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Relatos Ardientes

Lo que mi mujer y yo fuimos a buscar a la autovía

El termómetro del salpicadero marcaba treinta y dos grados cuando giré la llave. El Opel Corsa arrancó a la primera y la hawaiana de plástico se sacudió sobre el tablero como si bailara para nosotros. Pintura saltada, falda descolorida, un regalo de los mellizos de hace veinte años, cuando todavía éramos «papá» y «mamá» y no dos nombres en una agenda que se saludan por mensaje cada quince días.

El aire acondicionado funcionaba, y eso era casi un milagro. Aquel coche llevaba casi trescientos mil kilómetros encima y seguía escupiendo aire fresco, con un ruido de gato encerrado en una lavadora, pero enfriaba. Ya era más de lo que se podía pedir.

—Me estoy asando con este calor —resopló Reme, dejándose caer en el asiento del copiloto con ese estiramiento de gata que había perfeccionado con los años.

La camiseta blanca se le pegaba al cuerpo, empapada, dibujando cada curva bajo la tela. Apenas había cinco minutos de la arena al aparcamiento, pero el sol del mediodía había bastado para convertir el sudor en una película salada entre el algodón y la piel. Debajo no llevaba sujetador, solo la braguita negra del bikini marcándose en las caderas. Y los pezones, oscuros y erguidos por el frío del aire, se le transparentaban sin pudor. Después de tantos años, seguían siendo mi perdición.

Se le marca todo bajo la camiseta. Cuarenta años y todavía me pone como el primer día.

—¿Me refrescas? —añadió, con esa voz que usaba cuando quería provocarme. Un doble sentido que casi venía con subtítulos.

Metí primera y salí del aparcamiento de la playa de Agua Amarga. Arena en los pedales, olor a sal y a ese protector de marca blanca que huele a coco. Yo llevaba todavía el bañador mojado y una camiseta vieja de algodón.

—Yo siempre he preferido los helados artesanales —le dije, tomando la salida hacia la autovía—. Con textura, con historia.

Soltó una carcajada, de esas que le arrugaban los ojos.

—¿Me estás llamando artesanal o vieja?

—Te estoy llamando perfecta tal como eres.

Extendió la mano y me tocó el muslo. Sus dedos dejaron una huella pálida sobre la piel enrojecida por el sol. Un gesto pequeño, repetido desde que Hombres G sonaba en todas las radios. Pero esa tarde había algo más: una promesa.

—Después de cuarenta años, todavía sabes qué decir —murmuró, apretándome la pierna.

Me mira de reojo. Sabe perfectamente lo que le hace a mi cuerpo. Y yo sé lo que le pasa al suyo.

La carretera se extendía recta hacia el sur, entre campos de naranjos que parecían rezar con las hojas caídas, cansados del sol. El calor no era una temperatura: era un bicho pesado y pegajoso que se te sentaba en el pecho. El asfalto temblaba en la distancia, como si tuviera fiebre.

Reme llevaba los pies descalzos apoyados en el salpicadero, las uñas pintadas de rojo oscuro y algún resto de arena entre los dedos. En el tobillo, la pulsera de oro que nunca se quitaba: tres dijes diminutos, una A, una C y una P, las iniciales de los críos, ahora ya no tan críos. Las piernas seguían firmes, doradas, brillantes bajo la luz de la tarde.

—Cuatro horas sin ropa y ya echo de menos andar en pelotas —dijo de pronto, estirándose—. Esta camiseta me está torturando.

—Yo diría que cumple su función de maravilla. Desde aquí se ve perfectamente.

Me lanzó una mirada de reojo con esa sonrisa que prometía problemas.

—Guarro.

—Llevo décadas siéndolo. No voy a cambiar ahora.

—¿Sabes? —dijo bajando el parasol para mirarse en el espejito—. Aquel del tatuaje en el brazo tenía pinta de tener una conversación interesante. Aunque tú parecías más interesado en otra cosa. Se te empezaba a notar cuando hablabas con él.

Noté el calor subiéndome a las mejillas.

—¿Se me notaba?

—Salva, estábamos en pelotas. Se te notaba todo. No sé si él se dio cuenta, pero yo sí.

