Lo que pasó en la cabaña del guardaparque
Solange tenía veinticuatro años y un cuerpo que no pedía permiso para entrar a ningún lado. Soltera por decisión, descarada por costumbre. Su madre, Renata, estaba por cumplir cuarenta y cuatro, aunque nadie le habría puesto más de treinta y cinco. Empresaria hispano-francesa, había levantado sola un imperio de moda y perfumería después de que el padre de Solange desapareciera apenas la prueba dio positivo.
Estaban de vacaciones en la Patagonia. Solange había insistido en conocer la cordillera neuquina, atraída por los lagos, el vino y la idea de perderse un poco lejos del ruido.
—Quiero desaparecer del mapa unos días, mamá —le había dicho con esa sonrisa que su madre conocía demasiado bien.
Lo de desaparecer terminó siendo literal. Durante una caminata guiada, Solange se separó del grupo para sacar fotos de una laguna y se desvió del sendero. Caminó sin rumbo mientras el sol bajaba detrás de los picos. El frío llegó de golpe, como una bofetada: viento helado, los primeros copos de nieve, la luz apagándose.
Caminó durante horas, desorientada, hasta que las piernas dejaron de responderle. Se acurrucó contra el tronco de un viejo coihue, hecha un ovillo, temblando. El sopor la fue ganando, ese letargo tibio y traicionero que anuncia la hipotermia. Labios sin color, párpados de plomo.
Damián la encontró casi de casualidad. Ingeniero forestal de treinta y dos años, trabajaba para el parque nacional relevando especies en la media montaña. Vivía solo en una cabaña mínima, aislada, con lo justo: una estufa a leña, un catre y una ventana enorme contra la nada. Se movía a pie o en una bicicleta vieja por caminos imposibles.
Al verla casi inerte contra el árbol, no lo pensó. La levantó en brazos curtidos por el trabajo y la llevó a su refugio. La acostó cerca de la estufa, la envolvió en dos mantas gruesas y le preparó un caldo con lo poco que tenía en la alacena.
Solange reaccionó al calor de a poco. Abrió los ojos, sorbió el caldo con las manos todavía temblorosas y entonces lo vio. Damián, alto, de hombros anchos, barba de varios días y unos ojos oscuros que la miraban con una preocupación que no fingía. Se quedó observándolo más de la cuenta. Ese hombre rústico, de camisa a cuadros y manos grandes, le despertó algo cálido en el centro del cuerpo que no tenía nada que ver con la estufa.
Él tampoco apartaba la vista. Esa chica delgada, de pelo claro revuelto y boca llena, parecía un espejismo en medio de su soledad.
Pasaron la noche casi en silencio, intercambiando miradas que decían más que cualquier palabra. Al amanecer, Damián montó la bicicleta y pedaleó hasta el puesto de guardaparques más cercano.
—Encontré a una chica perdida, casi congelada —le dijo al oficial de turno—. Está bien ahora, en mi cabaña. Avisen arriba, deben estar buscándola.
El hombre prometió mover el operativo.
Esa misma tarde, el rugido de un helicóptero sacudió el valle. Aterrizó cerca, levantando polvo y nieve. La primera en bajar fue Renata, elegante incluso en plena crisis: botas de caña alta, abrigo de diseño, el pelo negro impecable. Corrió hacia su hija y la abrazó con los ojos llenos de lágrimas.
—Pensé que te perdía, nena —dijo apretándola.
El paramédico que la acompañaba revisó a Solange de arriba abajo.
—Está perfecta. Pero con el cuadro de frío que tuvo, mejor que no vuele esta noche. Mañana temprano la subimos sin problema.
Renata, práctica como siempre, decidió quedarse. Miró la cabaña humilde y después a su dueño.
—¿Le molesta si pasamos la noche acá? No quiero exponerla otra vez.
Damián las invitó a entrar, nervioso. Dos mujeres así, en su espacio mínimo: Renata, madura y de curvas generosas, con esa seguridad que dan los años; Solange, joven y fresca, todavía con el pelo enredado del rescate. La noche cayó pronto. La estufa chisporroteaba y Damián abrió una botella de tinto que guardaba para alguna ocasión que nunca llegaba.
