Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Vi a mi mujer con otro y no aparté la mirada

3.3 (31)

La primera vez que vi a Valeria con otro hombre, me quedé paralizado al otro lado de una cristalera.

No sentí celos. O no solo celos. Era algo más confuso: una mezcla de vergüenza, deseo y una fascinación que me costaba reconocer incluso a solas, en mi propia cabeza.

Valeria estaba apoyada contra el cristal del cuarto oscuro, de espaldas a mí. Un desconocido le acariciaba el cuello mientras le susurraba algo al oído. Ella se reía, esa risa nerviosa suya que yo conocía de memoria, y luego giraba la cabeza y se dejaba besar.

Llevábamos doce años casados. Teníamos un hijo de ocho. Ella me había pedido el divorcio hacía dos meses.

En lugar de sentir rabia, noté que el corazón se me disparaba.

Y no aparté la mirada.

***

Cuatro horas antes estábamos cenando en un restaurante mexicano con nuestros amigos Carolina y Nicolás.

La noche había sido un desastre. De esas cenas en las que la conversación se sostiene únicamente por compromiso social. Carolina contaba anécdotas de sus hijos, Nicolás asentía sin escuchar, yo miraba el plato, y Valeria no disimulaba el aburrimiento.

—Voy al baño —dijo Carolina—. ¿Vienes, Valeria?

—Sí, voy —respondió ella, y la siguió hacia el fondo del restaurante.

Nicolás esperó a que desaparecieran y se inclinó hacia mí.

—Las cosas no van bien, ¿verdad? —preguntó en voz baja.

—¿Se nota mucho?

—Demasiado.

Suspiré. Con Nicolás siempre había tenido cierta confianza, pero hablar de esto me costaba. Decir en voz alta que mi matrimonio se desmoronaba lo hacía más real, más definitivo.

—Intento no hacer nada que la irrite —confesé—. Y cuanto más lo intento, peor se pone todo.

Nicolás asintió, comprensivo pero sin mucha convicción.

—Tarde o temprano va a darse cuenta de lo que tiene en casa.

Cuando las mujeres volvieron, Carolina traía una sonrisa que no presagiaba nada bueno.

—Esto parece un velorio —dijo—. ¿Nos vamos a tomar algo?

***

La terraza del bar fue igual de aburrida que la cena.

Pedimos bebidas, agotamos los temas de conversación, miramos pasar a la gente. Carolina y Nicolás empezaron a consultar el móvil, primero ella, luego él. Más tarde me enteré de que se enviaban mensajes entre sí.

Fue en el baño donde Carolina le soltó la propuesta a Valeria. Que ella y Nicolás frecuentaban un local de intercambio de vez en cuando. Que no pasaba nada por conocerlo. Que solo era mirar.

Valeria me contaría después que su primera reacción fue negarse. Pero Carolina es terriblemente persuasiva cuando quiere, y la noche era tan infinitamente larga que al final accedió. Con una condición: que yo estuviera de acuerdo.

Cuando volvieron y me lo plantearon, miré a Valeria. Ella me sostuvo la mirada con ese gesto suyo de tú decides, pero había algo en sus ojos, un brillo de curiosidad que no le veía desde hacía años.

—Si a ti te apetece —dije—, por mí encantado.

Valeria desvió la mirada y negó con la cabeza. Carolina me lanzó una mirada que no supe interpretar.

—Ya ves —murmuró Valeria—. Eso es exactamente a lo que me refiero.

***

El taxi nos dejó junto a una farmacia cerrada a esa hora.

—Los últimos metros se hacen a pie —dijo Nicolás.

Caminamos en silencio hasta detenernos frente a una puerta de acero pintada de negro, apenas iluminada por un foco pequeño. Parecía la entrada a un almacén, no a ningún tipo de local de copas. Nicolás pulsó un timbre discreto, esperamos unos segundos, y la puerta se abrió.

