Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La confesión de los dos hermanos del rancho perdido

Brenda y Daniela tenían veintidós años y una idea fija: escaparle al verano pegajoso de Rosario y perderse mochila al hombro por el monte santiagueño. Llevaban poca plata y muchas ganas, dormían donde se podía y comían lo que aparecía. Esa tarde, cuando el colectivo las dejó tiradas en un cruce de tierra cerca de El Quebrachal, el sol pegaba como una plancha al rojo y el horizonte temblaba de calor.

Caminaron un par de horas buscando un techo barato. No había hostal, ni pensión, ni nada que se le pareciera. Solo un rancho de adobe al costado del camino, con el techo de chapa oxidado y las paredes rajadas por la seca. De la chimenea salía un hilo fino de humo.

—Probemos ahí —dijo Brenda, la morocha de pelo largo y curvas que cansaban la vista—. Aunque sea un rincón para tirar las bolsas de dormir.

Daniela, rubia y de ojos verdes, se secó el sudor de la frente y asintió. Estaba reventada del viaje y le dolían los pies.

***

Adentro vivían dos hermanos. Hernán tenía cuarenta y cuatro; Marcos, cuarenta y uno. Dos tipos curtidos por el campo, con la piel como cuero viejo y unas manos enormes de cargar leña. Habían visto a las chicas llegar desde lejos, con los shorts ajustados y las remeras escotadas, y se miraron sin decir nada.

—Mirá lo que nos manda el camino, hermano —murmuró Hernán, pasándose la lengua por los labios resecos—. Hay que recibirlas como Dios manda.

Las chicas golpearon la puerta improvisada.

—Disculpen —empezó Brenda con una sonrisa cansada—. ¿Nos dejan pasar la noche? Pagamos lo que sea, en serio. No tenemos dónde caer.

Los hermanos las miraron de arriba abajo y abrieron del todo.

—Pasen, pasen, no se queden ahí afuera —dijo Marcos, el más alto, con una voz ronca que parecía salir del fondo de un pozo—. Lugar sobra. Lo que falta es compañía.

Les cebaron unos mates amargos y les sacaron pan casero con queso de cabra. La charla arrancó tranquila: de dónde venían, qué andaban buscando por estos pagos olvidados. Pero los ojos de los hombres se iban solos hacia las piernas bronceadas, hacia el escote, hacia la boca de cada una cuando reían.

Cuando cayó el sol y el frío del desierto empezó a meterse por las rajaduras, Hernán bajó una damajuana de un estante.

—Esto te calienta el cuerpo, Brenda —dijo, rozándole los dedos al pasarle el vaso—. Acá las noches son traicioneras.

El vino corrió y el aire se puso espeso. Marcos se sentó al lado de Daniela y, mientras le contaba historias del campo, le apoyó una mano abierta sobre el muslo. Ella soltó una risita nerviosa, pero no se corrió ni un centímetro.

—Sos una de esas mujeres que no se ven por acá —le dijo él, bajando la voz—. En la ciudad deben hacer cola para invitarte algo.

Brenda sentía lo mismo del otro lado. Hernán la miraba fijo, sin disimular, y cada palabra le caía encima como una mano.

—Me gusta cómo te movés —le dijo él, sin vueltas—. Desde que entraste no te puedo sacar los ojos de encima.

***

La cosa escaló rápido. Hernán enchufó un viejo grabador y un chamamé gastado empezó a retumbar en las paredes de adobe.

—Vení, bailemos —propuso, tomando a Brenda de la cintura.

Ella, mareada por el vino y por algo más, se dejó llevar. Los cuerpos se pegaron y sintió la dureza de él presionando contra su vientre. No se apartó. Al contrario, apoyó más las caderas y frotó el pubis contra ese bulto que crecía dentro del pantalón gastado.

—¿Sentís? —le susurró él al oído, mordiéndole apenas el lóbulo—. Eso es por vos. Se me para desde que entraste, mirá cómo la tengo.

Le agarró la mano y se la llevó adentro del pantalón. Brenda cerró los dedos alrededor de una verga gruesa, caliente, dura como un palo. Se le escapó un gemido bajo. Le apretó con fuerza, midiéndola de arriba abajo, sintiendo cómo latía en su puño.

—La puta madre, qué grande la tenés —soltó ella, con la voz ronca—. Se me va a partir el coño con esto.

