Lo que mi mujer y yo fuimos a buscar a la autovía
El termómetro del salpicadero marcaba treinta y dos grados cuando giré la llave. El Opel Corsa arrancó a la primera y la hawaiana de plástico se sacudió sobre el tablero como si bailara para nosotros. Pintura saltada, falda descolorida, un regalo de los mellizos de hace veinte años, cuando todavía éramos «papá» y «mamá» y no dos nombres en una agenda que se saludan por mensaje cada quince días.
El aire acondicionado funcionaba, y eso era casi un milagro. Aquel coche llevaba casi trescientos mil kilómetros encima y seguía escupiendo aire fresco, con un ruido de gato encerrado en una lavadora, pero enfriaba. Ya era más de lo que se podía pedir.
—Me estoy asando con este calor —resopló Reme, dejándose caer en el asiento del copiloto con ese estiramiento de gata que había perfeccionado con los años.
La camiseta blanca se le pegaba al cuerpo, empapada, dibujando cada curva bajo la tela. Apenas había cinco minutos de la arena al aparcamiento, pero el sol del mediodía había bastado para convertir el sudor en una película salada entre el algodón y la piel. Debajo no llevaba sujetador, solo la braguita negra del bikini marcándose en las caderas. Y los pezones, oscuros y erguidos por el frío del aire, se le transparentaban sin pudor, dos círculos anchos que la tela mojada convertía en un cartel para cualquiera que la mirara. Después de tantos años, seguían siendo mi perdición.
Se le marca todo bajo la camiseta. Las tetas duras, los pezones como aceitunas. Cuarenta años y todavía me pone la polla como el primer día.
—¿Me refrescas? —añadió, con esa voz que usaba cuando quería provocarme. Un doble sentido que casi venía con subtítulos.
Metí primera y salí del aparcamiento de la playa de Agua Amarga. Arena en los pedales, olor a sal y a ese protector de marca blanca que huele a coco. Yo llevaba todavía el bañador mojado y una camiseta vieja de algodón, y notaba cómo la polla, ya media dura desde que la había visto estirarse, se me marcaba contra la tela húmeda sin ningún disimulo.
—Yo siempre he preferido los helados artesanales —le dije, tomando la salida hacia la autovía—. Con textura, con historia.
Soltó una carcajada, de esas que le arrugaban los ojos.
—¿Me estás llamando artesanal o vieja?
—Te estoy llamando la mujer más follable que he visto en mi puta vida.
Extendió la mano y me tocó el muslo. Sus dedos dejaron una huella pálida sobre la piel enrojecida por el sol. Un gesto pequeño, repetido desde que Hombres G sonaba en todas las radios. Pero esa tarde había algo más: la mano no se quedó en el muslo. Subió despacio, con las uñas rozándome la piel, hasta rozarme el bulto por encima del bañador mojado. Me apretó, midiéndome, sopesando el peso de lo que llevaba entre las piernas como si comprobara que su juguete seguía en buen estado.
—Después de cuarenta años, todavía se te pone dura antes de que arranque el coche —murmuró, apretándome la polla por encima de la tela—. Estás empalmado, cabrón.
—Con la pinta que llevas, sería raro que no lo estuviera.
Me la aprieta sin disimulo. Sabe perfectamente lo que le hace a mi polla. Y yo sé cómo tiene el coño ahora mismo: mojado, hinchado, con esos labios que se le abren cuando se calienta.
La carretera se extendía recta hacia el sur, entre campos de naranjos que parecían rezar con las hojas caídas, cansados del sol. El calor no era una temperatura: era un bicho pesado y pegajoso que se te sentaba en el pecho. El asfalto temblaba en la distancia, como si tuviera fiebre.
Reme llevaba los pies descalzos apoyados en el salpicadero, las uñas pintadas de rojo oscuro y algún resto de arena entre los dedos. En el tobillo, la pulsera de oro que nunca se quitaba: tres dijes diminutos, una A, una C y una P, las iniciales de los críos, ahora ya no tan críos. Las piernas seguían firmes, doradas, brillantes bajo la luz de la tarde, y con los pies así arriba la braguita del bikini se le clavaba en el pubis marcándole el coño de una manera obscena, con esa raya que se le formaba entre los labios y que yo miraba de reojo cada vez que cambiaba de marcha.