La mujer que nos recibió tendría treinta y pocos años, morena, vestida con un body de encaje que no dejaba demasiado a la imaginación. Saludó a Carolina y a Nicolás con la familiaridad de quien conoce a alguien desde hace tiempo. Pagamos las entradas, dejamos los bolsos en consigna, y Nicolás empezó el tour en voz baja.

—Los baños están al fondo. Aquí a la derecha hay un sofá con cortinas. Si las cerráis, nadie os ve.

Carolina sonrió.

—Lo divertido es dejarlas entreabiertas.

Continuamos caminando. Puertas con letreros: Chicos, Parejas. Nicolás explicaba detalles que yo procesaba a medias. Valeria miraba alrededor con los ojos muy abiertos, callada.

Luego entramos en la sala principal.

Una barra en forma de C, pista de baile, sofás bajos, mesas. Y al fondo, al otro lado de una gran cristalera, una cama donde una pareja hacía el amor sin ningún pudor, como si estuvieran solos en su habitación.

—¿Queréis ver la zona de arriba? —ofreció Nicolás.

Valeria negó con la cabeza.

—Prefiero bailar un rato.

***

Bailamos sin hablar, dejándonos llevar por la música.

Yo no dejaba de mirar alrededor. Gente de todas las edades. Mujeres en lencería. Parejas jóvenes y no tan jóvenes. Una mujer rubia de unos cuarenta y tantos, con un conjunto de encaje rojo y tacones altos, bailaba pegada a su pareja mientras él le besaba el cuello sin prisa.

Nadie parecía escandalizado. Nadie miraba con morbo.

Desde la barra se veía mejor la cristalera del fondo. La pareja había cambiado de postura. Ahora ella estaba a cuatro patas y él la penetraba despacio, mirando hacia la sala, hacia nosotros.

Valeria apartó la vista.

—Venga —dijo Carolina, cogiendo su copa—. Os enseño la zona de parejas.

***

La zona de parejas era un laberinto de pasillos oscuros y luces azules.

Nada más entrar, vimos a una pareja junto a una reja de hierro. Ella, de espaldas a los barrotes, tenía la blusa abierta y dos manos que salían del otro lado le acariciaban los pechos. Su pareja la miraba desde fuera, impasible, mientras ella acariciaba a los desconocidos a través de los barrotes.

Seguimos caminando. Camas detrás de cristaleras. Un pasillo estrecho. Más camas.

—Y esto —dijo Carolina, deteniéndose ante una puerta sin letrero— es el cuarto oscuro.

Entró primero.

La habitación era pequeña, de unos cuatro por tres metros, apenas iluminada. Dos de sus paredes eran de cristal y daban a las zonas de camas. Había un banco corrido a lo largo de las paredes opacas, y en él, siluetas sentadas en silencio observaban lo que ocurría al otro lado del vidrio.

Nos apoyamos en la cristalera. Nicolás y yo detrás, Valeria y Carolina delante. Desde allí se veía una de las camas grandes, ocupada por varias personas.

Valeria se removió de pronto.

—Me han tocado el culo —susurró, mirando hacia atrás.

Carolina no se inmutó.

—Es lo habitual aquí.

—¿Y a ti no te importa? —preguntó Valeria.

—Depende de cómo lo hagan.

Se rieron las dos, bajito.

Detrás de ellas, alguien más se había acercado. Un hombre corpulento, de unos cincuenta y tantos, con manos enormes. Alargó una de ellas y la posó en el trasero de Valeria. Ella se apartó, pero no hacia mí. Se acercó a Carolina y a Nicolás, buscando su lado.

No el mío.

Me quedé helado.

El hombre insistió, palpándole la ropa por encima del vestido. Valeria se giró hacia Carolina, angustiada.

—¿Qué hago? —susurró.

—Dile que no quieres nada —respondió Carolina—. Se irá.

Carolina se acercó al hombre y le puso una mano en el pecho, obligándolo a agacharse para que la oyera. No supe qué le dijo, pero el tipo se alejó sin hacer ruido.

—Voy al baño —dije.

Nadie me contestó.

—¡Cuidado, que hay de todo! —bromeó Carolina.

