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Relatos Ardientes

La ninfa de la boda me dejó su número en la piel

«Si haces lo que te digo, llegarás lejos, muchacho. Yo empecé como tú y ya me ves, he triunfado en la vida.» Mateo repetía para sus adentros la cantinela de su jefe mientras peleaba con las fundas del carísimo instrumental. Gilipolleces. Un esclavo del tipo más despreciable del universo, eso era lo que se había convertido.

Pasaba la medianoche y el cansancio, la desgana y la rabia se mezclaban en un cóctel amargo. Mientras aquel viejo verde revoloteaba como un buitre intentando ligar con solteronas borrachas, él seguía recogiendo, ordenando y cargando hasta la furgoneta cada cacharro necesario para el reportaje del enlace.

—¡Entra ya, joder! —protestó, forcejeando con un foco rebelde que no encontraba acomodo en su estuche.

Tanto apretó que el cristal se quebró. El crujido le avisó de que todo lo ganado en aquella jornada se acababa de esfumar: tendría que reponerlo de su bolsillo.

Después de un año arrastrando bultos y aguantando al imbécil de su jefe, era la desmotivación personificada. A sus veintitrés años no quedaba nada del entusiasta que había entrado en el gabinete más prestigioso de la ciudad. El sueldo era mínimo, pero le habían prometido aprender el oficio de uno de los mejores fotógrafos del país. En lugar de eso, se había convertido en el mulo de carga de un fotógrafo de bodas caras: invitados de clase alta, mucho lujo y, al final, bodas y nada más.

—A ver si hay suerte y nos largamos pronto de este sitio —gruñó.

Sabía que era pedir demasiado. Su jefe aprovechaba su buena planta y la borrachera de las invitadas para llevarse a alguna a la cama, o a cualquier rincón medio escondido donde montar a su ligue de la noche.

Tras varias idas y venidas, Mateo se sentó en un rincón apartado del jardín, junto a una fuente. Buscó en el bolsillo de su traje barato una bolsita de plástico y, con los auriculares puestos y su música preferida sonando, se lió un cigarrillo de marihuana. La primera calada ya lo calmó. Se quitó los zapatos, hundió los pies en la hierba húmeda y la brisa marina hizo el resto. Entre el humo, empezó a revisar su cámara personal, esa con la que disparaba a su gusto.

Tan a gusto estaba en su mundo que solo se percató de ella cuando se sentó a su lado, se descalzó los tacones y se masajeó los pies con un gemido de alivio.

—Uff, qué tortura. Son preciosos, pero incomodísimos —dijo con una voz dulce.

Mateo se sobresaltó. Si el jefe lo pillaba fumando aquello, no solo pagaría el foco roto: lo echaría en el acto. Amagó con levantarse y tirar el porro, pero ella le puso la mano en el muslo y lo detuvo.

—No lo tires. No me importa, de verdad. Fúmatelo tranquilo.

La penumbra de los farolillos no dejaba ver su belleza, pero a él no le hacía falta luz. La había fotografiado de forma clandestina toda la tarde y conocía cada centímetro de su cuerpo: el pelo oscuro, la mirada limpia, la nariz respingona, las piernas largas. Una mujer joven y demoledora.

—¿Quieres? —ofreció él, tendiéndole el cigarro, buscando una complicidad.

—No, no fumo, pero gracias. Me llamo Nadia. Tú eres Mateo, ¿verdad? Nos vimos el día que fui al estudio con mi prima y la organizadora.

—¿Te acuerdas de mi nombre? —se extrañó él—. Vaya memoria. Tu prima lleva todo el día llamándome de mil formas distintas. «David, hazme una foto con la tía Mercedes. Diego, ahora con mis amigas.»

—Es una idiota —dijo Nadia, frotándose el pie—. Y una fresca. La he visto montándoselo ahí detrás con tu jefe.

—Ya —respondió Mateo sin sorpresa. Las novias eran la presa favorita de aquel obseso. La recién casada había pasado por el estudio una docena de veces, y los gemidos que salían del despacho no eran precisamente de una reunión de trabajo.

—Es normal que le ponga los cuernos a ese bobo, pero… ¡el mismo día de la boda! Eso ya es pasarse, incluso para ella.

