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Relatos Ardientes

La recogí de la calle y todo cambió esa misma noche

Tenía veintiséis años, vivía solo y trabajaba como arquitecto. No lo cuento por presumir, sino para que se entienda el contraste: mi vida era cómoda hasta el aburrimiento. Departamento con vista al río, proyectos que llegaban sin esfuerzo y una casa de madera a orillas del Delta, donde me escapaba los fines de semana para no escuchar a nadie.

Aquel jueves salí temprano. Cargué el auto con cervezas, algo de comida y arranqué hacia el norte con la música alta, sintiéndome dueño de un mundo que en realidad no había hecho nada para merecer.

El tráfico se puso denso cerca de la salida de la ciudad. Y entonces la vi.

Estaba sentada sobre una manta vieja en la vereda, con la espalda apoyada contra una pared. Parecía joven, aunque el cansancio le sumaba años a la cara. Lo que me clavó al asiento fue lo que tenía en brazos: una criatura de poco más de un año, con la ropa más raída todavía que la de ella, pero limpia, como si el hambre del chico pesara más que el suyo propio.

Algo se me rompió por dentro. Pensé en ella, invisible para todos los que pasábamos con nuestros autos y nuestras bolsas. Pensé en mí, que iba a pasar el fin de semana con cerveza fría y cero problemas. No lo dudé. Frené, me bajé y me senté a su lado en la misma manta.

—Sé que vas a desconfiar de mí. Yo en tu lugar haría lo mismo —le dije—. Pero escuchame antes de mandarme a la mierda.

Levantó la mirada. Tenía los ojos hinchados y el pelo revuelto, y me observó como quien mira un fantasma.

—Tengo una casa en el Delta que uso solo los fines de semana —seguí—. Necesito a alguien que la cuide. Te pagaría, vivirías ahí con tu hijo. Hay una habitación de huéspedes que nunca usó nadie. No es caridad. Es un trabajo.

Se quedó procesándolo unos segundos y de golpe se largó a llorar. Lágrimas calladas primero, después sollozos que le sacudían el cuerpo entero. La nena se despertó y gimoteó, y ella la acunó por puro instinto, sin dejar de mirarme.

—No llores —le puse una mano en el hombro, suave—. Pensalo. Te doy un adelanto ahora mismo para que compren ropa. Algo decente, para arrancar bien.

Saqué la billetera y conté unos billetes, no tantos como para asustarla. Dudó, pero el hambre en los ojos del chico decidió por ella.

—Está bien —murmuró con la voz rota—. Pero si esto es una trampa, te juro que te mato.

Solté una risa corta.

—La única trampa sería dejarte acá. Subí.

***

Paramos en un supermercado de camino. Ella agarró lo básico: remeras, un par de jeans, zapatillas para los dos. Yo insistí en sumar más, un vestidito para la nena, una campera para ella, una sillita para el auto. «Regalo de bienvenida, no se discute», le dije, y la vi sonreír por primera vez mientras se probaba una blusa frente al espejo.

Ya en la ruta, empezó a hablar.

—Me llamo Carla. Cumplí veintiuno hace poco.

Silbé bajito.

—Parecés mayor. En el buen sentido. Como si hubieras vivido varias vidas.

Suspiró y miró por la ventanilla.

—Me echaron de casa por el embarazo. Llegué a la ciudad sin un peso. Dormí en plazas, pedí en los semáforos, limpié casas cuando me dejaban. Pero con la panza nadie me daba trabajo. La nena nació en un hospital público, sola. La llamé Marina, por mi vieja. Dos años así, sintiéndome basura.

Apreté el volante.

—Eso se termina hoy.

Llegamos al Delta de noche. La casa la dejó muda: madera, ventanales al agua, una chimenea apagada que prometía inviernos buenos. La recorrió con ojos de chica en una vidriera de Navidad.

—Esto es un sueño —dijo.

Preparé una cena simple, milanesas y ensalada, abrí una botella de vino. Comimos, nos reímos de tonterías, y Marina se durmió en una cuna improvisada con almohadones. Por un rato fuimos dos personas normales compartiendo una mesa.

