Lo que mi compañera me pidió en la cabina
Elena no era solo una compañera de trabajo: con los años se había convertido en una de mis mejores amigas. Teníamos esa clase de confianza que permite contarse casi todo, aunque, como pasa siempre, había cosas que ninguno de los dos había puesto nunca sobre la mesa. Ella ocupaba un cargo de dirección y tenía su propio despacho, un sitio donde un grupo reducido de nosotros nos juntábamos a media mañana para tomar café y reírnos un rato.
Aquella semana se casaba Andrés, otro del grupo. Su despedida de soltero era el jueves y la boda, el sábado, así que el lunes ya andábamos organizando los preparativos. El regalo serio lo resolvimos rápido: un buen reloj, caro pero merecido. Lo que nos atascó fueron los regalos de broma, esos que se entregan en la cena entre risas.
Como nadie se ponía de acuerdo, terminamos Elena y yo encargados de comprarlos. Cuando los demás se fueron, nos quedamos solos en su despacho ultimando el plan.
—Lo más fácil es ir a lo de siempre —le dije—. Me acerco a un sex-shop y le compro alguna tontería graciosa.
—¿A un sex-shop? —repitió, y se quedó pensando.
—Sí, ¿algún problema?
—No, es que nunca he entrado en uno. ¿Te molesta que te acompañe?
—A mí me da igual —contesté—. Pero te advierto que vas a ver cosas bastante sorprendentes.
—No me importa. Jamás he pisado ninguno y tengo curiosidad.
Quedamos en ir esa misma tarde, después de comer. Hasta ese día, entre Elena y yo no había habido absolutamente nada en lo sexual. Era bajita, de formas redondeadas, con un pecho generoso y una cara muy bonita, pero su verdadero encanto estaba en su simpatía y en su manera de tratar a la gente.
No voy a mentir: alguna vez mi mirada se había escapado hacia su escote, y supongo que ella lo había notado. Imaginaba que estaría acostumbrada a esa clase de miradas. Aun así, nunca habría cruzado la línea con una amiga.
***
Comimos algo rápido y tomamos un taxi. Dentro del coche volví a preguntarle si estaba segura.
—¿Por qué insistes tanto? —dijo, divertida.
—Porque esos sitios no están pensados precisamente para una visita tranquila. Los vídeos y las fotos son muy explícitos.
—Vaya, veo que lo conoces bien.
—Alguna vez he estado, sí. Despedidas, ya sabes.
—Pues déjalo ya. Quiero verlo y esta es la mejor ocasión.
Pagué al taxista y entramos. Me invadía una sensación rara. Entrar allí con una mujer ya era excitante de por sí, pero que esa mujer fuera Elena me desconcertaba. No sabía cómo iba a reaccionar.
Nada más cruzar la puerta había una exposición de carátulas de vídeos, de lo más variada. Pasamos por delante y Elena no perdía detalle.
—Madre mía, qué barbaridad —me susurraba al oído—. Por favor, mira eso…
—Ven, la tienda está por aquí —le dije señalando una escalera.
—Espera. ¿Y eso qué es? —preguntó apuntando a unas cabinas al fondo.
—Cabinas para ver películas. Vamos, anda.
—No, espera. Quiero entrar en una.
—¿Cómo?
—Sí, pero entra conmigo. No quiero hacerlo sola.
Fui a la entrada a cambiar unas monedas y pregunté si podíamos pasar los dos juntos. Me dijeron que sí, pero solo a las cabinas de vídeo. Volví y se lo conté a Elena.
—Perfecto —contestó sin dudarlo.
La dejé pasar primero. El cubículo era estrecho, apenas un asiento y dos monitores, uno sobre otro. Le pedí que se sentara y yo me quedé de pie a su lado. Lo primero en lo que reparé fue en la vista que tenía de su escote desde arriba. Ya empezaba a calentarme y no quería ni imaginar qué pasaría cuando arrancaran las imágenes.
Cerré la puerta. Junto a ella estaban el mando de los canales y una caja de pañuelos. Le pasé varias monedas.
—Tú misma —le dije.
Echó una y la luz se apagó. Los dos monitores se encendieron a la vez, con el volumen demasiado alto. Las escenas eran de lo más crudo, los gemidos llenaban el cubículo y mi cuerpo reaccionó al instante. Se me puso dura de inmediato, tan tensa que parecía que iba a reventar el pantalón.
Elena miraba la pantalla en silencio. Cambió de canal, y luego otra vez, y cada cambio era peor que el anterior. Películas lésbicas, una escena con cadenas, dos hombres entregados sin freno. Yo estaba a punto de estallar.