—Ya.

—No hablas mucho, ¿eh? —rió Nadia.

Él se encogió de hombros. Nunca había tenido facilidad con las palabras, y menos con mujeres tan guapas. Prefería escucharlas y, como buen fotógrafo, leer los matices de sus gestos.

—¿Qué escuchas? —ella se colocó uno de los auriculares y se le iluminó la cara—. ¡Me encanta este grupo! Es mi favorito.

—¿En serio? —se animó él.

Para demostrarlo, empezó a tararear el estribillo entre dientes. Y Mateo, ya fuera por el porro, por su voz o por la mano que seguía acariciándole el muslo, se fue calentando por momentos. Intentó apartarse del roce, pero ella insistió, intensificando aquel toqueteo aparentemente inocente.

—Ojalá la fuente no fuera tan pequeña —murmuró Nadia—. Si fuera más grande, me metía con vestido y todo. Estoy ardiendo… de calor, quiero decir.

—¡A la mierda! —exclamó de pronto, lanzando los tacones al agua—. Estoy harta de sufrir por nada. Esta boda es un coñazo lleno de viejos. Y no lo digo por ti —se apresuró a aclarar—, sino por esos babosos de ahí dentro.

—Ya.

—Uno me ha metido mano —dijo, furiosa—. El padre del novio. Delante de todo el mundo. Me ha sentado en sus rodillas como si fuera una cría, me ha tocado, y el imbécil de mi padre, en vez de decir algo, se reía. Todavía me ve como a una niña.

—Qué cabrones.

***

Hablaron un rato más. Ella le contó que su mejor amigo, Bruno, era «un pervertido encantador» que en la universidad andaba siempre detrás de las chicas con la cámara, pero que a ella la trataba como a una reina sin tocarla jamás. Mateo no sabía si eso le parecía tierno o triste.

—A veces me gustaría que me hiciera esas cosas —confesó Nadia, sincera—. Pero prefiero no arriesgar su amistad. —Lo miró de reojo—. Tú sí podrías hacérmelas. Las fotos, digo. Eres un fotógrafo estupendo.

El problema era que ella ya las tenía. Le quitó la cámara de las manos antes de que pudiera impedirlo y empezó a pasar imágenes. Había decenas suyas: el vestido blanco ceñido, la mirada melancólica, ajena a la alegría del resto. Y entonces aparecieron las otras. Las que mostraban, con un ángulo imposible y la nitidez de un buen objetivo, que esa noche no llevaba nada bajo la falda.

Mateo se quedó petrificado, deseando que se lo tragara la tierra.

—Esta mañana, frente al espejo del hotel, vi que se me marcaba la ropa interior bajo el vestido —dijo ella sin enfadarse—, así que me la quité. Creí que nadie se daría cuenta.

—Lo… lo siento. Las borro ahora mismo.

—¿Borrarlas? ¿Por qué? ¿Acaso te parezco fea?

—¿Fea? Eres una diosa —soltó él, y se ruborizó al instante, sin creerse que aquello hubiera salido de su boca.

Nadia sonrió, encantada.

—Quédatelas. En serio. Pero prométeme que serán solo para ti.

—Por… por supuesto. Ni lo dudes.

—¿Sabes? —dijo ella, traviesa, levantándose—. Hay una gruta al final de ese sendero. Una antigua terma romana con una cascada. Tú tienes la llave, ¿no? Llévame. Quiero que me hagas fotos de verdad.

***

Lo arrastró de la mano por el caminito apenas marcado. La luna, buena voyeur, les regaló su luz. Pocos minutos después, lo que parecía la entrada de una cueva resultó ser una puerta acristalada incrustada en la roca. Mateo accionó los interruptores y varios focos deshicieron la penumbra. Nadia se quedó sin aliento: una caverna amplia, cálida y húmeda, con una cascada cayendo sobre un pequeño lago atravesado por una pasarela de madera.

—Esto es increíble —susurró—. Y mi prima no quiso hacerse fotos aquí. Además de fresca, tonta.

Se imaginó cruzando aquella pasarela descalza, con el agua salvaje a su espalda. Tan embobada estaba que no notó que ya la estaban fotografiando.