***

Esa noche cambió algo, y los dos lo supimos antes de que pasara.

Carla se duchó y salió con una remera mía que le quedaba enorme, el pelo húmedo y el olor a jabón flotándole alrededor. La miré de verdad por primera vez: el cuerpo delgado pero con curvas, las tetas llenas apretadas contra la tela fina, los pezones marcándose bajo el algodón, la forma en que la remera se le pegaba a las caderas y dejaba ver el triángulo oscuro entre las piernas cuando caminaba.

—Estás hermosa —murmuré, y no era un cumplido cortés. Se me estaba parando la verga con solo mirarla.

Se acercó, tímida y decidida a la vez. Olía a limpio y temblaba un poco.

—Gracias por todo —dijo, y me apoyó una mano en el pecho. La bajó despacio, dedo por dedo, hasta rozarme el bulto que empujaba contra el jean. Sonrió al sentirlo—. Todo, todo.

La besé. Empezó suave, una pregunta más que una respuesta, y se volvió hambre cuando ella me devolvió el beso con una urgencia que no esperaba. Metió la lengua en mi boca como si llevara meses tragándose las ganas, y yo le agarré el culo con las dos manos, apretándoselo entero, encontrándomelo desnudo bajo la remera. No tenía bombacha. La levanté en brazos y la llevé al dormitorio principal sin dejar de besarla, con ella enroscada en mi cintura y la concha caliente pegada a mi abdomen.

—Decime que querés esto —le pedí contra la boca—. Si no, paramos ahora.

—Lo quiero —jadeó—. Hace mucho que no quiero nada, y ahora te quiero a vos. Quiero tu pija, quiero todo lo que me des.

Escucharla hablar así, con esa voz ronca y esa boca de nena buena, me terminó de romper la paciencia. La tiré sobre la cama y le saqué la remera de un tirón. Quedó desnuda debajo mío, con las tetas subiendo y bajando al ritmo de la respiración, los pezones parados como piedras rosadas, el vientre plano y el coño depilado apenas, con una sombra suave de vello.

—Mierda —dije, mirándola entera—. Estás para comerte.

—Comeme entonces.

Me arranqué la ropa a los tirones y me tiré encima. Le chupé el cuello, le mordí la oreja, bajé por la clavícula hasta las tetas y me llené la boca con una y después con la otra. Le lamí los pezones, se los mordí despacio, se los chupé fuerte hasta que ella arqueó la espalda y me clavó las uñas en los hombros.

—Ay, dios —gimió—. Más fuerte.

Le apreté una teta con la mano mientras le seguía chupando la otra, y ella me guiaba la cabeza sin soltarme el pelo. Bajé por el vientre, le besé el ombligo, seguí bajando hasta el pubis. Cuando le abrí las piernas con las dos manos, la concha ya le brillaba, mojada, hinchada, abierta para mí.

—Estás empapada —murmuré, soplándole encima.

—Chupame ya, por favor.

Le hundí la lengua entera. Le pasé la punta por los labios de la concha, de abajo hacia arriba, terminando en el clítoris con un círculo lento. Ella pegó un grito ahogado y levantó las caderas contra mi cara. Le agarré el culo con las dos manos y la sostuve ahí, empujándomela contra la boca, comiéndosela sin apuro. Le chupé el clítoris hasta que la sentí temblar, después le metí la lengua en el agujero, la saqué, se la volví a meter, mientras ella me tiraba del pelo y me pedía cosas incoherentes.

—Así, así, no pares, así.

Le metí dos dedos mientras le seguía chupando el clítoris. Se los curvé adentro, buscándole el punto justo, y ella empezó a menear las caderas como una loca, con las tetas saltándole. Le sumé un tercer dedo y aumenté el ritmo. La concha le apretaba los dedos, chorreando, y el olor a hembra caliente me tenía la pija duraflocha, empujando contra la sábana.

—Me vengo —jadeó—. Me vengo, me vengo, ay, me venGO.

Se sacudió entera, con la espalda arqueada y las piernas apretándome la cabeza, y la sentí acabar contra mi boca en oleadas, mojándome los dedos, la barbilla, los labios. La chupé mientras se venía, absorbiéndole cada temblor, hasta que se dejó caer flácida sobre el colchón, respirando como si hubiera corrido kilómetros.

