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Relatos Ardientes

Mi jefe se convirtió en mi amo en la oficina

Me llamo Renata y tengo treinta y un años. Para quienes no me conocen, soy de cuerpo delgado pero firme, pechos medianos y unas caderas que más de uno ha descrito como un problema. Cara de niña buena y mirada de todo lo contrario. Hoy decido romper un silencio que llevaba guardado en lo más hondo, en ese lugar al que una no deja entrar a nadie.

Esta es mi confesión más oscura, el relato de cómo mi jefe dejó de ser un hombre con un cargo para convertirse en algo mucho más peligroso para mí.

Damián entró a mi vida con la autoridad pegada a cada gesto. No necesitaba levantar la voz. Le bastaba con apoyarse en el marco de la puerta de mi escritorio y mirarme un segundo de más para que yo perdiera el hilo de lo que estaba escribiendo.

Al principio, lo nuestro era solo tensión. Una corriente que cruzaba la sala de reuniones cada vez que coincidíamos. Un juego peligroso al que ninguno de los dos quería renunciar, aunque los dos sabíamos lo que teníamos en casa. Él, casado. Yo, también.

Pronto entendí que no era solo el poder lo que buscaba. Era algo más íntimo, algo que ni él mismo sabía nombrar.

Lo descubrí una tarde de reunión interminable. Yo presentaba unos números aburridos frente a media docena de compañeros, y él, sentado al fondo, no me quitaba los ojos de encima. No miraba la pantalla. Me miraba a mí, las manos, la boca, la forma en que me acomodaba el pelo cuando me ponía nerviosa. Terminé la presentación con la voz temblando y nadie entendió por qué.

Esa misma noche me llegó el primer mensaje que cruzó la línea. No diré qué decía, pero lo leí tres veces en el baño antes de borrarlo, con el corazón golpeándome en la garganta.

Empezamos a escribirnos. Mensajes de madrugada, primero sobre el trabajo, después sobre cualquier excusa, hasta que las excusas dejaron de hacer falta. Quedamos en vernos sin que nadie sospechara. Y como los dos arrastrábamos un anillo en el dedo, no había bar posible. Tenía que ser en la oficina, después de que todos se fueran.

***

Ese día llegué temprano y no pude trabajar bien. Solo de imaginar lo que pasaría me ponía las piernas blandas. Estaba nerviosa, mojada y temblando al mismo tiempo, mirando el reloj cada cinco minutos mientras fingía ordenar carpetas que no necesitaban orden.

A las siete, la oficina empezó a vaciarse. A las ocho quedábamos cuatro. A las nueve, solo Marcos, que tardó una eternidad en apagar su computadora. Cuando por fin tomó su saco y se despidió, oí la puerta de vidrio cerrarse y supe que ya no había vuelta atrás.

Damián caminó hasta mí sin prisa. Jugamos un poco, como dos adolescentes que no se animan. Me dio un beso en la mejilla, suave, casi tímido, y algo dentro de mí se rompió.

—Me imaginé un recibimiento distinto —le dije, mirándolo a los ojos.

No le di tiempo a contestar. Lo agarré de la camisa y lo besé yo, de esos besos que no dejan dudas. Él respondió enseguida, con una fuerza que me hizo entender que llevaba semanas conteniéndose tanto como yo.

Nos fundimos en otro beso, más largo, más hondo. Mis manos bajaron solas hasta su cinturón. Le desabroché el pantalón mientras él me tomaba de la cintura y me sentaba de un movimiento sobre el escritorio.

Me subió el vestido hasta la cadera. Mis medias quedaron a la vista, y de un solo tirón las rompió, dejándome con la tanga y los tacones como única ropa de la cintura para abajo. Se quitó los zapatos y bajó el pantalón.

Cuando se quedó en bóxer, me quedé sin aire. No puede ser tan grande, pensé. Mi marido no es ningún niño, lo sé bien, pero lo que tenía Damián entre las piernas era de otra liga. Me mordí el labio sin saber si reír o asustarme.

Sin decir una palabra, me besó otra vez y me giró contra el escritorio. Se colocó detrás de mí, hizo la tanga a un lado y empezó a acariciarme con los dedos. Tenía las manos grandes y se movía con una calma que me desesperaba.

Después se hincó. Sentí su lengua recorrerme entera, lenta primero, insistente después. Yo me sostenía como podía de la madera del escritorio, con la frente apoyada en mis propios brazos.

—No pares —le pedí en un susurro—. Por favor, no pares.

Y no paró. Cada vez que creía que iba a aflojar, apretaba un poco más. No aguanté demasiado. El primer orgasmo me llegó sin aviso, fuerte, y tuve que morderme el brazo para no gritar y que me escuchara medio edificio.

—¿Estás bien? —preguntó al oír mis gemidos.

—Estoy perfecta —alcancé a decir, todavía temblando.

***

Me giré y me arrodillé frente a él. Lo tomé con las dos manos y empecé despacio, por la punta, porque de verdad no sabía cómo me iba a caber. Recorrí los lados con la lengua, bajé, subí, me tomé mi tiempo.

