Lo que confesamos en la casa de la playa cambió todo
Habían pasado casi tres semanas desde aquella tarde que Iván no conseguía sacarse de la cabeza. Desde entonces, él, Tomás y Carla se habían visto un par de veces más, siempre a escondidas, siempre con la misma excusa boba: «quedamos para tomar algo». Las cervezas terminaban tibias y olvidadas sobre cualquier mesa, y los tres acababan enredados en el asiento trasero del coche de Tomás o en el piso pequeño de Carla, con las ventanas empañadas y la ropa tirada por el suelo, con la polla de uno metida en la boca de Carla mientras el otro se la follaba por detrás.
Iván tenía un problema, y se llamaba Marina. Su novia oficial desde hacía poco más de un año. Rubia, alta, con unas piernas que no terminaban nunca y un cuerpo trabajado a base de gimnasio que hacía girar cabezas en cualquier lado. Marina era intensa en la cama, de las que clavan las uñas y muerden, pero siempre dentro de un guion conocido, de lo que ella consideraba normal. Iván jamás se había atrevido a contarle sus fantasías más turbias. Mucho menos lo que pasaba con sus dos amigos cada vez que se quedaban solos.
Hasta que apareció el fin de semana perfecto para empezar a contárselo.
Iván había alquilado una casa pequeña en Punta Mareta, justo frente al mar, con una terraza de madera y una playa casi privada que se abría al final de un sendero de arena. Le dijo a Marina que serían solo ellos dos. Romántico, salvaje, desconectados del mundo. Lo que no le contó es que Carla, con la excusa de «pasar a saludar un rato», aparecería el sábado por la tarde. Y Tomás había declinado con una sonrisa torcida: «Esta vez os dejo a vosotros, ya me contaréis».
Marina llegó el viernes de noche, cansada del viaje y con ganas de nada y de todo a la vez. Apenas cruzaron el umbral, Iván la empujó contra la pared del recibidor. Le subió el vestido sin paciencia, le apartó la tela de las bragas con dos dedos y se los metió hasta el fondo, encontrándola ya mojada. Marina gimió y le mordió el labio inferior.
—Me has echado de menos —jadeó ella, agarrándose a sus hombros.
—No tienes ni idea —respondió él, sacándose la polla del pantalón con la otra mano.
La levantó por los muslos, la pegó al yeso frío y se la clavó de una sola embestida, hasta el fondo. Marina soltó un grito ahogado. Iván empezó a follársela así, de pie, sosteniéndole todo el peso, empujando con las caderas cada vez más fuerte, cada vez más hondo. Ella le hincaba las uñas en la espalda y le mordía el cuello mientras notaba cómo la verga de él la abría por dentro después de tantos días.
—Más, más fuerte, joder —le pedía Marina al oído—. Rómpeme.
Iván la bajó al suelo, la puso a cuatro patas sobre la alfombra del recibidor y volvió a metérsela de golpe por detrás. Le agarró el pelo rubio y tiró, arqueándole la espalda, follándosela con la rabia de tres semanas contenidas. Marina se corrió la primera vez casi enseguida, apretando el coño alrededor de su polla, temblando de arriba abajo. Iván no paró. Le pasó la mano por delante, le buscó el clítoris hinchado y empezó a frotárselo mientras la seguía embistiendo.
—Otra vez —le gruñó—. Córrete otra vez para mí.
Marina se corrió una segunda vez, gritando contra la alfombra, y solo entonces Iván se dejó ir dentro de ella con un rugido, vaciándose hasta la última gota. Los dos resbalaron al suelo, la espalda de Marina contra el yeso, el semen escurriéndole por el muslo. Esa noche durmieron poco: Iván se la volvió a follar en la cama, boca arriba, con las piernas de ella sobre sus hombros, y una tercera vez de madrugada, ella medio dormida, montada encima. Si supiera lo que estoy a punto de proponerle, pensó Iván mientras la veía dormir, la sábana enredada en una pierna y su corrida todavía secándosele entre los muslos.
***
El sábado amaneció limpio y azul. Desayunaron en la terraza, café y fruta, con el ruido de las olas de fondo y la brisa moviendo el mantel. Marina llevaba solo una camiseta de él y nada más. Iván la miraba y pensaba que quizá no hacía falta complicarlo todo, que podían quedarse así para siempre.
Entonces sonó el timbre.
