El gruista que nos cobró la avería con el cuerpo
El ruido del camión de Cándido se había apagado hacía rato, pero el aire de aquel kilómetro perdido de carretera seguía vibrando, cargado de una electricidad sucia. Raquel y su hija Noelia esperaban junto al coche averiado, dos siluetas recortadas contra un anochecer que teñía el cielo de morados, como un hematoma enorme sobre la meseta.
El silencio se rompió otra vez, ahora no con el rugido moderno de un tráiler, sino con un sonido bronco, asmático, renqueante. Hierro viejo, correas flojas. Por la curva apareció la grúa: un camión antiguo, repintado a brocha de un naranja desvaído, con la caja llena de cadenas oxidadas y manchas de grasa que parecían islas negras. En la puerta, escrito a mano con letras temblorosas, se leía: «GRÚAS Y TALLERES SATURNINO — SE ARREGLA LO QUE TENGA ARREGLO».
El vehículo frenó con un chirrido agónico que levantó una nube de polvo y se detuvo a un par de metros del coche. El motor tosió una última vez y la cabina se sacudió, como un animal grande espantándose las moscas.
La puerta del conductor se abrió y por un instante pareció que el camión iba a volcar por el cambio de peso. Asomó primero una bota de seguridad con la puntera de acero gastada y la suela llena de barro seco. Luego una pierna ancha como una columna, envuelta en un mono azul que pedía clemencia por las costuras. Y al final bajó Saturnino.
Si Cándido había sido un depredador frío, Saturnino era pura fuerza bruta, tracción animal. Un hombre inmenso, más por anchura que por altura. Calvo, el cráneo brillándole aceitoso bajo los faros, la piel curtida y rojiza de quien lleva cuarenta años al sol. Tenía el cuello tan ancho que la cabeza parecía nacerle directamente de los hombros. Y vello por todas partes: una alfombra negra le reventaba los botones del mono y le subía por el cuello casi hasta las cejas, dos matorrales desordenados.
—¡Qué calor hace, recristo! —bramó con una voz que sonaba a grava cayendo por un tubo. Se pasó el antebrazo por la frente, dejando un rastro de grasa—. ¿Ustedes son las amigas de Cándido, las del calentón?
Raquel asintió, incapaz de hablar. Aquel hombre abrumaba de una forma distinta. Cándido daba miedo; Saturnino daba sensación de inevitabilidad, como una roca rodando ladera abajo.
Se acercó con un andar pesado y oscilante, rascándose la barriga: una esfera dura y maciza, tensa como un tambor, de esas que tienen los hombres de campo fuertes.
—Vaya avería, hermosas —dijo, dando una palmada en el capó que sonó a disparo. Ni siquiera lo abrió—. Esto huele a junta de culata quemada desde aquí. Me dijo Cándido: «Vete pa'llá, que hay dos mozas que necesitan un apaño y pagan bien, con carne de la buena». Y para estas cosas tiene buen ojo el condenado.
Se plantó delante de ellas con unos ojos pequeños y oscuros, hundidos en la carne de la cara, que brillaban con una malicia infantil. No había en él el cálculo cruel de Cándido; solo una lujuria simple y directa, la del hombre que mira una sandía madura y piensa en abrirla contra una piedra para comérsela allí mismo.
—¡Madre del amor hermoso! —exclamó, las manos en la cintura, mirándolas de arriba abajo sin disimulo—. No mentía el pájaro. Un poco finas para mi gusto, que a mí me gustan con más agarre, pero buenas hechuras tenéis.
Raquel intentó recomponerse. Se sentía ridícula: sin ropa interior —Cándido se había quedado de recuerdo la suya y la de su hija—, sucia, con el vestido mal puesto.
—Señor Saturnino —dijo, intentando sonar digna—, necesitamos que nos lleve a su taller. Pagaremos lo que sea.
El hombre soltó una carcajada que le hizo temblar la barriga.
—¿Pagar? ¡Quita! ¿Qué hago yo con billetes en mitad del campo, mujer? Cándido ya me avisó de que el pago era en especias. Y yo soy de buen conformar. Un favor por otro, ¿no funciona así el mundo, zagalas?
Se acercó más, invadiendo su espacio con un olor potente: gasoil, sudor rancio de horas al volante, tabaco fuerte y ese tufo almizclado y animal de hombre que no se molesta en disimular.
—Además —añadió, guiñando un ojo grotesco—, tengo la herramienta en caliente. Y no hablo de la grúa.
