Lo que el general escondía bajo el uniforme de gala
El carruaje traqueteaba por el camino de piedra que ascendía hacia la fortaleza de Grisalba, una mole de granito que se recortaba contra un cielo plomizo. Mireya, envuelta en sedas y encajes, apretaba las manos sobre el regazo. No era nervios lo que sentía, sino impaciencia.
La avaricia había sido su única compañera fiel desde niña, y ahora le susurraba que al final de aquel camino la esperaba la recompensa a su astucia. Su belleza siempre había sido moneda de cambio, y esta vez había comprado un título, una fortaleza y una vida lejos del barro de la aldea. Todo había salido tal como lo planeó.
La ceremonia había sido breve, casi fría. El general Aldric Veronne, con su uniforme de gala impecable, parecía aún más menudo a su lado. Ella, con su melena dorada cayendo sobre los hombros y un vestido ceñido que marcaba cada curva, eclipsaba sin esfuerzo la discreta presencia de su nuevo marido.
Sólo los ojos de él desmentían esa fragilidad: dos pozos verdes que la observaban con una mezcla de devoción y timidez que a Mireya le resultaba a la vez irritante y útil. Un hombre así será fácil de manejar, pensó mientras descendía del carruaje. No imaginaba cuánto se equivocaba.
***
El vapor perfumado del baño todavía flotaba en el aire cuando Mireya se estudió frente al espejo empañado. No era vanidad: era cálculo. Su cuerpo era su activo más valioso, y aquella noche debía estar impecable.
Aldric no era el gigante esculpido que había fantaseado, pero era joven y había algo en la intensidad de su mirada que prometía más de lo que su estatura sugería. Infinitamente preferible, se dijo, a un viejo decadente. Se deslizó dentro del camisón de seda negra, tan fino que apenas disimulaba nada, y salió a la alcoba.
La habitación estaba en penumbra, iluminada sólo por las brasas de la chimenea. Aldric esperaba sentado junto al fuego, con unos pantalones de lino claro colgando bajos en las caderas. Su torso desnudo, delgado y cruzado por viejas cicatrices, absorbía el calor de las llamas.
Al oírla, levantó la vista. Y entonces algo cambió en el aire de la habitación.
Sus ojos verdes se entrecerraron y una chispa los recorrió. No fue una mirada: fue un devorar. Se puso de pie con un movimiento fluido, casi felino, y en ese instante Mireya lo vio.
¿Eso… era posible?
Bajo la tela ligera del pantalón se había formado un bulto pronunciado, desproporcionado, una tensión que alteraba por completo la silueta de la prenda. La saliva se le secó en la boca. Su mirada bajó por puro instinto y se clavó allí, incapaz de apartarse, mientras el corazón le golpeaba las costillas.
Aldric se acercó sin decir palabra. Su rostro se hundió en el valle perfumado de sus pechos y un gruñido grave vibró contra su piel. Pero Mireya apenas lo registró, porque aquella dureza caliente se apretaba ahora contra su entrepierna, a través de la finísima seda.
No era un roce. Era una presión firme, sólida, que latía contra el centro mismo de su sensibilidad. Un escalofrío le recorrió la espalda y su pregunta volvió a resonar, esta vez con un punto de excitación temeraria. ¿Tan grande era de verdad?
—Por todos los dioses, Mireya —murmuró él contra su pecho, con una ronquera que ella empezaba a asociar al deseo—. Hueles a cielo.
Una de sus manos descendió por la curva de su cadera, apreciando la redondez a través de la seda, y luego se posó justo donde aquel bulto la presionaba. Sus dedos se extendieron, midiendo, y de su garganta escapó un sonido de aprobación.
—Parece que te agrada tu regalo de bodas —susurró ella, esforzándose por sonar más serena de lo que se sentía. Su propia entrepierna había empezado a responder, una humedad cálida que pegaba la seda a su piel.
—Agradar es una palabra muy pequeña para esto, esposa —respondió Aldric. Movió la cadera despacio, deliberadamente, frotando aquella dureza contra su clítoris ya hinchado—. Esto es donde debe estar.
Mireya jadeó y se aferró a sus hombros, no para empujarlo, sino para sostenerse. Su avaricia de siempre, la del oro y las joyas, se confundía de pronto con otra más primitiva: la de sentir aquello dentro de ella, de medir lo que su callado marido le había estado ocultando.
Aldric no esperó. La fina tira del camisón cedió bajo sus dedos con un susurro, dejando un pecho expuesto al aire fresco y al calor voraz de su boca. No hubo ternura: cerró los labios sobre el pezón erecto y succionó con un hambre acumulada que arrancó a Mireya un grito agudo, mitad sorpresa, mitad placer brutal.