Se me cruzó por la cabeza bajarme la cremallera allí mismo. Hacía un calor sofocante en aquel hueco y debía estar sudando como un loco entre el ambiente y la excitación.
—¿Te pasa algo? —preguntó de pronto, mirándome.
—Imagínate —contesté con media sonrisa.
Pareció entenderlo perfectamente. Clavó la mirada en mi entrepierna, volvió a subir hasta mis ojos y dijo algo que no esperaba:
—¿Por qué no te sientas tú y haces como si estuvieras solo?
La miré sin estar seguro de haber oído bien.
—Me has entendido. Siéntate y hazte una paja —repitió con calma.
No daba crédito. Mi amiga Elena me estaba pidiendo que me masturbara delante de ella, y lo cierto es que lo necesitaba con urgencia. Ella se levantó y yo ocupé el asiento.
***
No me lo pensé dos veces. Me abrí la camisa, me desabroché el pantalón y, incorporándome un poco, me lo bajé hasta las rodillas. Mi erección quedó al aire, brillante y firme. Sabía que no iba a aguantar mucho con todo lo acumulado.
Me agarré y empecé despacio. Elena tenía los ojos fijos, sin disimular. Y entonces hizo algo que me sorprendió y me encendió todavía más: apoyó la yema del dedo en la punta, recogió la gota que asomaba y se la llevó a la boca para saborearla.
Aceleré el ritmo, recreándome, queriendo que ella disfrutara tanto como yo. Las palabras se me escaparon casi solas.
—Quiero terminar sobre tus pechos —le dije.
No respondió. Se quitó la blusa y se desabrochó el sujetador mientras yo seguía. Eran tal y como los había imaginado, con los pezones oscuros y endurecidos. Dejé mi mano un momento para acariciárselos, pellizcando suavemente, y ella se dejó hacer en silencio. Luego se inclinó hacia delante y los acercó a mi boca.
Los chupé y los mordí sin prisa, hasta que noté cómo su mano tomaba el relevo y me masturbaba ella misma. Ya no podía más. La avisé, apuntó hacia su pecho y el primer chorro le alcanzó la barbilla; el resto cayó donde ella quiso.
Nos quedamos quietos hasta que las monedas se agotaron y volvió la luz. Cogió unos pañuelos y se limpió; yo hice lo mismo, en aquel espacio donde no había manera de esconderse. Ella se vistió, abrí la puerta y salimos acalorados. Yo había descargado, pero Elena no, y se notaba que seguía tensa.
No hablamos. Compramos un par de bobadas en la tienda, pagamos y nos fuimos. En el taxi de vuelta no cruzamos palabra, y al llegar a la oficina cada uno se metió en su sitio con un escueto «hasta luego».
***
Al día siguiente, mis compañeros me llamaron para el café de siempre, pero puse la excusa del trabajo. Media hora después fue Elena quien me telefoneó pidiéndome que me pasara por su despacho.
No sabía cómo iba a reaccionar, pero por su tono parecía que no estaba enfadada. Cuando entré, me pidió que cerrara la puerta y me sentara. Se levantó de su mesa y empezó a hablar.
—Lo de ayer no tiene por qué afectar a nuestra amistad —dijo—. Pasó porque tenía que pasar, y porque yo lo pedí.
Echó el pestillo desde dentro y volvió a sentarse frente a mí.
—Ayer lo pasé muy bien, pero me quedé a medias. Necesito que terminemos lo que empezamos.
Se desabrochó la blusa y dejó su pecho a la vista, apenas cubierto por un sujetador de encaje blanco.
—Ven, acércate.
Ella misma me bajó el pantalón y me acarició hasta que estuve duro. Entonces se inclinó y me lo metió en la boca, despacio, saboreándolo. Mis manos buscaron su pecho, esos pezones que llevaba toda la noche recordando.
Se levantó, se quitó la falda y, al sentarse de nuevo, me pidió que le devolviera el favor con la lengua igual que ella había hecho conmigo. Me arrodillé y trabajé sin prisa, hasta que se corrió con un temblor que intentó callar mordiéndose la mano.
No le bastó. En cuanto se recuperó, se inclinó sobre el escritorio, abrió las piernas y, con la voz quebrada, me lo pidió.
—Hazme tuya. Quiero sentirte dentro.
La penetré poco a poco. Ahogaba los gemidos apoyando la cabeza en un cojín, conscientes los dos de que la puerta no insonorizaba nada. Se corrió dos veces más antes de que yo avisara de que estaba al límite.
