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Relatos Ardientes

Mi confesión de los domingos con el padre nuevo

Me llamo Mariana, tengo treinta y un años y llevo ocho casada con un hombre que dejó de mirarme hace tiempo. Rubén es bueno, responsable, paga las cuentas sin quejarse y nunca levanta la voz. Pero en la cama nos volvimos costumbre: la luz apagada, unos minutos rápidos y el silencio de después. Hace meses que no me corro de verdad con él, y mi coño lo sabe mejor que yo.

Tengo las tetas grandes y pesadas, siempre sensibles, con los pezones que se me ponen duros al menor roce de la tela. Me mojo con cualquier pensamiento, con cualquier idea que sea un poco más fuerte de lo permitido. Y desde hace un tiempo todos esos pensamientos tienen la misma cara.

La cara del padre Tomás.

Es el párroco nuevo de la parroquia del barrio. Tendrá unos cincuenta años, es alto, de pelo oscuro con canas en las sienes y unos ojos claros que parecen leerte por dentro. Tiene una voz grave que, cuando predica, me deja un hueco caliente en el estómago y las bragas empapadas antes del ofertorio. Va siempre de sotana, pero por debajo se le adivina un cuerpo fuerte, de hombros anchos, de hombre que alguna vez hizo deporte en serio. En el barrio lo llaman «el cura guapo», aunque nadie se atreve a decirlo en voz alta. Yo menos que nadie.

Voy a misa los domingos y me confieso cada quince días. Y siempre salgo de su confesionario con las piernas flojas y el coño palpitando, porque escucharlo decir «tus pecados quedan perdonados, hija» con esa voz baja me deja peor de lo que entré.

Todo empezó una tarde de confesión, en una iglesia casi vacía, con la luz dorada entrando de costado por los vitrales. Yo estaba arrodillada, sudando bajo una blusa que me quedaba demasiado ajustada. Le confesé lo de siempre: los pensamientos impuros, las noches en que me metía los dedos imaginando a hombres que no eran mi marido, las ganas enormes de que alguien me follara de verdad.

Él escuchaba en silencio. Solo se oía su respiración, cada vez más pesada al otro lado de la rejilla.

—Mariana —dijo al fin, y su voz sonaba distinta, más ronca—, esos deseos son naturales. Es tu marido quien debería ocuparse de calmarlos. Pero no puedo dejar que te alejes del rebaño por sentirte sola.

—Padre… no entiendo a qué se refiere.

—Hablaremos en privado. Considéralo parte de tu guía espiritual. Espérame en el despacho cuando se vaya la última persona.

Me quedé helada, con el corazón golpeándome en la garganta y una humedad tibia bajándome por la cara interna del muslo. Tendría que haberme levantado e irme a casa. En vez de eso, esperé.

***

El despacho olía a incienso viejo y a madera. Cuando entré, él cerró la puerta con llave, y el sonido del cerrojo me erizó la piel entera. Se quitó la sotana despacio, sin dejar de mirarme, hasta quedarse en camisa oscura y pantalón. Sin la tela negra encima parecía otro hombre: más grande, más real, más prohibido. Bajé la vista un instante sin querer y vi el bulto que le tensaba la bragueta, grueso, ya despierto.

—Arrodíllate —dijo en voz baja—. Como en la confesión.

Estaba confundida, pero obedecí. No sé si fue la costumbre de obedecerle, o las ganas que llevaba meses tragándome. Me arrodillé sobre la alfombra gastada y levanté la vista hacia él.

—Dijiste que tenías sed de algo —murmuró—. ¿Es de esto?

Se abrió el cinturón sin apartar los ojos de mi cara, se bajó el pantalón hasta medio muslo y sacó la polla de un tirón. Era gruesa, larga, con las venas marcadas y la punta ya brillante. Se me escapó un jadeo. Nunca había visto una así, tan cerca, tan a la altura de mi boca.

—Padre… ¿está seguro de que esto está bien?

—Dios no nos pide reprimir el deseo, hija. Nos pide no hacer daño. Si engañaras a tu marido con otro hombre, eso sí sería pecado. Pero yo no soy un hombre del mundo. Yo soy un siervo, y lo que te dé te va a calmar el fuego sin romper tu matrimonio. Abre la boca.

