Le leí en voz alta la escena más caliente del libro
Era la primera semana de las vacaciones de Navidad y yo había decidido pasarla en casa de Bruno, más por las ganas de estar pegada a él que por cualquier otra razón.
Él también se había tomado esos días libres, pero una de las mañanas le tocaba resolver un asunto pendiente en el banco. Todavía era temprano cuando lo escuché vestirse, así que me quedé un rato más enredada entre sus sábanas, robándole el calor a su lado de la cama. Cuando por fin me levanté, me serví una taza de café y, sin ninguna prisa, me dejé caer en la butaca del salón, esa que está justo al lado del ventanal. Seguía en pijama y no tenía la menor intención de cambiarme.
Esos días había empezado una de esas novelas que se devoran rápido pero que dejan huella. La protagonista era una estudiante de arquitectura que se pagaba la carrera trabajando como asistente personal de un empresario importante. Su relación, eso sí, tenía poco de convencional. Se habían conocido en un club exclusivo donde ella servía copas y al que solo entraba gente con dinero. Era guapísima, había soñado con ser modelo, pero su carrera nunca despegó, así que terminó estudiando y costeándose los estudios entre cócteles y propinas.
Él se quedó prendado de ella una tarde cualquiera. Se acercó a la barra, descubrió que su cabeza era tan afilada como bonita su cara, y sin más le ofreció ser su asistente a cambio de un sueldo que ella no podía rechazar. Era un hombre posesivo, autoritario con todos sus empleados, pero a ella la trataba distinto: la cuidaba con detalles, le exigía profesionalidad y, sin que ninguno lo dijera en voz alta, la fue convirtiendo en algo suyo. Llevaban apenas dos meses, y en ese tiempo ella había aprendido cosas que le servirían en su vida profesional y, sobre todo, en la más íntima.
Y todo aquello me hacía pensar en lo mucho que me había enganchado yo a Bruno. Nuestras agendas casi nunca coincidían, pero nos las arreglábamos para vernos lo máximo posible y compartir cosas que no contábamos a nadie.
Volví a la página. La historia llegaba a una parte que me tenía con el corazón acelerado.
«Para la reunión con los inversores, él me había elegido un conjunto elegante pero demasiado insinuante. Su teoría era simple: si yo incomodaba a los presentes, las negociaciones se inclinarían a su favor. No quiero sonar presuntuosa, pero los dos sabíamos que tenía razón.»
Poco a poco el sol fue trepando hasta apuntarme de lleno. Entre el calor, la calefacción y mi pijama de invierno, sentí la necesidad de quitarme la parte de arriba y quedarme solo con la braguita. Qué gusto daba recibir el sol directo en los pechos, sin nada de por medio.
«Me miré al espejo y me gustó lo que vi. Una blusa casi transparente que apenas dejaba algo a la imaginación, sin sujetador, con los pezones rosados rozándose contra la tela cada vez que respiraba. Un pantalón de cuero negro me marcaba la figura y unos tacones de suela roja terminaban de armarlo todo. Me recogí el pelo en una coleta alta para que nada quedara escondido. Estaba nerviosa porque sabía que iba a ser el centro de todas las miradas, pero también sabía para qué estaba allí.»
La puerta se abrió y levanté la vista hasta cruzarme con la de Bruno, que me observaba desde el umbral, sin disimular lo mucho que le gustaba el recibimiento. Tardé un segundo en volver al libro. Escuché sus pasos acercándose por el pasillo. De reojo comprobé que aparentaba calma, como si entrara cada día a su casa y encontrara a una mujer medio desnuda leyendo al sol. Pero yo lo conocía. Dejó el maletín sobre la mesa y se plantó justo a mi lado.
—No sabía que había dejado la calefacción tan alta —dijo.
—Es que entre eso y el sol me sobraba un poco la ropa —contesté sin levantar los ojos de la página.
—¿Y qué lees tan interesante que ni siquiera me das un beso?
Sonreí y aproveché que acercaba la cara a la mía para darle un beso rápido, sin despegar la mirada del libro. Quería calentarlo tanto como el sol me calentaba a mí.
—La historia de una universitaria brillante que trabaja ayudando a un hombre de negocios —dije, marcando bien esa última palabra.
—Te veo tan metida en la lectura que me dio curiosidad. ¿Y cómo lo ayuda exactamente? —parecía intrigado. Sabía que la temática le iba a gustar.
—Digamos que ella busca complacerlo siempre. Él es su jefe. Y su amo —«como tú el mío», pensé.
—Y ella su sumisa, entonces.
—Ajá.
—Supongo que no le dice que no a nada.
—Ajá. Solo obedece. Y se quieren con locura.