—Para eso lo tenés, para que te lo parta —contestó él, y le mordió el cuello mientras le manoseaba las tetas por encima de la remera.

A un metro, Marcos le besaba el cuello a Daniela y le metía las manos por debajo de la remera. Ella cerró los ojos y dejó escapar un gemido bajo, rendida al roce áspero de esas manos enormes que le amasaban las tetas y le pellizcaban los pezones hasta ponerlos duros como piedras.

—Qué suave sos —murmuró él—. Dejame verte entera.

Le arrancó la remera y el corpiño de un tirón. Las tetas blancas de Daniela le rebotaron en la cara y Marcos se las metió en la boca a las dos, chupándole los pezones rosados como si fuera un hambriento. Le mordió uno y ella arqueó la espalda soltando un grito.

—Chupámelas, chupámelas fuerte —jadeó ella, agarrándole la nuca y empujándole la cara contra el pecho—. Más fuerte, sí.

Las dos chicas, lejos de casa, con el calor del monte metido en la piel y el vino encendiéndoles la sangre, se entregaron sin pelear contra el deseo.

Hernán empujó a Brenda contra la pared de adobe y la besó con la lengua entera adentro de la boca, hambriento, mientras le bajaba el short y la bombacha de un solo tirón. Le metió dos dedos en el coño de una y ella pegó un salto contra la pared.

—Estás empapada, puta —le dijo él, curvando los dedos adentro—. Me estás chorreando la mano.

—Tocame más, dale, no pares —le pidió ella contra su boca, agitada, moviéndole las caderas para clavarse más los dedos—. Estoy ardiendo, hacé lo que quieras conmigo.

Él le hizo caso. La desnudó del todo, admirando el cuerpo joven a la luz temblorosa del candil, y la llevó al colchón tendido en el piso. La tiró boca arriba, le abrió las piernas de un manotazo y se hundió con la boca en el coño mojado. Le chupó los labios, le mordió el clítoris, le metió la lengua bien adentro sacándola y metiéndola como si fuera una verga chica. Brenda arqueó la espalda y se mordió el dorso de la mano para no gritar tan fuerte, pero el grito se le escapó igual, largo y ronco.

—Ay puta, ay puta, así, comeme el coño así —jadeó ella, agarrándole el pelo negro y refregándose la concha contra la cara—. No pares, boludo, no pares que me vengo, me vengo, me vengo.

Se le vino en la boca con un temblor que le sacudió todo el cuerpo. Hernán la chupó hasta la última gota, con la barba brillándole de flujo, y después se levantó y se bajó los pantalones. La verga le saltó afuera, larga, gruesa, con la cabeza morada e hinchada. Brenda abrió los ojos y se relamió.

—Vení, dámela, quiero probarla —dijo, gateando en el colchón.

Se la metió en la boca de una. Se la tragó hasta la mitad y se atragantó, con lágrimas saltándole a los ojos, pero no la soltó. Empezó a mamársela con ganas, la mano en la base moviéndose al ritmo de la boca, la lengua girando alrededor del glande cada vez que subía. Hernán le agarró la cabeza con las dos manos y le marcó el ritmo, empujándole la verga hasta la garganta.

—Así, puta, así se mama —gruñía él—. Toda adentro, tomátela toda.

Daniela, sentada sobre las rodillas de Marcos, le buscó la boca y empezó a frotarse contra él, el coño desnudo restregándose contra el vaquero áspero. Cuando le desabrochó el pantalón y le liberó la verga y la tomó con la mano, soltó un suspiro largo. La verga de Marcos era gorda, más corta que la del hermano pero más ancha, y latía en la palma de Daniela como un animal vivo.

—La querés —dijo él, más afirmación que pregunta.

—La quiero toda en la boca —contestó ella, y se inclinó.

Se arrodilló entre las piernas del hombre y se la metió hasta el fondo, escupiéndola, chupándola, lamiéndole los huevos, subiendo y bajando con la boca abierta y la lengua afuera. Marcos gruñía y le agarraba las tetas por atrás, apretándoselas mientras ella lo mamaba.

—Qué bien lo hacés, rubia, qué boca de puta tenés —le decía—. Segui, no pares.

Los hermanos se cruzaron una mirada cómplice por encima de las chicas. Después la noche se volvió un solo cuerpo de cuatro. Hernán acostó a Brenda de espaldas en el colchón, le levantó las piernas hasta los hombros y le clavó la verga de una sola estocada. Brenda gritó y se agarró de las sábanas gastadas, sintiendo cómo esa polla dura le abría el coño hasta el fondo.