—Todavía no terminé con vos —le dije, subiendo por su cuerpo, dejándole un rastro de besos húmedos.

—No, seguí, dame, dame la pija.

Me acomodé sobre ella, con la punta de la pija apoyada contra la entrada de su coño. Estaba tan mojada que resbalaba sola, deslizándose sobre los labios sin entrar todavía. Le froté el capullo con el glande, arriba y abajo, mientras la miraba a los ojos.

—Mirame —le dije.

Abrió los ojos y me sostuvo la mirada. Me acomodé un poco más, la punta apenas rozándola, y esperé.

—Por favor —susurró.

Entré despacio, empujando de a poco, sintiendo cómo el coño me tragaba centímetro a centímetro. Ella abrió más las piernas y echó la cabeza hacia atrás, gimiendo mientras yo la iba llenando. Cuando la tuve hasta el fondo, con las bolas apoyadas contra su culo, me quedé quieto un instante, frente contra frente, disfrutando de cómo me apretaba adentro.

—Sos enorme —murmuró—. Me llenás toda.

—Y todavía no me moví.

Empecé despacio, sacando la pija casi entera y volviéndola a meter, lento, hasta el fondo. Ella me clavó las uñas en la espalda y me siguió el ritmo, primero lento, después cada vez más hondo. Le agarré las tetas y se las apreté mientras la cogía, pellizcándole los pezones, mirándole la cara transformada por el placer.

—Más fuerte —me pidió—. Cogeme fuerte, no me trates como si me fuera a romper.

—No voy a romperte. Voy a hacerte olvidar todo lo demás.

Le levanté una pierna y me la puse sobre el hombro. En esa posición se la clavé hasta el hueso, con embestidas largas y duras que le arrancaban gritos cada vez que la fondeaba. El sonido de la piel golpeando contra la piel llenaba la habitación, mezclado con sus gemidos y con los míos.

—Así, así, cogeme así.

La di vuelta y la puse en cuatro. Le agarré las caderas y la penetré de un solo golpe, hasta el fondo. Ella gritó y clavó la cara en la almohada, con el culo en alto, pidiéndome más. Le cogí el pelo con una mano, tirándole la cabeza hacia atrás, y con la otra la sostuve de la cadera mientras la embestía duro, sin darle respiro.

—No pares —me pidió contra el oído—. No pares.

No paré. La así del pelo con una firmeza que la hizo gemir, le mordí el hombro, le marqué el cuello con mi boca mientras la sentía temblar debajo. Le pasé una mano por adelante y le froté el clítoris mientras se la seguía metiendo, y ella empezó a apretarme la pija adentro de un modo que me nubló la vista.

—Otra vez, me vengo otra vez —jadeó.

—Vení, vení para mí.

Se vino con un grito largo, con el coño chupándome la pija en espasmos que casi me hacen acabar ahí mismo. La sentí temblar entera, colapsar contra el colchón con el culo todavía apuntándome, y yo seguí cogiéndomela mientras acababa, alargándole el orgasmo, hasta que ya no aguanté más.

—Adentro —le dije, apretándole las caderas.

—Adentro, sí, corretela adentro.

Me hundí hasta el fondo y me vine, descargándome en oleadas, sintiendo cómo la lechada le llenaba el coño mientras ella gemía debajo mío. Me quedé unos segundos así, con la pija todavía dura, palpitando dentro de ella, respirando contra su nuca.

Nos derrumbamos enredados, sudados, respirando fuerte. Me acarició la cara con una ternura que no encajaba con la mujer dura que había subido a mi auto.

—Nunca me sentí tan tuya —dijo en voz baja.

—Y yo nunca quise tanto que alguien lo fuera —respondí, y me asusté un poco de cuánto lo decía en serio.

***

Lo que vino después no fue solo sexo, aunque hubo mucho. Fueron semanas en las que la casa del Delta dejó de ser un refugio mío para volverse un hogar de los dos. Marina gateaba por el living entre juguetes. Carla cocinaba, ordenaba, y por las noches estudiaba en la computadora con una concentración que me enternecía.