Carla apareció en la puerta con una bolsa de playa al hombro y una sonrisa de inocencia ensayada. Morena, de curvas rotundas, con un pareo atado a la cadera que dejaba ver el bikini debajo, las tetas grandes desbordando por arriba del triángulo de tela.
—¡Sorpresa! —dijo—. Iván me comentó que veníais por aquí y pensé en robaros el día. Si os molesto, me voy ahora mismo.
Marina frunció el ceño apenas un segundo. Pero era difícil enfadarse con Carla, que siempre había sido amable con ella, que la abrazaba fuerte y le hacía reír.
—Claro que no, cuanta más gente mejor —dijo Marina, y le devolvió la sonrisa.
Aun así, algo en la mirada rápida que cruzaron Iván y Carla le quedó atravesado, como una nota desafinada que no supo ubicar.
Pasaron la mañana en la playa del sendero. Bikinis mínimos, piel salada, cervezas sacadas de una nevera portátil. Carla no perdía ocasión de rozarse «sin querer» contra Iván al salir del agua, o de inclinarse a recoger algo justo cuando Marina miraba, dejando que el top apenas le tapara los pezones oscuros. Marina lo notaba. No decía nada, pero lo notaba, y una parte de ella, en lugar de molestarse, empezó a observar con una atención que no terminaba de entender, sintiendo un cosquilleo raro entre las piernas cada vez que veía a Carla lamerse una gota de cerveza del labio.
***
Por la tarde volvieron a la casa con la piel caliente y arenosa. El ambiente ya venía cargado desde la playa, y las tres copas de vino blanco que abrieron al caer el sol no hicieron más que encender la mecha. Música baja, persianas a media altura, la luz dorada del final del día filtrándose por las rendijas. Carla se dejó caer en el sofá grande, justo en el hueco entre los dos.
—¿Sabéis qué echo de menos? —dijo, la voz untada de algo que Marina no supo nombrar. Su mano se posó en el muslo de Marina como si fuera el gesto más natural del mundo—. Una tarde como la que pasamos Iván, Tomás y yo hace unas semanas. Fue… intensa. De las que no se olvidan.
Marina se puso rígida.
—¿Qué tarde?
Iván tragó saliva. Sintió el calor subirle por el cuello. Carla giró la cara hacia Marina, los labios curvados en una sonrisa sin culpa.
—Una en la que tu novio se dejó llevar como nunca. Me folló mientras yo se la chupaba a Tomás. Y después Tomás se lo hizo a él por detrás mientras Iván me comía el coño. Los tres, a la vez, hasta que no podíamos ni levantarnos.
El silencio se volvió espeso. Marina miró a Iván, los ojos muy abiertos, buscando un desmentido que no llegó.
—¿Es verdad? —preguntó, y la voz le salió más baja de lo que pretendía.
Iván asintió despacio.
—Sí. Pasó. Y no sé cómo explicarlo sin que suene a excusa. Te quiero a ti, Marina. Eso no ha cambiado. Pero también es algo que necesitaba contarte, porque estoy harto de esconderlo.
Marina se levantó de golpe. Iván esperó el portazo, las maletas, el coche arrancando en la noche. Pero ella no salió corriendo. Se quedó de pie en medio del salón, respirando hondo, las mejillas encendidas, los puños apretados. En su mirada peleaban dos cosas a la vez: la rabia y otra cosa más oscura, más curiosa, que no quería admitir. Sentía las bragas mojadas debajo del vestido, y eso la ponía más furiosa que la propia confesión.
—Muéstramelo —dijo al fin, con la voz ronca—. No quiero que me lo cuentes. Quiero verlo. Quiero ver cómo os folláis los dos cuando os dejáis llevar de verdad.
Carla no esperó una segunda invitación. Se levantó, se acercó a Marina y le tomó la cara con las dos manos. La besó. Un beso lento al principio, tanteando, la lengua pidiendo permiso, deslizándose entre sus labios. Marina se resistió medio segundo, apenas un parpadeo, y después le devolvió el beso con un hambre que la sorprendió incluso a ella, mordiéndole el labio inferior, gimiéndole bajito en la boca. Carla le agarró un pecho por encima del vestido y se lo apretó, y Marina soltó un gemido más largo.
