Mi novio mira y yo complazco a sus dos amigos
Noelia tiene veinticuatro años y es una morena de las que hacen girar la cabeza sin proponérselo. Estatura media, delgada, melena castaña oscura, larga y lisa. Piel clara, ojos de un verde apagado, nariz respingona, sonrisa ancha. Tiene un cuerpo armonioso, sin nada exagerado, de esos que se notan más por cómo se mueve que por cómo es.
Es amable, elegante, femenina. Le gusta gustar y no lo esconde. Con sus amigos es cercana, atenta, casi protectora, y todos en la cuadrilla la tratan como una especie de hermana mayor a la que se le cuenta todo.
Vive con su novio, Adrián, de veintisiete años. Alto, moreno, trabajador, de esos tíos tranquilos que caen bien al primer apretón de manos. Comparten un piso pequeño pero acogedor donde los viernes se junta el grupo entero a beber cerveza y a perder la noción del tiempo.
Se quieren y se respetan, y lo interesante —lo que da pie a esta historia— es que lo suyo es una relación abierta. Pueden acostarse con quien les apetezca, siempre que después se lo cuenten al otro con pelos y señales. Para ellos no hay contradicción: distinguen el amor romántico del puro deseo carnal, y no necesitan dormir solo el uno con el otro para seguir enamorados.
La libertad es para ambos, pero en la práctica es él quien más la usa. Adrián liga con facilidad y vuelve siempre a casa a narrarlo, mientras Noelia, morbosa, le exige cada detalle como si lo confesara en un púlpito.
—Y sobre todo no descuides a Lucía, la de la frutería, que luego me hace descuentos —le dice ella, sonriente, sin un gramo de celos ni de envidia.
Noelia también se acuesta con otros, claro, aunque su deseo es más sereno y lo gestiona con discreción. Algún revolcón con sus amigos solteros, nada más. Tiene su código: con emparejados, nunca.
Así que, un viernes cualquiera, quedan con Marcos e Iván en lo que ellos llaman el cuartel general. Los dos chicos esperan repantingados en el sofá, abiertos de piernas. Adrián está en medio, relajado, con los brazos sobre el respaldo y una sonrisa que ya promete.
Noelia entra al salón descalza desde la cocina. Lleva una camiseta ancha que apenas le tapa medio muslo y nada debajo. El pelo le cae despeinado sobre los hombros. Cuando los ve ahí, expectantes, sonríe con esos ojos verdes que brillan como si todo aquello fuese el juego más divertido del mundo.
—¿Ya estáis listos, guapos? —dice, con voz suave y un punto travieso.
—Listísimos, cielo —responde Adrián, riéndose por lo bajo—. Cuando quieras. Yo os miro.
A él le gusta verla disfrutar con otros para que después vuelva a sus brazos encendida, se le suba encima y se corra repitiéndole que es el mejor. Le pone que ella sea libre delante de sus ojos.
Noelia se arrodilla frente al sofá, justo entre las piernas de Marcos e Iván. No hay prisa. Los mira a uno y a otro, y luego mira a su novio, que le hace un gesto leve con la cabeza, como diciendo adelante, mi amor.
Con las dos manos a la vez les baja pantalones y calzoncillos hasta medio muslo. Los dos ya la tienen dura, calientes desde antes de que ella apareciera. No dice nada. Solo sonríe otra vez, esa sonrisa que hace que ambos traguen saliva.
Coge una con cada mano. La derecha rodea a Iván, gruesa, con el glande ya brillante. La izquierda rodea a Marcos, más larga, curvada hacia arriba, suave al tacto pero firme como una piedra.
Empieza a moverlas al mismo ritmo, lento al principio, solo para sentir cómo se tensan bajo sus palmas. Los pulgares les frotan la punta en círculos, bajan hasta la base y vuelven a subir, apretando un poco más en cada pasada.
Iván suelta un gemido bajo y cierra los ojos. Marcos respira fuerte por la nariz, mirándola fijo, sin pestañear. Noelia no deja de sonreír. Mira a Adrián de reojo mientras acelera apenas el ritmo, disfrutando de tenerlos a los dos en sus manos.