Él me puso una mano en la nuca. No me empujó con violencia, pero sí con decisión, marcando el ritmo que quería. Me miraba desde arriba con una expresión que mezclaba ternura y algo mucho menos tierno.

—Quería comprobar si era cierto lo que me contaste una vez —dijo con la voz ronca.

No supe a qué se refería hasta que lo entendí con el cuerpo. Me quedé sin aire un segundo, los ojos llenos de lágrimas que no eran de tristeza. Él aflojó, me dejó respirar, me acarició la cara con una suavidad que contrastaba con todo lo demás.

—¿Estás bien? —volvió a preguntar.

Asentí. Y entonces me puso de pie otra vez, de cara al escritorio.

—Quiero tenerte así toda la noche —me dijo al oído—. Antes de que cada uno vuelva a su casa.

Empezó a moverse detrás de mí mientras yo levantaba las caderas, restregándome contra él, pidiéndole sin palabras que dejara de esperar. Lo necesitaba adentro y se lo hice saber.

Cuando entró, sentí que me partía en dos. Era enorme y al principio me dolió. Apreté los dientes, respiré hondo y aguanté, porque por nada del mundo quería que parara.

Damián me sujetó de la cadera y empezó a embestir. Yo jadeaba, me movía en círculos, buscaba el ángulo que me hiciera ver luces. Él tomaba impulso y me clavaba contra el escritorio una y otra vez, y mis caderas chocaban contra las suyas con un ruido que me daba más vergüenza que el acto mismo.

—Más despacio —pedí, y enseguida me arrepentí—. No, así, así está bien.

Sabía que él no iba a durar mucho. Yo tampoco. Me moví con todo lo que tenía, descarada, sin reconocerme. Él no soportó ese último cambio de ritmo.

—Así, ay, así —gemía Damián.

—Sí, no pares —le contesté—. No pares ahora.

—Me vengo —dijo apretándome la cadera—. Renata, me vengo.

—Hazlo —jadeé—. Hazlo ya.

Llegamos casi al mismo tiempo. Yo me contraje entera, él se vació con un gemido grave que le salió desde el fondo del pecho. Quedó apoyado sobre mi espalda, los dos respirando como si hubiéramos corrido kilómetros, sudados y temblando sobre un escritorio lleno de papeles arrugados.

—Eres lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo —murmuró todavía pegado a mí.

No le contesté. Me di vuelta, lo miré y me arrodillé de nuevo, esta vez sin que me lo pidiera.

***

Lo limpié despacio, recogiendo con la boca lo que quedaba de los dos. Él se retorcía, sensible, intentando apartarme entre risas, pero yo no lo dejé. Disfruté cada segundo de tenerlo así, rendido, sin nada de la autoridad con la que entraba todas las mañanas a la oficina.

Esa noche entendí que ya no había marcha atrás.

Me convertí en su secreto durante todo el tiempo que trabajé ahí. Casi todas las mañanas encontrábamos un hueco en su despacho, con la puerta cerrada con llave y la excusa de una reunión que nunca figuraba en la agenda. Algunas tardes nos quedábamos hasta la madrugada, inventando informes urgentes que justificaran las horas extra.

Aprendí a leerlo. Sabía cuándo iba a buscarme por la forma en que dejaba la taza de café sobre mi escritorio sin decir nada, solo con una mirada que valía por mil palabras. Yo me levantaba unos minutos después, como si fuera a buscar agua, y caminaba hasta su oficina con las piernas ya flojas.

Lo más extraño era la doble vida. Durante el día, frente al resto, éramos jefe y empleada. Él me corregía un informe con tono seco y yo le respondía con un «sí, claro» tan profesional que nadie habría sospechado nada. Por dentro, mientras tanto, recordaba lo que ese mismo hombre me había hecho horas antes contra el archivero.

Llegué a casa esa primera noche con las medias rotas en el bolso y una sonrisa que no podía borrar. Mi marido me preguntó cómo había ido el día. Le dije que pesado, que la oficina me estaba matando. No mentía del todo.

Lo que vino después, las cosas que probamos, los límites que fui cruzando casi sin darme cuenta, todavía no me atrevo a escribirlo. Hubo noches en las que Damián me pidió cosas que jamás habría imaginado consentir, y lo peor —o lo mejor— es que yo dije que sí a casi todas.

Pero eso lo guardaré para otra confesión. Por ahora me basta con haber dicho en voz alta lo que durante años solo me atreví a pensar.

Con cariño, Renata.

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Comentarios (6)

NereaSur88

Dios mio... lo lei tres veces seguidas. Increible.

Pamelita_B

Por favor una segunda parte!! dejaste todo en suspenso jajaja necesito saber que paso despues

RomeoLector88

Lo que mas me gusto fue como describe la tension desde el principio. Se siente real, como si uno lo estuviera viviendo junto a ella. Muy buen relato

caos2001

me recordo a una situacion que tuve en un trabajo hace años... hay momentos en que no hacen falta muchas palabras jaja

Elisa77

tremendo!!! sigue subiendo, necesito mas de estos

LucioR_lec

el detalle de la puerta cerrándose al principio me parecio muy bien logrado. Esos pequeños toques hacen que uno se meta de lleno en la historia. Espero que haya mas relatos tuyos por aca

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