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Relatos Ardientes

Me vestí de chica esa tarde en casa de papi

Me llamo Vale, tengo veinte años y desde hace casi un año asumí que soy de género fluido. Físicamente sigo siendo delgado, con cintura marcada, caderas que se notan según la ropa y unas piernas que aprendí a cuidar. Algunos días me veo en el espejo y me reconozco como chico; otros, me maquillo, me pongo medias y soy otra persona sin dejar de ser yo.

El primero en aceptarlo, antes incluso que mi propia madre, fue Esteban. Es el padre de Joaco, mi mejor amigo desde primaria. Tiene cuarenta y dos años, está divorciado, es bisexual y siempre ha sido la figura masculina que yo no tuve en casa. Cuando le conté lo que me pasaba, no parpadeó. Al día siguiente me llevó a un centro comercial al otro lado de la ciudad, donde nadie nos cruzara, y me ayudó a elegir mi primera tanda de ropa de chica.

Aquella tarde fue extraña y hermosa. Esteban miraba con la naturalidad de quien sabe lo que busca: «Este corte te va a sentar bien», «no, ese tono es muy apagado para tu piel». Salí de allí con cuatro bolsas y la sensación rara de que aquel hombre, al que llevaba toda la vida llamando padrino en broma, me había mirado por primera vez de otra manera.

Pasaron los meses. Lo de «padrino» se volvió «papi» en mis mensajes, primero como chiste, después no tanto. Iba a su casa a ver series con Joaco y me quedaba a cenar. A veces me presentaba como chico, a veces como chica; nunca hubo un comentario incómodo, ni de él ni de nadie. Pero un viernes de invierno, cuando Esteban me dio un abrazo de despedida, su mano bajó un poco más de lo necesario y se demoró en la curva de mi cadera. No dije nada. Tampoco hizo falta.

Esa misma noche, en mi cama, me toqué pensando en él, apretando la almohada entre los muslos, y decidí lo que iba a hacer.

***

El sábado siguiente, Joaco estaba en un cumpleaños fuera de la ciudad. Le mandé un mensaje a Esteban a media tarde: «¿Puedo pasarme un rato? Quiero hablar contigo». Tardó dos minutos en contestar. «Claro, nena, te espero.»

Llegué a su casa con un vestido azul oscuro hasta la rodilla, unos zapatos planos y un bolso grande. Maquillaje suave, el pelo recogido. Quería entrar como una chica cualquiera y dejar el resto para más tarde.

Me abrió Esteban en chándal y camiseta. Olía a perfume recién puesto, lo noté enseguida.

—Pensé que venías a buscar a Joaco —dijo, dejándome pasar.

—No. Sabía que no estaba. Venía a verte a ti.

Levantó las cejas, pero no preguntó más. Me preparó un café, puso una película que ninguno de los dos estaba mirando y se sentó conmigo en el sofá, con esa distancia exacta de un padre que cuida los formatos. Hablamos de tonterías durante una hora. Yo asentía y me reía, pero por dentro estaba contando los minutos.

—Voy por algo de picar —dijo en algún momento, y se levantó hacia la cocina.

Era mi turno.

Me metí en su habitación, cerré la puerta y vacié el bolso sobre la cama. Saqué lo que llevaba meses guardando: medias de encaje, unas bragas mínimas, un baby doll semitransparente y unos tacones rojos que no había estrenado todavía. Me cambié con las manos temblando. Volví a soltarme el pelo, me retoqué los labios y me miré en el espejo del armario. La chica que me devolvía la mirada no parecía la hija de nadie.

—Esteban —llamé desde el cuarto, con la voz un poco quebrada—. ¿Puedes venir un segundo?

Oí sus pasos en el pasillo y el corazón se me subió a la garganta. La puerta se abrió.

Se quedó parado en el umbral. Su mirada bajó despacio: primero los tacones, luego las medias, las bragas, el encaje del baby doll y, al final, mi cara. No habló durante varios segundos.

—Joder, Vale… —murmuró, con la voz ronca—. No recuerdo haberte comprado nada de esto.

—No me lo compraste tú —contesté, intentando sonreír—. Esto lo elegí yo. Para ti. ¿Te gusta, papi?

Asintió sin decir nada. Cerró la puerta a su espalda.

Caminé hasta él con la torpeza nueva de los tacones. Le tomé una mano y la coloqué en mi cintura. Me incliné y le besé el cuello, justo debajo de la oreja, donde sabía que tenía un lunar pequeño. Lo escuché soltar el aire de golpe.