Raquel y Noelia se miraron. No había escapatoria. Y en el fondo de sus cabezas, rotas y moldeadas por lo que les había pasado horas antes, surgió esa chispa oscura. Saturnino no era atractivo en ningún sentido. Era un ogro. Pero emanaba una masculinidad tan arcaica, tan libre de pretensiones, que les provocó un escalofrío en la entrepierna. Era la atracción por lo prohibido, por lo sucio, por dejarse usar por algo que no piensa y solo actúa.
Esto no termina nunca, pensó Raquel. Y lo peor es que no quiero que termine.
—Bueno, menos cháchara y más faena, que se hace de noche —dijo Saturnino, tirando el cigarro y aplastándolo con la bota.
***
Sin previo aviso, con una velocidad sorprendente para su masa, la agarró por la cintura. Sus manos eran tan grandes que los dedos casi se le tocaban sobre el ombligo. La levantó en vilo como si fuera una niña, o un saco de pienso.
—¡Quieta, jaca! —se rió, llevándola hacia el morro del camión—. Que te veo muy tensa. Vamos a engrasarte los ejes.
La dejó caer sobre el parachoques metálico y oxidado, a la altura de su cintura. El metal estaba caliente y rugoso. Saturnino se metió entre sus piernas, separándoselas con sus propios muslos, duros como robles bajo la tela del mono.
—A ver, a ver… —murmuró, bajándole el pantalón de un tirón seco, sin desabrochar nada, haciendo saltar un botón que rodó por el asfalto—. ¡Vaya tela! Si es que vais provocando. Así da gusto, las cosas facilitas.
No se desnudó. Se soltó los tirantes del mono, que cayeron a los lados, y se bajó la cremallera. Lo suyo no era nada estético: un trozo de carne tosco, grueso y cabezón, de un rojizo oscuro. Una herramienta de trabajo, fea, brutal y eficiente, que colgaba pesada entre sus ingles peludas, ya goteando.
—¡Mirad qué hermosura! —exclamó, sopesándola, orgulloso como quien enseña un calabacín de su huerto—. No tendrá tanta tontería como lo de ciudad, pero cumple. Es como un tractor: lento pero seguro.
Miró a Noelia, paralizada observando al gigante velludo.
—Tú mira y aprende, niña. Que así es como se hace en el pueblo. Sin mariconadas de preliminares. Aquí se viene a lo que se viene.
Agarró a Raquel de las caderas, clavándole los dedos, escupió en su propia mano y frotó la saliva en el glande. Sin más ceremonia, empujó. No buscó el ángulo, no tuvo cuidado. Fue como meter un tronco en una cerradura.
Raquel soltó un alarido. La entrada fue tosca, dolorosa por la fricción y la anchura desproporcionada. Saturnino la llenó con una brutalidad despreocupada, estirando sus paredes de un modo que Cándido, con toda su crueldad calculada, no había logrado. Esto era distinto. Follaba como quien cava una zanja: con ritmo, con peso, dejando caer todo su cuerpo de cien kilos en cada embestida.
—¡Toma, mujer, toma! —repetía, la barriga golpeándole el vientre con un sonido sordo—. ¡Esto es carne! ¡Esto es una hembra!
El olor lo envolvía todo: campo, tierra, sudor, tabaco negro. Su barba de tres días, dura como lija, le raspaba la cara cada vez que bajaba la cabeza para morderle el hombro sin ninguna delicadeza.
—¿Te gusta, eh? —le gritaba al oído, el aliento caliente—. ¿Te gusta que te are el huerto el Saturnino?
Raquel, abierta de piernas y aplastada contra el metal, la espalda dolorida, se descubrió gimiendo. No de placer refinado, sino de una sumisión atávica. El hombre era tan vasto, tan primario, que le anulaba el intelecto. Sus embestidas no tenían técnica, solo potencia. Un pistoneo constante, incansable.
Noelia miraba, fascinada y horrorizada. Veía cómo la barriga peluda subía y bajaba, cómo los brazos de gorila sujetaban despatarrada a su madre, cómo la calva le brillaba roja por el esfuerzo. Había algo hipnótico en ver a un hombre tan ajeno a toda estética, tan puramente funcional.
—¡Tú, canija! —gritó Saturnino de pronto, girando la cabeza sin dejar de bombear—. ¿Qué haces ahí pasmada? ¡Ven pa'cá!
Estiró un brazo largo y grueso como una rama y la atrajo por la camiseta hacia el amasijo de cuerpos.
