Lo que pasó con Daniela en el sauna del gimnasio
Hola, queridas lectoras. Soy Camila y vengo a contarles otra de mis confesiones, una que todavía me cuesta creer que haya pasado.
Para las que me leen por primera vez, déjenme presentarme. Tengo veintiséis años, mido un metro sesenta y dos, soy morena clara, con el cabello negro un poco más abajo del hombro y un cuerpo que cuido con cariño. Tengo pareja desde hace cuatro años, Andrés, y entre los dos pactamos una relación abierta para que yo pudiera explorar el lado bisexual que durante tanto tiempo me callé. Él tiene sus salidas, yo las mías, y la confianza entre nosotros no se ha movido un milímetro.
Hace algunos meses decidí inscribirme en un gimnasio nuevo. Quería un cuerpo más firme y, de paso, sentir que avanzaba en algo después de un invierno pesado. Andrés entrenaba a tres cuadras de un local que acababa de abrir, así que arreglamos para manejar juntos por las mañanas y caminar después cada uno a su sala.
El primer día me arreglé con más cuidado del que admitiría en voz alta. Una nunca sabe qué encuentros se cruzan en la puerta. Elegí un top rosa pálido que me marcaba los pechos sin disimulo, un short de licra blanco a mitad del muslo y el pelo recogido con una cinta de seda. Cuando bajé del coche, Andrés ya estaba saludando a alguien.
—Mira, ella va al tuyo —me dijo señalando con la barbilla.
Levanté la vista y se me trabó el aliento un segundo. La mujer que me sonreía desde la vereda tenía treinta y tantos, era rubia natural, con el cabello caoba claro casi hasta la mitad de la espalda y unos ojos verdes que me revisaron de arriba abajo sin esconderse. Llevaba una falda blanca tan corta que apenas le tapaba la curva de las nalgas y un top lila que dejaba ver un abdomen plano, sin alardes pero firme.
—Hola, soy Daniela. Creo que vamos al mismo lugar —dijo con una voz baja, casi cómplice.
—Camila —respondí, intentando que no se me notara el temblor en la mano cuando se la tendí.
Andrés se despidió con un beso rápido y arrancó el coche. Daniela y yo empezamos a caminar hombro con hombro hacia el gimnasio. Rocé su mano sin querer, o haciéndome la que no quería, y ella no la apartó.
—¿Hace mucho que entrenas acá? —pregunté para llenar el silencio.
—Tres meses. Me encanta. Y ahora que conseguí compañera para el sauna, todavía más.
Lo dijo con una naturalidad calculada, mirándome de reojo, y sentí que las mejillas se me prendían fuego. No respondí. Apreté el paso y la dejé adivinar lo demás.
Esa primera sesión fue una tortura deliciosa. Cada vez que Daniela pasaba cerca de mi máquina me rozaba el brazo o el hombro. Cuando me agaché a atarme el cordón, sentí su mirada bajándome por la espalda como una caricia. Yo le devolví el juego: estirándome más de la cuenta, mostrándole la curva del pecho cada vez que iba a tomar agua. Salimos del gimnasio con la sensación de que algo había empezado y de que ninguna de las dos quería nombrarlo todavía.
—Mañana lleva traje de baño —me dijo antes de irse—. El sauna te va a fascinar.
***
Esa noche dormí pésimo. No le conté nada a Andrés todavía. Quería tener algo concreto antes, no una sospecha. A la mañana siguiente metí en la mochila un bikini que tenía guardado para alguna escapada a la playa que nunca llegaba: rojo, de tiritas finas, con el triángulo apenas suficiente para tapar el pezón y una tanguita que dejaba casi todo a la vista. Saludé a Daniela con un beso en la mejilla, demasiado cerca de la comisura de los labios.
—Hoy vengo preparada —le dije.
—Excelente. Hace falta —contestó sin mirarme, sonriendo apenas.
Entrenamos casi sin hablar. La tensión hacía el trabajo por las dos. Cada repetición, cada inspiración, parecía cargada. Cuando terminamos, me metí en el vestuario antes que ella, decidida a cambiarme rápido. Mientras me ataba el bikini sentía un hormigueo subiéndome desde el ombligo. Escuché su voz del otro lado de la puerta.
—¿Lista, Camila?
Abrí. Daniela salió del cubículo de enfrente y me dio un golpe en el estómago. Llevaba un top deportivo blanco y, en lugar de bikini, una tanga roja diminuta, prácticamente un hilo. Solté una carcajada nerviosa.
—Veo que te lo tomaste en serio.
—Mucho —dijo, y me tomó de la mano para guiarme al sauna.
Sus dedos se cerraron sobre los míos con una firmeza que no fingía. Entramos. El aire caliente nos golpeó la cara. Nos sentamos en la banca de madera, ella primero, yo después, dejando apenas una cuarta de distancia. Me recosté hacia atrás, cerré los ojos y, calculando el momento, me solté el nudo del top. Las tiras se aflojaron y el triángulo cayó dejándome los pechos descubiertos. Entreabrí un ojo para espiarla.
Estaba mirando. Mirando fijo, sin disimular, mordiéndose el labio inferior. Bajé otra vez los párpados y dejé pasar dos minutos enteros sin moverme. Cuando me incorporé y empecé a atarme de nuevo el bikini, ella no apartó la vista hasta que el último nudo quedó hecho.
Salimos del sauna sin hablar. En la puerta del gimnasio nos despedimos con un beso en la mejilla, pero esta vez sus labios casi rozaron los míos. Nos reímos las dos con esa risa de quien sabe que está jugando con fuego.
***
Al tercer día llegué al gimnasio con un plan armado. Entrenamos como siempre, con la diferencia de que ya no disimulábamos las miradas. Cuando salimos rumbo a los vestuarios, frené en seco y me llevé las manos a la cabeza.