Iván las miraba desde el sofá, la respiración cambiada, sintiendo cómo la polla se le ponía dura contra los pantalones cortos con solo verlas. Se levantó y se colocó detrás de Marina. Le apartó el pelo rubio del cuello y empezó a besárselo justo donde sabía que la hacía temblar, mientras le bajaba la cremallera del vestido y se lo dejaba caer al suelo. Debajo solo llevaba las bragas empapadas. Carla, sin separar su boca de la de Marina, le desató el sujetador que se había puesto para el pareo, y las dos quedaron con las tetas al aire, pezón contra pezón.
Marina jadeó cuando Carla se arrodilló frente a ella y le atrapó un pezón entre los labios, chupándolo con fuerza, mordiéndolo apenas, jugando con la lengua alrededor. Iván, por detrás, le arrancó las bragas de un tirón y le metió dos dedos en el coño sin previo aviso. Estaba empapada, chorreando.
—Estás temblando —le susurró al oído, moviéndole los dedos dentro—. Y estás más mojada de lo que has estado nunca. Te gusta, ¿verdad? Te gusta ver cómo tu amiga te chupa las tetas mientras yo te meto los dedos. Te gusta imaginarme follándomela.
—Sí —gimió Marina, apenas un hilo de voz, moviendo las caderas contra la mano de él—. Me gusta, joder, me gusta.
Carla bajó todavía más, se puso de rodillas del todo y le separó los labios del coño con los pulgares. Sacó la lengua y le lamió el clítoris de abajo hacia arriba, un lametón largo y hambriento. Marina soltó un grito, las rodillas casi cediéndole, una mano enredada en el pelo oscuro de Carla y la otra agarrada al brazo de Iván para no caerse.
***
La llevaron al dormitorio medio a rastras, entre besos y manos que no paraban de meterse por todos lados. Carla se tumbó en la cama, se quitó el bikini y abrió las piernas sin pudor, ofreciéndose. Tenía el coño depilado, brillante de humedad.
—Ven —le dijo a Marina, tirando de su muñeca—. Quiero tu lengua ahí dentro. Quiero que me la metas hasta el fondo.
Marina dudó un instante. Después se arrodilló entre las piernas de Carla y bajó la cabeza. Empezó tímida, con la punta de la lengua, reconociendo un terreno nuevo, chupándole los labios hinchados, saboreando algo dulce y salado a la vez. Pero el gemido gutural que arrancó de Carla la animó, y enseguida se puso a comérselo con avidez, metiéndole la lengua entera, subiendo al clítoris para chupárselo, bajando de nuevo, descubriendo que le gustaba mil veces más de lo que jamás habría confesado en voz alta. Carla agarró el pelo rubio con las dos manos y la guió, marcándole el ritmo, restregándole el coño contra la boca, arqueando la espalda contra el colchón.
—Así, guapa, así, no pares —jadeaba Carla—. Chúpame, cómeme, joder qué bien lo haces.
Iván se quitó los pantalones y los calzoncillos de un tirón. Se colocó detrás de Marina, que seguía a cuatro patas con la cara enterrada entre los muslos de Carla, y le agarró las caderas. Se pasó el capullo de la polla por la raja del coño, empapándola, y se la metió despacio, saboreando cada centímetro, hasta que sus huevos golpearon contra el culo de ella. Marina gimió con la boca todavía pegada al coño de Carla, y el gemido vibró contra los labios de la otra, que soltó un gruñido de placer.
—Joder, qué apretada estás —gruñó Iván, empezando a moverse—. Nunca te había sentido tan apretada. Es porque te está gustando, ¿verdad? Te encanta que te folle mientras te comes a Carla.
Empezó a follársela más fuerte, con embestidas largas y profundas, viendo cómo su verga entraba y salía brillante de los jugos de ella. Marina no podía ni contestar: tenía la boca ocupada, la lengua clavada en el coño de Carla, y solo emitía gemidos ahogados cada vez que Iván la penetraba hasta el fondo. El cuarto se llenó del ruido húmedo de la polla entrando y saliendo, del chapoteo de la boca de Marina en el coño de Carla, de los tres respirando roto.
—No pares —gruñó Iván, empujando más hondo, dándole una palmada en el culo que le dejó la marca de la mano—. No pares, joder.
En algún momento Carla se incorporó, rebuscó en su bolsa de playa —siempre venía preparada— y sacó un arnés con un consolador grueso, negro, imponente. Se lo ató sobre el pubis mientras Iván seguía moviéndose dentro de Marina, y se colocó delante de ella, ofreciéndoselo a la boca.
