La confesión que mi novio soltó sobre mi amiga
Brisa es una de mis amigas más fieles. Tenemos las dos veinticuatro años y nos conocemos desde la primera semana de la facultad, cuando nos sentamos juntas por casualidad en una clase del fondo. Es bajita, de piel morena y una cara dulce que siempre me cayó bien. Tiene curvas grandes, un pecho enorme que arrastra desde la adolescencia, y eso —para bien y para mal— marcó casi todo lo que le pasó después.
Fue la primera de nuestro grupo en soltarse de verdad con los hombres. Eso le valió cierta fama, una mezcla de admiración y de miradas torcidas entre las demás. Brisa se engancha rápido: conoce a alguien en un lugar donde no debería buscar nada serio —un bar, una aplicación, la salida de un boliche—, se entrega entera en la primera cita y para la segunda ya entregó el cuerpo completo. Después los aburre, o ellos se cansan, y vuelve a empezar.
El problema es que cada vez le dolía un poco más. Se sentía usada, me lo decía con la voz quebrada, y a las dos semanas estaba contándome lo mismo con otro nombre.
—Ayer me vi con uno divino, terminamos en la cama —me escribía—. No sabés el tipo, lo volví loco.
Palabras más, palabras menos, así eran sus historias. Yo la escuchaba sin juzgarla, aunque a veces me quedaba con una curiosidad rara, una que no sabía bien dónde poner.
Lo que no sabía era que, entre los hombres, Brisa tenía una especie de leyenda. Me enteré por casualidad, una tarde en mi cuarto, porque a mi novio se le escapó.
***
Tomás estaba tirado en mi cama, jugando con el teléfono, mientras yo le contaba sobre la merienda del día anterior.
—Me junté con las chicas en lo de Sofía —dije—. Después cayó Brisa.
—¿Cuál es Brisa? —preguntó sin levantar la vista.
—La morena.
—La mitad de tus amigas son morenas.
—La del pecho grande.
Hubo un silencio raro. Después, despacio, como si acomodara algo en la cabeza:
—Ah. Pará. Sí, ya sé quién es. No sabía que era amiga tuya.
—¿Por? ¿La conocés?
—No, no la conozco. Es... famosa. Nada más.
—¿Famosa de qué? —pregunté, y algo en su tono me puso en alerta.
—Nada, dejá. Me confundí con otra.
—No te confundiste con nada. Te conozco la cara.
Tomás suspiró y dejó el teléfono sobre la cama. Yo me senté contra la pared, con las piernas cruzadas, decidida a no soltarlo hasta sacarle todo.
—Mirá —dijo—, no sé si es verdad. Los pibes hablan mucho. Capaz que era todo verso.
—Contame igual. Es mi amiga. Quiero saber qué dicen de ella.
Era cierto a medias. Una parte de mí quería defenderla; la otra, esa que no me animaba a mirar de frente, sentía algo distinto. Un calor incómodo en el estómago.
—¿Estás segura de que querés que te cuente cómo uno de los chicos se acostó con tu amiga? —dijo, medio fastidiado.
Había acertado más de lo que yo estaba dispuesta a admitir.
—Es mi amiga —repetí, como si eso me diera permiso—. Contame.
***
—Fue hace un par de meses —empezó—. Estábamos un grupo después de una cursada, matando el tiempo en el pasto antes del almuerzo. Llega Lautaro, todo misterioso, y dice: «¿A que no saben con quién estuve?».
—¿Y? —lo apuré.
—Uno tiró un nombre al voleo, «con Brisa», medio en chiste. Y Lautaro se quedó duro, como diciendo «¿cómo sabés?». Resulta que el otro había visto cómo Brisa lo miraba a él en los pasillos.
Yo hacía memoria. La versión que Brisa me había contado era parecida en la forma y opuesta en el fondo: según ella, había sido él quien la había encarado a ella.
—Seguí —dije.
—Lautaro contó que Brisa se le acercó en un recreo entre clases, le dijo que le parecía lindo, que quería charlar con él más tarde en la plaza de la esquina. Fueron, hablaron pavadas un rato, y él la besó. Eso fue todo lo que dijo al principio.
—No me estás contando todo.
—Es a grandes rasgos.
—Tomás. Todo.
Él me miró un segundo de más, como midiendo si yo de verdad quería escuchar o si me iba a arrepentir a la mitad. No me arrepentí.
—Bueno. Lautaro dijo que cuando la besó se prendió fuego. Que cuando la apretaba contra él le sentía todo el pecho aplastado, y que ahí nomás le propuso ir a la casa, que estaba solo. Y ella fue.
Tragué saliva. No dije nada para no cortarlo.
—Contó que se besaron de parados en el cuarto, que él le tocaba la cintura, el culo, el pecho por encima de la ropa. Y que en un momento ella se arrodilló sola. Que nadie se lo pidió.
—¿Sola? —pregunté, y mi voz salió más baja de lo que quería.
—Eso dijo. Que le bajó el pantalón y se la empezó a chupar ahí mismo, de rodillas. Lautaro lo único que le pidió fue que se sacara la remera, que le quería ver las tetas. Y dice que no podía creer el tamaño.
