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Relatos Ardientes

La noche que un matrimonio amigo me invitó a su cama

Marina y Adrián son un matrimonio amigo. Él es bisexual, igual que yo, y ella decidió, por amor, vivir la fantasía de su esposo en lugar de fingir que no existía. Por eso terminé en su cama. O, para ser exactos, primero en su casa.

Con Adrián venía teniendo algunos encuentros desde hacía meses. Lo que empezó como una amistad de cervezas y partidos se fue convirtiendo en otra cosa, una de esas complicidades que no se nombran pero que ambos entendíamos perfectamente. Disfrutábamos del sexo sin culpa, de descubrirnos sin prisa, de darnos lo mejor de cada uno en sesiones largas y silenciosas que después no comentábamos con nadie.

Adrián tuvo el coraje que yo todavía no tengo: le confesó a su mujer lo que sentía. Y Marina, en lugar de romper todo, eligió mirarlo de frente. Creo que se merece que cuente lo que vivimos esa noche, la primera, cuando sus hijos estaban con los abuelos y la casa entera era nuestra.

Llegué cerca de las ocho, como habíamos quedado. Traía conmigo dos botellas de champán, en parte para brindar por ese primer encuentro y en parte —seamos sinceros— para aflojar esa capa de vergüenza que se interpone siempre en la primera vez.

Marina me sorprendió. Había preparado una cena ligera y exquisita, pensada para no sentirnos pesados después. Me recibió con un beso en la mejilla y una sonrisa tranquila, como si no estuviéramos a punto de cruzar una línea de la que no se vuelve.

La cena transcurrió con una charla amable, sin dobles sentidos ni alusiones vulgares. Hablamos de cómo nos habíamos conocido Adrián y yo, de cómo era nuestra relación. En algún momento me animé y le pregunté directamente cómo se sentía con la idea de compartir su cama con otro hombre.

Fue sincera.

—Al principio me sentí traicionada —dijo, jugando con el pie de la copa—. No podía hacerme a la idea de que mi marido fuera bisexual. Pero después de mucho hablar entendí que no había dejado de amarme. Simplemente había descubierto que deseaba otras cosas. Y si yo lo amo como lo amo, tengo que demostrárselo.

Se quedó un segundo en silencio y siguió, con la voz más baja.

—Y no voy a negarlo: la idea de dos hombres en mi cama me excita. Pensar en verlos disfrutarme y disfrutarse me enciende de una forma que no sabía que tenía dentro. Estoy dispuesta a vivir lo que sea. Si Adrián es feliz así, yo también quiero serlo.

—¿Y no te da miedo? —pregunté.

—Mil ideas me dan vueltas en la cabeza —admitió—. Pero estoy segura de que esto va a superar todo lo que imaginé.

Después de aquello no hacía falta decir mucho más.

***

Nos levantamos de la mesa. Adrián señaló un sillón amplio de tres cuerpos en el living, trajo la primera botella de champán y tres copas. La verdad es que ya estábamos bastante desinhibidos con el vino de la cena, pero brindamos igual, por un nuevo comienzo, chocando el cristal con una solemnidad que terminó en risas.

Marina se sentó entre los dos. Tras el primer trago, Adrián le besó el cuello. Ella le tomó el rostro con las dos manos y lo besó largamente, con la lengua, sin pudor. Yo, todavía haciendo mi papel de invitado, no sabía ni dónde poner las manos, hasta que ella se giró hacia mí y me besó con la misma intensidad con la que acababa de besar a su marido.

Quedó claro desde el principio que la función la iba a dirigir ella.

Después de ese beso sentí los brazos de Adrián rodearnos a los dos y nos estrechamos en un abrazo de tres. Mientras mi boca bajaba por el cuello de Marina, él le desabrochó la blusa y dejó al aire sus pechos, firmes y sin sostén. Acerqué la boca y le besé un pezón, lo mordí con suavidad, y al mismo tiempo Adrián hacía lo mismo del otro lado.

—Ahhh… —suspiró ella, tomándonos las dos cabezas y apretándolas contra su pecho.

Con nuestros alientos tan cerca, Adrián y yo nos besamos por primera vez frente a ella. Frente a cualquier otra persona, en realidad. Era la primera vez que lo hacíamos sin escondernos.

Marina reaccionó acariciándonos la nuca, y después bajó las manos a nuestras entrepiernas, palpándonos por encima del pantalón.

—Mmm… —murmuró—. Creo que voy a pasarlo mejor de lo que esperaba. Y se parecen bastante, los dos.

Ese comentario lo desató todo. Pidió que nos bajáramos los pantalones, que nos dejáramos llevar. En un instante los tres estábamos desnudos sobre el sillón.

Marina se arrodilló frente a mí y llamó a su marido.

—Ven, guapo. Vamos a darle algo de cariño a tu amigo.

Adrián se arrodilló junto a ella y entre los dos empezaron a lamerme. Dos bocas a la vez, dos lenguas que se rozaban sin querer mientras subían y bajaban.

—Ahhh… —no pude contenerme—. Qué locura sentirlos a los dos.

Un cosquilleo me subía por la espalda. Abrí los ojos y me topé con la mirada de Marina, pícara, traviesa, encantada de lo que estaba provocando. Sin duda había empezado a disfrutarlo de verdad.

Adrián me pidió que me acostara boca arriba sobre los almohadones. Me levantó las piernas y bajó con la lengua mientras Marina seguía con la boca ocupada arriba. Nunca había sentido tanto placer concentrado. Arqueaba la espalda, suspiraba sin parar, perdía el hilo de dónde estaba.