No pretendía despegarme del libro, pero era inevitable echar un vistazo y notar cómo, con cada respuesta, el bulto en su pantalón se hacía más grande, hasta marcársele perfectamente el perfil de una polla bien dura contra la tela.
«Todos en la sala me miraban de reojo, exactamente lo que él quería. Hombres y mujeres por igual. El único que no levantaba la vista era el vendedor, que hablaba visiblemente nervioso, consciente de que mis pechos despertaban más interés que el discurso que traía preparado. La ventana estaba entreabierta y se agradecía, aunque cada brizna de aire me endurecía los pezones contra la blusa. Deseaba que las manos y la boca de él aprovecharan ese momento. Lo observaba atenta, tan elegante. Ojalá todo saliera bien y me recompensara.»
—Te eché de menos esta mañana —susurró Bruno contra mi oído mientras deslizaba la mano por mi brazo, que ya tenía la piel erizada.
Joder. Entre lo que leía y lo que él empezaba a hacerme, me estaba poniendo a tono mucho más rápido de lo que esperaba.
—Yo a ti no tanto. He dormido y luego leído un poco —mentí, mientras mis dedos se colaban bajo la braguita con un objetivo bastante claro.
—Cualquiera lo diría.
Bruno me rodeó el cuello con la mano y apretó con sus dedos largos, sin pasarse, lo justo. Cerré los ojos un instante, aunque no quería: necesitaba seguir viendo cómo continuaba la historia mientras recibía estímulos propios y ajenos.
—Podrías leerla en voz alta y así me entero —propuso.
Accedí.
«—Has estado estupenda —dijo él, sonriendo.
—Gracias, amo. El corazón se me salía por la boca, porque esa clase de halagos solía terminar en algo más que un agradecimiento. Me ofreció su pierna para sentarme y obedecí sin mediar palabra. Su mano subía por dentro de la blusa acariciándome la espalda. Mi boca entreabierta bajo su mirada. La otra mano me recorría la cara interna del muslo y trepaba sin reparos hasta mi sexo ya húmedo. La mía se posó, sin permiso, sobre el bulto de su pantalón, y apreté con fuerza.»
Gemí sin querer. Entre mis propios dedos, la lengua y los labios lentos de Bruno en mi cuello, sus manos ya sobre mis pechos y el hecho de estar leyendo en voz alta, el cuerpo no me respondía como yo quería.
«Su mano subió hasta agarrarme la nuca. Pegó su boca a la mía con suavidad pero decidido, y lo agradecí, porque lo necesitaba. Su lengua, algo tímida, jugaba con la mía. La otra mano abusaba de mis pechos, y la mía apretaba aún más su polla dura, marcada bajo la tela.
—Quítate ese pantalón —ordenó, y obedecí. Me sentó en la mesa, me deshizo la blusa de un tirón, me atrajo contra él y atrapó uno de mis pezones con la boca antes de morderlo y pasar al otro. Sus palmadas, cada vez más fuertes, hicieron que mis gemidos se escaparan. Todavía se oían voces en el pasillo, voces que se apagaban con mis quejidos, más altos aún cuando su boca dejó mis muslos para besarme el sexo por encima del encaje. Lo apartó a los pocos segundos, y su lengua y dos de sus dedos empezaron a hacer magia.»
Bruno me agarró del pelo y tiró con fuerza para levantarme la cara y, por fin, sostener mi mirada más de un segundo. Tenía esa expresión que yo conocía de otras tantas situaciones subidas de tono. Cerró los ojos y apoyó su frente contra la mía, la respiración acelerada. Escuché el sonido de su cremallera bajando y no pude evitar sonreír.
—Parece que el amo tiene ganas de fiesta —dije.
—¿Lo dices por mí o por el del libro? Deberías hacer como ella y obedecer.
—Creo que de momento voy a seguir leyendo —sentencié, mientras de reojo veía a Bruno asentir y, a la vez, aprovechar para separarme las piernas y recorrerme los muslos de abajo hacia arriba. Igual que en la novela, dos de sus dedos amagaron con entrar, y yo estaba tan mojada que se lo puse fácil.
Era delicioso. Sus dedos se detenían en cada rincón mientras los retiraba despacio, para volver a hundirlos más rápido. Una y otra vez. Seguir leyendo en voz alta era una tarea titánica.
«—Amo, por favor, pare —imploré entre quejidos. No quería correrme, no así. Ya conocía los orgasmos que me provocaba su polla y era justo lo que quería en ese momento. Tenerla dentro. Despacio. Entera. Abriéndome.
Entendió lo que le pedía y se bajó la cremallera.»
La entendía a la perfección. Yo también quería eso, que Bruno terminara de abrirme con esa polla grande y dura. Se la miré con hambre, no os voy a engañar. Mucha. La tenía justo delante, a un suspiro de mis labios. Juraría que era capaz de notar el calor de mi respiración en su glande, mojado de pura excitación, mientras él me regalaba un placer imposible de describir. Daba pequeños respingos esperando que yo hiciera algo.