—Vale, espera —dijo, y me agarró de los hombros, separándome—. Tú eres como mi hijo. Como mi hija. Lo que estás haciendo…

—Lo estoy haciendo en serio —lo interrumpí—. No es un juego. No es un experimento. Llevo meses pensándolo. Meses masturbándome pensando en tu polla, papi. Si tú no quieres, me visto y me voy y no volvemos a hablar de esto nunca. Pero quiero saber qué quieres tú.

Se quedó callado un buen rato. Después me miró como nunca me había mirado, ni siquiera el día de las bolsas en el centro comercial. Algo se le rompió por dentro.

—Quiero —dijo—. Joder, cómo te quiero follar.

***

Lo besé yo primero. Fue un beso lento, casi de prueba, hasta que él me tomó la nuca y lo convirtió en otra cosa. Su lengua sabía a café y a algo más. Me la metió entera hasta el fondo de la boca, buscándome, y yo se la chupé como si ya se la estuviera chupando en otro sitio. Le mordí el labio de abajo. Él me contestó apretándome el culo con las dos manos por encima del baby doll, subiéndomelo hasta la cintura y colándome un dedo entre las nalgas por encima de la tela mínima de las bragas.

Le metí las manos por debajo de la camiseta y se la subí. Tenía el pecho duro, no de gimnasio, sino de hombre que trabaja con las manos, con vello canoso bajando en línea hasta el ombligo. Le lamí un pezón mientras le bajaba el chándal, y sentí cómo se le marcaba ya la erección contra mi cadera, gorda, caliente, empujando la tela del bóxer. Le pasé la mano por encima. Estaba dura como una piedra y goteaba ya, había un lamparón húmedo en el algodón. Se la apreté entera de arriba abajo y él soltó un gemido grave contra mi pelo.

Me arrodillé sin pensarlo. Le bajé los bóxers de un tirón y me la encontré delante, gruesa, roja en la punta y palpitando, con una vena marcada que le subía por el lado. No era enorme, era proporcionada, perfecta para una primera vez con alguien de verdad. Le pasé la lengua por toda la longitud, de los huevos a la punta, muy despacio, mirándolo desde abajo. Cuando llegué al glande se estremeció. Cerré los labios en torno a la punta y le lamí el pre-semen que goteaba, salado y espeso. Lo oí soltar un gemido contenido, como si todavía no se permitiera disfrutarlo del todo.

—Suéltate, papi —le susurré, sacándomela un segundo—. Estoy aquí para que me la metas donde quieras.

Y me la metí entera. Bueno, casi entera: llegué hasta la mitad y me atraganté un poco. Respiré por la nariz, relajé la garganta y volví a bajar. Me la trabajé despacio. Subía y bajaba sin prisa, lamía el surco del glande con la punta de la lengua, se la metía hasta donde aguantaba sin atragantarme y compensaba el resto con la mano, retorciéndola sobre la saliva que le iba dejando por todo el tronco. Con la otra mano le agarré los huevos y se los apreté con cuidado, tirándoselos hacia abajo. Se le escapó un «hostia, nena» que le salió de las tripas.

Le babeé la polla entera hasta que le chorreaba por los huevos. Me la sacaba de la boca solo para lamerle los cojones uno a uno, metérmelos, escupirle encima y volver a tragármela. De vez en cuando levantaba la vista. Esteban me miraba con la boca entreabierta, una mano apoyada en la pared y la otra en mi pelo, empujándome ya sin disimular, hundiéndome un poco más en cada bajada. Yo dejaba que lo hiciera. Quería que me la metiera hasta el fondo, quería que me follara la boca hasta llorar el maquillaje.

—Vale, para —dijo de pronto, tirándome suavemente del pelo hacia atrás—. Para o esto acaba antes de empezar.

Sonreí. Tenía la barbilla brillante de saliva y él ya sin aire. Me incorporé y le señalé el cajón de la mesilla.

—¿Tienes lubricante?

—Sí.

Fui yo a buscarlo. Le di la espalda, me agaché despacio frente al cajón y arqueé la cintura para que viera lo que tenía que ver: el culo apretado en las bragas mínimas, las medias de encaje terminando en la mitad del muslo, los tacones rojos. Le pasé el bote por encima del hombro, sin mirarlo.

—Ahora puedes quitarme las bragas.

Las bajó con las dos manos, muy despacio, arrastrándolas por los muslos y dejándomelas a la altura de los tobillos. Cuando me abrió las nalgas con los pulgares, dejó escapar otro gemido, más largo. Yo llevaba puesto un plug pequeño, rojo, que me había metido antes de salir de casa, con la base a juego con los tacones. Esteban lo movió un par de veces con el pulgar, sacándolo hasta la mitad y volviéndolo a hundir de un empujón, mientras con la otra mano me pajeaba a mí por delante. Yo la tenía dura desde que había cruzado la puerta, dura y goteando, y notarle la palma callosa envolviéndomela me puso al borde en tres pases. La primera carga me llegó casi sin avisar. Aguanté el grito con los dientes apretados y me corrí sobre su mano en chorros cortos, mientras seguía moviéndome el plug dentro. Él se llevó los dedos manchados a la boca y los chupó uno a uno sin dejar de mirarme.

