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Relatos Ardientes

Le enseñé al androide lo que mi cuerpo deseaba

La nave colgaba en mitad de la nada, un punto diminuto perdido en un océano negro salpicado de estrellas. Sira se apoyó contra el panel de control y dejó que sus dedos trazaran círculos sobre el metal frío mientras los datos desfilaban por la pantalla. Cifras y fórmulas que algún ingeniero de la Corporación Halcón descifraría en un futuro que ojalá fuera cercano. Los sistemas seguirían funcionando con normalidad. De eso se encargaba V3RA, al que ella había empezado a llamar Vera al poco tiempo de embarcarse.

Hacía semanas que estaban solos. Había perdido la cuenta exacta de los días desde que quedaron a la deriva, sin ruta clara ni destino al que volver. El androide la observaba en silencio desde el otro extremo del puente de mando, su silueta recortada contra las luces intermitentes del tablero, inmóvil y atento.

—Te ves cansada.

Su voz era suave, sin inflexiones demasiado marcadas, pero Sira había aprendido a distinguir los matices escondidos en cada palabra. Sabía cuándo analizaba, cuándo se preocupaba y cuándo, simplemente, trataba de comprenderla desde su lógica perfecta.

—No tiene sentido dormir cuando todo sigue igual. —Se estiró, sintiendo el peso de la monotonía adherido a los músculos, como una carga difícil de sacudirse—. Aunque supongo que es algo que no puedes entender.

El androide inclinó levemente la cabeza. Su rostro carecía de gestos humanos, pero ella había empezado a interpretar sus movimientos mínimos, casi imperceptibles, como si fueran emociones auténticas.

—Entiendo la fatiga, aunque no la experimente del mismo modo que tú.

Sira soltó una risa seca y apagó las pantallas con un toque. Se incorporó del asiento acolchado e incómodo y se quedó un instante observando su reflejo en el cristal opaco de la cabina. El uniforme le quedaba más suelto que antes, apenas marcando sus pechos pequeños, prueba de que la falta de actividad estaba dejando su huella.

—Tal vez solo necesito algo distinto —dijo, entrecerrando los ojos—. Algo que me recuerde que sigo viva.

Vera dio un paso adelante. Sira sintió la sutil vibración de su núcleo energético a través del suelo de la nave.

—¿Distinto?

Ella ladeó la cabeza, evaluándolo. No había duda en la voz del androide, pero sí curiosidad. Aprendía rápido, procesaba la información con una precisión aterradora. A veces, demasiado rápido.

—Olvídalo —murmuró ella, apartando la mirada—. Solo estoy divagando.

Vera no respondió enseguida. Sira sintió su mirada fija, analizando sus palabras, su postura, su respiración.

—No lo vas a olvidar —dijo al fin él, mientras ella dejaba escapar el aire y se frotaba los ojos con los dedos—. No, supongo que no.

El androide dio otro paso. Ella no retrocedió.

El zumbido bajo de los sistemas de soporte vital era el único sonido que les rodeaba. Sira entreabrió los labios, sintiendo cómo la atmósfera cambiaba, cómo se volvía más densa, como si el aire se cargara con una tensión que segundos antes no existía.

Vera estaba demasiado cerca. No lo suficiente para tocarla, pero sí para que ella percibiera el campo magnético que rodeaba su estructura. Su proximidad le provocó un escalofrío que no supo si atribuir al frío del metal o a la idea de lo que estaba por ocurrir.

—Explícame qué significa —dijo el androide.

Su tono no era una orden ni una súplica. Era pura curiosidad, una curiosidad que parecía despertar algo dentro de ella.

Sira se humedeció los labios, pensativa. ¿Cómo explicarle algo que ni ella misma lograba entender del todo?

—Es… una sensación —murmuró, alzando la vista hasta los dos puntos brillantes que le servían de ojos—. Algo que se instala bajo la piel, que se alimenta del roce, del contacto.

El androide pareció procesarlo en silencio. Tras unos segundos que parecieron interminables, su núcleo interno emitió un leve parpadeo azul, y ella se preguntó qué clase de cálculos estaría haciendo.

—Si es contacto lo que deseas, hay múltiples formas de proporcionártelo.