La charla fluyó con el vino. Renata contó del imperio que había construido sola; Solange, de su necesidad de aventura. Pero debajo de las palabras, el aire se iba cargando de otra cosa.
Renata lo notó antes que nadie. Hacía meses que estaba harta de hombres medidos, más interesados en su apellido y sus contactos que en ella. Quería algo crudo, algo que la hiciera sentir mujer de nuevo. Y ese forestal callado, que la había salvado sin pedir nada a cambio, le encendía algo que creía dormido.
Se levantó con la excusa de estirar las piernas y se acercó a él, junto al fuego.
—Gracias por salvar a mi hija —murmuró, rozándole el brazo. Al inclinarse, su pecho le tocó el hombro.
Damián giró la cabeza y la besó, despacio primero, después con hambre. Renata respondió con la misma urgencia, deslizando una mano por su muslo. Solange, desde el sofá, no apartaba la vista; sentía el calor subiéndole por dentro al ver a su madre soltarse así.
—Hace mucho que no me besan de verdad —susurró Renata contra su boca.
Lo hizo girar, le sacó la camisa y recorrió con las manos ese torso trabajado. Él la levantó del suelo con una facilidad que la hizo gemir bajito. La depositó sobre la manta, frente a la estufa, y le abrió el vestido botón por botón mientras ella le hundía los dedos en el pelo.
Solange se mordió el labio. No debería estar mirando. No debería estar tan mojada. Pero no se movió.
Renata buscó la mirada de su hija mientras Damián la besaba en el cuello.
—Vení —le dijo, extendiendo una mano—. No te quedes ahí sola.
Solange dudó apenas un segundo. Después se levantó, se quitó el suéter por la cabeza y caminó hasta ellos. Lo que pasó después borró cualquier línea que las dos habían respetado siempre.
Damián las atendió a las dos con una paciencia que no parecía de un hombre tan solitario. Tomó a Renata primero, despacio y profundo, mientras Solange le besaba el cuello y le mordía el hombro. Después fue el turno de la hija, que se montó sobre él con las piernas temblando, mientras la madre le acariciaba la espalda y le susurraba al oído que se dejara llevar.
Se turnaron sin reglas, riéndose, jadeando, encontrándose en la piel del otro. La estufa los iluminaba a medias y afuera la nieve seguía cayendo, ajena a todo. Damián terminó agotado entre las dos, los tres tirados sobre las mantas, la respiración entrecortada y el techo girando un poco por el vino.
Al amanecer, el helicóptero volvió por ellas. Renata se vistió con la misma elegancia de siempre, como si nada. Solange, en cambio, se demoró en la puerta.
—Voy a volver —le dijo a Damián, y no sonó a promesa de cortesía.
Él asintió, sin saber muy bien qué contestar.
***
Seis meses después, el mismo rugido familiar rompió el silencio de la montaña. Damián salió de la cabaña con el corazón golpeándole el pecho, sin entender del todo por qué. Había pasado esos meses pensando en ellas casi a diario, convencido a ratos de que todo había sido un sueño de una sola noche, de esos que la altura y la soledad inventan.
El helicóptero aterrizó levantando polvo y nieve fina. La puerta se abrió y bajaron las dos mujeres. Algo lo descolocó de inmediato: Renata y Solange estaban distintas. No gordas. Embarazadas. Las dos, con panzas redondas y prominentes que tensaban la ropa cara. Caminaban con esa mezcla de torpeza y orgullo de las mujeres en los últimos meses.
Damián se quedó clavado en el umbral, procesando.
Renata llegó primero, le tomó la cara con las dos manos y lo besó profundo, como si no hubiera pasado ni un día. Solange se pegó del otro lado, le mordió el labio y le apoyó la mano sobre el pecho.
—Te extrañamos, forestal —murmuró la hija contra su boca.
Él dio un paso atrás, aturdido.
Renata sonrió, con la calma de quien sabe exactamente lo que tiene entre manos.
—Te presento a Valentina —dijo, acariciándose la panza.
—Y a Joaquín —agregó Solange, haciendo lo mismo con la suya.