Valeria ni siquiera levantó la vista.

***

En el baño me encerré en un cubículo y me quedé unos minutos con la frente apoyada en la pared fría.

Si ya lo tiene decidido, pensé. Si el divorcio es un hecho. ¿Qué sentido tiene que yo esté aquí haciendo de carabina?

Me acordé de algo que me dijo mi primer jefe, hace ya muchos años: Rodrigo, en esta vida hay momentos en que tienes que tirarte de cabeza o quedarte siempre en la orilla.

Salí del baño con la cabeza más clara.

Me costó volver a entrar en la zona de parejas. El vigilante no quería dejarme pasar hasta que la chica del guardarropa confirmó que iba con Nicolás y Carolina.

Cuando llegué al cuarto oscuro, estaban todos en la misma posición, pero había más gente. La rubia del conjunto rojo y su pareja se habían colocado junto a ellos.

La rubia se había pegado a Nicolás, moviéndose contra él mientras Carolina le acariciaba la espalda. Valeria, a su lado, miraba sin atreverse a participar.

—Venga, tú también —la animó Carolina, cogiendo su mano y posándola sobre la espalda de la rubia.

Valeria dudó, pero dejó la mano ahí. Luego empezó a acariciar, despacio, tímidamente.

Entonces ocurrió.

La mano del compañero de la rubia empezó a recorrer la espalda de Valeria. Ella no se apartó. Al contrario: mientras su mano izquierda seguía acariciando a la rubia, su derecha se movió hacia atrás hasta encontrar la entrepierna del desconocido.

Me quedé en el umbral de la puerta, en la penumbra, sin moverme.

Nadie me había visto.

El hombre metió la mano bajo el vestido de Valeria, encontró su ropa interior, encontró más. Ella se estremeció, flaqueó, y él la hizo girar hasta apoyarla contra la cristalera. La besó. La acarició. Ella tenía la cabeza echada hacia atrás y los labios entreabiertos.

Y yo sentía algo que no tenía nombre. No eran solo celos. Era algo caliente en el estómago, una mezcla de humillación y excitación que me avergonzaba reconocer.

Luego Carolina se acercó a ellos.

—¿Subimos arriba? Hay habitaciones.

Valeria dudó, mirando al desconocido, mirando a Carolina.

—Tú ya tomaste la decisión —le dijo Carolina, en voz baja—. ¿Qué más tienes que perder?

Valeria miró al suelo un instante. Luego levantó la cabeza y asintió.

—Vale.

***

Los seguí.

Subieron las escaleras, Valeria de la mano del desconocido. Se paraban a besarse en cada rellano. Nicolás subía con una mujer bajo cada brazo.

Entraron en la segunda habitación de la derecha.

Esperé unos segundos, respiré hondo y me asomé.

La habitación era como la de abajo: una cama grande en el centro, sin sábanas, y cuerpos alrededor. Nicolás, Carolina y la rubia ya estaban en la cama. Valeria y el desconocido se habían detenido junto a la entrada.

—Son las normas —dijo él, en voz baja—. Te tengo que registrar.

Y empezó a desnudarla.

Valeria apoyó las palmas en la pared, los brazos extendidos, y se dejó hacer. Él le bajó la cremallera despacio, dejó caer el vestido al suelo, le quitó la ropa interior. Ella levantaba los pies cuando él se lo pedía, dócil, obediente.

Nunca la había visto así.

Cuando estuvo desnuda, él la llevó de la mano hasta el borde de la cama y se puso frente a ella.

—El resto te toca a ti —dijo.

Valeria le bajó el calzoncillo despacio. Lo miró un instante. Luego acercó los labios y empezó a lamerlo.

Yo estaba en la puerta, escondido en la penumbra, con el corazón golpeándome el pecho.

Cuando él le cogió el pelo y le ordenó que abriera más la boca, y ella obedeció sin resistirse, noté que tenía el cuerpo empapado en sudor y que estaba más excitado que en años.

Tírate de cabeza, pensé.

Entré en la habitación.

***

Nadie me vio.

