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Relatos Ardientes

Mi mujer planeó el trío que nunca me atreví a pedir

Soy un tipo de lo más corriente. Casado, dos críos que corretean por casa, una hipoteca y una mujer a la que adoro hasta decir basta. Nunca se me habría pasado por la cabeza engañarla. Lo que sí hacía, casi como un juego, era soltarle bromas en la cama sobre montar un trío con alguna de sus amigas.

—Imagínate una noche con Bea —le decía al oído—. O con Carla, que cada vez que se agacha me cuesta mirar a otro lado.

Ella siempre se reía y me cortaba en seco con la misma respuesta.

—A mí las mujeres no me van, cielo. Ni de broma. —Y añadía, divertida—: Es como si yo te pidiera a ti que te liaras con un hombre. ¿A que no?

Yo me reía con ella y le decía que claro que no, que era una tontería. Pero por dentro, cada vez que lo mencionaba, algo se me removía de una forma que no sabía explicar. Lo enterraba enseguida y seguíamos con lo nuestro.

Era solo una fantasía. Nadie fantasea con que se cumpla de verdad.

Por nuestro décimo aniversario decidimos escaparnos un fin de semana, los dos solos, sin niños ni horarios. Reservamos un hotelito pequeño y bonito en Almuñécar, de esos con las paredes encaladas y vistas al mar desde la terraza. La idea era dormir hasta tarde, comer bien y reencontrarnos como cuando éramos novios.

***

La primera noche bajamos a tomar algo al bar del hotel. Mi mujer se había puesto un vestido negro que no le conocía y un perfume distinto al de siempre. Estaba guapísima, y se la veía tranquila, como quien sabe algo que tú todavía ignoras.

Estábamos terminando la segunda copa cuando entró una mujer en el bar. Alta, morena, con un vestido granate que se le ajustaba a cada curva. Caminaba sin prisa, segura, como si el sitio fuera suyo. Lo que me dejó helado fue que vino derecha a nuestra mesa.

—Hola —dijo, y le sonrió a mi mujer.

Y mi mujer le devolvió la sonrisa. No la sonrisa cortés de quien saluda a una desconocida, sino la de quien lleva tiempo esperando ese momento. Se me secó la boca. No dije nada. No supe qué decir.

—Esta es Vera —me presentó ella con una calma que me puso nervioso—. Hemos hablado bastante estas últimas semanas.

Vera me tendió la mano y me la estrechó despacio, mirándome a los ojos. Yo balbuceé un hola y miré a mi mujer buscando una explicación que no llegó. Terminamos las copas casi en silencio. Mi mujer pagó sin consultarme, se levantó y dijo, como si fuera lo más natural del mundo:

—Vamos a la habitación.

***

Subimos los tres en el ascensor. Yo notaba el corazón en la garganta, sin saber si aquello era una broma elaborada o algo que de verdad estaba a punto de pasar. Mi mujer abrió la puerta, encendió una lámpara de luz cálida y se giró hacia Vera.

Y entonces, delante de mí, se besaron.

No fue un beso tímido. Fue un beso largo, de manos en la nuca y respiraciones entrecortadas, de quien ya ha imaginado mil veces cómo sería. Me quedé clavado junto a la cama, sin poder apartar la vista, con una mezcla de vergüenza y excitación que me subía por el pecho.

—Siéntate ahí —me dijo mi mujer sin dejar de abrazarla, señalando la butaca del rincón—. Pórtate bien y mira. Te has pasado años pidiéndome esto. Hoy te lo doy.

Obedecí. Me senté con las manos sobre las rodillas, notando ya la tela del pantalón tensa, incapaz de creer lo que tenía delante.

Las vi acariciarse despacio. Vera le bajó los tirantes del vestido a mi mujer y le recorrió los hombros con los labios. Mi mujer cerraba los ojos y echaba la cabeza hacia atrás, dejándose hacer, soltando suspiros que yo conocía de memoria pero que nunca le había provocado nadie que no fuera yo. Me miraba de reojo de vez en cuando, con una sonrisa entre cruel y cariñosa, como diciéndome: mira lo que te estás perdiendo, mira lo que decidí regalarte.

Vera la tumbó en la cama y se colocó sobre ella. Le besó el cuello, el pecho, el vientre, bajando con una lentitud que me hacía apretar los puños. Mi mujer jadeaba, arqueaba la espalda, me buscaba con la mirada para asegurarse de que no me perdía ni un detalle. La habitación se llenó de un olor cálido, íntimo, de piel y deseo.

—Ven —me dijo entonces ella, tendiéndome la mano—. Ahora sí. Ven aquí.

***

Me acerqué temblando, como si las piernas no fueran mías. Me arrodillé junto a la cama y mi mujer me atrajo para besarme. Saboreé en su boca el rastro de la otra, y en lugar de molestarme, me encendió de una manera que no reconocía en mí.

—Gracias —le susurré, sin saber muy bien por qué lo decía—. Gracias por esto.

Ella me acarició el pelo y me empujó suave hacia abajo. La obedecí. Mi lengua se encontró con la de Vera en el mismo punto, las dos a la vez, y mi mujer gimió de una forma que no le había oído nunca. Me sentía sucio y feliz al mismo tiempo, humillado por mi propia entrega y, aun así, incapaz de parar.

—Nunca pensé que llegaríamos a esto —murmuré contra su piel, mirándola hacia arriba.

Y justo entonces fue cuando todo cambió.

