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Relatos Ardientes

La camarera que me curó el despecho esa noche

Mateo solía decir que los cuernos pican menos cuando uno encuentra con quién rascarse. Lorena, en cambio, había intentado curar un mal de amor metiéndose en la cama de otro hombre. Esta es la historia de cómo, al final, cada uno terminó pagando su propia cuenta.

Lorena entró en el restaurante que su marido regentaba desde hacía más de una década con el paso firme de quien se sabe dueña del lugar. Estaba acostumbrada a que, apenas cruzara la puerta, uno o dos camareros acudieran a darle la bienvenida y la condujeran al despacho de Mateo o a una mesa reservada. Esa tarde, sin embargo, se acercó una camarera nueva, una mujer morena que sonreía con una calma extraña.

—¿Tiene mesa reservada? —preguntó.

Lorena dudó. No la conocía, debía de llevar poco tiempo. Tuvo que identificarse y solo entonces, también sonriendo, eligió ella misma la mesa de siempre. Ordenó que avisaran a su marido. La camarera intentó guiarla y Lorena la rechazó con un gesto seco.

—Estoy en mi casa —dijo.

Dio unos pasos en esa dirección y su semblante se ensombreció de golpe. Mateo estaba sentado a esa mesa con una mujer sin maquillar, de peinado descuidado, que miraba al frente con una frialdad calculada, la expresión de quien ha venido a destrozar a alguien. Lorena se acercó despacio.

—Hola. —Sonrió a su marido y le puso una mano en el hombro, sin inclinarse a buscar el beso. Sus ojos exigían una explicación—. Veo que estás acompañado.

—Hola, Lorena. —Mateo tartamudeó, nervioso, pero tras un carraspeo se recompuso—. Te presento a Patricia. Y fíjate qué casualidad: Patricia es la mujer de Andrés. Sí, ese Andrés con el que me pones los cuernos desde hace meses.

Durante unos segundos la cabeza de Lorena giró de uno a otro, tan rápido que parecía a punto de partirse el cuello.

—¿Qué? —fue lo único que alcanzó a decir.

—Verás, cariño. —Mateo esbozó una sonrisa forzada—. Patricia y yo estábamos decidiendo si acostarnos antes o después del divorcio. ¿Tú qué opinas? Yo creo que después, así tu abogado no podrá decir que también te era infiel.

—Mateo, no…

Se puso de pie para encarar mejor la situación.

—Ah, y durante el juicio vas a poder ver el precioso vídeo que grabó mi primo Raúl. Te pilló en el baño de su casa, durante la comunión de su hijo, arrodillada delante de Andrés. Por la cara que pones, debías de estar muy entretenida.

No sonreía. Su mirada era pura cuchilla.

—Mi primo tuvo el detalle de mandarme una copia. No sé qué le hiciste, pero estaba encantado de fastidiarte. A partir de ahí me dediqué a reunir datos. No tengo fotos tuyas con Andrés en la cama, es verdad, pero sí fechas, hoteles, tres meses enteros. Viajes fuera de la ciudad que coincidían con los suyos, siempre en el mismo hotel, la misma habitación. —Abrió mucho los ojos, fingiendo caer en la cuenta—. No me digas que era para ahorrar. En fin. Veremos qué opina el juez.

Lorena permanecía quieta, ruborizada, incapaz de reaccionar. Mateo le ordenó que fuera a casa, recogiera sus cosas y se marchara antes de una hora, o llamaría a la policía. No sabía si tenía derecho a hacerlo, pero el farol funcionó. Lorena salió sin decir una palabra más.

Patricia lo miró entonces con una seriedad de piedra.

—No pienso tocarte ni con una caña —dijo—, pero reconozco que me has sorprendido. Me ha parecido bien cómo has tratado a esa… mujer. A Andrés todavía no sé cómo voy a tratarlo. La casa está a medias. Ya veremos.

—No es asunto mío. Si quieres, te presento a mi abogado.

Patricia se fue a los pocos minutos. Como cada noche, Mateo se quedó en el restaurante hasta el cierre. Los cocineros y los camareros se marcharon a la hora de siempre. O eso creyó él.

***

Estaba en el pequeño despacho, con las cuentas del día abiertas en la pantalla del ordenador. No conseguía leerlas. No eran más que borrones. Su mente volvía una y otra vez a los ojos de Lorena. Cuánto la quise. Qué grande fue su traición. Entre pensamiento y pensamiento le dio tiempo a temer que, al llegar a casa, fuera ella quien hubiese cambiado las cerraduras.

La puerta del despacho estaba entornada y, aun así, alguien llamó con los nudillos.

—¡Hola, Mateo! ¿Puedo pasar?