—Cuatro horas sin ropa y ya echo de menos andar en pelotas —dijo de pronto, estirándose—. Esta camiseta me está torturando. Me raspa los pezones.
—Yo diría que cumple su función de maravilla. Desde aquí se te ven las tetas perfectamente. Y con los pezones así, dan ganas de parar y chupártelos.
Me lanzó una mirada de reojo con esa sonrisa que prometía problemas.
—Guarro.
—Llevo décadas siéndolo. No voy a cambiar ahora.
Se metió una mano por debajo de la camiseta y se pellizcó un pezón, retorciéndolo despacio, mirándome mientras lo hacía. Se le escapó un jadeo pequeño, medio de placer, medio de burla.
—¿Sabes? —dijo bajando el parasol para mirarse en el espejito—. Aquel del tatuaje en el brazo tenía pinta de tener una conversación interesante. Y una polla considerable, la verdad. Aunque tú parecías más interesado en otra cosa. Se te empezaba a notar cuando hablabas con él. Se te ponía dura y todo, delante de mí.
Noté el calor subiéndome a las mejillas.
—¿Se me notaba?
—Salva, estábamos en pelotas. Se te notaba TODO. Se te movía la polla al hablar con él, subiendo y bajando como si tuviera vida propia. No sé si él se dio cuenta, pero yo sí. Y te aseguro que la mujer que estaba a dos toallas también.
Me reí, medio avergonzado, medio excitado de admitirlo. Habíamos pasado la tarde en la playa nudista, tres horas tumbados entre cuerpos de todas las formas y edades. Y sí, algún que otro ejemplar que llamaba la atención. El del tatuaje era uno: cuarentón, fibroso, con ese bronceado de quien tiene tiempo de tumbarse al sol cada día, y una polla gruesa que le colgaba pesada entre los muslos incluso en reposo.
Lee a escondidas en el móvil cada noche, creyendo que no me entero. Relatos de tríos, de parejas que comparten, de maduras follándose a jóvenes, de maridos que miran cómo otro le mete la polla a su mujer. Y yo también los leo. Y los dos lo sabemos, aunque nunca lo digamos.
—¿Has leído algo interesante últimamente? —pregunté, tanteando.
Se quedó muy quieta un segundo. Luego sonrió y siguió acariciándose el pezón por debajo de la camiseta, ya sin disimular.
—Hace unos días, uno sobre una pareja que paraba en la carretera. Me recordó a nosotros. Se follaron a un desconocido en el aparcamiento de un área de servicio. El marido miraba mientras el otro se corría dentro de su mujer.
—¿Ah, sí? ¿Y qué más hacía esa pareja?
—Digamos que no llegaron a casa tan rápido como pensaban. Ella acabó con la boca llena de leche y el marido lamiéndosela de las tetas.
El aire dentro del coche se volvió más denso. Ahora me miraba sin disimulo. Yo seguía con las manos en el volante, pero la polla me palpitaba dentro del bañador mojado, tan dura que me dolía.
—A lo mejor deberíamos echar un vistazo —dije, con la voz más ronca de lo que pretendía—. Ver qué tienen esos sitios de carretera de los que tanto se habla.
—Mira que eres fino cuando quieres, Salva —rió.
—Soy un hombre refinado.
—Eres un guarrillo con labia y con la polla siempre a punto.
—Eso también.
—Me pareció leer en un foro —siguió, midiendo las palabras, mientras la mano seguía toqueteándome el bulto— que los domingos por la tarde, en ciertas áreas de descanso, la gente no para precisamente a estirar las piernas. Estira otras cosas.
Se me secó la garganta.
—Y tú, casualmente, te acuerdas del sitio exacto. Qué memoria para una mujer que pierde el móvil tres veces al día.
—Es cultura general, cariño. Dicen que es un sitio muy democrático. Que le meten la polla a cualquiera que se deje.
—Democrático. O sea que no piden carné en la entrada. Ni de socio ni de edad.
—Exacto.
