el resto de la vida.

Hay sueños que se cumplen una sola vez en la vida. Y con uno cumplido, juro que se puede vivir feliz el resto. ¿O no?

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Comentarios(9)

Lucas1988

Que relataso, me quede sin palabras!!!

CuriosaLect

Por favor necesito la continuacion... lo deje justo en lo mejor jaja. Muy bien escrito!

Peluca_23

Las guirnaldas nunca van a ser lo mismo despues de leer esto jajajaja

Emilio_lector

Me recordo a una situacion rara que viví una Navidad en casa de mis tios. Solo que ahi no paso absolutamente nada jaja. Tremendo relato igual.

NadiaFdz

Y despues de esa noche, como siguio todo entre ustedes? me quede con ganas de saber mas

Santi_rdp

Lo que me gusta es como describis la tension antes de que pase algo, se siente real sin ser forzado. Sigue escribiendo!

DiegoCba22

Corto pero intenso, justo como tiene que ser. Espero la segunda parte

RosaMarM

Que morbo, increible!!!

Caro_LectBsAs

Me encanto la ambientacion navideña, le da un toque diferente que no se ve mucho en esta categoria. Muy bien construido el suspenso desde el principio. Ojala sigan los relatos!

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