—No he podido contenerme. Estás preciosa —dijo Mateo entre disparo y disparo—. Pareces un ángel con ese vestido. Solo te faltan las alas.

Ella se sintió importante para aquel chico atractivo y eso la encendió. Posó, coqueteó, se movió con una sensualidad fresca y desinhibida. En un momento dado, uno de los tirantes resbaló por su hombro y dejó asomar el comienzo de un pecho. No hizo nada por cubrirse.

—¿Así está bien? —preguntó, mimosa.

—Sí —tragó saliva él.

Toma a toma, el vestido fue cediendo. Pronto estuvo frente a la cámara con el torso desnudo, los senos pequeños coronados por dos botones erizados, la tela haciendo equilibrios en las caderas.

—¿Te gustan? Son un poco pequeños, ¿no?

—Son alucinantes.

Nadia no cabía en sí. El vestido cayó hasta los tobillos y, vencido al fin el pudor, Mateo se dio un festín: de cerca, de lejos, con la cascada de fondo. Ella recibía cada disparo con una sonrisa que no se borraba, feliz de ser el objeto de culto de aquel muchacho. Cuando notó el bulto duro bajo el pantalón de él, el rubor le subió a las mejillas. Estaba excitada, pero no sabía dar el siguiente paso: en sus relaciones anteriores siempre había sido el chico quien marcaba el ritmo, y aquel era demasiado tímido. Así que decidió empujar las cosas.

—Me gusta hacer de gatita —dijo, arrodillándose y arqueando la espalda como una felina—. Con un amigo jugamos a eso. Yo soy su gatita obediente y él, mi amo. Él ordena, yo obedezco. —Se frotó la mejilla contra su pierna—. ¿Quieres ser mi amo esta noche? Si lo eres… podrás hacerme lo que quieras.

Contorneó las caderas hasta dejar su sexo a la vista del objetivo. El flash iluminó la gruta de forma intermitente.

—¿Serás mi amo, por favor? —suplicó, deslizando dos dedos para abrirse.

—Sí, Nadia.

—Sí, gatita —corrigió ella.

—Sí, gatita —repitió él, aplicado—. Tócate. Masturbáte.

—¡Miau! —maulló, y obedeció.

Pegó la cara al suelo para que su amo no se perdiera detalle. Se hundió los dedos hasta el fondo, los separó cuando él se lo ordenó, dejó caer un hilo transparente que se unió al agua del suelo. De su garganta salían sonidos roncos, un ronroneo más animal que humano. Tan extasiada estaba que tardó en notar que un tercer dedo, ajeno a su mano, exploraba su interior de forma torpe pero mucho más profunda.

—¿Quieres hacerlo tú, mi amo?

—Sí.

—¡Miau! —le dejó el camino libre.

Los dedos de Mateo entraban y salían mientras ella se retorcía de gusto. Sin soltar la cámara, disparaba con la mano libre. Cuando intentó meter un tercer dedo, Nadia dio un respingo y él los sacó de golpe, como electrocutado.

—¡Perdón! ¿Te he hecho daño?

—No, no. Sigue, amo. Haz lo que quieras conmigo.

Le agarró la mano y la guió de vuelta. Fue ella misma quien se folló sus dedos con embestidas de cadera hasta alojarlos del todo. No paró hasta que las contracciones de un orgasmo brutal la dejaron temblando, tumbada boca arriba, mostrándole sin pudor el resultado para que lo inmortalizara. Mateo lo hizo, con una ráfaga de fotos, aunque la dureza bajo el pantalón le dificultaba cada movimiento.

—¿Y mi premio, amo? —ronroneó, volviendo a su pose felina—. A las gatitas buenas, sus amos les dan su leche.

Se acercó gateando y frotó la cara contra el bulto del pantalón.

—¿Puedo tomar tu leche, mi amo?

Él solo pudo asentir, con un nudo en la garganta. A Nadia le bastó. Necesitó las dos manos y la ayuda de él para liberar aquella verga, y cuando la tuvo delante no ocultó su admiración.

—Madre mía. Nunca había visto una así.