Su mano seguía en mi muslo, subiendo despacio por el interior, colándose ya por debajo del bañador mojado. Me rozó la base de la polla con los dedos fríos y me arrancó un gemido tonto que intenté disimular.
—¿Y qué buscamos en esa democracia, Reme? —me atreví por fin—. ¿Público para ti, o compañía para mí?
Silencio. La hawaiana se balanceaba en el tablero. El aire acondicionado rugía. Sus dedos me rodearon la polla por completo y apretaron. Estaba dura como una piedra, con la punta ya mojada de líquido.
—Puede que un poco de las dos cosas —dijo en voz baja—. Te gusta que me miren, eso ya lo sé. Te encanta que me miren las tetas, el culo, que se les ponga dura pensando en tu mujer. Pero dicen que en esos sitios los chicos son más atrevidos. Que no piden permiso. Que sacan la polla y ya está.
—Que van directos.
—Eso. Que te la sacan y te la meten en la boca sin preguntar.
Lo está diciendo. Está abriendo la puerta a lo que llevo meses, años quizá, deseando. Y me está haciendo una paja lenta mientras conduzco.
—Y si se acercan a ti estando yo delante —seguí, eligiendo cada palabra—, a lo mejor alguno se confunde y no sabe a cuál de los dos está provocando. A lo mejor uno decide sacarme la polla a mí primero.
Soltó una carcajada cálida, sin burla, sin dejar de acariciarme.
—No se confunden, tonto. Saben perfectamente que el premio soy yo. Pero también saben que el marido de una mujer así tiene que ser un guarro. Y a los guarros como tú se les nota a la legua que aceptarían una polla en la boca si se la ofrecen bien.
—Eres el tesoro —dije, emocionado, tragando saliva mientras me apretaba más fuerte—. Pero sí, a veces me gusta pensar que si vienen las avispas a la miel, alguna me picará a mí también. ¿Te importa?
Se subió un poco la camiseta, dejando ver la braguita del bikini, la tela marcándole cada curva. La braguita tenía una mancha oscura de humedad justo entre las piernas, y no era agua de mar. Se abanicó con la mano libre, despacio.
—Lo único que me importa es que no me dejes sola con los lobos. Si paramos, tú y yo somos un equipo. Si tocan, tocamos. Si miran, devolvemos la mirada. Si me follan, tú miras y me dices guarradas al oído. Siempre juntos. Eso no se negocia.
—Nunca se negocia.
La madre que me parió. Vamos a hacerlo de verdad. Voy a ver a mi mujer con la polla de otro dentro. Y a lo mejor yo también.
Me sacó la mano del bañador, se lamió los dedos sin mirarme, chupando el líquido que me había sacado con esa parsimonia de gata satisfecha, y se puso a mirar por la ventana como si no hubiera hecho nada.
***
Nos incorporamos a la autovía con tráfico ligero, domingo por la tarde, algún coche familiar cargado hasta los topes y camiones volviendo hacia el norte.
—¿Sabes dónde es? —preguntó Reme.
—Más o menos. Leí que era en el área de descanso, no en la de servicio. Sin gasolinera, sin luces, sin vigilancia.
—Discreto.
—Eso.
Aunque no estoy seguro del todo. Solo he leído menciones vagas. Y puede que esté confundiendo las áreas de descanso con las de servicio. Mierda. Y encima con la polla tan dura que no me deja pensar con claridad.
Vi el cartel: «Área de servicio La Marina, 3 km». Me quedé paralizado un segundo.
—Según lo que leí —dije, intentando sonar seguro—, debería ser cerca de la zona de camiones. Más discreta que el aparcamiento principal.
Reme asintió. Lo que no dijo en voz alta fue el alivio que sintió. Las áreas de descanso, oscuras y apartadas, le daban algo de miedo: desconocidos sin testigos, sin escapatoria fácil. Pero un área de servicio, con luces y gente cerca, le parecía más segura. Mejor así, pensó. Yo lo entendí mucho después.
—Como quieras, cariño —dijo en voz alta—. Tú conduces.
Puse el intermitente. Clic, clic. El sonido se sincronizó con mis latidos. La hawaiana movía las caderas obscenamente cuando las ruedas rozaron la banda rugosa del arcén.