La manera en que me hablaba, la calma con la que justificaba lo imposible, me desarmó del todo. A mi espalda, un crucifijo enorme presidía la pared, y por un instante absurdo sentí que aquello no era una traición, sino una salida. Que él había aparecido para que yo no quemara mi casa entera con las ganas que tenía.

Que Dios me perdone, pensé. Pero no me voy a levantar.

Abrí la boca y él me metió la punta despacio, dejándome saborearla. Sabía a piel limpia y a sudor, un poco salado, un poco amargo. Me la fue metiendo de a poco, con una mano firme en mi nuca, hasta que sentí la cabeza empujarme el fondo de la garganta y se me llenaron los ojos de lágrimas.

—Así, hija, despacio —susurró—. Chúpamela bien. Mírame mientras lo haces.

Levanté la vista, con la boca llena de su polla, y él sonreía apenas, como un hombre que sabe que ya te tiene. Empecé a chupar como si de verdad me hubiera muerto de sed durante años. Con las dos manos, con la lengua, tragando la saliva que se me escurría por la barbilla. Él marcaba el ritmo desde la nuca, empujaba un poco más profundo cada vez, y yo respiraba por la nariz entre arcada y arcada, apretando los muslos porque me estaba corriendo casi sin tocarme.

—Mírate —jadeó—. La señora casada, la devota, tragándose la polla del cura. Y cómo te gusta.

Asentí con la boca ocupada, gimiendo alrededor de él, y le lamí toda la longitud, desde los huevos hasta la punta, mientras él me miraba desde arriba como si yo fuera una comunión distinta. Me levantó del suelo antes de correrse, tirando de mi pelo.

—Todavía no. Quiero tu coño primero.

Me apoyó contra el borde del escritorio y me abrió la blusa con dos tirones impacientes. Los botones saltaron. Me arrancó el sujetador de un tirón y mis tetas quedaron libres, pesadas, con los pezones erguidos y oscuros. Se quedó mirándolas como quien mira algo sagrado.

—Mira esto —dijo, sopesándomelas, pellizcándome los pezones hasta hacerme arquear—. Esto se hizo para ser adorado, no para morir de aburrimiento en tu cama.

Se agachó y me chupó un pezón hasta ponérmelo casi doloroso, mordiéndolo justo antes de soltarlo. Después el otro. Yo me agarraba a sus hombros, con la falda ya subida hasta la cintura y las bragas empapadas pegándoseme al coño.

Me sentó sobre el escritorio, apartó las carpetas de un manotazo y me abrió las piernas. Me arrancó las bragas rompiéndolas de un tirón por el costado y se las guardó en el bolsillo con una calma que me hizo temblar entera. Se arrodilló frente a mí, igual que yo había estado un momento antes, e invirtió la escena entera. Su boca subió por la cara interna de mis muslos sin prisa, mordiendo, soplando, hasta que llegué al punto de suplicar sin palabras. Cuando por fin me lamió el coño de abajo hacia arriba, me arqueé tanto que casi me caigo del escritorio.

—Quieta —ordenó, sujetándome de las caderas—. Vas a aguantar lo que yo decida.

Y aguanté, o lo intenté. Su lengua trabajaba lenta, paciente, chupándome el clítoris como si supiera de memoria dónde estaba cada terminación nerviosa. Alternaba con dos dedos gruesos que se curvaban dentro de mí buscando un sitio exacto, un punto que Rubén no había encontrado en ocho años. Yo cerraba los muslos alrededor de su cabeza sin darme cuenta, le tiraba del pelo, le empujaba la cara contra mi coño mientras me susurraba, entre lengüetazo y lengüetazo, que me abriera más, que se lo diera todo.

Me corrí con un grito que tuve que ahogar contra mi propia mano, temblando entera, agarrada al borde de la madera, con las piernas sacudiéndose alrededor de sus hombros. Él siguió lamiéndome mientras me corría, tragándose todo lo que yo le daba, sin apartarse hasta que le empujé la cabeza porque no aguantaba más.

***

No me dio tregua. Se incorporó con la boca y la barbilla brillándole de mí, se limpió con el dorso de la mano y me hizo girar. Me apoyó de espaldas a él, con las palmas planas sobre el escritorio, la mejilla casi pegada a la superficie fría, el culo levantado hacia él. Me sentía expuesta, ofrecida, con el coño palpitando y goteando por dentro de los muslos, y eso solo me encendía más.