—Aquí se comparte, que donde comen dos comen tres —rió, con un ronquido—. A ver esa boquita, que me han dicho que tienes vicio.
Noelia se encontró de rodillas junto a la pierna del coloso, con el olor a almizcle golpeándole la nariz. Saturnino sacó una mano de la cadera de su madre, se agarró la polla chorreante y se la plantó en la cara a la chica.
—¡Límpiala, que tiene que volver a entrar! ¡Que no se diga que los de pueblo somos guarros!
Noelia abrió la boca y él se la metió hasta el fondo. Sabía a sal, a cuerpo, a vida cruda. La carne era rugosa, con venas que parecían cables gordos, y el sabor era intenso, mareante.
—¡Eso es, zagala! —jadeaba, moviendo las caderas para follarle la boca mientras mantenía a la madre inmovilizada con el otro brazo—. ¡Qué arte tiene la niña!
El hombre estaba en su salsa. Dos mujeres de ciudad sirviéndole como si fueran pañuelos desechables, y él se sentía el rey del mundo. No había malicia en sus insultos, solo una descripción ruda de la realidad tal como la veía: él era el macho, ellas las hembras, y eso era cuanto importaba.
—¡Hala, cambio de tercio! —anunció. Sacó la polla de la boca de Noelia con un sonido húmedo y volvió a clavársela a Raquel, esta vez dándole la vuelta, con el trasero en pompa contra el camión.
—¡Así, como las cabras en el monte! —celebró, admirando el culo—. Aquí hay donde agarrar para no caerse.
Se apoyó sobre la espalda de Raquel, aplastándola con su peso, y embistió con más violencia, casi levantándole los pies del suelo a cada golpe. Ella sentía que la partía por la mitad. La barriga le golpeaba las nalgas, el vello le picaba en la espalda desnuda, el sudor le goteaba encima como lluvia.
—¡Que me corro, recristo! —avisó, con la sutileza de un terremoto. Empezó a gruñir, sonidos guturales, casi ininteligibles—. ¡Gnnnnh!
Aceleró hasta convertir el acto en una batidora de carne. Raquel se agarraba al parachoques, los nudillos blancos. Y entonces Saturnino se detuvo en seco, con un espasmo que le recorrió el cuerpo masivo.
—¡Ahí va la carga! —rugió. Sacó la polla y, agarrándola, descargó sobre las nalgas de Raquel, sobre el metal, sobre el suelo. Una cantidad absurda, fruto de semanas de sequía.
Se quedó jadeando, las manos en las rodillas, recuperando el aliento como un buey tras tirar del arado.
—¡Virgen santa! —escupió al suelo—. Me he quedado como nuevo.
***
Se limpió con un trapo grasiento que sacó del bolsillo trasero y se subió el mono con la misma tranquilidad de quien acaba de mear detrás de un árbol. Raquel se incorporó a duras penas, las piernas de trapo, sintiendo el rastro viscoso y cálido bajándole por los muslos. Tenía el cuerpo molido, como si un camión le hubiera pasado por encima dejándola hundida en el polvo.
Se acercó a Noelia, que seguía temblando, y le dio una palmada sonora en la nalga.
—Bonito culo. Pero tú te libras por ahora, flaca —le dijo, riendo—. Que el tío Saturnino ya no tiene veinte años y necesita recargar. Pero no te apures, que el camino al taller es largo.
Con una destreza mecánica que contrastaba con su torpeza social, maniobró la grúa, enganchó el coche y lo levantó en un par de minutos.
—¡Venga, para arriba! Las dos conmigo. Apretaditas, que cabemos.
La cabina era un banco corrido de escay rajado. Saturnino subió el último, ocupando más de la mitad. Su muslo caliente presionó contra el de Raquel; su brazo, al agarrar el volante enorme, rozó el pecho de Noelia.
—Va a ser un viaje entretenido —dijo, metiendo primera con un crujido de engranajes que sonó a dolor—. Y si os aburrís… —se tocó la entrepierna, donde el bulto ya despertaba otra vez, perezoso pero inexorable— …aquí el gato hidráulico siempre está listo.
El camión arrancó tosiendo humo negro y se incorporó a la carretera. Las dos mujeres, magulladas, oliendo a macho cabrío, con el sabor de Saturnino en la boca, se miraron. En sus ojos no había miedo. Había resignación, sí, pero también esa chispa enfermiza, esa atracción por el abismo.