—Si esa muñeca levantara la cabeza... —murmuró Reme.
—Nos aplaudiría.
—O se moriría de envidia de no tener coño para que se lo llenen.
Tomé la salida. El área de servicio apareció como una isla de luz: gasolinera Cepsa con los surtidores brillando bajo las lámparas de sodio, una cafetería de ventanales enormes, familias saliendo con niños medio dormidos. Completamente inadecuado para lo que buscábamos.
Demasiada gente. Demasiadas luces. Me he equivocado de sitio. Y con esta empalmada no me puedo ni bajar del coche.
Aparqué cerca de la cafetería, a la sombra de unos árboles, y apagué el motor. Me acomodé la polla con disimulo por debajo del bañador, intentando que no se me marcara al andar.
—Bueno —dije, intentando sonar despreocupado—. ¿Cenamos algo?
Reme me miró con una mezcla de diversión, alivio y algo de decepción. Pero sobre todo ternura. Y notó el bulto por debajo del bañador con una mirada rápida.
—Claro. Me muero de hambre. Aunque tú pareces tener otro tipo de hambre.
—Cállate y baja.
Bajamos del coche. El calor nos envolvió como una manta húmeda después del aire acondicionado. Reme se estiró, los brazos por encima de la cabeza, y la camiseta se le subió dejando ver el bikini, la piel bronceada del vientre y el pliegue tibio bajo las tetas.
Un camionero que fumaba junto a los surtidores giró la cabeza y se quedó con el cigarro a medio camino de los labios, la boca abierta como si le hubieran pausado la vida. Un padre de familia hizo lo mismo hasta que su mujer le metió un codazo. Reme lo notó. Un amago de sonrisa asomó en sus labios y enderezó un poco más los hombros, sacando pecho, dejando que los pezones se marcaran todavía más contra la tela empapada.
***
El interior de la cafetería era un choque térmico brutal, un aire acondicionado casi glacial, olor a café recalentado y fritura rancia. Nos sentamos junto a una ventana con vista al aparcamiento.
—Esto es como entrar en una nevera —dijo Reme, frotándose los brazos. El frío le puso los pezones todavía más duros—. Mira, se me van a salir.
—Mejor que el infierno de fuera. Y me da igual, así te miran más.
La camarera se acercó con cara de cansancio existencial y tomó nota sin levantar la vista: ensalada, dos bocadillos calientes, agua con gas y un refresco. Se alejó arrastrando los pies.
Miré alrededor. Familias con niños hiperactivos, una pareja joven pegada cada uno a su móvil, un par de camioneros solitarios mirando la pantalla. Nadie nos prestaba atención. Perfecto.
Y entonces entró él. Alto, moreno, treinta y pocos. Sacaba una cabeza a cualquiera en el local. Bronceado de trabajar al sol, no de tumbarse en la playa. Tatuajes asomando por el cuello de una camiseta blanca que se le ceñía a los hombros, marcándole los pectorales duros por debajo. Pantalón corto deportivo, y ahí, entre los muslos, un bulto que no dejaba lugar a dudas: el tío estaba dotado. Se movía con la seguridad despreocupada de quien sabe lo que tiene, o de quien no le importa nada.
Reme también lo había visto. Claro que lo había visto. Se le había ido la mirada directa a la entrepierna sin ningún disimulo antes de subirle hasta la cara. El hombre pidió un café en la barra e intercambió un par de frases con el camarero sobre retenciones y rutas. Luego se sentó en un taburete a esperar, con las piernas abiertas, marcando todavía más el bulto.
—Ese chico tiene pinta de llevar buen paquete —murmuró Reme.
Levanté una ceja.
—¿Paquete? ¿En qué estás pensando exactamente?
—En su camión, claro. Habrá que tener sitio para tanto bulto. ¿En qué ibas a pensar tú?
—En una polla enorme entre esas piernas. En lo mismo que tú, seguramente.
—Se le marca desde aquí. La lleva sin calzoncillo debajo del pantalón corto, se le nota. Y no está ni empalmado. Imagínatelo dura.