Su novio la observa con los ojos entornados, una mano ya dentro del pantalón, moviéndose despacio, saboreando el espectáculo desde la primera fila.
A Noelia le pone muchísimo saber que lo que hace excita a su pareja. La hace sentirse deseada como pocas cosas en el mundo. Se muerde el labio inferior, inclina un poco la cabeza y escupe en cada palma para que todo deslice mejor.
Ahora las manos suben y bajan más rápido, con un movimiento fluido, alternando la presión: un poco más fuerte abajo, más suave arriba, un giro de muñeca justo en el punto donde sabe que el placer roza el límite del dolor.
—Joder, Noelia… —murmura Iván, con la voz ronca.
Ella ríe bajito, sin parar.
—Calla y disfruta —se limita a decir.
Marcos ya tiembla. Las caderas se le mueven solas hacia delante, pidiendo más de ese masaje que su amiga le está regalando. Noelia nota cómo se endurecen aún más, cómo las venas se les marcan bajo los dedos, y acelera: manos que vuelan, pulgares que presionan bajo el glande, un quiebro al final de cada subida.
—Aaaah… Noeliaaah… —gime Marcos, el primero en llegar.
Emite un sonido grave, gutural, el cuerpo se le tensa como un arco. Ella siente los espasmos calientes contra la palma y, antes de que se derrame del todo, se mete el glande en la boca sin dudar y se traga lo que sale, dejándolo limpio.
Apenas tiene tiempo de saborearlo, porque pocos segundos después le toca a Iván. Para empujarlo, Noelia aprieta un poco más y mueve el pulgar rápido sobre el frenillo. Él se arquea con un «hostia, hostia» entre dientes.
Se corre en ráfagas fuertes, blanco y espeso, cayéndole por los dedos, por los nudillos, hasta la muñeca. Ella sonríe cuando una gota le salpica el propio muslo y un poco la camiseta, y no se detiene: sigue moviendo la mano hasta que él se estremece y le pide piedad con un gesto. Entonces sonríe aún más, porque lo ha vaciado del todo.
Cuando acaban, los dos quedan resoplando contra el respaldo, los cuerpos blandos. Noelia se seca las manos con su propia camiseta, se levanta y se sienta en el regazo de Adrián, que ha descargado en silencio con el espectáculo. Él la abraza por detrás y le besa el cuello.
—Eres una reina —le susurra al oído.
Ella gira la cabeza, lo mira y le sonríe, con esa expresión dulce e inocente que al mismo tiempo es absolutamente pecadora.
—Y tú eres el mejor espectador del mundo —sentencia antes de besarlo.
Los dos amigos todavía respiran fuerte, pero también sonríen, tan aturdidos como agradecidos. Noelia se recuesta contra su novio, satisfecha, calmada, contemplando el resultado de sus artes.
***
La tensión en el salón, lejos de bajar, sube como una ola lenta pero imparable. Marcos e Iván aún jadean, los cuerpos relajados, pero los ojos les vuelven a brillar mirándola con un hambre que no necesita palabras.
Noelia los observa de reojo, sonriendo con esa dulzura maliciosa que hace que las dos vuelvan a despertar casi de inmediato.
—¿Queréis más? —pregunta con voz suave, casi candorosa, mientras se pasa la lengua por los labios.
Ambos asienten a la vez. Iván murmura un «sí» ronco, Marcos solo respira hondo y abre más las piernas. Noelia se incorpora un poco, todavía sobre el regazo de Adrián, y se gira hasta quedar de frente a él.
Está abierta de piernas, con la camiseta subida hasta la cintura, los muslos desnudos y la curva del culo a la vista. Su novio la mira fijo, los ojos entornados, la respiración acelerada.
Ella estira los brazos y vuelve a coger ambas pollas, esta vez rozándoles también los testículos. Las sostiene con delicadeza, como si fueran lo más valioso del mundo. Las palmas calientes las envuelven casi por completo y empieza a moverlas con una lentitud deliberada, casi reverente.
Iván cierra los ojos y deja caer la cabeza contra el respaldo. Marcos se muerde el labio, mirándola de perfil mientras ella sonríe a Adrián, cuya erección vuelve a crecer y empieza a presionar contra ella.