Me reí, medio avergonzado, medio excitado de admitirlo. Habíamos pasado la tarde en la playa nudista, tres horas tumbados entre cuerpos de todas las formas y edades. Y sí, algún que otro ejemplar que llamaba la atención. El del tatuaje era uno: cuarentón, fibroso, con ese bronceado de quien tiene tiempo de tumbarse al sol cada día.

Lee a escondidas en el móvil cada noche, creyendo que no me entero. Relatos de tríos, de parejas que comparten, de maduras con jóvenes. Y yo también los leo. Y los dos lo sabemos, aunque nunca lo digamos.

—¿Has leído algo interesante últimamente? —pregunté, tanteando.

Se quedó muy quieta un segundo. Luego sonrió.

—Hace unos días, uno sobre una pareja que paraba en la carretera. Me recordó a nosotros.

—¿Ah, sí? ¿Y qué hacía esa pareja?

—Digamos que no llegaron a casa tan rápido como pensaban.

El aire dentro del coche se volvió más denso. Ahora me miraba sin disimulo. Yo seguía con las manos en el volante, pero el pulso se me había disparado.

—A lo mejor deberíamos echar un vistazo —dije, con la voz más ronca de lo que pretendía—. Ver qué tienen esos sitios de carretera de los que tanto se habla.

—Mira que eres fino cuando quieres, Salva —rió.

—Soy un hombre refinado.

—Eres un guarrillo con labia.

—Eso también.

—Me pareció leer en un foro —siguió, midiendo las palabras— que los domingos por la tarde, en ciertas áreas de descanso, la gente no para precisamente a estirar las piernas.

Se me secó la garganta.

—Y tú, casualmente, te acuerdas del sitio exacto. Qué memoria para una mujer que pierde el móvil tres veces al día.

—Es cultura general, cariño. Dicen que es un sitio muy democrático.

—Democrático. O sea que no piden carné en la entrada. Ni de socio ni de edad.

—Exacto.

Su mano seguía en mi muslo, subiendo despacio por el interior, acercándose al borde del bañador.

—¿Y qué buscamos en esa democracia, Reme? —me atreví por fin—. ¿Público para ti, o compañía para mí?

Silencio. La hawaiana se balanceaba en el tablero. El aire acondicionado rugía.

—Puede que un poco de las dos cosas —dijo en voz baja—. Te gusta que te miren, eso ya lo sé. Pero dicen que en esos sitios los chicos son más atrevidos. Que no piden permiso.

—Que van directos.

—Eso.

Lo está diciendo. Está abriendo la puerta a lo que llevo meses, años quizá, deseando.

—Y si se acercan a ti estando yo delante —seguí, eligiendo cada palabra—, a lo mejor alguno se confunde y no sabe a cuál de los dos está provocando.

Soltó una carcajada cálida, sin burla.

—No se confunden, tonto. Saben perfectamente que el premio eres tú, no la señora que te acompaña. Yo soy el cebo, ¿no?

—Eres el tesoro —dije, emocionado—. Pero sí, a veces me gusta pensar que si vienen las avispas a la miel, alguna me picará a mí también. ¿Te importa?

Se subió un poco la camiseta, dejando ver la braguita del bikini, la tela marcándole cada curva. Se abanicó con la mano, despacio.

—Lo único que me importa es que no me dejes sola con los lobos. Si paramos, tú y yo somos un equipo. Si tocan, tocamos. Si miran, devolvemos la mirada. Siempre juntos. Eso no se negocia.

—Nunca se negocia.

La madre que me parió. Vamos a hacerlo de verdad.

***

Nos incorporamos a la autovía con tráfico ligero, domingo por la tarde, algún coche familiar cargado hasta los topes y camiones volviendo hacia el norte.

—¿Sabes dónde es? —preguntó Reme.

—Más o menos. Leí que era en el área de descanso, no en la de servicio. Sin gasolinera, sin luces, sin vigilancia.

—Discreto.

—Eso.

Aunque no estoy seguro del todo. Solo he leído menciones vagas. Y puede que esté confundiendo las áreas de descanso con las de servicio. Mierda.

Vi el cartel: «Área de servicio La Marina, 3 km». Me quedé paralizado un segundo.

—Según lo que leí —dije, intentando sonar seguro—, debería ser cerca de la zona de camiones. Más discreta que el aparcamiento principal.

Reme asintió. Lo que no dijo en voz alta fue el alivio que sintió. Las áreas de descanso, oscuras y apartadas, le daban algo de miedo: desconocidos sin testigos, sin escapatoria fácil. Pero un área de servicio, con luces y gente cerca, le parecía más segura. Mejor así, pensó. Yo lo entendí mucho después.