Damián las miró a una y a otra. Las panzas. Los nombres. Las cuentas. Seis meses justos desde aquella noche. La verdad le cayó encima como un balde de agua helada.
—¿Son… míos? —preguntó con la voz quebrada.
Solange soltó una risita descarada.
—¿De quién más, bobo? Esa noche no dejaste a ninguna de las dos sin marcar. Y mirá el resultado.
Renata se acercó y le puso una mano en el pecho.
—Los dos. Un varón y una nena. No vinimos a pedirte plata, Damián, eso lo tenemos de sobra. Vinimos porque queremos que estés.
Damián sintió las lágrimas calientes rodándole por la cara. No era tristeza; era impacto, miedo y una alegría salvaje, todo mezclado. Nunca se había imaginado padre. Mucho menos de dos criaturas, y mucho menos de esas dos mujeres.
—¿Y ahora qué? —preguntó, limpiándose con la manga.
—Ahora nos quedamos unos días —dijo Renata—. Quiero que los conozcas mientras todavía están adentro. Y después vemos.
Solange lo miró de arriba abajo, mordiéndose el labio.
—Y también queremos que nos vuelvas a tocar. Estas hormonas nos tienen imposibles. No sabés cómo veníamos las dos en el helicóptero, pensando en esto.
Damián las miró: dos mujeres hermosas, embarazadas de él, con los ojos brillando de deseo y de algo más hondo. Sintió el cuerpo responder al instante.
—Pasen —dijo, ronco—. La estufa está prendida.
Entraron. La cabaña seguía igual de humilde, pero ahora olía a perfume caro y a expectativa. Renata se quitó el abrigo con lentitud, dejando ver la panza redonda y un escote que el embarazo había vuelto imposible de ignorar. Solange se quedó en unas calzas que marcaban cada curva nueva.
Se sentaron frente al fuego, una a cada lado de él. Le tomaron las manos y se las apoyaron sobre las panzas. Damián sintió los movimientos: pataditas suaves, vida ahí debajo. Sus hijos.
—Valentina y Joaquín ya te reconocen —susurró Solange—. Cuando escuchan tu voz se mueven más.
Él tragó saliva.
—No tengo idea de cómo ser padre —admitió.
—No hace falta que sepas —dijo Renata—. Solo tenés que estar.
Lo besaron por turnos, sin apuro, redescubriéndolo. Damián las recorrió con las manos, asombrado del cambio de sus cuerpos, de lo distinto que era todo y al mismo tiempo lo familiar. Renata se acomodó sobre él con cuidado, de costado para no forzar la panza, y lo guió con una lentitud que los hizo gemir a los dos.
—Despacio, amor —murmuraba ella—, así, no hay apuro.
Solange esperó su turno acariciándola a su madre el pelo, y después se entregó con la misma calma, apoyada contra el respaldo del sofá mientras él la sostenía de las caderas. Esta vez no había nada salvaje en el encuentro: había cuidado, risas a media voz, una ternura que ninguno esperaba.
Terminaron los tres tendidos frente a la estufa, las panzas pegadas a su cuerpo, las manos entrelazadas sobre las dos vidas que crecían. Afuera nevaba otra vez.
Al día siguiente, mientras desayunaban mate y facturas que Renata había traído en una caja térmica, hablaron del futuro.
—No te vamos a obligar a nada —dijo Renata—. Pero queremos que vengas a Buenos Aires cuando nazcan, o que nos dejes venir acá. O las dos cosas. Queremos que seas su padre.
Damián miró la montaña por la ventana, después a ellas, después las panzas.
—Voy a ser el mejor padre que pueda —dijo—. Aunque no tenga idea de por dónde empezar.
Solange sonrió, pícara.
—Empezá por aprender a cambiar dos pañales a la vez. Del resto ya nos encargamos nosotras.
Damián se rió por primera vez en mucho tiempo con ganas de futuro. La cosa iba a ser un enredo de ramas: una pareja, una hija, un padre nuevo, dos abuelos imposibles, dos criaturas que serían a la vez hermanos y primos. Una locura. Pero por primera vez en años, la soledad de la montaña le pareció un buen lugar para empezar algo.