—Qué rica te corres, nena.

Cuando me sacó el plug, su lengua ocupó el sitio de golpe. Me lamió el ojete con calma primero, con la punta, dando círculos, y después me metió la lengua entera, follándome con ella, comiéndome el culo como si llevara meses queriéndolo. Yo estaba apoyada en la cómoda, con los codos clavados en la madera, las piernas temblando y los tacones a punto de fallarme. Me abrió con dos dedos, después con tres, buscándome por dentro con la yema, curvándolos hasta encontrarme el punto que me hizo gemir su nombre. Estuvo un rato largo así, comiéndome y dedeándome a la vez, hasta que yo empujaba el culo hacia atrás pidiéndole más.

—Papi, por favor…

—Ya estás —dijo de pronto, levantándose, y me sonó la voz aún más ronca—. Ven aquí.

***

Se sentó en el borde de la cama con la polla apuntando al techo, brillante de lubricante, y me hizo bajar encima de él. Me abrí de nalgas con las dos manos y me la fui sentando encima muy despacio, buscando el ángulo. La punta me abrió el anillo con un pinchazo caliente que me arrancó un gemido largo, y después fui bajando centímetro a centímetro, sintiendo cómo se me iba metiendo entera, cada uno arrancándome un sonido distinto. Yo había montado mi propio juguete decenas de veces, pero esto no se parecía en nada. No era el silicón frío de siempre. Era el cuerpo de Esteban, su calor, sus dedos clavados en mis caderas, su aliento entrecortado en mi cuello, el pulso de su verga latiéndome por dentro.

Cuando lo tuve dentro entero, con los huevos pegados a mi culo, me quedé un momento sin moverme, los ojos cerrados, apretándolo por dentro para acostumbrarme, sintiendo cada milímetro. Él me besó la sien.

—¿Estás bien? —susurró.

—Mejor que bien, papi. Estás rompiéndome entera.

Empecé a moverme. Despacio al principio, con saltitos cortos, midiendo el equilibrio sobre los tacones, dejando que me saliera hasta la mitad para volver a hundírmela de un golpe. Él me acariciaba la cintura, los muslos, la polla que me rebotaba dura contra el bajo del baby doll, sin urgencia. Me pellizcó los pezones por encima del encaje y los retorció hasta que se me escaparon dos lágrimas de puro placer. Cuando aceleraba el ritmo, él me agarraba con fuerza y me daba dos o tres embestidas duras desde abajo que me obligaban a frenar y a recuperar el aire, embestidas de las que me subían hasta la garganta. Lo hacía a propósito. Yo también, así que iba aún más rápido solo para que volviera a hacerlo, montándolo con las manos apoyadas en su pecho, dejando que me viera saltar entera.

—Así, nena, así, cómo aprietas —jadeaba él debajo—. Ese culito es mío.

—Todo tuyo, papi. Fóllamelo.

Me giró en algún momento sin sacármela, hasta ponerme de espaldas a él, sentada encima con las piernas abiertas hacia fuera. Desde ese ángulo me llegaba más profundo todavía y él podía verse la polla entrando y saliendo por debajo de mí. Me metió una mano por delante y me la agarró, pajeándomela al ritmo que yo bajaba, mientras con la otra me tiraba del pelo hacia atrás para morderme el cuello.

—Me canso —admití al rato, jadeando contra su mejilla, con los muslos ardiéndome.

—Túmbate —contestó.

Me dejé caer hacia atrás sobre la cama, con el culo en el borde. Esteban se puso de rodillas en el suelo, me agarró por debajo de las corvas y me levantó las piernas hasta apoyarme los tacones en sus hombros. Se guio la polla con una mano y me la metió del tirón, de una embestida que me llegó hasta el fondo y me sacó un gemido que fue casi un grito. Desde ese ángulo me entró tan profundo que perdí la voz durante varias embestidas. Empezó a machacarme, ya sin cuidado, con el ruido húmedo de los huevos golpeándome el culo cada vez, con la cama chirriando debajo. Mis gemidos se le iban directos al oído porque me había doblado la espalda para alcanzarme la boca, comiéndomela mientras me clavaba la polla hasta la raíz.

—Dime cómo te la meto —me exigió contra los labios.