Era Vera, la camarera nueva. Una morena de casi cuarenta años, de brazos fuertes y piel cubierta de tatuajes que hablaban de lugares lejanos y rituales extraños. Entre el personal se rumoreaba que podías nombrar cualquier rincón del mundo y ella te diría exactamente qué hacer allí para pasarlo en grande, porque ya había estado.

—Vera, es tardísimo. ¿Qué haces aquí?

—Lo mismo que tú —dijo ella, cerrando la puerta a su espalda—. Lamerme las heridas.

Se acercó sin prisa. Con esa misma lentitud se desabrochó la camisa del uniforme y luego se quitó la camiseta, dejando a la vista un sujetador claro. La falda cayó al suelo. En ropa interior, llegó hasta la silla donde Mateo seguía sentado, le bajó la cremallera del pantalón y deslizó la mano dentro con una naturalidad que lo dejó sin aire.

—Vamos a ver qué tenemos por aquí —murmuró.

Mateo, entre sorprendido y excitado, no hizo nada por detenerla. No quería detenerla.

Sintió la boca de ella cerrarse sobre él y dejó caer la cabeza contra el respaldo. La lengua de Vera trabajaba despacio, deteniéndose justo donde notaba que él se tensaba, y Mateo se descubrió clavando los dedos en el borde de la silla. Cuando ella se incorporó y se quitó las bragas, él ya había olvidado las cuentas, a Lorena y el miedo a las cerraduras.

Vera se sentó a horcajadas sobre él. El pantalón le quedó enredado en los zapatos, pero a ninguno de los dos le importó. Ella se dejó caer despacio, marcando el ritmo, y apoyó las manos en sus hombros.

—Así, Mateo —dijo, acercando los pechos a su boca—. Olvídate de que existe el mundo. Solo esto. Siente y ya está.

Olvidar el mundo o sentirlo entero, daba igual. Mateo se aferró a sus caderas y la siguió. La oyó respirar más fuerte, notó cómo se cerraba en torno a él, y cuando ella terminó, con un temblor largo que le recorrió la espalda, él la siguió de cerca.

Se quedaron quietos, ella encima, las manos de él en su cintura, los dos recuperando el aliento. Vera le tomó la cara entre las manos y lo besó hondo, un beso que se prolongó hasta que tuvieron que separarse para respirar.

—Ha estado bien —murmuró ella—. ¿Y tú, qué tal?

—Bien —dijo él, todavía sin voz—. Muy bien.

—Te noto con ganas todavía. —Sonrió—. ¿Repetimos?

—Sí.

—Vale. Te la chupo otra vez para…

Mateo la sujetó por la muñeca.

—No hace falta. Deja que me ocupe yo un rato.

Llevó la boca a sus pechos y se tomó su tiempo. Vera echó la cabeza atrás.

—Vaya, y yo que creía que esto era solo el aperitivo. —Le sujetó las manos con las suyas—. Más suave, no aprietes tanto. —Aflojó él, buscando con la lengua—. Así. Así sí.

Continuaron entre besos y caricias hasta que él volvió a estar listo. La segunda vez fue más lenta, más acompasada, las caderas de ambos encontrando un mismo compás. Terminaron casi a la vez, ella mordiéndole el hombro para no hacer ruido.

—Sabes moverte —dijo Vera después, todavía abrazada a él—. Sabes tratar a una mujer.

—A toda una mujer.

Se quedaron así unos minutos más, hasta que ella se separó y empezó a vestirse.

—Vale, jefe. De esto, ni una palabra a nadie. ¿Estamos? Que hay quien te cuelga una etiqueta en cuanto te descuidas.

—¿Los compañeros? —preguntó Mateo.

—No. Las compañeras. Esas. Que una ya carga con unas cuantas etiquetas.

—Entiendo. No quieres que te cuelguen la de estar conmigo.

—Esa —contestó ella sin dudar— te haría más daño a ti que a mí.

Mateo no supo si darle las gracias. Preguntó:

—¿Y eso de lamerse las heridas?

—La de siempre. Me gusta un tío y, justo cuando creo que la cosa va en serio, me sale con que quiere probar suerte con otra. —Se encogió de hombros—. Cuernos con matices, pero cuernos.

Se vistieron deprisa y no hubo nada más esa noche.

***

Los días pasaron.

Hubo divorcio. Lorena lloró, con lágrimas de atrezo o quizá reales, porque tenía mucho que perder: Andrés no tenía ni de lejos el nivel de Mateo. Patricia montó su propio espectáculo de gemidos y reproches que no conmovieron al juez, ocupado solo con los hechos y los papeles. Lo malo del vídeo, comentaban los abogados, era que se veía la cara de Lorena; lo demás no identificaba a nadie.