—¡Ay la puta, la concha de tu madre, qué grande la tenés! —chilló ella—. Rompeme, dale, rompeme toda.

Hernán empezó a cogérsela fuerte, sin piedad, apoyándose en las manos y empujando con la cadera hasta hacerle chocar los huevos contra el culo. El colchón crujía, la pared temblaba, y Brenda le clavaba las uñas en los hombros dejándole marcas rojas.

—Más fuerte, más fuerte, cogeme más fuerte —gemía—. Metémela hasta el fondo, hasta el útero, así, así, así.

A un metro, Marcos había puesto a Daniela en cuatro y la penetraba por atrás, marcándole el ritmo con las dos manos en las caderas. Le pegaba palmadas en el culo blanco que dejaban la piel colorada, y ella arqueaba la espalda pidiendo más. La verga entraba y salía brillando de flujo, y cada estocada le sacaba un grito nuevo.

—Papi, así, cogeme así, soy tu putita, soy tu putita —gemía Daniela con la cara contra el colchón—. Metémela toda, más adentro, más adentro.

—Sos una perra, rubia, una perra hermosa —contestaba Marcos, agarrándole el pelo y tirándoselo hacia atrás—. Mirá cómo me chupa el coño esta chancha.

El sudor les chorreaba, el aire olía a vino, a sexo y a tierra seca, y el chamamé seguía sonando como un latido viejo. Los cuatro cuerpos se movían al mismo ritmo, gimiendo, gritando, cogiendo como animales en el rancho perdido.

En algún momento decidieron mezclarse. Las pusieron lado a lado en el colchón, boca arriba y con las piernas abiertas, y los hermanos intercambiaron sin apuro, riendo bajo. Hernán se hundió en Daniela y ella gritó al sentir la verga larga, más larga que la de Marcos, tocándole lugares que nunca le habían tocado. Marcos se metió en Brenda y la ensartó de un envión, y ella le agarró el culo con las dos manos apretándoselo para que le entrara más.

—Qué apretadita esta morocha —gruñía Marcos, cogiéndosela profundo—. Me está apretando la pija como un puño.

—Y la rubia me está chupando la verga con el coño —contestó Hernán, dándole a Daniela con toda la fuerza—. Miralas, hermano, mira cómo gozan estas dos hijas de puta.

Las chicas se giraron una hacia la otra y empezaron a besarse en la boca, con lengua, mientras los hombres las seguían cogiendo. Brenda le agarró una teta a Daniela y se la chupó, mordiéndole el pezón mientras Marcos la sacudía por atrás. Daniela le devolvió la caricia metiéndole la mano en el coño y frotándole el clítoris con los dedos, sumándole placer al vaivén de Hernán.

—Me vengo, me vengo con vos, mi amor —le dijo Brenda a Daniela contra la boca—. Vení conmigo, dale.

—Sí, sí, sí, juntas, juntas —jadeó la otra.

Las dos se corrieron al mismo tiempo, temblando, gritando, agarradas de la mano. Hernán aguantó todavía un poco más y después sacó la verga del coño de Daniela y le acabó en la cara y en las tetas, chorros gruesos de semen blanco que le mancharon las mejillas y los pezones. Marcos hizo lo mismo con Brenda y le vació la corrida en la boca abierta, y ella tragó lo que pudo y dejó que el resto le cayera por el mentón hasta el pecho.

Cuando el cansancio empezó a ganar la pelea, los cuatro quedaron tendidos sobre el colchón, respirando agitados, las piernas enredadas, cubiertos de sudor y de leche.

***

Hernán y Marcos se sentaron contra la pared, prendieron dos cigarrillos y se pasaron la damajuana. Las chicas, todavía sin aire, los miraban desde el colchón con esa curiosidad floja que deja el placer.

Hernán pegó una pitada larga y soltó el humo hacia el techo de chapa.

—Che, muchachas… ¿saben una cosa? —dijo, con media sonrisa, mirando a su hermano—. De pibes nosotros éramos los más calenturientos del pueblo. Y no andábamos pensando en las chicas del lugar. No. Pensábamos en otra.

Daniela levantó la cabeza, intrigada.

—¿En quién?

Marcos se rio bajito y se rascó la barba.