—Dentro no —dijo—. Espera.
Salió, se dio la vuelta, se arrodilló y me terminó con la mano frente a su cara. Apuntó hacia su pecho y la regué entera. Recogió un poco con el dedo y se lo llevó a la boca.
—La próxima vez la quiero aquí —dijo, señalándose los labios con una sonrisa.
No reconocía a la Elena de siempre. O quizá nunca la había conocido del todo.
***
Unos días más tarde me llamó el director general, Gerardo, para que pasara por su despacho. Al entrar, me encontré a Elena sentada en un sofá y a él en su sillón.
—Siéntate, tenemos que hablar contigo.
La frase no auguraba nada bueno. El sudor me bajaba por la sien y el silencio del despacho no ayudaba.
—Tranquilo, todo está bien —añadió enseguida—. Verás, estoy pensando en una pequeña reorganización del personal y tú eres uno de los candidatos a un ascenso.
Respiré, aliviado. Pero él siguió.
—No eres el único. A tu favor tienes que Elena te aprecia mucho, tanto por tu trabajo como por lo de fuera de él.
No entendí a qué se refería con «lo de fuera».
—Elena y yo somos buenos amigos. Más que amigos, en realidad. Me ha contado lo de la visita al sex-shop y lo de su despacho. Reconozco que disfruté mucho escuchándola.
No sabía dónde meterme. Volvieron los nervios y el temblor a las manos.
—Lo que quiero decir es que con Elena ya tienes mucho ganado. Pero los dos esperamos algo más de ti, y eso está en tu mano.
Elena, que había callado hasta entonces, tomó la palabra.
—Yo ya sé lo que puedes darme, y me encanta. Ahora falta saber qué le puedes ofrecer a Gerardo. Para tu tranquilidad, es el hombre más dulce que conozco.
—Yo… no sé exactamente qué esperáis de mí —contesté—, pero intentaré no defraudaros.
Los dos sonrieron. Gerardo avisó a su secretaria de que no quería interrupciones bajo ningún concepto. Elena se levantó y cerró con llave.
***
Se desnudó por completo y se acercó. Me fue quitando la chaqueta, la camisa, el cinturón, y me bajó el pantalón. Se arrodilló y no esperó ni un segundo para tomarme en la boca. Gerardo nos miraba desde su sillón con una expresión de satisfacción.
Yo pensaba que, si todo se reducía a aquello, sería hasta sencillo. Qué equivocado estaba.
Mientras Elena seguía, noté que uno de sus dedos buscaba más abajo. No le di importancia hasta que sentí cómo presionaba con suavidad un punto donde nadie había estado nunca. Por instinto, me aparté.
—Tranquilo, te va a gustar —dijo, y volvió a lo suyo.
Su dedo, ya lubricado, entró despacio. Después un segundo, y un tercero. Me estaba abriendo poco a poco, y, contra todo lo que habría jurado, empezaba a gustarme.
—¿Te gusta? —preguntó.
—Sí. Es extraño, pero sí —admití.
Cuando retiró los dedos sentí una punzada de frustración. Lo siguiente fue algo caliente y firme abriéndose paso. Busqué a Gerardo con la mirada y no estaba en su sillón: lo encontré detrás de mí, las manos en mis caderas, sujetándome con fuerza. Entraba despacio, midiendo cada movimiento, mientras Elena seguía de rodillas delante.
El placer me llegaba por los dos lados a la vez y la cabeza no me daba para procesarlo. El ritmo fue subiendo, los gemidos de Gerardo también, hasta que noté cómo se vaciaba. No aguanté más y me corrí en la boca de Elena, que no había parado en ningún momento.
Gerardo se retiró y volvió a sentarse. Elena me tomó de la mano y, juntos, de rodillas, terminamos lo que él había empezado. Aquel día comprendí lo que de verdad se esperaba de mí.
***
Acepté las reglas del juego. A partir de entonces, si quería el ascenso, debía estar disponible también para él cuando lo pidiera. Y así fue: mi carrera despegó como nunca, conseguí mi propio despacho y hasta una secretaria que, como podréis imaginar, era una verdadera experta en lo suyo.
Los encuentros con Elena y Gerardo se convirtieron en una rutina extraña y adictiva a partes iguales. Aun así, Elena y yo seguimos reservándonos un día a la semana solo para nosotros, en su despacho o en el mío, donde todo había empezado con una simple visita a un sex-shop. Todavía hoy me cuesta creer hasta dónde llegó aquella tarde de curiosidad.