Yo estaba inmóvil contra la pared. Sentía la cara caliente y una humedad incómoda entre las piernas que me daba vergüenza reconocer. Era mi amiga. Me daba bronca que hablaran de ella así, que la redujeran a eso. Y al mismo tiempo no podía dejar de imaginarla.
—¿Y? —solté, casi sin aire.
—Dijo que ella se puso a... a usarle el pecho. Que se la metía entre las tetas y se la pajeaba con ellas, y que de lo grandes que eran la verga le desaparecía. Que nunca había visto algo así.
Cerré los ojos un instante. La escena se me armó sola, nítida, sin permiso. La boca de Brisa, sus manos juntando esos pechos enormes, la cara concentrada que le conocía de cuando se reía. Sentí asco de mí misma y un tirón de deseo al mismo tiempo, los dos peleando en el mismo lugar.
—¿Ahí terminó? —pregunté.
—No. Lautaro dijo que cuando estaba por acabar pensaba terminarle en el pecho, pero que ella se la metió hasta el fondo de la garganta y se tragó todo. Que era una genia para eso. Lo contaba como un trofeo, la verdad.
—Qué hijo de puta —murmuré, sin saber bien contra quién iba el insulto.
—Y hay algo más —agregó Tomás, ahora más serio—. Dijo que la invitó dos veces más y que ella le canceló las dos. Que se le hacía la difícil después de eso. Que era «copada para un rato y nada más».
Esa última parte me golpeó distinto. Porque Brisa me había contado lo contrario: que era él quien no le había dado más bola, que se había sentido usada otra vez. Las dos versiones no podían ser ciertas. Y yo, su amiga, me había quedado con la duda metida adentro como una astilla.
***
No le dije nada a Brisa. Ni esa semana ni nunca. Pensé que para qué, que solo iba a lastimarla con un chisme de pasillo que tal vez ni era cierto. Pero esa noche, cuando Tomás se fue y me quedé sola en la cama, no podía sacarme la historia de la cabeza.
Daba vueltas entre las sábanas con bronca. Bronca con Lautaro por andar contando intimidades como si fueran medallas. Bronca con Tomás por habérmelo contado con ese gusto raro en la voz. Y bronca con Brisa, aunque ella no había hecho nada más que ser ella misma: entregarse rápido y asustarse después, cuando alguien quería algo de verdad.
Pero debajo de toda esa bronca había otra cosa, una que me costaba nombrar. Cada vez que cerraba los ojos volvía la imagen. No la de Brisa con Lautaro. La mía. Era yo la que estaba de rodillas, yo la que tenía ese cuerpo lleno de curvas que nunca tuve, yo la que se animaba a todo sin pensar en las consecuencias.
Me dormí con esa idea dando vueltas, y el sueño la terminó de armar.
***
En el sueño yo era Brisa. Tenía su cuerpo, su pecho enorme, su falta de miedo. Y el hombre que tenía adelante no era Lautaro: era Tomás.
Estábamos en mi cuarto, pero todo se sentía distinto, más cargado. Yo lo encaraba a él, lo apretaba contra mí, le sentía el cuerpo despertar. Tomás decía que no, que no estaba bien, que él tenía novia. Pero yo seguía, lo besaba en el cuello, le hablaba al oído, y poco a poco lo sentía rendirse.
Me arrodillaba frente a él sin que me lo pidiera. Le abría el pantalón con una calma que en la vida real nunca tuve. Lo escuchaba respirar agitado, decir mi nombre —el de Brisa, no el mío— y eso, en el sueño, no me dolía: me prendía más.
Me sacaba la remera. Tenía esos pechos increíbles, pesados, y los juntaba alrededor de él, lo envolvía, me movía despacio mientras lo miraba desde abajo. Tomás ya no decía que no. Tenía la cabeza tirada hacia atrás y las manos enredadas en mi pelo, completamente rendido a algo que no podía controlar.
Cuando estaba por terminar yo no me apartaba. Lo tomaba hasta el fondo y me quedaba ahí, sintiendo todo, dueña por una vez de la situación entera. En el sueño el placer no tenía culpa. No había bronca, ni chismes, ni amigas traicionadas. Solo ese cuerpo que no era el mío y una libertad que me daba vértigo.
***
Me desperté a las tres de la mañana, empapada, con el corazón golpeándome el pecho. Tardé unos segundos en entender dónde estaba, quién era. Tenía la mano metida entre las piernas sin haberme dado cuenta y una respiración que no terminaba de calmarse.
Lo primero que sentí fue alivio. Tomás no me había sido infiel. Brisa no había hecho nada conmigo. Nada de eso había pasado de verdad. Era solo un sueño, uno que se había alimentado de la bronca, del morbo y de una historia que no era ni mía.
Lo segundo que sentí, mientras me quedaba mirando el techo en la oscuridad, fue más difícil de admitir. Una parte de mí extrañaba ya ese cuerpo prestado. Esa valentía que no tenía. Esa forma de desear sin pedir permiso.
Volví a cerrar los ojos. Por la mañana le iba a escribir a Brisa, como cualquier otro día, y no le iba a contar nada. Ni del chisme, ni del sueño, ni de lo que descubrí esa noche sobre mí misma. Algunas confesiones es mejor guardarlas. Sobre todo las que una se hace en voz baja, en el medio de la noche, cuando nadie está mirando.