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Relatos Ardientes

Cinco días, cinco amantes y una mala decisión

Ayer me acosté con mi exmujer. Ya sé que no fue la idea más brillante de mi vida, pero algo tenía que hacer después de lo de la noche anterior, cuando la arrinconé contra la pared de un portal mugriento, le bajé los pantalones a tirones y le prometí, entre lametón y lametón, que en cuanto tuviera una cama decente y un condón a mano la iba a follar hasta dejarle las piernas temblando.

No fue el polvo del siglo. Entre otras cosas porque los estragos de la borrachera de la víspera todavía me pasaban factura, y mi cuerpo respondía con la misma elegancia que una lavadora vieja. Pero fue lo bastante presentable como para que ella se corriera entre espasmos y chillidos ahogados.

El problema es la cara que pone ahora. Esa cara de a lo mejor hay suerte y lo volvemos a intentar que me provoca un pánico difícil de exagerar. Solo me queda confiar en que recuerde lo mal marido que fui en su día, y lo golfo que sigo siendo hoy, y se le pasen las ganas. Pero conociendo a las mujeres en general, y a esta en particular, mis esperanzas de que razone con lógica son más bien escasas.

Y lo malo es que cuando una mujer empieza a mirarte así, ya no hay forma elegante de salir. Te ve recogiendo tu camiseta del suelo y le brillan los ojos con planes de domingo, de comidas con su madre, de ese «podríamos darnos otra oportunidad» que suena tan bonito y termina siempre igual. Yo conozco la película. La protagonicé durante años y la dejé a medias, y no tengo ninguna gana de rodar la secuela.

Es un problema, supongo. Lo malo es que no es el único.

***

El martes por la tarde quedé con dos desconocidos por una de esas aplicaciones que ya se imaginan. Me presenté en su casa con las medias de rejilla, el corpiño de leopardo y el tanga más descarado que tengo, todo escondido bajo el chándal y la sudadera como un regalo mal envuelto. La cara que pusieron cuando me quité la ropa de calle valió la pena.

Aquello los animó lo suficiente como para ofrecerme, además de sus pollas tiesas, sus bocas y sus manos ansiosas, cierta variedad de sustancias estimulantes que no suelo consumir. El detalle es que, cuando me las sirven como Dios manda —espolvoreadas sobre un buen rabo o embadurnadas en unos labios golosos—, no las sé rechazar. Nunca fui bueno diciendo que no a casi nada.

Me lo pasé muy bien, eso no lo voy a negar. No daré muchos detalles de lo que hicimos, y no por pudor, que me queda tan poco que lo reservo para las emergencias, sino porque entre la emoción del momento, la oscuridad del cuarto, el calor del whisky y el resto del cóctel, no puedo asegurar con exactitud qué pasó, ni cómo, ni si hubo condones por medio.

Sí recuerdo, eso sí, fragmentos sueltos. Una mano grande apretándome la nuca contra el colchón. Una risa baja al otro lado de la cama. El sabor metálico de algo en la lengua y la sensación de que el techo respiraba. Los recuerdos llegan así, en trozos, como las fotos rotas de una noche que prefiero no recomponer del todo.

El único dato fiable es que, de vuelta a casa, noté que algo espeso y caliente me resbalaba por la cara interna del muslo. No es precisamente la clase de souvenir que tranquiliza a una persona sensata. Y yo, a estas alturas, ya ni presumo de serlo.

***

Tal vez no debería haber ido a esa cita, si lo pienso bien. Porque el lunes había compartido una tarde de pasión con un hombre. Casado, sí, pero encantador, amable, cariñoso y dotado con una herramienta incansablemente eficaz en sus tareas.

En pleno fragor, con sus manos amasándome el pecho, su polla clavada hasta el fondo y los ojos brillándole de una manera que me pareció, si no amor, sí un sucedáneo más que aceptable, le prometí no volver a quedar con nadie más que con él. Le juré que así podría beberse mi leche siempre que se le antojara, sin tener que preocuparse por pillar uno de esos bichos microscópicos que viajan de boca en boca, y aún más de polla en culo.

Porque este hombretón, hay que decirlo en su honor, suma a sus innumerables virtudes una afición muy bienvenida: la de llevarme al clímax a lametazo limpio y dejarme limpio a mí, valga la redundancia, hasta la última gota. Ya se pueden morir de envidia.

Y ahora no sé con qué cara le explico que es posible —solo posible— que haya estado follando a pelo con dos desconocidos mientras un combinado de sustancias potencialmente mortal me trastornaba ligeramente el sentido común. Suponiendo que me quede algo de sentido común que trastornar.