Ese tipo es exactamente lo que llevo meses leyendo. Joven, atlético, seguro de sí mismo. Y esos brazos. La madre que me parió. Le comería la polla ahí mismo si me dejara.
Lo miré más tiempo del socialmente aceptable. Reme me observaba con una sonrisa pícara.
—Se te está poniendo dura otra vez, ¿verdad? —susurró.
—Más de lo que crees.
—Salva, se te va a notar en el pantalón cuando te levantes.
—Que se note.
La comida llegó humeante y comimos con hambre real, la que deja una tarde entera de sol. Entre bocado y bocado, los dos echábamos miradas disimuladas hacia la barra. El camionero se quitó la gorra un momento para secarse el sudor de la nuca y se la volvió a poner. Reme dejó de masticar medio segundo. Yo tragué con dificultad. Por debajo de la mesa, ella me había puesto un pie descalzo sobre el muslo y estaba subiendo lentamente hacia mi entrepierna.
El hombre levantó la vista justo entonces y nos pilló mirándolo. Sonrió. Nos guiñó un ojo. Se agarró el bulto por encima del pantalón con total naturalidad, como quien se acomoda algo pesado, y sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario. Luego terminó su café, dejó unas monedas en la barra y se levantó para irse.
Y entonces, antes de que el miedo me paralizara, lo hice.
—Oye, perdona.
Se giró, sorprendido.
—Nos has parecido interesante. Si tienes un rato antes de seguir ruta, ¿te apetece sentarte con nosotros?
Me evaluó con la mirada. Bajó los ojos hasta mi entrepierna un instante, luego subió a Reme, se detuvo en sus tetas, y por fin volvió a mi cara. Su boca se curvó en una sonrisa lenta.
—¿Por qué no? Tiempo me sobra.
Acento del sur, voz grave. Caminó hasta la mesa y se sentó en el banco corrido, junto a Reme, frente a mí. Al sentarse, el muslo se le pegó al de ella; ninguno de los dos hizo el mínimo esfuerzo por separarse.
—Salva —dije, tendiéndole la mano—. Y ella es Reme.
—Nando —respondió, estrechándomela. El apretón duró medio segundo más de lo normal. Contacto visual directo. Algo pasó entre nosotros; no sabría decir qué, pero se me tensó todo el cuerpo y noté un latigazo en la polla.
Le dio un beso en la mejilla a Reme. Ella aspiró discretamente: sudor limpio, gasoil, colonia barata, algo joven y almizclado.
Huele a hombre. A polla de macho joven. Crudo. Interesante, pensó ella, y notó cómo se le humedecía de golpe la braguita del bikini.
—¿Volvéis de la playa? —preguntó Nando.
Reme señaló el bikini bajo la camiseta.
—¿Se nota mucho?
—Un poco. Y los pezones también. ¿Guardamar?
—Agua Amarga —dije—. La nudista.
Levantó las cejas y sonrió despacio, con los ojos brillantes.
—Valientes. Así que hoy os habéis pasado la tarde en pelotas delante de desconocidos. Me gusta la gente sin complejos.
—No es cuestión de valentía —se inclinó Reme, pícara, dejando que se le viera todavía más el escote húmedo—. Son ganas de andar en pelotas. Y de que te miren, para qué mentir.
La miró con interés renovado, y bajó los ojos hasta sus pechos sin ningún disimulo.
—Pues parece que tenéis muchas ganas. Y unas tetas preciosas para lucirlas, si no es indiscreción.
—No lo es —sonrió ella—. Me gusta que me lo digan.
Está coqueteando con él delante de mí. Le está dejando que le mire las tetas. Y a mí se me está saliendo la polla del pantalón corto.
—¿Y tú de dónde vienes? —pregunté, intentando controlar la respiración.
—Del puerto de Valencia. Llevo un contenedor a Cartagena. He parado a cenar antes de seguir.
—Vaya viaje —dijo Reme.
—Como vosotros con ese Corsa de ahí fuera. Vi la pegatina al aparcar: «Veinte años rodando» y una matrícula vieja. No hace falta ser listo.
—Vaya ojo.
—Es el oficio. Observar carreteras, coches y gente. Sobre todo gente.