—Es tu turno, Marina —dije al fin, casi sin aire—. Pero vayamos a la cama.

***

En el dormitorio, Marina se acostó y los dos empezamos a recorrerle el cuerpo con la boca. Cuando coincidíamos en el mismo punto, nos besábamos sobre su piel. Yo le chupaba la lengua a él como si fuera otra cosa, y él me devolvía el gesto con la misma intención.

Bajamos los dos a la vez. Ella se puso en cuatro. Mientras Adrián le lamía por detrás, yo me ocupaba de su clítoris, y nuestras lenguas se encontraban una y otra vez, buscando juntas el mismo centro.

Eso bastó para que llegara al primer orgasmo. Lo sentimos los dos, lo aprovechamos para saborearla y para besarnos entre nosotros, manchados de ella. Después estiré la mano y empecé a acariciar a Adrián, que ya estaba duro y dispuesto.

Mientras él seguía con la boca entre las piernas de Marina, yo me acerqué a él y lo tomé en mi boca, hasta donde pude.

—Quiero que alguien me coja ya —se escuchó de pronto. Marina ardía—. Dame la tuya, Adrián. Necesito sentir algo dentro.

Él se acomodó detrás de ella y la penetró despacio, con cuidado, como si todavía estuviera pidiendo permiso. Yo me deslicé por debajo para besarlo a él, para lamerle mientras se movía, para alcanzar con la lengua cada rincón. Recogía cada gota que caía de ella. Los tres suspirábamos a la vez. Era una experiencia sublime, no encuentro otra palabra.

Me subí por la cama hasta quedar bajo los pechos de Marina, para chuparlos y besarle la boca, mientras Adrián la embestía cada vez con más fuerza.

—Ahora quiero que me cojas tú, Tomás —jadeó ella—. Y tú, amor, ocúpate de él por detrás.

Se acostó de lado y la penetré en cucharita. Estaba ardiente, empapada, y entrar en ella fue como hundirse en algo que llevaba toda la noche esperando.

—Qué hermosa eres, Marina —le susurré al oído mientras le acariciaba los pechos.

—Cógeme fuerte —respondió girando apenas la cabeza—. Más fuerte.

Detrás de mí sentí a Adrián. Su lengua primero, después un par de dedos buscando ese punto que me desarmaba, y por último el roce de su cuerpo contra el mío. La sensación de estar en medio de los dos, dándole a ella y recibiéndolo a él, fue demasiado.

No aguanté mucho. Empecé a latir por dentro, a perder el control, y Marina lo notó.

—Vente conmigo —me pidió—. Que yo también me voy. Dámelo todo, ahhh…

Y me dejé ir, en un calor que me vació entero.

***

Me quedé un momento quieto, recuperándome, hasta que pude hablar.

—Adrián, cariño, ven. Es tu turno.

Y me retiré despacio.

—Sí, amor, dame lo tuyo también —dijo Marina—, antes de que se escape lo de Tomás. Después se los regalo a los dos para que lo compartan.

Se acostó boca arriba y levantó una pierna para acariciarse mientras Adrián la penetraba. Yo me coloqué detrás de él, lo recorrí con la lengua, lo abrí despacio y le apoyé el cuerpo.

—¿Lo vas a coger? —preguntó Marina, mirándome por encima del hombro de su marido.

—Sí —respondí.

—Hazlo. Démosle todo.

Y mientras Adrián la embestía a ella, yo lo embestía a él. Los suspiros se volvieron casi gritos. Los tres, en una mezcla de sonidos que ya no significaban palabras, solo placer.

—Sí…

—Así…

—Más…

Hasta que Adrián se vació dentro de ella y Marina llegó, otra vez, a un orgasmo que ya había perdido la cuenta.

Nos retiramos los dos. Nos acomodamos entre sus piernas abiertas para recoger juntos lo que habíamos dejado, y después nos besamos los tres, intercambiándolo, sin asco ni vergüenza, como un sello final de lo que acabábamos de hacer.

Agotados, nos tumbamos los tres con Marina en el medio. Cada uno le acariciaba un pecho, apenas, para que siguiera sintiéndose deseada. Ella nos sostenía a ambos con las manos.

—Gracias, chicos —dijo después de un silencio largo—. Fue estupendo. Creo que ya no voy a poder vivir sin los dos, igual que ustedes no pueden vivir sin estar juntos.

Adrián la abrazó más fuerte.

—No te ofendas, amor —siguió ella, y le buscó la boca—. Los quiero como se quieren ustedes.

No sé si dije algo. Creo que solo cerré los ojos y sonreí.

Nos quedamos así, besándonos despacio, acariciándonos sin urgencia. La noche apenas empezaba y aquella era solo nuestra primera vez. Sabía que, en cuanto recuperáramos fuerzas, todo volvería a suceder. En la habitación se respiraba el olor a sexo y a deseo, y ninguno de los tres tenía la menor intención de marcharse.

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Comentarios (5)

Rodrigo_Mdz

Tremendo relato, me dejo sin palabras. Seguí subiendo!

MarianaG_77

Por favor una segunda parte!!! Quede con muchisimas ganas de saber como siguio todo despues de esa noche

ElTaita77

Lo lei de una, no pude parar. Se siente real, eso es lo que mas me gusta de los relatos de confesiones

Tomas_Riv

Excelente!!!

Costera22

Dios mio, que noche debio haber sido esa. Me imagino los nervios de entrar a esa situacion, y como el champaña ayuda jaja. Muy bien narrado, se nota que lo vivis de verdad

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