—Como quieras, cariño —dijo en voz alta—. Tú conduces.

Puse el intermitente. Clic, clic. El sonido se sincronizó con mis latidos. La hawaiana movía las caderas obscenamente cuando las ruedas rozaron la banda rugosa del arcén.

—Si esa muñeca levantara la cabeza... —murmuró Reme.

—Nos aplaudiría.

—O se moriría de envidia.

Tomé la salida. El área de servicio apareció como una isla de luz: gasolinera Cepsa con los surtidores brillando bajo las lámparas de sodio, una cafetería de ventanales enormes, familias saliendo con niños medio dormidos. Completamente inadecuado para lo que buscábamos.

Demasiada gente. Demasiadas luces. Me he equivocado de sitio.

Aparqué cerca de la cafetería, a la sombra de unos árboles, y apagué el motor.

—Bueno —dije, intentando sonar despreocupado—. ¿Cenamos algo?

Reme me miró con una mezcla de diversión, alivio y algo de decepción. Pero sobre todo ternura.

—Claro. Me muero de hambre.

Bajamos del coche. El calor nos envolvió como una manta húmeda después del aire acondicionado. Reme se estiró, los brazos por encima de la cabeza, y la camiseta se le subió dejando ver el bikini y la piel bronceada del vientre.

Un camionero que fumaba junto a los surtidores giró la cabeza y se quedó con el cigarro a medio camino de los labios. Un padre de familia hizo lo mismo hasta que su mujer le metió un codazo. Reme lo notó. Un amago de sonrisa asomó en sus labios y enderezó un poco más los hombros.

***

El interior de la cafetería era un choque térmico brutal, un aire acondicionado casi glacial, olor a café recalentado y fritura rancia. Nos sentamos junto a una ventana con vista al aparcamiento.

—Esto es como entrar en una nevera —dijo Reme, frotándose los brazos.

—Mejor que el infierno de fuera.

La camarera se acercó con cara de cansancio existencial y tomó nota sin levantar la vista: ensalada, dos bocadillos calientes, agua con gas y un refresco. Se alejó arrastrando los pies.

Miré alrededor. Familias con niños hiperactivos, una pareja joven pegada cada uno a su móvil, un par de camioneros solitarios mirando la pantalla. Nadie nos prestaba atención. Perfecto.

Y entonces entró él. Alto, moreno, treinta y pocos. Sacaba una cabeza a cualquiera en el local. Bronceado de trabajar al sol, no de tumbarse en la playa. Tatuajes asomando por el cuello de una camiseta blanca que se le ceñía a los hombros. Pantalón corto deportivo. Se movía con la seguridad despreocupada de quien sabe lo que tiene, o de quien no le importa nada.

Reme también lo había visto. Claro que lo había visto. El hombre pidió un café en la barra e intercambió un par de frases con el camarero sobre retenciones y rutas. Luego se sentó en un taburete a esperar.

—Ese chico tiene pinta de llevar buen paquete —murmuró Reme.

Levanté una ceja.

—¿Paquete? ¿En qué estás pensando exactamente?

—En su camión, claro. Habrá que tener sitio para tanto bulto. ¿En qué ibas a pensar tú?

—En lo mismo que tú, seguramente.

Ese tipo es exactamente lo que llevo meses leyendo. Joven, atlético, seguro de sí mismo. Y esos brazos. La madre que me parió.

Lo miré más tiempo del socialmente aceptable. Reme me observaba con una sonrisa pícara.

La comida llegó humeante y comimos con hambre real, la que deja una tarde entera de sol. Entre bocado y bocado, los dos echábamos miradas disimuladas hacia la barra. El camionero se quitó la gorra un momento para secarse el sudor de la nuca y se la volvió a poner. Reme dejó de masticar medio segundo. Yo tragué con dificultad.

El hombre levantó la vista justo entonces y nos pilló mirándolo. Sonrió. Nos guiñó un ojo. Luego terminó su café, dejó unas monedas en la barra y se levantó para irse.

Y entonces, antes de que el miedo me paralizara, lo hice.

—Oye, perdona.

Se giró, sorprendido.

—Nos has parecido interesante. Si tienes un rato antes de seguir ruta, ¿te apetece sentarte con nosotros?