Empezó por los testículos, con lametones rápidos de gatita, antes de tragarse la punta entre sus labios carnosos. Mateo estaba en la gloria: era casi la primera vez que alguien le hacía algo semejante. Tuvo que apretar los dientes para no correrse de inmediato.

—Mira a la cámara y sonríe, gatita.

—¡Miau! —obedeció, sin dejar de chupar.

Desesperado por aguantar, le pidió que usara también los pechos. Ella atrapó el miembro entre los senos mientras la punta de su lengua jugaba con la punta. A Mateo le temblaba el pulso, pero siguió disparando hasta que ya no pudo más. En el último segundo se apartó y eyaculó sobre su cara. La cantidad fue tal que le cerró un ojo y le pintó la mejilla, aunque la mayor parte cayó en su boca abierta.

—Espera, no te lo tragues todavía.

Nadia obedeció, abrió la garganta hacia la cámara que no dejaba de trabajar y, solo cuando él se lo permitió, tragó.

—¡Miau! —maulló, satisfecha de su hazaña.

Para entonces, Mateo se dio cuenta de que no había perdido el vigor.

—A cuatro patas, gatita.

Ella adoptó la posición sin dejar de ronronear, arqueando la espalda. Él se colocó detrás y la penetró de una embestida, agarrándola de las caderas. Luego se quedó quieto, con la polla entera dentro. Solo al recibir un sonoro cachete en la nalga entendió Nadia lo que se esperaba de ella.

—Muévete, gatita.

—¡Miau! —se incorporó lo justo para iniciar el vaivén que la llevó al cielo.

Cuando giró la cabeza comprendió por qué él no la ayudaba: tenía otra vez la cámara en las manos, enfocando la parte más íntima de todo aquello. Eso la excitó aún más. Llevó su cuerpo al límite, lo metió y lo sacó mil veces, hasta que sintió los chorros calientes estallar contra sus paredes y multiplicar por mil sus propias contracciones.

Extasiados, quedaron tumbados boca arriba sobre la roca.

—Guau —exclamó él, rendido.

—Mejor «miau» —rió ella.

—Sí. Eso. Miau.

Se metieron bajo la cascada tibia y se comieron a besos un buen rato. Después, fuera del agua, se quedaron dormidos, abrazados, vencidos por el cansancio.

***

—¡Eh, tú, gilipollas! —le despertó una voz ronca.

Mateo tardó en ubicarse. La persona que tenía al lado ya no era Nadia, sino un hombretón malcarado de enorme mostacho.

—¡Vístete y lárgate, Romeo! Como te pille la encargada, te arranca los huevos. ¿Cómo cojones habéis entrado?

—Yo… tenía la llave. Soy el ayudante del fotógrafo.

—¡Trae para acá! Ya sabía yo que no la había perdido. Maldita jefa. —El hombre suavizó el tono—. No la busques, chaval. Tu Julieta se largó hace rato. La vi salir, por eso supe que alguien se había colado. Parecía satisfecha, je, je. Y muy guapa, cabronazo. Demasiado para ti. Hazme caso, olvídala. Se fue en un coche carísimo. Ah, y por cierto… llevaba una cámara enorme en la mano.

Mateo buscó entre sus ropas, incrédulo. Se había llevado la cámara, todas las fotos, todo. Suerte que aquel guarda lo dejaba marchar sin avisar a su jefa. Salió a la madrugada con las manos vacías y el corazón a medio camino entre la rabia y la sonrisa.

Fue al sacar el móvil cuando encontró lo único que ella había querido dejarle: una última foto que él no recordaba haber hecho. Era un número de teléfono, escrito con carmín rojo sobre dos pechos pequeños y perfectos. Un número al que, lo supo en ese instante, no tardaría en llamar.

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Comentarios (4)

JuandelSur

Tremendo. Me quede sin palabras de verdad.

Meli_BSAS

Por favor que haya segunda parte!!! Me quede con demasiadas ganas de saber que paso despues de esa noche

FabioLect

Me recordo a una vez que laburé en una boda y viví algo parecido... esa sensación de ser el que nadie ve hasta que de golpe alguien te ve. Muy bien captado

Gustavo_Pto3

¿Y el numero lo usaste? jaja me deja loco no saber que paso despues

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