—En nuestra vieja. Se llamaba Norma. Una mujer de esas que entraban a una pieza y cambiaban el aire. Curvas grandes, siempre con vestidos flojos que se le pegaban cuando transpiraba. Y el viejo nuestro era camionero, se iba semanas enteras con el camión. Ella se quedaba sola… pero sola no se quedaba mucho tiempo.

Hernán siguió, la voz más baja.

—Ya éramos dos grandotes, vivíamos con ella todavía. Una noche de verano, de esas en que no se puede ni dormir del calor, escuchamos un motor frenando afuera. Era otro camionero, uno que traía mercadería de Tucumán. La vieja salió a recibirlo con una bata finita, sin nada debajo. Nosotros espiábamos por la rendija de la puerta.

Brenda se mordió el labio, sintiendo un cosquilleo nuevo entre las piernas.

—¿Y qué pasó? Contá todo, no te hagas el misterioso.

Hernán sonrió, perdido en el recuerdo.

—El tipo entró, se sentó, ella le sirvió vino. Charlaron un rato, pero poco. Él la agarró de la cintura, la sentó encima y le abrió la bata. Le mamó las tetas grandes, le metió la mano entre las piernas y la puta vieja empezó a gemir bajito. Después la puso de rodillas y ella le mamó la verga como una profesional, con la mano y con la boca, tragándosela toda. Nosotros, del otro lado de la puerta, no podíamos creer lo que veíamos.

Marcos tomó la posta, los ojos brillosos.

—Nos bajamos los pantalones ahí mismo, en silencio, y empezamos a hacernos la paja despacito para que no se escuchara. La vieja se subió a la mesa de la cocina, se abrió de piernas y el camionero le clavó la verga hasta el fondo. La cogió parado, agarrándola de las tetas, y ella gemía y le decía «así, papi, así, cogeme fuerte, hacéme lo que mi marido no me hace». La mesa crujía con cada movimiento. Nosotros seguíamos el mismo ritmo desde atrás de la puerta, sin respirar casi, con la pija en la mano. Cuando el camionero le acabó adentro, nosotros también acabamos en el piso de tierra. Mirándola.

Daniela se tocó despacio, sin darse cuenta de que lo hacía, deslizando dos dedos por el coño hinchado que todavía le latía.

—¿Y ella nunca se enteró?

Hernán apagó el cigarrillo contra el piso de tierra.

—Esa vez, no. El tipo se limpió, le dejó unos billetes y se fue. La vieja se quedó un rato en la pieza, con la leche del otro chorreándole por los muslos, respirando hondo, y después se durmió como un tronco. Entramos despacito, las tablas crujían bajo los pies. Ella boca arriba, dormida, ajena a todo, con la bata abierta y las tetas al aire. Y nosotros nos quedamos ahí parados, mirándola, sin animarnos a nada más que mirar y hacernos la paja de vuelta.

Brenda gateó un poco más cerca, los ojos encendidos.

—Son un par de enfermos… pero me tiene re caliente la historia. ¿Y siguió pasando?

Marcos asintió.

—Cada vez que el viejo se iba. A veces el mismo camionero, a veces otro. Hasta que una noche la vieja nos cazó espiando. No dijo nada en el momento. Al otro día nos sentó en la cocina y nos miró fijo. «Sé lo que hacen», nos dijo, sin levantar la voz. Pensamos que nos iba a matar. Pero no. Nos terminó enseñando un par de cosas sobre las mujeres que no se aprenden en ningún lado. Cómo encontrarles el clítoris, cómo chupárselo bien, cómo hacerlas venir con la lengua, con los dedos, con la pija. Después de eso fuimos otros.

—Y por eso —agregó Hernán, mirando a las dos chicas con una calma nueva— sabemos hacer durar una noche.

***

El relato les había prendido fuego de nuevo a todos. Daniela se levantó del colchón y caminó hacia ellos, sin vergüenza ya de su propio cuerpo desnudo, con el semen seco brillándole todavía en las tetas.

—¿Y qué más les enseñó? —preguntó, arrodillándose entre los dos hermanos y agarrándoles una verga con cada mano—. Mostrame. Enseñame como te enseñó tu vieja.

Se puso a mamársela a los dos a la vez, alternando, escupiéndoles el glande, chupándoles los huevos, dejándose empujar la cabeza contra las dos pijas hasta que se le juntaron en la boca. Los hermanos gemían y le agarraban el pelo rubio, marcándole el ritmo, y ella los miraba desde abajo con los ojos llenos de deseo.