—Duro, papi, duro, no pares, rómpeme.

Sus manos lo recorrían todo: mi cuello, mis pezones por encima del baby doll, mi polla que se mantenía dura sin necesidad de que la tocara, chorreando pre-semen sobre mi propio ombligo. Me la agarró y me pajeó al mismo ritmo al que me follaba, embestida y meneo, embestida y meneo, sincronizados. Yo nunca me había sentido tan sumisa con nadie. Era una entrega completa, sin trampas, con las piernas abiertas en el aire y los tacones rojos apuntando al techo. Cada vez que abría los ojos me lo encontraba mirándome, con la mandíbula apretada, como si quisiera memorizar la escena entera.

—Voy a acabar —dijo de repente, con la voz tomada, sin dejar de embestir—. Quiero hacerlo dentro. Llenarte entera. Dime si no.

—Dentro, papi —jadeé—. Todo tu semen dentro, no me saques nada.

Empujó dos veces más, fuerte, hasta el fondo, y se quedó hundido, temblando. Sentí el palpitar caliente de sus corridas al mismo tiempo que el mío, chorro tras chorro llenándome por dentro. Mi propio orgasmo me pilló casi por sorpresa, mientras él todavía se estaba viniendo dentro de mí y me seguía pajeando, y manché el baby doll de rojo con chorros calientes que me caían sobre el vientre, sobre los pezones, uno hasta el mentón. Esteban se rio bajito contra mi cuello, se agachó a lamerme la corrida del pecho y me besó la mandíbula manchándomela de mi propio semen.

—Estás temblando —dijo.

—Lo sé.

Se dejó caer en la cama a mi lado, sin salir todavía, y yo me quedé un rato sintiéndolo dentro, ablandándosele poco a poco, con el semen apretado dentro por su verga como un tapón. Me giró para que me apoyara en su pecho. Estuvimos así varios minutos, sin hablar, escuchando cómo se nos iba normalizando la respiración.

—¿Estás bien? —preguntó por segunda vez aquella tarde.

—Estoy mejor de lo que he estado en mucho tiempo.

—Yo también, nena.

Saqué la mano y le acaricié la barba mal afeitada. Cuando por fin se separó, salió un hilo espeso de semen que me chorreó por el perineo hasta la sábana, y él lo volvió a meter con dos dedos, empujándolo hasta el fondo, casi sin pensarlo, porque le gustaba más así. No me molestó. Me gustó que lo hiciera. Me gustó que me lamiera después los dedos manchados y me los metiera en la boca para que me lo probara yo también.

***

Han pasado tres meses desde aquella tarde. Sigo siendo Vale, chica unos días y chico otros, y Esteban me trata exactamente igual de las dos formas. Nos vemos cuando podemos: hoteles a medio precio, tardes robadas mientras Joaco está en clase, alguna noche entera cuando él se inventa un viaje de trabajo. No quiero llamarlo amante, pero lo es. Tampoco quiero llamarlo padre, aunque a veces se me sigue escapando «papi» en momentos en los que no debería.

Joaco sospecha que su padre sale con alguien. Me lo ha comentado dos veces. Yo finjo que no sé nada, le suelto cuatro bromas sobre qué tipo de mujer se imagina él para su padre y cambio de tema. Me sabe mal mentirle, no voy a fingir lo contrario. Pero también sé que lo que tengo con Esteban no le hace daño a nadie y que mañana, si quisiera, podría dejar de existir.

De momento, no quiero. Y él tampoco.

Si os interesa, os cuento más. Gracias por haber llegado hasta aquí.

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Comentarios(9)

Toni_Gay

Dios mio, que forma de arrancar. Me atrapo desde la primera linea y no pude parar de leer!!

RosarioLect

Se siente cada emocion, esa tension antes de salir del baño la transmitiste perfecto. Muy bueno.

LectorNocturno88

y despues que paso?? no puedes dejarnos ahi, necesito la continuacion jaja

CorinaMer

Me recordo a algo que viví hace muchos años y que nunca conté. Hay momentos que te cambian aunque no los hables con nadie. Gracias por animarte a escribirlo.

MikeB_Lector

increible!!! se hizo cortisimo, quiero mas

Nico_BsAs

Que valentía contarlo, en serio. Y que bien redactado, se lee de corrido.

GabiK_77

Hacia tiempo que no leia algo tan bien narrado en confesiones. Sigue escribiendo porfavor

SolMdz

ese ultimo parrafo... uff. Lo dijiste todo sin decir nada, genial

Bilbaomorbo

La tension que se arma antes de salir la transmitiste increiblemente bien. Y el final lo deja en el aire justo como tiene que ser. Espero una segunda parte!

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