***
El viaje fue una experiencia que ninguna olvidaría. El camión no tenía amortiguación: cada bache se traducía en un golpe que les subía por la columna y las hacía rebotar contra el escay y contra la masa inamovible del hombre. El motor, bajo la cabina, separado por una chapa fina que ardía al tacto, rugía como una bestia con bronquitis, llenándolo todo de ruido y calor.
Saturnino conducía con una sola mano. La otra tenía vida propia. Cada vez que tocaba cambiar de marcha, la coreografía era humillante: la palanca, una barra de hierro larga con el pomo gastado, quedaba peligrosamente cerca de la entrepierna de Raquel, y él aprovechaba para dejar caer su manaza sobre el muslo de ella «sin querer».
—¡Perdón, perdón! —reía, sin apartar la mano—. Es que con tanto bulto uno se confunde de palanca.
—Oye, niña —le gritó a Noelia, señalando el pomo que vibraba furioso—. Sujétame eso, que se me escapa la marcha. Agárrala fuerte, como si fuera la de Cándido.
La chica extendió la mano y agarró el pomo vibrante. La transmisión le enviaba una sacudida eléctrica y constante a través del brazo, y por un instante, para su propia vergüenza, no quiso soltarlo.
—¿Vibra, eh? —Saturnino guiñó un ojo amarillo—. A mi difunta parienta le gustaba sentarse ahí en los viajes largos.
El trayecto siguió así veinte minutos eternos: chistes verdes, tocamientos disfrazados de necesidad de conducción y ese olor a humanidad rancia cociéndose en el calor. Raquel notaba la erección del hombre despertando otra vez contra su cadera, dura y persistente, como si se recargara con la vibración del motor.
***
El camión se desvió por un camino de tierra y se detuvo frente a una nave que parecía haber sobrevivido a un bombardeo. En la entrada, un cartel rezaba «TALLERES SATURNINO» y, debajo, escrito con spray: «CUIDADO CON EL PERRO». El perro peligroso resultó ser un mastín viejo y lleno de moscas que ni levantó la cabeza.
El taller era un caos de chatarra, neumáticos apilados, manchas de aceite como lagos negros y calendarios antiguos de mujeres desnudas con las esquinas curvadas por la humedad.
—¡Hogar, dulce hogar! —bramó, apagando el motor—. Venid a la oficina, que vamos a refrescar el gaznate antes de la reparación.
La oficina era un cuartucho acristalado lleno de albaranes grasientos, ceniceros desbordados y un sofá que tenía la forma del culo de Saturnino grabada. Sacó de una nevera agónica tres cervezas y un paquete envuelto en papel de periódico que rezumaba grasa: torreznos gordos, la corteza llena de burbujas.
—¡Cena de campeones! —anunció, abriendo una birra con los dientes—. Comed, que estáis en los huesos. Esto levanta a un muerto, y vais a necesitar energía.
Raquel miró el torrezno con asco, pero él dejó de sonreír un segundo.
—He dicho que comáis. No me hagáis desprecios, que cuando me pongo triste me pongo bruto.
Cogió un trozo. Estaba frío y grasiento, y la grasa le llenó la boca. Saturnino sonrió, satisfecho, viéndola masticar. Se había vuelto a bajar la cremallera hasta la cintura y se sentó en la silla giratoria, que gimió bajo su peso, abriendo las piernas de par en par.
—Bueno… Noelia, ¿no? —dijo, señalando a la chica con un trozo de torrezno—. En el camión te has quedado con las ganas. Ven aquí, que te voy a enseñar cómo se hace el mantenimiento preventivo.
La sentó sobre sus rodillas como a una muñeca y le metió la mano áspera bajo la camiseta, apretándole los pechos como quien comprueba la madurez de unos melones.
—¡Pequeñitas pero matonas! —dictaminó. Y la besó. No fue un beso de película, sino un choque de carne: la boca a cerveza y tabaco, la lengua gorda invadiéndola con la delicadeza de una hormigonera. Noelia sintió la barba lijándole la piel, la barriga dura contra el vientre y, para su horror, notó cómo se humedecía por dentro.
—¡Al lío! —dijo, levantándola y tumbándola de un manotazo sobre la mesa, apartando papeles y albaranes. La chica quedó boca arriba entre un cenicero y el papel de los torreznos.
—Voy a estrenar el escritorio —rió, dejando caer el mono hasta los tobillos. La polla volvía a estar erecta, una barra oscura, cabezona y amenazante—. Abre las patas, zagala.
