Lo que pasó esa noche entre las autocaravanas
La puerta de nuestra autocaravana se abrió y Noa entró primero, todavía con el rubor del esfuerzo en las mejillas. Andrés venía detrás, y por la forma en que se miraban era fácil adivinar que los dos habían tenido su ración de sexo antes de volver con nosotros.
Noa se quedó parada en mitad del espacio, observándonos sin pudor. Andrés me sonrió al entrar y yo le devolví la misma sonrisa cómplice, sin dejar de moverme despacio sobre Bruno.
Mi marido no tardó ni un segundo en colocarse a su espalda. Le quitó la camiseta de un tirón y dejó al aire sus pechos pequeños, cubiertos de pecas, con unos pezones rosados y cónicos que se endurecieron en cuanto sus manos los rozaron.
Siguió con el pantalón hasta dejarla completamente desnuda frente a mí. Su piel pálida brillaba bajo la luz amarilla del techo, y empujó las caderas hacia atrás buscando el cuerpo de Andrés.
Yo seguía a horcajadas sobre Bruno, moviéndome despacio, sin apartar los ojos de lo que esa chica empezaba a hacer.
Noa se giró y atrapó uno de los pezones de Andrés entre los labios. Lo lamió, lo succionó, y él dejó escapar un gemido bajo mientras ella iba bajando, besando su abdomen, hasta arrodillarse delante de él.
Le agarró la polla con una mano y la deslizó entre sus labios. El cuerpo de Andrés se tensó de golpe, y yo noté que se me aceleraba la respiración solo de mirarlos.
—Joder —murmuró Bruno debajo de mí, dándose cuenta por fin de que ellos estaban allí.
—Tú sigue —le dije, apoyando una mano en su pecho—. No te preocupes por nada.
Andrés levantó a Noa del suelo y la puso a su lado, a cuatro patas, junto a nosotros. Se colocó detrás, guió su erección hasta el centro de la chica y entró de un solo empujón.
Noa soltó un grito corto, más de placer que de sorpresa, al sentirlo hasta el fondo. Bruno me agarró las caderas con fuerza, mirándola, y aquello me excitó tanto que supe que no aguantaría mucho más.
Y así fue. Un espasmo me recorrió entera y un gemido largo se me escapó entre los labios mientras me movía muy despacio sobre él, temblando, alargando la sensación todo lo que pude.
Me quedé un instante quieta, disfrutándolo, y después me retiré para cederle el turno a Pilar.
***
Mientras Pilar se incorporaba para ocupar mi lugar, vi la cara de Noa muy cerca de la mía, con los ojos vidriosos y la boca entreabierta. Acerqué la polla de Bruno a sus labios y ella no dudó: la rodeó despacio, sin dejar de mirarme.
Duró apenas un momento, porque Pilar ya estaba colocándose encima de Bruno y fue la propia Noa quien la guió hasta la entrada. Pilar bajó lentamente, dejando que la chica viera cómo esa polla desaparecía dentro de ella.
Me senté a un lado, absorta con el vaivén de los pechos grandes de Pilar mientras acariciaba los de Noa, mucho más pequeños y firmes. Me encantaban esos pezones duros y cónicos, y los pellizcaba con suavidad sintiendo su aliento caliente cerca de mi brazo.
Noté enseguida cómo se le aceleraba la respiración. Su cuerpo se tensó y se corrió con Andrés todavía empujando dentro de ella, las piernas temblándole de arriba abajo.
Andrés no aguantó mucho más. Salió de ella, la tumbó boca arriba y se colocó a horcajadas sobre su vientre. Su polla, dura y brillante, apuntaba hacia arriba.
Con la cabeza de Noa apoyada en mi muslo y yo acariciándole los pechos, ella alargó la mano y empezó a masturbarlo. Los ojos le brillaban y la boca se le abría un poco más con cada movimiento.
Siguió hasta que el semen de Andrés salió disparado en gruesos hilos. Entonces levantó la cabeza, rodeó el glande con los labios para recoger el resto y no soltó la mano hasta vaciarlo del todo. Un reguero le bajaba por la barbilla mientras seguía moviéndola, muy despacio.
***
Pilar cabalgaba a Bruno, que la miraba fijamente y le sujetaba los pechos, lamiéndolos, mientras ella subía y bajaba sin descanso. Unos minutos después se corrió sin dejar de moverse, hasta que notó que él también estaba a punto.
Sin dudarlo se levantó de encima, lo hizo arrodillarse y se agachó a lamerle la polla. Yo me uní casi al instante, y para mi sorpresa Noa también se sumó. Entre las tres, con Pilar masturbándolo, lo llevamos hasta que se corrió sobre nuestras caras.
Pilar resultó ser la más ansiosa de las tres: rodeó el glande con los labios y se quedó con la mayor parte en la boca.
Estábamos todos agotados y nadie decía nada. Me acerqué a Andrés y me senté entre sus piernas, con la espalda apoyada en su pecho. Él me rodeó la cintura con los brazos y empezó a acariciarme los pechos casi sin pensar.
Durante un buen rato no habló ninguno. Solo respirábamos, tumbados, recuperándonos.