Me pegué a una pareja en la esquina, una mujer joven y su acompañante. Ella me pasó un brazo por la espalda sin mirarme siquiera, absorta en el espectáculo de la cama.

Desde allí lo vi todo.

Vi a Nicolás boca arriba, con la rubia y Carolina ocupadas en él. Vi a un hombre corpulento que se acercó a Valeria por detrás y cómo el desconocido con el que ella estaba lo apartó con firmeza, sin decir una palabra. Vi a Valeria, mi mujer, a cuatro patas sobre la cama.

El desconocido se tumbó boca arriba y la atrajo hacia sí. Ella se puso encima, empezó a moverse, y entonces vi mi oportunidad.

Me acerqué por detrás.

Ella notó otro cuerpo pegado a su espalda, pero no se giró. Solo echó la cabeza hacia atrás, ofreciéndome el cuello.

Cogí un preservativo de la bandeja junto a la cama y me lo puse.

Ella gimió.

El desconocido la miró por encima del hombro de ella y me vio. Arqueó una ceja, sonrió, y siguió a lo suyo.

Entré en ella despacio.

Fue como volver a casa después de mucho tiempo fuera.

Valeria gimió más fuerte, se dejó llevar. Yo la penetraba con calma al principio, luego más rápido, mientras ella seguía moviéndose sobre el desconocido. En un momento dado, él la puso a cuatro patas y nos repartimos, los dos al mismo tiempo.

Ella gritaba cosas incoherentes.

—Me vais a matar —jadeó—. No paréis.

Y luego, entre gemidos:

—El maldito de mi marido...

Sonreí en la oscuridad y seguí empujando.

Me corrí dentro de ella, con el preservativo lleno, mientras ella gemía y el desconocido también llegaba.

Luego todo se detuvo.

***

Me aparté, me vestí a toda prisa y salí de la habitación antes de que ella pudiera verme la cara.

En el baño me miré al espejo.

El tipo del espejo tenía los ojos brillantes y una sonrisa estúpida.

—Eres un cabrón —le dije.

El tipo del espejo asintió.

***

Cuando salí, me la encontré en la puerta del baño.

—¡Valeria! —dije, con la mejor cara de sorpresa que pude fingir—. Os había perdido de vista.

Ella me miró con los ojos enrojecidos, el rímel corrido por las mejillas.

—Rodrigo. Tengo que hablar contigo.

—Te espero en la barra.

Me senté, pedí una cerveza y esperé.

Cuando ella volvió, se sentó a mi lado y bebió un trago directamente de mi botella. Pedí otra.

—Mira —empezó, con voz tensa—. Esta noche ha pasado algo.

Asentí, sin decir nada.

—He subido arriba con Carolina y Nicolás y... bueno, han pasado cosas. Cosas que necesitaba, que no sabía que necesitaba. Y ha sido increíble.

—Me alegro por ti.

Ella frunció el ceño.

—No lo entiendes. Ha sido increíble de verdad. Y quiero repetir. Y sé que tú no vas a entenderlo nunca, porque eres demasiado...

Se calló.

—¿Demasiado qué? —dije.

—Demasiado correcto. Demasiado predecible. Demasiado tú.

En ese momento, una voz detrás de nosotros:

—¡Dos ginebras!

Me giré. Era el desconocido, Sebastián, que venía acompañado de la rubia del conjunto rojo. De cerca era más joven de lo que parecía desde la pista. El cuerpo espectacular, el tango diminuto.

—¡Valeria! —dijo él, radiante—. Te presento a Lorena, mi mujer.

Valeria los miró a ellos, luego me miró a mí, luego volvió a mirarlos.

—Encantada —dijo, con voz tensa—. Tu marido y yo... sí, nos lo pasamos muy bien.

Sebastián sonrió.

—Ya vi.

Valeria bajó la voz.

—Oye, el otro, el que estaba con nosotros al final... ¿quién era?

Sebastián la miró sin comprender.

—¿Cómo que quién era? Pensé que lo sabías.