Sin más lubricante que la grasa de las manos, empujó. Noelia gritó. Saturnino era ancho, muy ancho; entró como un tapón forzado, dilatándola, cortándole la respiración.
—¡Joder, qué apretada! —gruñó, apretando los dientes, y empezó a bombear con un ritmo que no era pasional sino industrial. La mesa crujía, los papeles volaban al suelo. Follaba con todo el cuerpo, dejando caer la barriga sudada sobre el vientre plano de la chica.
—¡Mira, Raquel, mira cómo le arreglo los bajos a la niña! —gritaba, la cara roja, sudando a chorros—. ¡Le estoy dejando el chasis niquelado!
Raquel observaba, hipnotizada. Ver a aquel gigante rural poseyendo a su hija con esa naturalidad animal le revolvía las entrañas de una forma oscura. El hombre no la miraba con odio, sino con la satisfacción del granjero que ve crecer su cosecha.
De repente paró, quieto dentro de ella, respirando como un fuelle roto.
—Espera… espera, que me da un calambre —dijo, con una mueca cómica, la mano en el riñón—. ¡Ay, la virgen! La ciática.
Noelia, que un minuto antes temblaba bajo su peso, soltó una carcajada que rompió la tensión de la oficina como un hachazo. La imagen de aquel gorila quejándose de la ciática con la mano en la espalda le resultó tan absurda que no pudo evitarlo. Su madre la miró horrorizada, pero la chica seguía riendo, encontrando en la rudeza desaliñada de Saturnino algo extrañamente adorable, primitivo.
—¡Je! Ya te he calado, ¿eh, pajarilla? —exclamó él, guiñándole un ojo con complicidad chulesca—. En el fondo os gusta que os traten con el brío del pueblo y no con tantas tonterías de ciudad.
Y volvió a la carga, más rápido, más bruto, haciendo que la mesa crujiera como si fuera a partirse en dos. La agarraba por las caderas con sus manos de tenaza, cada envite un topetazo de carne contra carne que sonaba a bofetón en el silencio. No había delicadeza alguna, solo el empuje ciego de un hombre que se sentía dueño y señor de la situación.
—¡Raquel! —bramó de pronto—. ¡Acércate, que esto se acaba y quiero fuegos artificiales! Ponte al lado de su cara. ¡Besaos, que quiero ver cariño mientras os riego!
Raquel se inclinó y besó a su hija. Fue un beso salado, desesperado. Mientras sus lenguas se tocaban, sentían las sacudidas de Saturnino embistiendo desde abajo, uniendo a las tres en una cadena de carne y sudor.
—¡Eso es, eso es! —aulló él, echando la cabeza atrás, mostrando el cuello de toro—. ¡Me voy!
Dio tres estocadas finales que casi parten la mesa, sacó la polla con un sonido de succión obsceno y apuntó a las dos caras unidas.
—¡El postre, señoras!
El chorro fue, si cabe, más abundante que el primero. Les cayó sobre el pelo, sobre las mejillas pegadas, les entró en la boca. Se exprimía la polla con la mano, asegurándose de que no quedara una gota.
—¡Vitaminas del campo! —reía, jadeando, rociándolas como quien riega el jardín.
***
Cuando terminó, se dejó caer en la silla giratoria, que casi vuelca. Exhausto, rojo, feliz. Encendió otro cigarro y las miró a través de la neblina azulada mientras ellas se limpiaban torpemente.
—Estáis guapas así —dijo con sinceridad rústica—. Parecéis recién pintadas. Y no os limpiéis mucho, que eso es bueno para el cutis.
Se rascó la barriga y soltó un eructo satisfecho.
—Ahora descansad, echad un trago… que en cuanto recupere el aliento vamos a ver qué tal se os da limpiar el taller. Y cuando digo limpiar… —se señaló la entrepierna flácida, que descansaba sobre el muslo peludo como una morcilla hervida— …me refiero a sacarle brillo a la herramienta. Que a mí me gusta que me la dejen como una patena antes de dormir.
Soltó una carcajada cavernosa que resonó en la nave vacía. Raquel y Noelia, sentadas en el suelo sucio bajo un fluorescente lleno de insectos muertos, se miraron. Estaban atrapadas en el reino de Saturnino, un lugar donde el tiempo se detenía y solo existían la carne, la grasa y la voluntad de un hombre que las trataba como a su ganado favorito. Y lo peor de todo, pensó Raquel mientras se chupaba un resto de semen del labio, era que ya estaba esperando a que aquel toro bravo recuperara el aliento.