—No me lo puedo creer —dijo Pilar al fin.
—¿El qué? —pregunté.
—Que esto haya pasado de verdad. Me he acostado con mi hijastro.
Lo dijo casi con miedo, como si pronunciarlo lo hiciera más real.
—¿Y tan malo ha sido? —le pregunté.
—Para él seguro que no —respondió Andrés, y Bruno asintió con la cabeza mirando a Pilar.
—Y yo te aseguro que era una de sus fantasías —añadió Noa—. Por cómo te ha mirado siempre. ¿O no?
***
Mientras Pilar seguía hablando, la mano de Andrés se apartó de mis pechos y se deslizó hacia los muslos de Noa. Ella giró la cabeza para sonreírnos y se movió hasta poner las nalgas al alcance de su mano.
Bruno nos observaba en silencio, pero su polla empezaba a dar señales otra vez, endureciéndose poco a poco. Estiré las piernas, atrapé su erección entre mis pies y empecé a masturbarlo así, despacio.
Pilar se dio cuenta y se quedó callada. Después se echó a reír.
—La verdad es que ese es un buen argumento —dijo, sin dejar de mirarnos.
Vi cómo la mano de Andrés desaparecía entre las nalgas de Noa y cómo ella abría las piernas para dejarle llegar mejor. Con el pulgar le rodeaba el ano y presionaba con cuidado, y ella jadeaba bajito.
Mis pies seguían trabajando la polla de Bruno, cada vez más dura. No me lo pensé: le agarré los tobillos y lo hice tumbarse del todo, para tenerlo más cerca. Cambié los pies por las manos.
Estaba caliente y tan tensa que las venas le palpitaban contra mis palmas. Por la punta asomó una gota brillante y me apresuré a recogerla con la lengua. Sabía dulce. Rodeé el glande con los labios sin dejar de moverla.
Bruno me apoyó las manos en la cabeza y guió mis movimientos con suavidad. Fui bajando, metiéndomela cada vez más adentro, hasta que tuve que subir para respirar.
***
Andrés se había colocado de rodillas entre las piernas de Noa. Le abrió las nalgas, dejó a la vista su ano rosado y bajó la cabeza para pasarle la lengua mientras la masturbaba con la otra mano. Ella se removía, gimiendo, y yo no podía apartar la vista.
Una mano me apretó un pecho y me pellizcó el pezón. Era Noa. Solté la polla de Bruno y giré la cabeza hacia ella. Tenía los labios húmedos, entreabiertos, y la punta de la lengua asomando. La besé despacio y enseguida sentí su lengua buscando la mía.
Nos fundimos en un beso largo mientras yo seguía masturbando a Bruno con una mano. Cuando me separé, volví a su polla, y Noa puso su mano junto a la mía. La sostuvimos juntas un momento, hasta que se la ofrecí acercándola a sus labios.
No dudó en metérsela en la boca. Mientras tanto, Andrés seguía ocupado con ella: ya le había introducido un dedo y le masturbaba el clítoris con la otra mano, cada vez más rápido.
Yo no estaba dispuesta a renunciar a nada. Me coloqué detrás de Andrés y empecé a lamerlo desde atrás, repartiendo la lengua por su polla y su ano, igual que él hacía con Noa.
Pilar, a un lado, se acariciaba con un consolador que había sacado de vaya a saber dónde. Lo deslizaba sobre su clítoris sin apartar los ojos de nosotros.
Noa empezó a gemir más fuerte sin sacarse la polla de la boca. Andrés ni siquiera la había penetrado todavía y su cuerpo ya temblaba sin parar. Con los ojos en blanco, casi ahogándose, se corrió entre espasmos y se dejó caer, relajada y riendo.
—Para, para —dijo entre carcajadas—. Deja que me recupere.
***
Yo no pensaba esperar. Me incorporé, me puse a horcajadas sobre Bruno y me dejé caer encima de él. Lo sentí entrar, rozándome por dentro, mientras notaba el aliento caliente de Noa otra vez cerca de mi sexo.
Con él dentro del todo, eché el cuerpo hacia atrás, apoyé las manos y empecé una cabalgada lenta. Subía hasta dejar dentro solo el glande y volvía a bajar despacio, sintiendo cada vena frotarse contra mí.
No habían pasado ni dos minutos cuando una lengua húmeda recorrió mi sexo hasta encontrar el clítoris. Era Noa, su cabeza rubia entre mis piernas. No me sorprendió: rodeó el clítoris con la punta de la lengua y una descarga me atravesó de arriba abajo.
Andrés se preparaba para penetrarla por detrás. Vi sus intenciones cuando sacó un pequeño bote de lubricante, vertió una buena cantidad en el ano de Noa y otra en su propia polla, esparciéndola con la mano.
Apoyó el glande en la entrada y empujó con suavidad. El gemido de Noa se transmitió a mi sexo en forma de vibración, y otro espasmo me sacudió. Andrés siguió entrando hasta el fondo, se quedó quieto un instante para que ella se acostumbrara y después empezó a moverse.