Noelia no acelera todavía. Primero solo acaricia: arriba y abajo muy despacio, los pulgares sobre los glandes sensibles, los índices trazando las venas que vuelven a marcarse.
Las dos responden rápido, crecen en cada pasada, se hacen más pesadas, más calientes. Ella las siente tensarse contra las palmas y sonríe más, sin apartar la mirada de su novio.
—¿Ves qué buenos chicos? —le dice con la voz baja—. Se dejan hacer tan bien…
Adrián asiente, las manos sujetándole las caderas, sintiendo la dureza que ella le provoca.
—Sigue, amor —le pide—. Hazlos disfrutar.
Noelia obedece. Ahora mueve las manos con más ritmo, pero sin atropellarse: un pase largo desde la base hasta la punta, un giro al final, una presión suave del pulgar justo debajo del frenillo.
Los dos están ya hinchados, duros, rojos, brillantes por lo que queda de la primera tanda. Ella escupe de nuevo en cada palma y el sonido húmedo llena el salón, mezclado con los gemidos bajos de ambos.
Iván tiembla, las caderas se le adelantan solas. Marcos respira como si le faltara el aire, las manos apretando los cojines del sofá.
Noelia no deja de mirar a Adrián. Los ojos verdes le brillan, llenos de un placer que es de los dos. Acelera otro poco: manos ágiles, muñecas que giran con precisión, dedos que aprietan justo donde sabe que arde.
Entonces su novio, con un dolor de huevos importante después de aguantar todo el rato, le lleva la mano derecha al sexo y empieza a frotárselo. Le mete dos dedos y le arranca un grito.
—¡Aaaah…! ¡Mmmfff…! —chilla ella, sorprendida y caliente a la vez, la boca entreabierta—. ¡Adriáaan…! ¡Siigueee…!
—Disfrutas, ¿eh? Estás ardiendo… —la provoca él, sintiendo lo empapada que está, los labios hinchados bajo sus dedos—. Te gusta hacerlo delante de mí… De tu novio… Te pone…
—¡Mmmfff…! ¡Sííí…! Me pone… tocar a mis amigos… es muy morboso… ¡Aaaah…! Hacerlos descargar… me encantaaah…
Y mientras lo dice no para. Siente las dos pollas a tope, tensas, palpitando contra sus palmas.
El primero en llegar vuelve a ser Marcos. Un gemido profundo, el cuerpo arqueado, y Noelia nota los espasmos calientes brotar contra sus dedos. Le sale menos que antes, pero igual de espeso. Ella sigue hasta que él se estremece y le pide, con un hilo de voz, que se detenga.
Iván se corre poco después. Noelia aprieta un poco más, mueve el pulgar rápido sobre el glande hinchado, y él llega con un grito ahogado, el cuerpo temblando contra su costado.
Los jadeos de Iván y los de ella se entrelazan, porque Noelia va tan caliente que tampoco tarda en llegar. En un arrebato agarra a su amigo de la nuca y se corre comiéndole la boca mientras Adrián no le deja de hacer dedos.
—¡Aaaah…! ¡Mmmfff…! —gime ella, los labios aplastados contra el rostro del chico.
El semen le cae abundante y caliente sobre la mano y la camiseta, y ella lo deja vaciarse del todo, sonriendo como si le hubieran hecho el regalo más bonito del mundo.
Cuando terminan, los dos quedan deshechos, respirando hondo, los cuerpos flácidos y saciados. Noelia se seca las manos en la camiseta —ahora manchada y pegajosa—, se inclina y besa de nuevo a Iván, esta vez con lengua, y luego a Marcos, a él de un modo más tierno.
Por fin se recuesta contra Adrián, que la abraza fuerte.
Los mira con una dulzura infinita y dice:
—Gracias, chicos… habéis sido muy buenos… ha estado genial…
—Y tú eres la mejor —le susurra Adrián al oído.
Ella sonríe una vez más, satisfecha, calmada, con el cuerpo todavía encendido pero el corazón lleno. Afuera, la noche del viernes sigue su curso, y ninguno de los cuatro tiene la menor intención de moverse del sofá.