Y nos está observando a nosotros. Muy de cerca. Y sabe que le miro el bulto sin disimulo, pensó Reme.
—¿Y qué observas de nosotros? —se atrevió ella, apoyando el codo en la mesa y acercándose un poco más.
Nando no dudó.
—Que sois una pareja que todavía se busca con los ojos. Que hay química. Algo que no veo en la mayoría de matrimonios de tantos años. Que tu marido no puede dejar de mirarme y a ti se te transparentan los pezones de duros que los tienes. Y que estáis los dos calientes desde que he entrado por la puerta.
—¿Tan claro se nota? —tragué saliva.
—Cristalino. Las parejas que llevan décadas juntas ni se miran cuando comen. Vosotros no paráis de miraros. Y de mirarme la polla, para ser exactos.
Reme se rió, un poco escandalizada por la brutalidad de la palabra, pero también halagada. Le brillaban los ojos.
—¿Y tú tienes pareja? —preguntó, sin bajar el tono.
—Nada estable. La carretera no ayuda. Encuentros ocasionales, ya sabes.
—¿Qué tipo de encuentros? —bajé la voz.
Clavó la mirada en mí. Se pasó la lengua por el labio inferior, despacio.
—De todo. Según lo que pida el cuerpo. Áreas de servicio, polígonos... Chicas solas, parejas como vosotros, algún tío suelto. La gente busca compañía. Yo también, a veces. Y no soy muy exigente con quién me la chupa, si está bien hecho.
El aire se volvió eléctrico. A Reme se le escapó un jadeo pequeño. Yo noté cómo la polla me daba un tirón dentro del bañador.
—Por cierto —añadió—, si buscáis el área de cruising, no es esta. Demasiada luz, demasiada vigilancia.
Me ruboricé.
—¿Cómo...?
—No sois los primeros que se confunden. Se os ve el plan a la legua: los dos con la ropa mojada, mirándome como si fuera la carta del menú, tu mujer con la mano por debajo de la mesa que te está haciendo dios sabe qué. El sitio está tres kilómetros atrás, en el área de descanso. Sin gasolinera, sin luces, sin nadie.
Reme rió, nerviosa, retirando la mano de mi muslo.
—Bueno, nosotros solo...
—No tenéis que dar explicaciones —levantó la mano—. Lo entiendo perfectamente.
Lo sabe. Sabe exactamente a qué habíamos venido. Y le está poniendo también, se le ve el bulto crecer bajo el pantalón corto.
Reme fue directa, como siempre. Ella es la valiente, la que cruza las líneas que yo solo miro de lejos.
—¿Y si no buscáramos un área de cruising? ¿Y si solo quisiéramos conocer a alguien interesante? Alguien como tú, por ejemplo. Con esas manos, con esos brazos. Con lo que se te marca ahí abajo.
Lo dijo pausada, cálida, como quien ofrece un café después de cenar. En su boca lo prohibido se vuelve cotidiano. Y sin embargo la palabra «marca» había caído sobre la mesa como una piedra.
—¿Como yo? —preguntó él, sonriendo apenas.
—Exactamente como tú.
Intervine, nervioso pero excitado, el pulso retumbándome en las sienes y más abajo, con la polla tan dura que me dolía contra la costura del bañador seco.
—Lo que Reme intenta decir es que nos gustas. Sí, a los dos. A ella y a mí. Y no solo para verte de lejos.
Silencio. Nando nos miró. Primero a mí; sus ojos oscuros me recorrieron con una franqueza que me erizó la piel, deteniéndose un segundo en el bulto que ya no podía ni intentar disimular. Luego a ella, y se detuvo más tiempo: en los pechos bajo la camiseta húmeda, en los labios entreabiertos, en el brillo de sus ojos, en el pliegue de las piernas apretadas bajo la mesa.
—¿Los dos? —preguntó, con la voz más ronca—. A ver si nos entendemos, que aquí no hay que andarse con cursiladas. ¿Los dos me la queréis chupar? ¿O a ella me la follo yo y tú miras? ¿O ella me chupa la polla y tú también? Ponedle nombre a las cosas o no vamos a ningún lado.
Asentí. La garganta se me había cerrado. Reme respiró profundo, con las tetas subiendo y bajando bajo la camiseta.