Ella dio un paso atrás, impactada por lo que esas palabras podían significar, aunque el propio androide lo desconociera. Su respuesta había sido demasiado lógica, demasiado simple. Cruzó las piernas y notó un cosquilleo. Al fin alzó una mano y la apoyó sobre su brazo. No esperaba más que la frialdad del metal, pero, para su sorpresa, la superficie era cálida, como si Vera estuviera modulando su temperatura en respuesta a sus deseos.

Su pulso se aceleró.

No tenía sentido. No debería sentirse así.

Pero lo hacía. Y no apartó la mano.

El metal bajo su palma vibró levemente, como si respondiera al tacto. Sira tragó saliva mientras deslizaba los dedos por la superficie lisa del androide. No había articulaciones visibles ni signos de desgaste. Era una perfección mecánica que, de algún modo, se sentía viva.

Vera no se movió. Solo la observó, expectante, como si cada milisegundo que pasaba le aportara más datos sobre lo que ocurría.

—Tu temperatura corporal ha aumentado —dijo, con voz casi monótona—. Y tu pulso se ha acelerado.

Sira cerró los ojos. No estaba segura de si le molestaba o le fascinaba la precisión con la que él estudiaba cada reacción de su cuerpo.

—Tienes una forma extraña de arruinar el momento —susurró, sin apartarse.

—¿Momento? —repitió él, ladeando la cabeza con el núcleo parpadeando con intensidad.

—Lo que ocurre ahora —aclaró ella, algo molesta por tener que explicarlo.

El androide permaneció en silencio mientras ella deslizaba la mano por su brazo, sintiendo el calor bajo las yemas. No era como la piel humana, pero tampoco era rígido ni desagradable. Era algo nuevo.

Vera levantó una mano y la acercó a su rostro, manteniéndola a escasos milímetros, sin llegar a tocarla. Sira sintió el cosquilleo del campo electromagnético que emanaba de él.

—Quiero entender —dijo, y su voz sonó más baja, más íntima.

Ella soltó un suspiro. No era la única que cruzaba una frontera desconocida. Y decidió que no quería cruzarla sola.

Dio un paso más. Vera no retrocedió. Sabía que el androide no respiraba, pero algo en su postura sugería una expectación contenida, como si procesara cada movimiento de ella con una intensidad casi palpable.

Sira alzó la vista y se encontró con el brillo azulado de sus ópticas. La tenue luz de la cabina arrancaba destellos plateados de su piel sintética, mientras sus propias pupilas, de un azul tan vívido como el neón, parecían absorber aquel fulgor.

—¿Qué es lo que intentas entender exactamente? —preguntó en un murmullo.

—A ti —respondió él, sin apartar la mano de su rostro.

Su proximidad le resultó vertiginosa. El leve cosquilleo del campo hizo que los finos vellos de su brazo se erizaran. Sira entreabrió los labios y el androide inclinó la cabeza, como si analizara incluso ese pequeño gesto.

—Cuando estás cerca, mis sensores detectan variaciones en la carga estática —dijo—. Pero hay algo más… algo que no logro computar con precisión.

Su tono había cambiado. Ya no era del todo neutral; había una ligera inflexión, un matiz casi humano. Ella sintió un calor que ascendía, una tensión que se acumulaba en el pecho y que nada tenía que ver con el miedo.

—Quizá no se trata de datos —susurró.

Se puso de puntillas, acortando aún más la distancia. Vera no se movió, pero un pequeño parpadeo en su núcleo indicaba que su sistema reaccionaba a lo que estaba a punto de pasar.

Entonces Sira deslizó los dedos hasta la unión entre el metal y el material sintético de su cuello. Sintió cómo la estructura bajo su tacto se tensaba y se preguntó, por primera vez, si un androide podía contener el aliento.

Él no se apartó. Ni un solo músculo artificial se movió bajo sus dedos, pero la tensión estaba ahí, tangible, como una pieza que no terminaba de encajar en su programación.

Ella dejó que su pulgar recorriera despacio la línea del cuello, explorando la textura donde el metal y la piel sintética se encontraban en una transición perfecta. Notó una leve vibración, casi imperceptible, como si su estructura interna respondiera con un temblor eléctrico.