Me evaluó con la mirada. Luego miró a Reme, que sonreía con calidez, y al asiento vacío. Su boca se curvó en una sonrisa lenta.

—¿Por qué no? Tiempo me sobra.

Acento del sur, voz grave. Caminó hasta la mesa y se sentó en el banco corrido, junto a Reme, frente a mí.

—Salva —dije, tendiéndole la mano—. Y ella es Reme.

—Nando —respondió, estrechándomela. El apretón duró medio segundo más de lo normal. Contacto visual directo. Algo pasó entre nosotros; no sabría decir qué, pero pasó.

Le dio un beso en la mejilla a Reme. Ella aspiró discretamente: sudor limpio, gasoil, colonia barata, algo joven y almizclado.

Huele a hombre. Crudo. Interesante, pensó ella.

—¿Volvéis de la playa? —preguntó Nando.

Reme señaló el bikini bajo la camiseta.

—¿Se nota mucho?

—Un poco. ¿Guardamar?

—Agua Amarga —dije—. La nudista.

Levantó las cejas.

—Valientes. Yo nunca me he atrevido.

—No es cuestión de valentía —se inclinó Reme, pícara—. Son ganas de andar en pelotas.

La miró con interés renovado.

—Pues parece que tenéis muchas ganas.

Está coqueteando con él. Delante de mí. Y me encanta.

—¿Y tú de dónde vienes? —pregunté.

—Del puerto de Valencia. Llevo un contenedor a Cartagena. He parado a cenar antes de seguir.

—Vaya viaje —dijo Reme.

—Como vosotros con ese Corsa de ahí fuera. Vi la pegatina al aparcar: «Veinte años rodando» y una matrícula vieja. No hace falta ser listo.

—Vaya ojo.

—Es el oficio. Observar carreteras, coches y gente.

Y nos está observando a nosotros. Muy de cerca, pensó Reme.

—¿Y qué observas de nosotros? —se atrevió ella.

Nando no dudó.

—Que sois una pareja que todavía se busca con los ojos. Que hay química. Algo que no veo en la mayoría de matrimonios de tantos años.

—¿Tantos años? ¿Se nota? —tragué saliva.

—No es una crítica. Las parejas que llevan décadas juntas ni se miran cuando comen. Vosotros no paráis de miraros. Y de mirar alrededor.

—¿Y tú tienes pareja? —preguntó Reme.

—Nada estable. La carretera no ayuda. Encuentros ocasionales, ya sabes.

—¿Qué tipo de encuentros? —bajé la voz.

Clavó la mirada en mí.

—De todo. Según lo que pida el cuerpo. Áreas de servicio, polígonos... La gente busca compañía. Yo también, a veces.

El aire se volvió eléctrico.

—Por cierto —añadió—, si buscáis el área de cruising, no es esta. Demasiada luz, demasiada vigilancia.

Me ruboricé.

—¿Cómo...?

—No sois los primeros que se confunden. El sitio está tres kilómetros atrás, en el área de descanso. Sin gasolinera, sin luces, sin nadie.

Reme rió, nerviosa.

—Bueno, nosotros solo...

—No tenéis que dar explicaciones —levantó la mano—. Lo entiendo.

Lo sabe. Sabe exactamente a qué habíamos venido.

Reme fue directa, como siempre. Ella es la valiente, la que cruza las líneas que yo solo miro de lejos.

—¿Y si no buscáramos un área de cruising? ¿Y si solo quisiéramos conocer a alguien interesante?

Lo dijo pausada, cálida, como quien ofrece un café después de cenar. En su boca lo prohibido se vuelve cotidiano.

—¿Como yo? —preguntó él.

—Exactamente como tú.

Intervine, nervioso pero excitado, el pulso retumbándome en las sienes y más abajo.

—Lo que Reme intenta decir es que nos gustas. Sí, a los dos.

Silencio. Nando nos miró. Primero a mí; sus ojos oscuros me recorrieron con una franqueza que me erizó la piel. Luego a ella, y se detuvo más tiempo: en los pechos bajo la camiseta húmeda, en los labios entreabiertos, en el brillo de sus ojos.

—¿Los dos? —preguntó.

Asentí. La garganta se me había cerrado.

—Los dos —logré decir.

Respiró hondo. Vi cómo sopesaba opciones, calculaba riesgos, y vi el momento exacto en que decidió lanzarse.