Yo llegaba los viernes, me sacaba el traje, abría una cerveza y la besaba como si hubiéramos estado separados meses en lugar de días. Algunas noches, con Marina ya dormida, la doblaba sobre la mesa de la cocina apenas cruzaba la puerta, con el vino todavía sin abrir. Le levantaba la pollera, le corría la bombacha a un costado y le hundía la lengua en el coño ahí mismo, parado, mientras ella se agarraba del borde de la mesa y me pedía por favor que no parara.

Después le sacaba la ropa entera, la dejaba en pelotas encima de la mesa y me abría el pantalón. Le metía la pija de un envión, con ella boca arriba, las piernas colgando y los talones clavándome la espalda baja. La cogía ahí, entre los platos sucios y las velas apagadas, hasta que se venía dos o tres veces antes de que yo acabara adentro suyo.

—Vas a terminar enamorado de la empleada —me dijo una vez, todavía con la respiración cortada, mordiéndose el labio—. Qué cliché.

—Ya lo estoy, boluda —contesté, y la cara que puso valió más que cualquier otra cosa que le hubiera dado.

Un viernes llegué con una idea distinta.

—Este fin de semana no nos quedamos acá. Quiero que conozcas mi departamento en la ciudad. El de verdad.

Miró a Marina, preocupada.

—La llevamos —me adelanté—. Ya le armé una habitación. Cuna, juguetes, todo. No te estoy llevando de paseo, Carla. Te estoy llevando a casa.

Sonrió de esa forma que ya le conocía, la que aparecía cuando entendía que no había vuelta atrás.

***

El viaje a la ciudad fue puro fuego contenido. Manejaba con una mano en el volante y la otra en su muslo, subiendo de a poco. Le desabroché el jean y le metí la mano adentro de la bombacha. La encontré empapada, con el clítoris ya hinchado.

—Estás así desde que subimos —le dije, sin dejar de mirar la ruta, con dos dedos hundidos en su coño.

—Pensé en esto todo el día —admitió, abriendo más las piernas en el asiento—. No pienso en otra cosa. Pienso en tu pija en la boca, en tu pija en la concha, en tu pija en el culo. Todo el tiempo.

Casi me salgo de la ruta. Le seguí metiendo los dedos mientras ella se retorcía en el asiento, mordiéndose los nudillos para no gritar con Marina dormida atrás. La hice acabar así, con tres dedos adentro y el pulgar contra el clítoris, todavía a treinta kilómetros del departamento. Se vino apretándome la mano, mojándome la muñeca, con los ojos cerrados y el cuello estirado.

Después me abrió el pantalón y me sacó la pija. Se agachó sobre mi falda y me la metió en la boca sin decir nada. Manejar con ella chupándomela fue una tortura y un milagro. Me la lamió entera, me chupó las bolas, se metió el glande hasta la garganta y ahí lo mantuvo unos segundos, tragando alrededor.

—No te vengas todavía —dijo, levantando la cabeza con la boca brillante—. Guardala para adentro mío.

Llegamos al departamento al borde de la cordura. Puse a Marina en su cuarto nuevo, que dormida ni se enteró, cerré la puerta y volví al recibidor. Carla ya me esperaba apoyada contra la pared, sacándose la remera.

—Bienvenida —murmuré contra su cuello, arrancándole el resto de la ropa—. Acá vamos a empezar de nuevo, en serio.

La levanté contra la pared, con las piernas alrededor de mi cintura, y le clavé la pija de una. Me la cogí ahí mismo, parado, con las manos agarrándole el culo, mientras ella se agarraba de mi cuello y me mordía el hombro para no gritar. La embestí duro, golpeándola contra la pared, y cuando la sentí acabar la llevé al sillón sin sacársela.

La tiré de espaldas y la seguí cogiendo ahí, mirándola a los ojos, con las tetas rebotando en cada envión. Después la giré, la puse a horcajadas encima mío y ella se me montó, moviendo las caderas en círculo, cabalgándome mientras yo le chupaba las tetas y le agarraba el culo.

—Sos mía —le dije al oído, aferrándola.

