La sorpresa que acepté con los ojos vendados
No sé muy bien por dónde empezar a contar esto, así que voy a empezar por lo que todos los que me conocen saben: a mi marido y a sus amigos les obsesiona mi culo. Siempre fue así. Desde que Damián y yo nos pusimos serios, hubo una especie de acuerdo tácito entre nosotros de que mi cuerpo era un terreno que él iba a explorar sin pedir permiso, y a mí me encantaba que fuera así.
Hace un par de años inventamos lo que en casa llamamos «la semana». Una vez al año, durante siete días, todo gira alrededor de lo mismo. Es un juego nuestro, una rutina que empezó como una broma y que se volvió tradición.
Ese año, mi jefe me hizo un regalo para la ocasión. Sí, mi jefe también está en esto; es uno de los pocos que entiende cómo funciona lo nuestro y nunca cruzó una línea que yo no quisiera. El regalo era un juguete: un aparato vibratorio con forma de bolas de metal pensado para apoyarse sobre la silla y sentarse encima. Lo instalé en mi escritorio el lunes por la mañana y pasé toda la jornada laboral con eso clavado en mí, vibrando en intervalos que yo misma controlaba desde el teléfono.
Trabajar así es una tortura preciosa. Una llamada con un proveedor, una reunión, un correo urgente, y por debajo de la mesa esa presión constante que me obligaba a respirar despacio para que nadie notara nada. Llegaba a casa temblando, y ahí me esperaban ellos.
Durante esa semana solo me tocaban por detrás. Damián a cada rato, sin avisar, mientras yo cocinaba o me lavaba los dientes. Y también Teo, su mejor amigo, que durmió en casa los siete días. Dormía entre los dos y era uno tras otro, sin pausa. Casi no pegué ojo. Siempre había algo dentro de mí: un cuerpo, el juguete, la silla del trabajo. Nunca estaba vacía, y esa era justamente la idea.
—¿Cómo aguantas? —me preguntó Teo una noche, con la boca pegada a mi nuca.
—No aguanto —le respondí—. Lo disfruto. Es distinto.
El viernes algo cambió. Esa noche me penetraron, sí, pero solo tres veces, y con una suavidad que no era habitual. Me quitaron el juguete. No había silla, no había plug esperándome en la mesita de noche. Solo ellos dos, despacio, casi con cariño.
¿Qué están tramando?
Lo pensé toda la noche. Después de seis días de intensidad brutal, ese frenazo me dejó inquieta. Conozco a mi marido, y cuando baja el ritmo es porque está guardando energía para algo.
El sábado me desperté tarde. Damián me penetró otra vez con esa misma calma rara, tomándose su tiempo, y cuando terminó me quedé apoyada en su pecho.
—¿Qué pasa? —le pregunté—. Llevas dos días tratándome como si fuera de cristal.
—Es una sorpresa —dijo, y sonrió de esa manera que me derrite y me asusta a partes iguales.
Miré alrededor. La casa estaba en silencio.
—¿Y Teo?
—Viene esta noche.
No me dio más detalles, y yo no insistí. Una parte del juego es no preguntar. La otra parte es confiar.
***
Hay que entender algo de Damián para que el resto tenga sentido. A veces me hace el amor con una ternura que me hace llorar. Pero los demás, no. Teo, mi jefe, los que él elige, siempre son fuertes, duros, sin tregua. Esa diferencia es lo que hace que todo funcione: él es mi casa y el resto es la aventura. Y yo necesito las dos cosas.
Al caer la noche, me pidió que me bañara. Lo hice con calma, perfumándome, preparándome para lo que viniera. Cuando salí del baño envuelta en la toalla, Teo ya estaba ahí, sentado en el borde de la cama, mirándome con esa intensidad que conozco de memoria.