Vera se incorporó. Se puso de pie frente a mí, sin prisa, sonriendo con una seguridad que me dejó sin aire. Se bajó la ropa interior despacio. Y lo que apareció ante mis ojos no era lo que yo había dado por hecho toda la noche.

Me quedé congelado, de rodillas, con la cara todavía húmeda y el corazón a mil. Levanté la vista hacia mi mujer, buscando que me dijera que era una confusión, que aquello no iba conmigo. Pero ella me sostenía la mirada con una calma absoluta.

—Yo cumplí el tuyo, amor —me dijo en voz baja, acariciándome la mejilla—. Ahora vas a cumplir el mío. El que nunca me atreví a contarte.

***

Quise apartarme. Yo no soy así, yo nunca he querido esto, me repetía. Pero mi cuerpo me traicionaba: notaba la respiración acelerada, el calor en la cara, una mezcla de pánico y de algo más que no quería nombrar.

—No tengas miedo —me susurró mi mujer al oído, con la voz ronca—. Llevas años imaginando un trío. Esto también es un trío. Solo que en este no eres tú quien manda.

Vera me rozó los labios y se rió bajito.

—Tu mujer me ha hablado mucho de ti —dijo—. Dice que pones esta misma cara cada vez que sacas el tema y luego te haces el digno. Hoy no hay dónde esconderse.

Tragué saliva. Mi mujer me besó el cuello, me mordió el lóbulo de la oreja, deslizó la mano por mi entrepierna y apretó por encima de la tela.

—Mira cómo estás —dijo, y noté la sonrisa en su voz—. No me puedes engañar a mí. Te conozco mejor que tú mismo.

Tenía razón, y eso era lo que más me avergonzaba. Cedí. No porque me forzaran, sino porque una parte de mí, esa que había enterrado durante años bajo las bromas, llevaba demasiado tiempo esperando que alguien decidiera por mí.

Lo que vino después lo recuerdo a trozos, entre la vergüenza y un placer que no sabía que existía. Mi mujer no me soltó la mano en ningún momento. Me hablaba al oído, me decía que estaba orgullosa de mí, que por fin me veía entero, sin caretas. Cada vez que el pudor amenazaba con paralizarme, ella estaba ahí para empujarme un poco más allá, con una ternura que volvía soportable la humillación. Que la volvía, incluso, deseable.

—Así, mi vida —me susurraba—. No te frenes. Hoy no hace falta que finjas nada.

Me corrí sin que apenas nadie me tocara, solo de la intensidad de sentirme expuesto, dueño de nada, entregado a las dos. Me dejé caer sobre la cama, temblando, con la respiración rota, esperando que el peso de lo que acababa de hacer me aplastara.

Pero no llegó. En su lugar, mi mujer se tumbó a mi lado y me abrazó por la espalda, pegándose a mí, besándome la nuca empapada de sudor.

***

Nos quedamos los tres en silencio un buen rato, escuchando el rumor del mar que entraba por la ventana entreabierta. Vera fue la primera en levantarse. Se vistió sin prisa, nos sonrió desde la puerta y se marchó tan tranquila como había llegado, sin promesas ni teléfonos, como si supiera que lo que tenía que pasar ya había pasado.

Cuando nos quedamos solos, me giré hacia mi mujer. Tenía mil preguntas y no me salía ninguna.

—¿Cómo…? —fue lo único que articulé.

—Llevabas años pidiéndomelo de mil formas distintas —me dijo, acariciándome el pecho—. Y yo llevaba años imaginando otra cosa que no me atrevía a decirte. Un día pensé: ¿y si lo cumplimos los dos a la vez? —Hizo una pausa y me miró con una seriedad nueva—. ¿Te ha gustado?

Tardé en responder. Podía mentir, hacerme el incómodo, recuperar mi papel de marido normal y corriente. Pero después de aquella noche ya no tenía sentido.

—Sí —admití en voz baja—. Me ha gustado más de lo que jamás reconoceré delante de nadie que no seas tú.

Ella sonrió, satisfecha, y me besó despacio. Fuera, el cielo empezaba a clarear sobre el agua.

—Pues esto —me susurró contra los labios— solo es el principio.

Volvimos a casa el domingo, recogimos a los niños de casa de mis suegros y retomamos nuestra vida de siempre: las cenas, los baños, los deberes, las rutinas. Nadie que nos viera empujando el carro del súper imaginaría nada. Pero esa noche, cuando los críos ya dormían, mi mujer se acercó a mí en la cocina, me rodeó la cintura por detrás y me preguntó al oído si me acordaba de la promesa que me había hecho en Almuñécar.

Le dije que sí. Y, por primera vez en mi vida, fui yo quien no puso ninguna excusa.

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Comentarios (6)

Sebas_mdp

Que buen relato, me tuvo pegado hasta el final. Hay que tener una mujer muy especial para eso jaja!

CaroLectora

Me encanto como lo narraste, se siente autentico de verdad. Esperando mas historias tuyas!

DiegoRv

tremendo!!! de los mejores que lei ultimamente

Lautaro_982

Me recordo a unas vacaciones que tuve hace un par de años, aunque lo mio no estuvo tan bien planeado como esto jeje. Muy bueno el relato, muy bien contado todo.

NatySV

Las mujeres a veces nos sorprendemos a nosotras mismas eh :) Muy buen relato

PatricioV88

Y como reaccionaste cuando te fuiste dando cuenta del plan? esa parte me llevo. Muy bueno

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