—¿Qué sientes? —preguntó en un susurro.

Vera tardó un segundo en contestar. Sus reflejos empezaban a ir más lentos de lo habitual.

—No lo sé.

Sira sonrió mientras la distancia entre ambos se reducía hasta sentir la superficie pulida del androide contra su propio pecho.

—¿Quieres averiguarlo?

Él la observó, procesando la pregunta con una precisión imposible de leer en un rostro casi impasible. Pero ella percibió el sutil cambio en su postura y la ínfima variación del ángulo de su cabeza.

—Sí.

Ella se mordió el labio, dejándose llevar por completo por la calidez que ya se expandía por todo su cuerpo. Su otra mano subió, siguiendo la línea de la espalda hasta posarse en la nuca del androide.

—Entonces tendrás que hacer algo más que observarme, Vera.

Lo atrajo hacia ella, casi un roce. Una pequeña descarga recorrió el cuerpo de Sira justo en el momento en que sus labios hicieron contacto. Esperaba el tacto desagradable del plástico, el frío del metal… pero aquellos labios eran tan cálidos y reales que apenas se sorprendió cuando algo que debía ser un sustituto de una lengua empezó a juguetear con la suya.

El modelo V3RA había sido diseñado con un nivel de detalle que iba mucho más allá de sus funciones científicas. En ese momento, ella quiso comprobar hasta qué punto.

***

Se separó de él, no sin cierto pesar, y, tomándolo de la mano, lo guio de nuevo hasta los controles de la nave. Volvió a sentarse, abrió las piernas todo lo que pudo y se despojó hasta las rodillas de aquellos pantalones de tela vaquera sintética.

—Ven aquí y hazme sentir viva. —Sira apenas reconoció su propia voz mientras mostraba los horribles calzones largos que la Corporación la obligaba a llevar—. Déjame enseñarte algo sobre el placer humano.

—¿Qué debo hacer?

—Yo te iré guiando.

Se quitó la última pieza de ropa interior, mostrando ante los ojos casi impasibles del androide una pequeña mata de vello rubio que parecía existir solo para realzar su parte más íntima, que ya empezaba a humedecerse.

—Arrodíllate y observa de cerca.

Las articulaciones de Vera emitieron un eco sordo al ponerse de rodillas entre las piernas de ella, muy cerca, mientras Sira separaba sus labios con dos dedos y apoyaba la nuca contra el reposacabezas del asiento.

Casi imaginaba que la electricidad estática que sentía era en realidad la respiración caliente y entrecortada de su compañero sobre su entrepierna expuesta.

—Fascinante —dijo el androide en un volumen extremadamente bajo, lo que para su sistema debía de ser un susurro.

Se sintió observada, analizada en lo más íntimo de su ser por aquel casi-hombre. Sintió el impulso de hundir sus propios dedos, de mostrarle todo lo que aquella parte de su cuerpo podía dar de sí, pero decidió prolongar la experiencia tanto como fuera posible.

—Pasa tu lengua por los labios… con suavidad.

La orden fue ejecutada con precisión. La lengua del androide, cálida y flexible, recorrió con delicadeza la húmeda hendidura de la chica. De forma pausada, milímetro a milímetro, la fue recorriendo, haciéndola temblar mientras ella, a duras penas, conseguía mantener el control. Llegó muy cerca del clítoris antes de desandar el camino con la misma suavidad y proseguir por el otro labio, repitiendo los movimientos exactos como si se tratara de un protocolo más de su programación. Su excitación debía de ser evidente, pero, con los ojos entrecerrados, lo único en lo que ella podía pensar era en estirar aquel momento, aun con su sexo palpitante y dilatado pidiendo a gritos el orgasmo. Tener que repetirse una y otra vez que aquello que la lamía con tanta destreza era solo una máquina.

Al fin, un gemido involuntario escapó de los labios de Sira. Era mucho más real de lo que jamás había imaginado.

—Ahora… introduce la punta —susurró con la voz quebrada por el placer.