—No lo sé. No le vi la cara.

Sebastián me miró.

Yo mantuve la cara de póker.

—Bueno —dijo él—, igual algún día lo descubres.

Valeria empezaba a alterarse. Se notaba en la forma en que apretaba la mandíbula.

—Sebastián, Lorena, disculpadnos un momento —dijo, cortante.

—De eso nada —dije—. Hablamos aquí.

—¿Aquí?

—Sí, aquí. Después de todo lo que ha pasado esta noche, ¿qué puede importarles lo que digamos?

Valeria me fulminó con la mirada.

—Eres un cabrón —siseó.

—Puede.

—Y un cornudo.

—Eso también.

Respiró hondo, se giró hacia Sebastián.

—Dime una cosa. El otro hombre, el de la cama al final... ¿tú le viste la cara?

Sebastián negó con la cabeza.

—La verdad es que no. Solo cuando salía. Pero estaba oscuro...

Valeria se volvió hacia mí.

Le sostuve la mirada.

Vi el momento exacto en que lo entendió. Fue un destello en sus ojos, una sombra que cruzó su cara. Primero confusión, luego incredulidad, luego algo que no supe nombrar.

—No —susurró.

No contesté.

—No puede ser. Tú no... tú nunca harías algo así.

—¿No haría qué exactamente? —dije.

Se quedó callada, mirándome. Mirándome como si fuera la primera vez que me veía de verdad.

—¿Por qué? —preguntó al fin, con la voz rota—. ¿Por qué has tardado tanto en mostrarme quién eres?

Sebastián y Lorena intercambiaron una mirada discreta.

—No lo sé —dije—. Supongo que a veces uno no se conoce de verdad hasta que algo lo obliga.

Ella parpadeó varias veces. Luego, despacio, una sonrisa extraña se le dibujó en la cara.

—Cabrón —repitió, pero esta vez sin rabia.

***

Dos años después, seguimos hablando.

Esa conversación no se ha terminado. Hemos hablado de todo: de lo que sentimos, de lo que queremos, de lo que necesitamos y de lo que estamos dispuestos a hacer para conseguirlo. Hemos aprendido a decir las cosas sin vergüenza, a pedir sin miedo, a dar sin condiciones.

A Valeria le costó casi un año confesarme lo que sintió cuando Lorena, la rubia, se despidió de mí esa noche con un beso en la boca y me dijo, mirándome a los ojos:

—Tú y yo nos tenemos que conocer.

—Tuve miedo —me confió Valeria—. Miedo de verdad. Miedo de perderte justo cuando empezaba a encontrarte.

No sé si esto que escribo le va a servir a alguien. Ojalá que sí. Ojalá alguien lo lea y entienda que a veces, para salvar una pareja, hay que estar dispuesto a perderlo todo.

Incluso la idea que tienes de ti mismo.

Valora este relato

3.3 (31)

Comentarios (10)

CamiloBaires

Increible... no pude parar de leer. Me quede con esa imagen del cristal grabada en la cabeza.

NatiR86

Hay que continuar esto!! Quiero saber que paso despues, le dijiste algo a Valeria o se quedo asi?

Rodrigo_ba

Me engancho desde la primera oracion. Esa mezcla de emociones que describes es muy humana, no me esperaba algo asi en esta categoria

zodape

excelente!!!

AnaSol72

Lo que mas me gusto es que no intentas justificar lo que sentes. Solo lo contas. Eso hace que se sienta real y no inventado.

MarisolK

Y ella supo que la viste? Me quede pensando en eso. Segunda parte por favor

Pancho_99

No se si aplaudir o preguntar si estas bien jaja. En serio, tremendo relato

Sinfonista

De los mejores relatos de confesiones que lei por aca. Tiene algo que te engancha desde el arranque y no te suelta.

Balta63

quiero mas!!! muy bueno

Cukitabella

Me recordo a algo que me paso hace unos años, esa sensacion de quedarte paralizado cuando algo no deberia gustarte y sin embargo no podes apartar los ojos. Muy bien narrado.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.