A cada empujón, Noa hundía más la cara entre mis piernas. El placer era abrumador. No aguanté: los espasmos me recorrieron entera y llegó el orgasmo que llevaba rato persiguiendo, mientras temblaba sobre la polla de Bruno.
***
La polla de Bruno seguía taladrándome, y aunque ya me había corrido seguí moviéndome encima de él. Pero tenía otros planes.
Hizo que me levantara y se acercó a Pilar para ofrecerle su erección. Ella la metió entre los labios, lamiéndola, sin soltar el consolador.
—Prefiero una de carne —dijo de pronto.
Se puso a cuatro patas delante de él y Bruno no lo dudó: le agarró las caderas y entró en su sexo empapado, bombeando rápido desde el primer momento.
—Sí, así —jadeaba Pilar—. Joder, qué dura la tienes.
Esperé un momento a recuperarme y me arrodillé detrás de Bruno, pegando mi cuerpo desnudo a su espalda. Pasé una mano por debajo y le acaricié los testículos mientras le susurraba al oído lo que quería hacer.
Giró la cabeza, sonrió y asintió. Agarré el bote de lubricante, vertí parte en el ano de Pilar, lo esparcí bien y metí uno de mis dedos.
Cuando lo tuve listo, hice que Bruno saliera del sexo de Pilar y apoyara el glande en la otra entrada.
—No, ahí no —protestó ella, sin demasiada convicción.
No le hice caso. Empujé a Bruno hasta que el glande entró y lo dejé quieto un momento antes de que siguiera. Poco a poco fue avanzando, entre gemidos a medias de dolor y de placer, hasta quedar dentro del todo y empezar a moverse.
Comprobé que Andrés y Noa seguían a lo suyo y me deslicé debajo de Pilar. Desde ahí podía lamerle el sexo mientras ella, entre gemidos, lamía el mío, y yo tenía una vista perfecta de la polla de Bruno entrando y saliendo.
Andrés ya se había tumbado, y Noa lo cabalgaba con él todavía dentro de su culo, levantando las piernas a cada embestida.
—Joder, sí —gemía ella—. No pares.
Encima de mí, Pilar jadeaba con cada empujón de Bruno.
—Sigue, sigue, no pares —repetía.
El efecto de mi lengua y de la polla de Bruno no tardó en hacerla estremecerse. Se corrió con un grito ahogado, y Noa la siguió casi al instante, mientras Andrés la levantaba y la dejaba caer sobre él una y otra vez.
***
Andrés me miró y, sin necesidad de decir nada, dejó que Noa resbalara a un lado. Tiró de mí y me puso encima de él. De un solo empujón me metió la polla y, agarrándome las nalgas, llamó a Bruno.
—Ahora tú —le dijo.
Bruno, todavía duro, se colocó detrás de mí y presionó contra mi ano, entrando despacio hasta el fondo. Empecé a moverme sintiendo las dos pollas a la vez. Bruno se aferraba a mis caderas mientras Andrés me llevaba los pechos a la boca.
Me succionaba los pezones y los acariciaba con la punta de la lengua, como sabe que me gusta. Yo me movía sobre uno mientras el otro empujaba desde atrás, y entre los dos consiguieron que me corriera otra vez. Aun así seguí moviéndome.
—Dentro —les pedí—. Quiero que os corráis dentro de mí.
Dicho y hecho. Sentí la polla de Bruno palpitar y lo oí gruñir al vaciarse, su semen caliente llenándome casi al mismo tiempo que Andrés hacía lo mismo. Me quedé tumbada sobre él, recuperando el aire, notando cómo las dos pollas se encogían dentro de mí.
Me dejé caer a un lado, jadeando. Andrés seguía acariciándome y Pilar y Noa nos miraban con las manos entre las piernas, tocándose ellas mismas. Los dos hombres se limitaban a observarlas, agotados.
***
Y sin embargo, la polla de Bruno no había terminado de relajarse del todo. Mantenía una media erección que no pasó desapercibida.
—Yo estoy muerto —dijo Andrés riendo—, pero el chaval parece que aún quiere fiesta.
—No me importaría, la verdad —admitió Bruno—. Pero necesito un descanso.
—Pues lo necesitarás tú —se rió Pilar—, porque tu polla dice otra cosa.
Miré a Andrés y me entendió a la perfección.
—Yo ya no doy más —dijo él—. Prefiero irme a descansar. Mañana será otro día.
—Yo igual —añadí—. No puedo más. Os dejamos y mañana nos vemos.
Pilar y Noa se miraron antes de volver los ojos hacia Bruno.
—De acuerdo —dijo Pilar—, pero mañana salimos temprano, que nos toca ir volviendo.
—Seguro que nos vemos antes de irnos —prometió Noa.
Un poco más de charla intrascendente y nos despedimos de los tres con unos besos que casi nos convencen de quedarnos otro rato, antes de volver a nuestra propia autocaravana.
Cuando llegamos, los dos caímos rendidos en la cama y nos dormimos hasta la mañana siguiente. Tan profundo dormimos que ni siquiera los oímos marcharse.
Al abrir la puerta encontramos una nota pegada por fuera. En ella se despedían y nos dejaban sus teléfonos, por si alguna vez volvíamos a coincidir.