***
Coloqué dos dedos sobre el tronco y lo recorrí de adelante hacia atrás, apoyando apenas las uñas. Cada vez que llegaba al glande me detenía y daba un golpecito suave con la punta de los dedos. Bruno levantaba la mirada al techo cada vez que lo hacía.
«Me agarró por los muslos y enterró su polla en mí poco a poco. No pude evitar gemir. Juro que lo intenté, pero fui incapaz. Notaba cada centímetro abriéndome. Lo hizo sin prisa pero sin pausa, siempre hacia dentro, hasta que no quedó nada por invadir. Entonces la retiró casi entera para arremeter, esta vez, más fuerte. Y otra vez. Y otra. Mis quejidos se habían convertido en auténticos gritos de placer.
No eran solo sus embestidas: sus manos me atraían hacia él justo cuando empujaba, y cada vez que entraba tocaba un punto que me empujaba a la locura. Hubo un momento en que no solo lo pareció. Sencillamente me derretí alrededor de su polla, convulsionando en el orgasmo más espectacular de mi vida. Y él, como si nada, seguía embistiendo como un animal. Apenas unos segundos después, de vuelta al cielo, esta vez coincidiendo con un gran quejido suyo.
—Vamos, lléneme entera, por favor, amo, sí —y respondió a mi súplica: sentí su polla contraerse dentro de mí, llenándome.»
Por fin sentí que podía centrarme en mi propio amo.
—Joder, te cambio diez golpes de esos por un buen lametón —dijo Bruno, casi sin aire.
Sin mediar palabra la agarré por la base e hice lo que me pedía, pero pasé la lengua varias veces por ese glande suave y rosado. Sus quejidos y la presión de sus dedos dentro de mí me dieron a entender que lo disfrutaba. Y yo no me quedaba atrás: esos dedos me estaban llevando al borde. Agarré su polla con fuerza y la pegué a mi mejilla, restregándola como podía mientras sentía llegar el orgasmo. Pero, igual que la chica del libro, no quería correrme así. La quería dentro, y la quería ya.
—Creo que el amo debería follarme bien duro, por favor —pedí.
—Como desees.
***
Me cargó y me llevó a la cama donde la noche anterior ya nos habíamos demostrado lo que nos queríamos. Me tumbó boca arriba y se desnudó delante de mí, sin prisa. Se acomodó encima y sentí todo su peso mientras me penetraba con toda la dulzura con la que se puede penetrar a alguien. Despacio. Solo la punta. Yo ya estaba desquiciada; eso no me bastaba, la quería entera. Y sin que hiciera falta decir nada, me la fue dando. Cada vez un poco más. Su mano libre atrapó las mías por encima de mi cabeza. Un poco más adentro. Hasta notar sus huevos contra mí. Ahí, justo ahí era donde quería quedarme a vivir, con Bruno balanceándose, privándome de casi toda su polla para devolvérmela poco a poco. Retirando y ofreciendo, alimentando un cuerpo que solo se saciaría con orgasmos. Y él siempre me los daba; era cuestión de tiempo.
Acomodó una pierna sobre la mía y ese ángulo de entrada se volvió simplemente perfecto. Mis manos seguían inmovilizadas bajo la fuerza de la suya, aunque tampoco quería soltarme. La otra me agarraba el culo para acercarme más con cada embestida. Cada vez más rápido, cada vez más duro. Y yo cada vez más cerca, notándolo subir como algo a punto de estallar.
—Qué polla tienes, joder, ¡que hace que me derrita! —lo último lo solté casi a gritos, porque no fui capaz de terminar la frase. Una descarga, como un rayo, se repartió desde el sexo a cada rincón de mi cuerpo. No quedó nada por arder. Exploté, sin más. Y Bruno, crecido al saber lo que me provocaba, me daba todavía más fuerte. Mis manos seguían presas de la suya y me retorcía de puro placer mientras esa sensación de incendio acababa conmigo.
—No puedo más…
—Lléname, vamos —le pedí entre quejidos.
Bruno se estremeció y se vació dentro de mí, y todavía pude encadenar un último orgasmo mientras su polla daba espasmos en mi interior.
Nuestros cuerpos, empapados de sudor, no se separaron en un buen rato. Vinieron los besos, las caricias, los «te quiero» y todas esas cosas bonitas que siguen a una batalla en la que, por una vez, ganamos los dos. El libro quedó abierto en el suelo, junto a la butaca, marcando justo la página donde lo habíamos dejado. Lo terminaría en otro momento. Esa mañana ya había tenido bastante lectura.