—No te lo vas a creer. Olvidé el bikini.
Daniela me observó un segundo y arqueó una ceja.
—Bueno, ni modo. Te toca entrar desnuda.
Lo dijo en tono de broma, pero la broma se sostenía sobre algo más sólido. Le sonreí.
—Acepto. Pero tú también.
—¿Yo también?
—Tú también.
Hubo un silencio brevísimo. Después se encogió de hombros como si la propuesta no la sorprendiera y me empujó suavemente hacia los cubículos.
—Adentro vemos.
Me cambié en tiempo récord. Cuando salí, completamente desnuda, con el pelo recogido en un rodete improvisado y la toalla colgándome del antebrazo, ella todavía estaba en su cubículo. Golpeé la puerta con un nudillo.
—¿Lista?
—Lista.
Salió con su top deportivo y la tanguita roja del día anterior. Crucé los brazos y le hice una mueca de fingida indignación.
—Así no se vale. Dijimos desnudas.
—Adentro me quito todo. No quiero que nos vea nadie en el pasillo.
Acepté con una mirada cómplice. La dejé entrar primero al sauna y, antes de que se sentara, me arrodillé y le bajé la tanga de un tirón. Daniela se quedó quieta, dejándome hacer. Cuando se incorporó del todo, vi su sexo depilado por completo, pequeño y prolijo, brillante por el sudor que ya empezaba a perlarle la piel. Me levanté despacio.
—Te toca arriba.
Se quitó el top con una lentitud deliberada, cruzando los brazos por encima de la cabeza. Dos pechos firmes, no grandes pero perfectos, con los pezones rosados y rectos. Tragué saliva.
Nos sentamos en la banca, una pegada a la otra, sin pretexto ya de espacio ni de pudor. Apoyé la mano en su muslo. Ella la miró, sonrió, y dijo con una calma que me derritió:
—Ayer casi me besas y hoy ya me agarras la pierna. ¿Qué sigue? ¿Que me beses y me toques entera?
—Eso justo —dije, y me acerqué.
La besé con la boca abierta desde el primer segundo. No fue un roce ni un tanteo: fue una entrada en serio, con la lengua buscando la suya y los dientes mordiéndole el labio inferior. Daniela respondió con un suspiro grave, casi un gemido contenido, y se pegó a mí. Sus pechos quedaron contra los míos, su piel ardiendo contra la mía. Nuestras lenguas se enredaron sin urgencia, con esa lentitud de quien sabe que tiene tiempo.
Mi mano abandonó su muslo y bajó por el costado de su cadera. Cuando rocé su sexo, su cuerpo entero dio un sacudón. Pasé el dedo por el surco húmedo y ella gimió bajito contra mi boca. La masturbé despacio, dibujándole círculos con el medio, mientras le besaba el cuello, la mandíbula, el lóbulo de la oreja. Ella se aferró a mi nuca con una mano y bajó la otra hasta apretarme una nalga. Después, sin previo aviso, esa misma mano viajó hacia adelante y me encontró tan empapada como ella.
—Mira cómo me pones —murmuré.
—Mira cómo me pones tú —respondió en un susurro.
Nos masturbamos al mismo tiempo, con un ritmo que se fue acompasando hasta que las dos respirábamos igual. En algún momento sus piernas se separaron de las mías y volvieron a encontrarse en otro ángulo. Sin pensarlo demasiado, nos acomodamos cara a cara, ella casi encima de mí, hasta que nuestros sexos se rozaron por primera vez. El contacto fue eléctrico. Las dos sacudimos la cabeza hacia atrás en el mismo segundo, como si nos hubieran pasado corriente por la columna.
El calor del sauna, el sudor, la humedad de las dos. Empecé a moverme contra ella en círculos lentos y Daniela me agarró del cuello para besarme mientras se montaba un poco más. El frote se volvió continuo, intenso, sin pausa. Mis manos le agarraban las nalgas para guiarle el movimiento; las suyas me sostenían la espalda. Nos gemíamos en la boca, los chupetones bajaban por mi clavícula, su pelo rubio se me pegaba en la frente.
El orgasmo nos pasó por encima a las dos al mismo tiempo. Lo sentí venir y supe que ella también, por la forma en que su respiración se cortó en seco. Nos sostuvimos la mirada en el segundo final, sin parar el movimiento, y nos vinimos juntas, las dos temblando, una contra la otra, en el silencio del sauna roto solo por nuestros gemidos cortos.
Nos quedamos así un rato largo, sin separarnos, respirando entrecortado, riéndonos por lo bajo cuando se nos cruzaban los ojos. Después nos enderezamos despacio, nos pasamos las manos por la piel para limpiarnos el sudor y salimos del sauna agarradas de la mano.
En el vestuario nos cambiamos juntas, sin ninguna timidez, robándonos miradas como dos adolescentes. Antes de salir, le saqué la tanga roja de la mochila y me la guardé en la mía.
—Esta es mía.
Le tendí la mía, blanca y mucho más cándida.
—Y esta es tuya. Para que te acuerdes.
Daniela soltó una carcajada limpia y me besó de nuevo, esta vez con la boca cerrada, los labios apretados contra los míos.
—Mañana, después del entrenamiento.
—Mañana —repetí.
Salimos del gimnasio juntas y nos despedimos en la esquina con un beso largo, ya sin disimular ante el portero del edificio de enfrente. Caminé hasta casa con la sonrisa pegada y la tanga roja envuelta en el puño dentro del bolsillo, sabiendo que Andrés iba a escuchar la historia entera esa misma noche y sabiendo, también, que Daniela y yo recién estábamos empezando.
Esta era otra de mis confesiones, queridas. Hay más, créanme, y se las iré contando. Nos vemos pronto.