—Los dos —logré decir—. Tú decides el orden. Yo la miro follar y también te la chupo, si me dejas. Ella se abre para ti. Y para mí después. Y a ver hasta dónde llegamos.
Respiró hondo. Vi cómo sopesaba opciones, calculaba riesgos, y vi el momento exacto en que decidió lanzarse. Se le marcó todavía más el bulto contra la tela del pantalón.
—Voy a ser honesto. Nunca he estado con un hombre, solo con mujeres. Alguna me la ha chupado alguna vez un tío en un baño de gasolinera, poco más. Pero no me importaría probarlo esta noche. Si es con vosotros. Si es tu mujer la que me abre la boca a tu polla mientras yo le como el coño, por decirlo claro, me apunto.
Lo ha dicho. Lo ha dicho y no se ha echado atrás. Va a pasar de verdad. Voy a tener la polla de este cabrón en la boca de mi mujer, y en la mía.
Sentí una mezcla de euforia y pánico. Reme me apretó la mano por debajo de la mesa, fuerte, porque sentía lo mismo: la incredulidad de ver una fantasía materializarse delante de los ojos. Con la otra mano, buscó bajo la mesa el muslo de Nando y lo apretó también.
—¿En serio? —sonrió ella, los ojos brillantes, la mano subiéndole a él por el muslo.
—En serio. Sois únicos. Así que ¿por qué no? La primera vez con una polla la quiero con una mujer delante que sepa lo que hace. Y tú tienes cara de saber lo que haces.
—Sé lo que hago —le dijo Reme, casi al oído—. Y sé lo que me gusta. Me gusta la polla dura, gorda, y me gusta tenerla dentro un rato largo. No de esos que se corren en tres minutos.
—Descuida —susurró él—. Aguanto.
—¿Dónde? —mi voz salió ronca.
Nando lo pensó, apretándose el bulto por encima del pantalón, ahora ya sin ningún disimulo.
—En el área de descanso, no. A estas horas puede haber otros y una mujer sola con dos tíos llama la atención. Pero conozco un polígono a diez minutos de aquí. Antiguo, con luces amarillas, casi vacío de noche. Aparcamos donde no llegan las cámaras. Tengo la cabina del camión: cama ancha, cortinas, aire acondicionado. Sitio de sobra para los tres, siempre que sepamos aprovecharlo. Más tranquilo que cualquier área de descanso.
—¿Y la guardia civil? —preguntó Reme, práctica, aunque le brillaban los ojos y tenía los muslos apretados uno contra otro.
—Pasan a veces, pero no se paran si no ven nada raro. Un camión con las luces apagadas y las cortinas echadas no llama la atención, aunque dentro esté tu mujer con dos pollas a la vez. He parado allí antes. Es seguro.
Reme se mordió el labio y me miró buscando confirmación. Asentí, tragando saliva.
—¿Y protección? —pregunté, obligándome a mantener la cabeza fría un segundo.
—Tengo condones en la cabina. Y estoy limpio, me hice análisis hace un mes.
—Nosotros también. Análisis hace seis semanas. Y usaremos condones. Siempre. Para follar y para mamársela, si acaba dentro de la boca.
—Siempre —repetí—. No se negocia.
—Las reglas están claras —asintió él—. Con condón me la mamáis y con condón se la meto a ella. Y si en algún momento cualquiera de los tres dice basta, se para. Se para y no pasa nada.
—Se para —confirmó Reme—. Esa es la única regla que importa.
Nos miramos los tres. El momento se alargó. Reme, sin apartar los ojos de él, le puso la mano encima del bulto por debajo de la mesa. Le apretó, sopesándolo, y se le escapó un jadeo casi inaudible al comprobar el tamaño real bajo la tela.
—Joder —murmuró—. Vaya polla que tienes.
—Toda tuya en un rato.
—Nuestra —corrigió ella, mirándome de reojo—. Toda nuestra.
—Entonces, ¿nos vemos allí? —dijo Nando—. Os guío.
—¿Vamos? —me miró Reme.
—Vamos.