—Soy tuya —respondió, subiendo y bajando sobre mi pija—. Toda, toda tuya.

Le mostré todo lo demás después: el living, el balcón con la vista al río, y al final la habitación de Marina, lista como para quedarse para siempre. Carla se quedó parada en el umbral, sin palabras, y cuando se dio vuelta tenía los ojos llenos de lágrimas.

—¿Por qué hacés todo esto? —preguntó.

—Porque desde que frené el auto ese jueves no pude volver a imaginar mi vida sin vos.

Cenamos liviano, tomamos vino y después algo más fuerte. La besé con hambre vieja y la llevé al dormitorio. Esa noche fue distinta de la primera: ya no había prueba ni miedo, solo confianza y ganas. La recosté boca abajo, le besé la espalda entera, le pasé la lengua por la columna hasta llegar al culo. Le abrí los cachetes con las manos y le lamí el ojete despacio, dando círculos, y ella soltó un gemido largo, sorprendida, sin dejar de empujar contra mi boca.

—Nadie me hizo eso nunca —jadeó.

—Vas a aprender un montón de cosas conmigo.

La chupé ahí un rato largo, hasta ablandarla, y después le metí la pija en el coño de golpe, con ella todavía boca abajo. La cogí así, con el peso mío encima suyo, la boca en su nuca y las manos entrelazadas con las de ella contra el colchón. La hice esperar hasta que me lo rogó, saliendo y entrando lento, torturándonos a los dos, y recién entonces la tomé en serio y sin tregua.

—Sos mía —repetí, aferrándole las caderas.

—Soy tuya —respondió, y por una vez no sonó a sumisión sino a elección—. Correte adentro, dame todo, lléname.

Me vine hasta el fondo, empujado contra ella hasta que no quedó nada más para dar, mientras la sentía temblar debajo mío en un último orgasmo largo.

Terminamos deshechos, tirados entre las sábanas, oliendo a sexo y a vino. Me acarició la cara con la palma abierta.

—Nunca me sentí tan tuya. Y tan entera, al mismo tiempo.

***

Pasaron los meses. Trabajé menos, ella siguió estudiando, y nos convertimos en una familia improvisada que no se parecía a nada que yo hubiera planeado y que, justamente por eso, funcionaba. Hubo días de pasión que nos dejaban sin aire, y hubo días tranquilos de mate y juguetes por el piso, que terminé queriendo todavía más.

Una tarde de otoño, de vuelta en la casa del Delta, con Marina dormida y el río dorado por el atardecer, le pedí que se quedara para siempre. No con un discurso ensayado, sino con un anillo que había comprado sin saber muy bien cómo se hacían estas cosas.

—Formemos familia de verdad —le dije—. Vos, yo, Marina.

Lloró, igual que aquella primera noche en la vereda, pero esta vez de otra cosa.

—Sí —dijo—. Mil veces sí.

A veces todavía pienso en lo cerca que estuve de seguir de largo aquel jueves, con la música alta y la cabeza en mi escapada de fin de semana. Un segundo más al acelerador y nunca la habría visto. Lo cuento porque a veces la vida entera depende de frenar a tiempo, y porque hay incendios que uno no planea: simplemente se prenden solos y, si tenés suerte, te queman lo justo para volverte alguien mejor.

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Comentarios(7)

PatricioOk

que relato, me tuvo enganchado hasta el final!!

NikoBA_lector

Confesiones tiene los mejores relatos del sitio, y este no es la excepción. Muy bueno.

LauraNC

Por favor contá cómo siguió esa historia! No podés dejarlo ahí, quedo con ganas de saber mas.

Martin_Cordoba

Una historia así te obliga a leerla de un tirón. Se siente auténtica, sin exagerar ni adornar de más.

GabiK

Lo que mas me gustó es cómo lo narrás, se nota que fue real. Las confesiones verdaderas tienen otro sabor, se sienten distintas a las inventadas. Seguí escribiendo asi.

RafaelNoche

tremendo, no lo esperaba para nada jaja

LectoraNocturna

Me hizo acordar a una situacion parecida que viví hace unos años, aunque la mia no terminó igual jaja. Muy bien contado.

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