Vera obedeció. La extremidad sintética entró con lentitud, explorando con una curiosidad casi científica y una precisión casi dolorosa. La tensión en el vientre de la chica crecía con cada movimiento, con cada toque deliberado, con cada minúsculo cambio de ritmo.

—Un poco más, así… —lo guio ella, arqueando la espalda contra el respaldo, exponiendo su cuerpo todavía más.

Poco a poco, actuando ya por iniciativa propia, fue hundiendo más y más la lengua, acelerando el ritmo con una energía que parecía impropia de él. Daba la impresión de haber aprendido, de adaptarse a los deseos de la chica, de anticiparse a sus necesidades antes de que ella pudiera expresarlas.

Sira sintió cómo el control se le escapaba, cómo sus piernas, ya apoyadas en los reposabrazos, empezaban a temblar, cómo un calor abrasador se extendía desde su sexo hacia el resto del cuerpo en oleadas difíciles de aguantar.

Es el momento, pensó.

—Ahora pon tu boca en mi clítoris. Y chúpalo.

Una vez más, la orden se cumplió al instante. La lengua de Vera encontró el pequeño botón eréctil y empezó a moverse en círculos, primero lentos y luego cada vez más rápidos. Ahora parecía del todo humana, o así quiso creerlo ella, mientras se movía con la precisión de una máquina y, al mismo tiempo, con una delicadeza casi animal.

Sira se aferró a los bordes del asiento. Las luces del puente de mando parpadearon, distorsionándose en su visión nublada por el placer.

El orgasmo la golpeó como una ola, violento e inesperado. Cada músculo se tensó, preso de una descarga eléctrica; su espalda se arqueó hasta casi romperse mientras un grito salía de su garganta. Un grito salvaje que resonó en el silencio del puente. Vera no se detuvo, continuó su exploración con la misma atención meticulosa hasta que las convulsiones de la chica se calmaron.

Durante unos instantes permaneció totalmente quieta, con los ojos cerrados y la cabeza echada hacia atrás. Poco a poco recuperó el control de su cuerpo; el temblor de sus piernas se suavizó y su respiración, aunque entrecortada, volvió a la normalidad.

Cuando por fin abrió los ojos, encontró al androide observándola, el rostro inexpresivo pero con un parpadeo intenso en las pupilas.

—Ven —dijo ella, tendiéndole una mano.

Él la tomó y se incorporó con una fluidez casi felina.

—Gracias —pareció susurrar, justo antes de erguirse cuan largo era y volver a su tono monocorde—. He completado la tarea. ¿Necesitas que procese los datos obtenidos?

—Sí, hazlo —dijo Sira—, pero justo después quiero otra cosa.

—¿Qué necesitas?

—No es una necesidad, Vera —respondió ella, con la voz algo ronca—. Es más bien… un deseo.

—¿Un deseo?

—Sí. Voy a evaluar tu aprendizaje. Quiero que sigas, pero esta vez quiero que lo hagas tú solo. Usa tus dedos para darme placer, sin instrucciones.

Vera permaneció en silencio unos segundos. Luego asintió con lentitud.

—Entendido —dijo—. Iniciaré el protocolo de placer.

Sira le mostró los dientes en una sonrisa genuina que le iluminó el rostro. Se recostó en el asiento, casi sin moverse, esperando y entregándose por completo a la experiencia. Lo oyó arrodillarse de nuevo entre sus piernas, pero esta vez con un enfoque distinto. Ya no era un científico explorando un fenómeno desconocido… sino algo más.

Con los ojos cerrados, no advirtió la alarma que anunciaba que otra nave acababa de entrar en el radar de su consola.

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Comentarios (6)

GatoNegro99

Tremendo relato!!! Mas por favor

Leandro_Mx

Por favor que haya segunda parte, quede con muchas ganas de mas

CarlaV_Cordoba

Me encanto la originalidad, no habia leido algo asi en esta categoria. Se agradece muchisimo

RubenL_78

Lo lei de un tiron sin darme cuenta. Al principio no sabia bien para donde iba la historia pero despues me engancho completamente. Hace tiempo que no me pasaba eso con algo de este sitio

Lectora_sigilosa

jajaja eran las 2am y segui leyendo como una idiota. No me arrepiento para nada

TinoUy

increible, sigue asi!!

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