La sensación la recorrió entera hasta concentrarse en un punto candente entre las piernas. Sus dedos se clavaron en los hombros de él buscando un ancla en la marea que la inundaba.
Entonces él tomó su mano con una firmeza que no admitía negativa y la guio hacia abajo, sobre la tensión evidente del lino. Mireya contuvo el aliento. Nada pudo haberla preparado.
Sus dedos se cerraron por instinto alrededor de la forma que palpaba bajo la tela. Era demasiado. Demasiado dura, demasiado caliente, demasiado gruesa para que su mano la rodeara. Un temblor le subió por el brazo.
No puede ser real, pensó, con los ojos muy abiertos buscando los de él. La avaricia que siempre la había movido se transformó en una codicia puramente física.
—Dioses… —alcanzó a decir, con un hilo de voz.
—Todo tuyo, Mireya —gruñó Aldric, áspero—. Todo para ti.
***
Con una presión suave pero inexorable la guio hacia la alfombra hasta dejarla de rodillas frente a él. La tela delgada no ocultaba nada: el grosor, la punta húmeda que ya oscurecía el lino, el calor que emanaba.
Mireya alzó la vista. Los ojos verdes de Aldric la observaban desde arriba, esperando que tomara lo que era suyo. Pero ella no era tonta. Virgen, sí, pero no ignorante: sabía que el poder también se negocia, que la demora y la sorpresa eran su única ventaja.
En lugar de desatar el cordón, inclinó el rostro y posó los labios sobre la punta hinchada a través de la tela, con la suavidad de una mariposa. Aldric contuvo el aliento; un temblor le recorrió el abdomen.
Ella aplicó una succión leve, humedeciendo el lino, haciendo que se pegara a la piel y delineara cada detalle. Luego usó la lengua, recorriéndolo despacio desde la base, sintiéndolo tensarse bajo su boca.
—Mireya… —rugió él, con la voz quebrada, una advertencia y una súplica a la vez. Sus manos se enredaron en la cabellera dorada, no para guiarla, sino para aferrarse.
Por fin, con dedos temblorosos, ella encontró el cordón y tiró. La tela holgada cayó a los lados como un telón que se descorre.
Y la sorpresa la golpeó de lleno. No era sólo grande: era una columna de carne palpitante que surgía de una mata de vello oscuro, la piel tirante y satinada, la cabeza gruesa de un rojo intenso coronada por una gota de humedad que brillaba a la luz del fuego.
Su brazo pálido parecía un juguete en comparación. Su mente, siempre tan rápida para calcular, se quedó en blanco. No había cuentas que hacer allí, sólo una realidad abrumadora.
—Abre la boca —ordenó, y su voz fue la de un mando de campo de batalla.
Aturdida, ella obedeció. Él la guio con una presión inexorable en la nuca y el mundo se redujo a una sola sensación: la boca estirada hasta un límite que nunca había imaginado, la lengua aplastada, el calor avanzando hasta el fondo.
Las lágrimas le brotaron al instante y un reflejo le sacudió el cuerpo, pero Aldric la sostuvo allí un momento eterno antes de retirarse apenas, dándole un respiro entrecortado. Cuando la miró, sus ojos ardían con una fascinación posesiva que se alimentaba de su vulnerabilidad.
***
La levantó sin esfuerzo y la tendió sobre la cama. El camisón hecho jirones quedó olvidado en la alfombra. Mireya jadeaba, con la garganta ardiendo y los labios hinchados, esperando ver desprecio en su mirada. No lo halló: sólo aquel brillo obsceno que su debilidad parecía encender aún más.
Él se movió sobre ella como un depredador que saborea a su presa. Su miembro, empapado, se deslizó entre sus muslos rozando su sensibilidad extrema sin penetrarla, un tormento exquisito que la hizo arquearse a pesar de sí misma.
Luego ascendió, deslizándose por el surco entre sus nalgas, separando las dos redondeces que siempre habían sido su mayor orgullo. Mireya contuvo el aliento. Había oído susurros entre las campesinas, historias que le parecían brutales y vulgares. Ahora dejaban de ser historias.
Aldric se detuvo allí, en ese lugar virgen y oculto. Ella apretó los puños en las sábanas, tensando todo el cuerpo, preparándose para el dolor. Él humedeció con saliva el camino y, sujetándole las caderas con fuerza de tenaza, presionó.
—Por ahí no… —suplicó ella, pero su voz era un hilo cargado más de expectación que de verdadera negativa.