Lo que siguió fue cualquier cosa menos suave. Me agarraron entre los dos y me follaron con una furia que me dejó sin aire. Me ataron las muñecas a la cabecera y me dieron con todo, turnándose, sin darme respiro. Después me colocaron un plug de metal, una talla más grande que de costumbre, frío y pesado dentro de mí.
—Cierra los ojos —murmuró Damián.
Me puso un antifaz. Negro absoluto, ni una rendija de luz. Sentí cómo me ponían algo en las muñecas, luego en los tobillos, suave pero firme. Una mordaza. Un abrigo largo sobre la piel desnuda.
—Camina conmigo —dijo él, guiándome del codo.
Bajamos las escaleras a ciegas. Salimos al frío de la calle. Me hicieron subir a un auto y arrancamos. Durante todo el trayecto unas manos me recorrían por debajo del abrigo, lentas, sin prisa, manteniéndome encendida. No sabía cuánto tiempo pasó. Diez minutos, media hora, no tengo idea. La venda hace que el tiempo se estire y se rompa.
El auto se detuvo. Me ayudaron a bajar y me indicaron que entrara a gatas. El suelo era frío bajo mis rodillas, de baldosa o cemento, no podría decirlo.
—Para —dijo Damián.
Me detuve. Sentí cómo me quitaba el plug, y un segundo después su pene entraba en mí de golpe, brutal, reconocible entre mil. Lo conozco de memoria, su forma, su manera de empujar. Luego volvió a colocarme el plug.
Entonces empezaron las manos. Muchas. Por todas partes a la vez, recorriéndome la espalda, los muslos, el pelo. Alguien me soltó la mordaza. Otro acercó su pene a mi boca. Y ahí, en medio de esa oscuridad poblada de cuerpos que no podía ver, Damián se inclinó hasta pegar los labios a mi oído.
—Escúchame bien —dijo en voz baja, solo para mí—. Solo por el culo y por tu garganta. Hombres grandes, gruesos, justo como te gustan. Son doce. Te pueden atar como quieran, pero nadie te va a meter dos a la vez, nadie te va a hacer daño. Esa es la regla, y la van a cumplir. Tú solo disfruta.
Me explicó el resto con la misma calma, como quien recita un itinerario. Los primeros tres se quedarían hasta las tres de la madrugada. A esa hora llegarían otros tres, hasta las nueve. Después otros tres, hasta las cuatro de la tarde del día siguiente.
—Y nosotros tres —añadió—, Teo, tu jefe y yo, estamos aquí toda la noche. Te vamos a usar cuando se nos antoje, sin avisar. Disfruta de sentir cómo te abren. Eso es todo lo que tienes que hacer.
Asentí. Era lo único que podía hacer, y era lo único que quería hacer.
***
No voy a poder reconstruir las horas que siguieron en orden, porque para mí no tuvieron orden. La venda borra el reloj. Sin la vista, todo lo demás se vuelve enorme. El olor de cada hombre, distinto. La textura de cada mano. La manera en que cada uno respiraba o gemía o me hablaba al oído.
No usaron máquinas ni nada mecánico. Eran ellos, de verdad, uno y después otro. Me metían un pene, me dejaban descansar un rato, me daban agua, y volvían. Siempre había lubricante, montañas de lubricante, y nunca, ni una sola vez, sentí dolor del que no se disfruta. Eso me hizo confiar todavía más: alguien estaba pendiente de mí incluso en medio del caos.
Aprendí a distinguirlos por detalles mínimos. Uno tenía las manos ásperas y me agarraba de las caderas como si fuera a romperme, pero siempre frenaba a tiempo. Otro era todo lo contrario, lento, casi reverente, susurrándome cosas que no entendía pero que me erizaban la piel. Reconocía a Damián cada vez que aparecía por la forma en que me besaba la espalda antes de entrar. A Teo por su risa baja. A mi jefe por la manera firme en que me sujetaba la nuca cuando me llevaba a su boca.