***

Con esa ansiedad metida en el cuerpo me desperté el miércoles. Y llevado de los nervios, y de esa idea peregrina cuando no directamente suicida de que «de perdidos, al río», me lancé otra vez a los recovecos del amor bandolero a ver qué encontraba.

Acabé, no sé muy bien cómo, en la cama de un transformista de rostro pálido y maquillado como un bailarín de kabuki. Me sometió a los duros rigores —y sí, va con segundas— de una polla gruesa hasta lo monstruoso, dejándome el ano hecho una piltrafa y la garganta en carne viva.

Se divirtió de lo lindo, debo añadirlo en honor a la verdad y en detrimento de mi honra, pellizcándome los pezones con sadismo, pisándome las pelotas y regándome con un florido catálogo de insultos mientras me eyaculaba en la cara. Lo peor es que en aquel momento me encantó.

Cuando terminó, me sirvió un vaso de agua y me preguntó si estaba bien con una ternura tan fuera de lugar que casi me dio la risa. Así es esto: la misma boca que te escupe «cerdo» mientras te embiste te ofrece después un cojín para la espalda. Me vestí en silencio, con el cuerpo molido y esa rara satisfacción de quien ha sobrevivido a algo, y bajé las escaleras agarrándome a la barandilla.

No es la vergüenza lo que me atormenta ahora, que esa la tengo bastante curtida. Es el hecho de llevar varios días cagando sangre con una regularidad que ya empieza a parecer una rutina. Y eso, hasta para alguien tan poco aprensivo como yo, es difícil de ignorar.

***

Y todo esto sin dejar de dejarme querer, aunque de momento solo por mensajes, por una compañera de trabajo de ojos soñadores, pecho generoso y trasero interminable. Por lo visto está abierta al amor, aunque sea en secreto, porque su marido no le cubre las necesidades ni emocionales ni sexuales.

No me sorprende demasiado. Juraría que para satisfacer del todo a una mujer así harían falta dos hombres en buena forma, un caballo percherón y un martillo neumático tirando por lo bajo. Su marido, pobre, parte con desventaja.

Solo falta que el buen señor encuentre un día de estos uno de nuestros chats llenos de poesía sutil. «Con lo buena que estás te comería entera hasta año nuevo», «me muero por que me folles y saber lo que es un hombre de verdad», y otras perlas literarias del mismo nivel. Y que resulte ser, para mi desgracia, menos abierto de mente que yo. Y, lo que sería peor, más diestro con los puños que con cualquier otra cosa.

Y lo gracioso es que la deseo de verdad. Más que a ninguno de los otros, si soy sincero. Hay algo en cómo escribe, en esa mezcla de descaro y miedo, que me tiene enganchado como un crío. Cada vez que el teléfono vibra el corazón me da un vuelco, y luego me odio un poco por seguir comportándome como si tuviera dieciocho años y todo el tiempo del mundo por delante.

Sería triste, la verdad, acabar a hostias con un tipo celoso por unos polvos que ni siquiera he llegado a echarle a su mujer. Hay finales más dignos para una carrera como la mía.

Aunque, mirándolo con perspectiva, tampoco estoy en condiciones de exigir un final digno. Cinco días, cinco camas, y un cuerpo que empieza a pasarme la factura de todas a la vez. A lo mejor el celoso de los puños solo sería el último de una larga lista de cosas que se me han ido acumulando esta semana sin que yo quisiera mirarlas de frente.

***

Una voz seca y autoritaria me saca de mis pensamientos.

—A ver. ¿Y qué dice usted que se ha tomado exactamente?

—A ver… —empiezo, contando con los dedos—. Tres cervezas. No, cuatro. Un chupito de orujo. Una hamburguesa. Y el coño de una puta.

El tipo me mira con cara de muy pocos amigos. No estaba bromeando con la lista, pero constato, una vez más, que los policías carecen por completo de sentido del humor. Tampoco parecen apreciar el esfuerzo que supone resumir una semana entera en cinco renglones.

Esto no pinta bien. Nada bien.

Vaya semanita llevo. Y eso que todavía estamos a viernes.

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Comentarios (5)

Javi_Cba

jajaja solo el primer parrafo ya vale la pena, tremendo arranque. Segui asi!!

PabloLector77

Por favor contanos como termino todo eso, muy enganchante. Me quede con ganas de mas

TomásC_lec

Me recordó a una época que prefiero no mencionar jaja. Muy autentico el tono, se nota que es real

Lector_tranquilo

excelente!!

Miguelón77

Me gustó mucho que el tipo no trata de verse bien en ningun momento, eso lo hace muy creible. Sigan subiendo más relatos así

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