Aldric no respondió con palabras. La cabeza de su miembro empezó a abrirse paso con un empuje firme, inexorable. Fue un ardor desgarrador, como si la partiera en dos. Mireya gritó contra las sábanas, pero él no se detuvo: avanzó centímetro a centímetro, estirando, quemando, conquistando un territorio que nadie había tocado.
Las lágrimas le brotaron, y no eran de humillación, sino de una rendición física total. Sintió cómo su cuerpo cedía para acomodar aquella enormidad, mientras él gruñía sobre ella en una mezcla de esfuerzo y éxtasis animal.
Cuando por fin estuvo completamente dentro, cuando sus caderas descansaron contra las de ella, Mireya supo que nada volvería a ser igual. En el fondo del dolor nacía una avaricia nueva y retorcida: la de sentirlo todo de él, sin importar el precio.
Aldric se mantuvo enterrado en lo más hondo, inmóvil, respirando con fuerza, disfrutando cada contracción involuntaria del estrecho pasaje que lo envolvía. Después, despacio, empezó a moverse.
Enredó la mano en su cabellera dorada y le tiró de la cabeza hacia atrás para exponer su cuello. Acercó los labios a su oído y su voz fue un susurro áspero y lleno de malicia.
—Dilo —exigió, mientras con la otra mano le pellizcaba un pezón—. Suplica. Dime qué quieres que te haga.
Mireya sintió el rubor quemarle las mejillas, pero una marea de lujuria perversa —alimentada por el dolor, por la sumisión, por la avaricia de ser la única capaz de soportar aquello— la inundó.
—Por favor… mi general… mi esposo —jadeó, arqueando la espalda con una provocación temblorosa que sorprendió incluso a él—. Hazme tuya por completo. No te detengas.
Las palabras fueron el detonante. Con un rugido de puro triunfo, Aldric retiró el miembro casi por entero para hundirse de nuevo con toda su fuerza, iniciando un ritmo salvaje que hizo gritar a Mireya no de dolor, sino de una entrega depravada. Había pedido lo imposible, y él se lo estaba dando.
El mundo se redujo a un martilleo sordo y brutal. Cada embestida era un terremoto que resonaba en lo más hondo de su ser, abriendo un territorio interior que ella nunca supo que existía. El dolor se mezclaba con destellos de placer hasta volverse indistinguibles, y sus sollozos se ahogaban en el terciopelo de la cama que mordía con fuerza.
Su cuerpo había dejado de pertenecerle. Era un instrumento de su marido, un receptáculo que se llenaba una y otra vez. El tiempo perdió todo significado; ya no había pensamiento, sólo sensación pura mientras la campesina avariciosa se deshacía y dejaba paso a algo nuevo.
El ritmo de Aldric se volvió frenético. Sus gruñidos se transformaron en rugidos que vibraban contra la espalda de ella. Mireya, perdida en la niebla blanca del placer y el dolor, presintió que el final se acercaba y apretó los puños en las sábanas.
Llegó como una punzada de calor líquido inyectado en lo más recóndito de sus entrañas. La primera descarga le arrancó un grito ahogado; la segunda, aún más caliente, la sacudió en un sollozo convulsivo. Aldric se hundió hasta el fondo y se quedó allí, temblando, vaciándose por completo dentro de ella.
Cuando por fin se retiró, lo hizo despacio, y ella sintió el vacío como una nueva forma de despojo. Se derrumbó sobre el colchón, jadeando, con el calor de él todavía ardiéndole por dentro como un recordatorio vivo de lo que acababa de ocurrir.
Aldric se desplomó a su lado, respirando con fuerza, y posó la mano sobre la curva baja de su espalda en un gesto que pretendía ser posesivo y tierno a la vez. Inclinó la cabeza y depositó un beso en su hombro, un detalle que contrastaba brutalmente con todo lo anterior. En segundos su respiración se volvió profunda y regular.
Mireya, en cambio, permaneció despierta en la penumbra. Miró de reojo el perfil dormido de su marido y dejó que la vista descendiera. Incluso en reposo, aquel cuerpo guardaba una promesa que la hacía estremecer.
Y ese era el núcleo de su miedo: no el dolor que acababa de pasar, sino el que vendría. El despertar, y con él el apetito insaciable de su esposo. ¿Podría su cuerpo soportar otra noche como esta?
Había conseguido su general, su fortaleza, su título. Lo había calculado todo, como siempre. Pero por primera vez en su vida, mientras un escalofrío le recorría la espina dorsal, Mireya comprendió que esta vez el precio lo pondría él.