—Chúpalo —le dijo Carla, agarrándola del pelo—. Chúpamela como se la chupas a él.
Marina lo tomó con los ojos llorosos por el esfuerzo, abriendo la boca para meterse el consolador hasta la garganta, ahogándose un poco, la baba escurriéndole por la barbilla. Sin querer parar, atrapada entre los dos cuerpos, follada por delante por Carla y por detrás por Iván, llevada por una corriente que ya no controlaba ni quería controlar. Se corrió así, empalada por los dos extremos, temblando entera, y Iván tuvo que sujetarla por las caderas para que no se derrumbara.
Después llegó el momento que Iván había imaginado tantas veces. Se tumbó de espaldas y Marina se montó sobre él, ensartándose la polla de una sentada, cabalgándolo con una furia nueva, las manos apoyadas en su pecho, las tetas rebotándole con cada bote. Iván le agarró las caderas, la empalaba de abajo hacia arriba, mirándole la cara transformada.
Carla se acomodó detrás de ella, con el consolador todavía puesto. Le abrió las nalgas con las dos manos y escupió sobre el agujero del culo. Lubricó con paciencia, primero con un dedo, después con dos, abriéndosela despacio, y empezó a empujar el consolador muy, muy despacio, abriéndose paso. Marina soltó un grito largo, una mezcla de ardor y placer, pero en lugar de apartarse echó la cabeza atrás y apretó los dientes.
—Más —pidió entre jadeos—. Métemelo entero. Quiero sentiros a los dos a la vez.
Carla se lo metió hasta el fondo, y Marina soltó un aullido que se quedó rebotando en las paredes. Iván notaba el consolador a través de la delgada pared que los separaba, rozándose contra su polla dentro de ella, y estuvo a punto de correrse solo con esa sensación. Encontraron un ritmo común, moviéndose coordinados: cuando Iván empujaba hacia arriba, Carla se retiraba, y al revés, follándola por los dos agujeros a la vez sin darle tregua. Se besaban por encima del hombro de Marina, mordiéndose los labios el uno al otro, mientras ella se deshacía en medio, doblemente empalada, sin poder ni cerrar la boca.
—Mírame —le gruñó Carla al oído a Marina—. Mira cómo te follo el culo mientras tu novio te llena el coño. Eres nuestra, guapa, eres nuestra puta.
Marina se corrió una vez, y otra, y otra, sacudida por espasmos que la dejaban sin aire, repitiendo sus nombres como si fueran lo único que recordaba decir, apretándole la polla a Iván hasta hacerle daño, los ojos en blanco. Le chorreaba el coño alrededor de la verga, empapándole los huevos.
—Me voy a correr —jadeó Iván—. Joder, me voy a correr dentro.
—Sí —gimió Marina—, dentro, córrete dentro de mí, quiero sentirlo.
Cuando ninguno pudo más, Iván se dejó ir dentro de ella con un gruñido ahogado, vaciándose en chorros largos mientras la seguía empalando desde abajo. Carla la siguió poco después, moviendo las caderas contra el culo de Marina hasta que ella misma se corrió con la fricción de la base del arnés contra su clítoris, desplomándose contra la espalda de Marina con la frente pegada a su nuca. Los tres cayeron sobre las sábanas revueltas, empapados en sudor y en semen, temblando, sin fuerzas ni para hablar. La corrida de Iván empezó a escurrirle a Marina por el muslo, mezclada con su propia humedad.
***
Pasó un rato largo en el que solo se oía el mar y sus propias respiraciones volviendo poco a poco a la normalidad. Marina, en el medio, con una pierna sobre cada uno, fue la primera en romper el silencio. Soltó una risa ronca, incrédula, mirando el techo.
—No puedo creer que acabe de hacer eso —dijo.
—¿Te arrepientes? —preguntó Iván, tenso de repente.
Marina giró la cara hacia él y lo besó, lento, sin prisa, como sellando algo.
—No —contestó—. Pero la próxima vez quiero que Tomás también venga. Quiero verlo todo. Quiero que me folléis los tres a la vez. Lo que me contaste y lo que no.
Iván y Carla se miraron por encima de su cabeza y sonrieron, cómplices.
Fuera, el sol terminaba de hundirse en el horizonte y la casa quedaba en penumbra. El fin de semana, en realidad, acababa de empezar.