—Voy a ser honesto. Nunca he estado con un hombre, solo con mujeres. Pero no me importaría probarlo esta noche. Si es con vosotros.

Lo ha dicho. Lo ha dicho y no se ha echado atrás. Va a pasar de verdad.

Sentí una mezcla de euforia y pánico. Reme me apretó la mano por debajo de la mesa, fuerte, porque sentía lo mismo: la incredulidad de ver una fantasía materializarse delante de los ojos.

—¿En serio? —sonrió ella, los ojos brillantes.

—En serio. Sois únicos. Así que ¿por qué no?

—¿Dónde? —mi voz salió ronca.

Nando lo pensó.

—En el área de descanso, no. A estas horas puede haber otros. Pero conozco un polígono a diez minutos de aquí. Antiguo, con luces amarillas, casi vacío de noche. Aparcamos donde no llegan las cámaras. Más tranquilo que cualquier área de descanso.

—¿Y la guardia civil? —preguntó Reme, práctica, aunque le brillaban los ojos.

—Pasan a veces, pero no se paran si no ven nada raro. Un camión con las luces apagadas no llama la atención. He parado allí antes. Es seguro.

Reme se mordió el labio y me miró buscando confirmación. Asentí.

—¿Y protección? —pregunté.

—Tengo condones en la cabina. Y estoy limpio, me hice análisis hace un mes.

—Nosotros también. Análisis hace seis semanas. Y usaremos condones. Siempre.

—Siempre —repetí—. No se negocia.

—Las reglas están claras —asintió él.

Nos miramos los tres. El momento se alargó.

—Entonces, ¿nos vemos allí? —dijo Nando—. Os guío.

—¿Vamos? —me miró Reme.

—Vamos.

***

Insistí en pagar la cena. Salimos juntos al aparcamiento. El sol todavía estaba alto, aunque empezaba su descenso lento, tiñéndolo todo de ese dorado intenso del atardecer. Nando caminaba hacia su camión, un Volvo enorme y rojo que brillaba bajo las farolas recién encendidas. Nosotros, hacia el Corsa.

Subí al coche. Reme se abrochó el cinturón, y noté que las manos le temblaban un poco. Puse las llaves en el contacto, pero no arranqué.

—¿Estás segura? —pregunté en voz baja.

—Nerviosa —admitió—. Pero sí. ¿Tú?

Le levanté la mano hasta los labios y la besé.

—Nunca he estado tan seguro. Pero si en cualquier momento quieres parar, paramos. Sin preguntas.

Algo en su mirada, una mezcla de miedo y determinación que conocía de memoria, me atravesó el pecho. Se inclinó despacio y me besó. Un beso suave al principio, sin urgencia, con esa familiaridad que contrastaba con todo lo desconocido que nos esperaba. Su lengua rozó la mía un instante, un contacto fugaz que me recordó que esto lo haríamos juntos. Que pasara lo que pasara en aquella cabina, ella estaría conmigo.

Me acarició la mejilla con el dorso de la mano, los dedos recorriendo la barba de dos días, el pulgar deteniéndose en la comisura de mis labios como si quisiera memorizar cada arruga que el tiempo había dejado en mi cara.

—Toda una vida juntos —susurró— y todavía me sorprendes.

—Y tú a mí.

—Entonces venga. Vamos.

Arranqué. El Corsa tosió y luego ronroneó. La hawaiana se balanceó sobre el tablero, pintura saltada, falda descolorida; pero nosotros ya no éramos los mismos que la habían recibido de regalo. Delante, las luces traseras del Volvo se encendieron.

Seguimos al camión hacia la salida, de vuelta a la autovía, hacia un polígono que diez minutos antes ni sabíamos que existía. Hacia lo desconocido. Juntos, como siempre.

Continuará...

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Comentarios (5)

CamperoSur77

Que relato!!! me tuvo enganchado de principio a fin

Naxo64

Muy bueno. Se viene segunda parte? quede con ganas de saber como termino todo

AlejandraCba

Me recordo un viaje largo que hice hace años por la ruta, hay cosas que pasan en esas paradas que nadie cuenta jaja. Buenísimo

SebasVial

increible la intro, engancho de una

GaboLect77

La tensión del comienzo está muy bien lograda, se siente la emoción de los dos. Muy bien escrito

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