El abogado de Mateo presentó la documentación necesaria para quedarse con lo que era justo. El restaurante, fruto de años de trabajo, siguió siendo suyo. La casa, que venía de una herencia familiar, también.

Lorena volvió a casa de sus padres, que no tuvieron más remedio que acogerla, abochornados. Andrés vivió en una pensión hasta que encontró un piso a la altura de su sueldo, porque Patricia se encargó de exprimirlo hasta el último céntimo.

Vera, por su parte, empezó a salir con un hombre de su edad que la recogía en una moto que llamaba la atención. Se la veía contenta.

Mientras tanto, Mateo seguía solo. De casa al trabajo y del trabajo a casa, cumpliendo aquel dicho de que, si dejas el sexo en paz un mes, él te deja en paz dos.

***

Una tarde, Vera se asomó a la cocina desde el comedor y, con un gesto, llamó la atención de Mateo, que en ese momento hablaba con el cocinero. Él le respondió con otro gesto: que esperara.

Quince minutos después, ella se acercó para avisarle de que dejaba el restaurante. Sonriendo, añadió:

—Me marcho a dar otra vuelta al mundo.

—Vale. Sin problema. Supongo que sabes lo de las dos semanas de preaviso para buscar sustituta.

Vera asintió.

—Es justo lo que necesito para el pasaporte y las vacunas.

Y, como si formara parte de la despedida, esa noche, con el restaurante ya cerrado, Vera volvió al despacho. Llevaba la camisa abierta y, mientras se desabrochaba el sujetador, pidió:

—Jefe, vengo a que me alivie un picor.

Mateo sonrió y empezó a desnudarse.

—Vaya. ¿Y dónde te pica?

Le picaban los pechos, así que él se los acarició y los recorrió con la boca.

—Nadie me come los pezones como tú, cabrón —murmuró ella.

Le picaba también entre las piernas, y él se ocupó primero con la lengua y después con el resto.

—Manejas bien la boca —jadeó Vera—, pero no hay nada como sentirte dentro. Sí.

Y debió de picarle algo más, porque al poco rato ella se tumbó sobre la mesa, levantó las piernas y se las sujetó por las rodillas.

—Ven. Así, sin condón. Todos los tíos sois unos guarros.

Mateo la penetró despacio, primero donde ella ya estaba lista, y cuando la notó relajada cambió de sitio. Entró por detrás sin demasiada ceremonia, y sintió cómo aquel anillo de músculo se cerraba y se aflojaba a su alrededor, apretándolo de un modo que lo volvió loco.

—¡Más fuerte! —pidió ella—. Ahí es como tiene que ser. ¡Sí, señor!

Sujetándole las piernas para empujar con más ganas, Mateo terminó con una fuerza que lo dejó vacío. Vera respiraba entrecortado, sonriendo contra la madera de la mesa.

—Así, así —murmuró—. Uf.

Después, Vera se limpió con varios pañuelos, se vistió y se quedó mirándolo con una sonrisa.

—Jefe, como me trate tan bien, voy a tener que replantearme lo de marcharme.

—Haz lo que quieras. —Mateo se ajustó el jersey y preguntó—: Oye, ¿de verdad te gusta así, por detrás?

—¡Pues claro! —rió ella—. Además, quería terminar el día con ese hueco bien atendido, que por delante ya iba servida. —Se abrochaba el sujetador—. Hoy me he despedido de unos cuantos amigos.

En la lista nombró a Tomás, el repartidor del mercado; a Iván, el dependiente de la camisería de al lado, y a Pili, la de la pastelería de enfrente.

Mateo se quedó mudo.

Al día siguiente, Vera presentó su renuncia por escrito. A quien le preguntaba si era cierto lo del viaje, le enseñaba la foto de un viejo camión militar reconvertido en casa rodante.

Vera se marchó a las dos semanas. La sustituyó Daniela, una mujer de unos treinta años que llegó para poner la vida de Mateo del revés, como quien lo desnuda para volver a vestirlo de cero. Pero esa ya es otra historia.

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Comentarios (5)

Karla_Noc

increible, que noche!!!

Marcos91

Que relato mas rico. Bien contado y sin exagerar. Seguí publicando!

LectoraOsada

Necesito una segunda parte urgente por favor. Quede con ganas de saber que paso despues con ella.

FabianMza

Me recordo a algo parecido que me paso hace años. Esas noches que no planeás son las que te cambian el humor de golpe. Muy bien narrado.

CuriosaLect

¿Hubo algo mas despues o fue solo esa noche? La historia pide continuacion jaja

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