Me ataron a cosas que no podía identificar. Estuve inmóvil durante tramos largos, completamente a su merced, y en otros momentos me dejaron moverme. Perdí la cuenta de cuántas veces llegué al orgasmo. Llegó un punto en que dejé de contar, dejé de pensar, y simplemente existí dentro de mi propio cuerpo, que era lo único real en toda esa oscuridad.
***
El domingo, en algún momento que sospecho rondaba las dos de la tarde, sentí que me soltaban las muñecas. Damián volvió a hablarme al oído.
—Ahora tú —dijo—. Como quieras y por donde quieras. Mandas tú.
Esa frase me dio un poder extraño, vendada y todo. Tanteé en la oscuridad hasta encontrar un cuerpo. Lo llevé a mi boca primero, despacio, saboreando el control. Después me tendí en el suelo y me monté sobre otro, marcando yo el ritmo por primera vez en horas, mientras un tercero ocupaba mi boca. Fui yo la que decidía cuándo y cuánto. Estuvimos así un buen rato, hasta que el cansancio y el placer se mezclaron en algo parecido a la euforia.
—Ya se fueron todos —me dijo Damián cuando volví a quedarme quieta—. Solo quedamos los de casa.
Lo busqué, lo abracé a ciegas y lo besé. Reconocer su boca después de tantas horas fue como volver a tierra firme.
—¿Y Teo? ¿Y mi jefe? —pregunté.
—Aquí están.
—Que vengan —dije—. Es su turno. Quiero que terminen ellos.
En cuanto lo dije, unos brazos me levantaron del suelo. Por primera vez en toda la experiencia, alguien me penetró por delante, mientras otro lo hacía por detrás, y me sostuvieron en el aire entre los tres como si no pesara nada. Fue el cierre que ni siquiera sabía que estaba esperando.
Al final me acercaron una copa a los labios. Bebí. Era algo fuerte, con vodka, mezclado con lo que ellos habían dejado en mí durante esas horas. Lo tomé entero. Era parte del ritual, su manera de cerrar el círculo.
***
Damián me untó una pomada fría que calmó de inmediato el ardor. Me cubrió con algo, me ayudó a subir de nuevo al auto, y durante el camino de vuelta me sostuvo la mano sin decir nada. No hacía falta.
En casa me quitó por fin el antifaz. La luz me dolió, parpadeé varias veces, y lo primero que vi fue su cara mirándome con una mezcla de orgullo y preocupación. Me había llenado la bañera con agua caliente. Me metí, cerré los ojos otra vez, esta vez por elección, y me quedé ahí hasta que el agua empezó a enfriarse.
Cuando salí, lo busqué.
—La última eres tú y yo —le dije.
—¿Estás segura? —preguntó—. Te voy a dar fuerte. No me voy a contener.
—Estoy segura.
Me puse a cuatro patas y me lo metió de una sola vez, sin transición, fuerte y profundo como solo me lo da él cuando estamos solos. Fue intenso, fue nuestro, y fue la manera perfecta de cerrar una semana que no se parecía a ninguna otra. Después me volvió a poner crema, me tapó y me abrazó hasta que me dormí.
Estuve cuatro días sin poder sentarme bien. Cuatro días sonriendo cada vez que me dolía, porque cada punzada era un recuerdo.
Lo más raro de todo es que no sé con quién estuve ni dónde fue. No vi una sola cara, no escuché un solo nombre que reconociera, no tengo manera de saber quiénes eran esos doce hombres. Y sin embargo no me importa, porque nunca tuve miedo. Confié en Damián de la primera a la última hora, y él cuidó de mí incluso cuando me estaba entregando a desconocidos.
Esa es la parte que cuesta explicar. Mucha gente pensaría que esto va sobre el sexo, sobre los doce, sobre los números. Para mí va sobre lo otro: sobre cerrar los ojos y dejarme caer sabiendo que hay alguien que no va a dejar que me lastime. Fue, sin duda, la experiencia más extrema de mi vida. Y también, a su manera retorcida, la más íntima.