***
Insistí en pagar la cena, más que nada por moverme y disimular la empalmada al levantarme. Salimos juntos al aparcamiento. El sol todavía estaba alto, aunque empezaba su descenso lento, tiñéndolo todo de ese dorado intenso del atardecer. Nando caminaba hacia su camión, un Volvo enorme y rojo que brillaba bajo las farolas recién encendidas. Nosotros, hacia el Corsa. Reme caminaba a mi lado con las piernas ligeramente separadas, como quien lleva la braguita empapada y no quiere que la tela se le pegue a los labios del coño.
Subí al coche. Reme se abrochó el cinturón, y noté que las manos le temblaban un poco. Puse las llaves en el contacto, pero no arranqué. Me miró y, sin decir nada, se subió la camiseta hasta el cuello, dejándose las tetas al aire dentro del coche. Los pezones estaban tan duros que parecían a punto de estallar, morenos, hinchados, brillantes de sudor.
—Tócamelas —susurró—. Antes de arrancar. Necesito que me toques.
Le puse una mano en un pecho y se lo apreté despacio, sintiendo el peso caliente, el pezón clavándose en el centro de mi palma. Con la otra mano le pellizqué el otro pezón, y ella gimió con la cabeza echada hacia atrás contra el reposacabezas.
—¿Estás segura? —pregunté en voz baja, sin dejar de acariciarla.
—Nerviosa —admitió—. Pero tengo el coño chorreando desde hace una hora. Sí. ¿Tú?
Le levanté la mano hasta los labios y la besé. Luego bajé la mía hasta la braguita del bikini y le rocé el bulto empapado. La tela estaba tan mojada que se le pegaba al coño dibujándole los labios hinchados. Le metí un dedo por debajo del elástico y le rocé el clítoris. Se estremeció.
—Nunca he estado tan seguro. La tengo dura desde que salimos de la playa. Pero si en cualquier momento quieres parar, paramos. Sin preguntas.
—Ya lo sé, bobo. Ya lo sé.
Algo en su mirada, una mezcla de miedo y determinación que conocía de memoria, me atravesó el pecho. Se inclinó despacio y me besó. Un beso suave al principio, sin urgencia, con esa familiaridad que contrastaba con todo lo desconocido que nos esperaba. Su lengua rozó la mía un instante y luego se metió del todo, cálida, húmeda, buscándome. Le acaricié el clítoris despacio, sintiendo cómo se le hinchaba bajo el dedo, cómo se le escapaba la respiración dentro de mi boca. Ella me buscó la polla por encima del bañador y me la apretó, gimiendo bajito.
—Te va a partir en dos —le dije al oído—. La lleva enorme. Le he visto el bulto.
—Ya lo he visto yo también. Y la he tocado por encima del pantalón. Pesa. Pesa mucho, Salva.
—¿Y qué vas a hacer con ella?
—Chupársela primero. Bien despacio. Que se ponga tan dura que le duela. Y luego que me la meta hasta el fondo. Y tú al lado, mirando. Diciéndome guarradas al oído.
—Y luego yo también.
—Y luego tú también. Se la chupamos los dos. Y después me la mete a mí mientras tú se la mamas por detrás si te deja. Todo lo que quieras. Todo.
Me acarició la mejilla con el dorso de la mano, los dedos recorriendo la barba de dos días, el pulgar deteniéndose en la comisura de mis labios como si quisiera memorizar cada arruga que el tiempo había dejado en mi cara. Sacó la mano de mi polla y se bajó la camiseta a duras penas por encima de las tetas todavía duras.
—Toda una vida juntos —susurró— y todavía me sorprendes.
—Y tú a mí.
—Entonces venga. Vamos. Antes de que se me arrepienta el coño.
Arranqué. El Corsa tosió y luego ronroneó. La hawaiana se balanceó sobre el tablero, pintura saltada, falda descolorida; pero nosotros ya no éramos los mismos que la habían recibido de regalo. Delante, las luces traseras del Volvo se encendieron.
Seguimos al camión hacia la salida, de vuelta a la autovía, hacia un polígono que diez minutos antes ni sabíamos que existía. Hacia lo desconocido, con la polla dura y el coño empapado. Juntos, como siempre.
Continuará...