Brenda no se quedó atrás. Se acercó, le apartó a Daniela la cara de la verga de Hernán y se la metió en la boca ella, chupándola con hambre. Después se la pasaron entre las dos, mamándosela juntas, con las lenguas afuera y las bocas rozándose en el mismo glande. Hernán tiró la cabeza para atrás y gruñó.

—Cuatro tetas, dos bocas, hermano —murmuró Marcos—. Estas dos son un regalo del monte.

La noche, que parecía haberse apagado, volvió a encenderse con otra paciencia, la de quien ya no tiene apuro. Esta vez no fue el vino el que mandó, sino las ganas. Hernán acostó a Brenda de costado y se metió atrás de ella, entrándole el coño de cucharita, marcándole un ritmo lento y profundo que la hizo gemir distinto, más hondo, casi llorando de placer. Le agarró una teta con una mano y le buscó el clítoris con la otra, frotándoselo con dos dedos mientras la penetraba con calma.

—Así, así, así, no pares —susurraba Brenda—. Me estás haciendo venir de a poco, hijo de puta, no pares.

Marcos hizo lo suyo con Daniela, atento a cada respiración, repitiendo sin decirlo lo que había aprendido en aquella cocina. La sentó encima de él, le encajó la verga en el coño hasta la base y la dejó moverse a ella, mirándole las tetas rebotar mientras subía y bajaba. Le lamió los pezones, le manoseó el culo, le metió un dedo mojado de saliva por el orto y Daniela gimió más fuerte.

—Ay papi, ay papi, así, con el dedo en el culo, ay dios —jadeaba ella, moviendo la cadera en círculos—. Voy a venirme, voy a venirme.

Las chicas se buscaban entre ellas en las pausas, se besaban con la boca todavía abierta, se comían las tetas una a la otra, se metían los dedos en el coño mientras los hombres las miraban tocarse. Se rieron bajito en la oscuridad cuando Brenda le chupó el flujo de los dedos a Daniela. El monte afuera estaba en silencio absoluto, ni un grillo, ni un viento. Adentro del rancho de adobe, en cambio, la noche se estiró hasta el amanecer entre gemidos, corridas, y verga que volvía a pararse una y otra vez.

Cuando la primera luz gris se coló por las rajaduras de la pared, las cuatro siluetas estaban tendidas y exhaustas sobre el colchón. Brenda tenía la cabeza apoyada en el pecho de Daniela.

—Fue la mejor noche de todo el viaje —murmuró, casi dormida.

—Volvamos antes de irnos del norte —contestó Daniela, riéndose con los ojos cerrados.

***

Partieron al atardecer del día siguiente, las mochilas al hombro otra vez, el cuerpo todavía pesado de placer y de poco sueño, los coños ardidos y las bragas guardadas en el bolsillo porque no aguantaban tela encima. Hernán y Marcos las acompañaron hasta el cruce de tierra y se quedaron mirándolas hasta que fueron dos puntos chiquitos en el camino.

—¿Vos creés que vuelven? —preguntó Marcos, encendiendo un cigarrillo.

Hernán se encogió de hombros y sonrió hacia el horizonte que temblaba de calor.

—Vuelvan o no, ya saben dónde está el rancho. Y nosotros, hermano, sabemos esperar.

Ver todos los relatos de Confesiones

Valora este relato

Comentarios(8)

Rodolfo_Cba

tremendo relato, no podia parar de leer. sigan publicando asi!!!

TatoMDQ

Por favor que haya segunda parte, quede con muchas ganas de saber como termina todo esto

VeronicaMdz

Me recordo a una noche de verano que paramos en una estancia del camino... cosas que pasan cuando uno viaja sin plan jaja

LectorFurtivo_07

jajaja el titulo ya me vendio, lo lei de corrido sin parar

ClaudioRivero

La atmosfera del rancho esta perfectamente descripta, se siente la tension desde el primer parrafo. Muy buen trabajo, de lo mejor que lei en esta pagina en mucho tiempo.

MarisolSalta

Me pregunto si esto paso de verdad o es ficcion, porque se siente demasiado real para ser inventado

PatricioNight

Las confesiones son las que mas me gustan porque uno se imagina que le pasa a gente real. Este no fue la excepcion, muy bueno!

NicoSur89

Exelente!!! Seguí así

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.