Me dio una palmada seca en la nalga derecha, después en la izquierda. Me pasó la polla por la raja del culo, por los labios abiertos, restregándose sin entrar, empapándose en mi humedad.

—Dime que lo quieres —dijo detrás de mí, su voz un hilo ronco—. Con todas las letras.

—Quiero que me folles —respondí sin reconocer mi propia voz—. Por favor, padre. Métemela.

—Otra vez.

—Fóllame, por favor. Métemela toda.

Entró de una embestida hasta el fondo y me arrancó un gemido gutural. Me llenó entera, me abrió, me clavó contra el escritorio, y solo entonces empezó a moverse en serio. Una mano me sujetaba la cadera, la otra subió a mi teta y la apretó desde atrás, tirándome del pezón, mientras él marcaba un ritmo cada vez más profundo, más brutal. El escritorio golpeaba la pared. Yo mordía el aire, mordía mi brazo, mordía cualquier cosa para no gritar y que medio barrio me oyera desde la calle.

—¿Ves cómo no necesitabas a nadie más? —jadeó, follándome más fuerte—. Esto te lo doy yo. Solo yo. Esta polla dentro es la que te faltaba.

—Sí —gemí—. Solo tú. Solo tu polla, padre. Más fuerte, por favor.

Me follaba con la mano enredada en mi pelo, tirando hacia atrás, forzándome a arquear la espalda. Me metía la otra mano por delante y me frotaba el clítoris con dos dedos mojados, sin dejar de embestir. Yo estaba a punto otra vez, sentía cómo se me apretaba todo por dentro alrededor de él, cómo la polla se me hacía enorme dentro del coño.

—Córrete en mi polla —ordenó—. Ahora.

Me corrí por segunda vez con él dentro, apretándolo con espasmos largos, y lo sentí perder el control al fin. Aceleró, me embistió tres, cuatro veces seguidas hasta el fondo, gruñó algo contra mi nuca que no entendí, y terminó con un estremecimiento largo, vaciándose dentro de mí con chorros calientes que sentí uno por uno. Se quedó pegado a mi espalda, dentro todavía, respirando fuerte, sosteniéndome contra el escritorio como si temiera que me derrumbara.

Cuando salió por fin, sentí su semen bajarme por la cara interna del muslo, tibio, espeso. Me quedé ahí, doblada sobre la madera, con la respiración rota y el cuerpo flojo, sintiéndome más viva y más follada que en años.

Cuando me incorporé, él ya se estaba acomodando la camisa, sereno otra vez, como si nada de aquello hubiera ocurrido. Me pasó un pañuelo blanco sin mirarme, para que me limpiara.

—Cada domingo, después de misa, vendrás aquí —dijo ordenando las carpetas que había tirado—. Confesión privada. Y te calmaré hasta que dejes de buscar fuera de tu casa.

No contesté. Me vestí en silencio, con el sujetador roto en la mano y las bragas todavía en su bolsillo, y salí a la calle como si volviera de comulgar, con su corrida bajándome despacio entre las piernas.

***

De eso hace ya varios meses. Voy todos los domingos, puntual, con mi mejor vestido y sin bragas debajo, como él me pidió a la tercera semana. Espero a que la iglesia se vacíe, a que el último feligrés se despida en la puerta, y entonces camino hasta el despacho donde él me espera con el cerrojo a medio echar y la sotana ya desabrochada.

A veces me arrodillo igual que la primera tarde y le mamo la polla hasta que se corre en mi boca y me obliga a tragármelo todo, sin perder una gota. A veces me dobla contra el escritorio y me folla el coño hasta dejarme sin voz. Una vez, con la nave completamente a oscuras y las velas apagadas, me llevó hasta el altar, me tendió boca arriba sobre el mármol frío y me abrió las piernas allí mismo. Me folló despacio, hondo, mirándome a los ojos, susurrándome al oído que mis pecados quedaban perdonados y que mi coño, a partir de entonces, le pertenecía a él. Se corrió sobre mis tetas y me hizo restregarme su semen con los dedos, como una unción.

Lo más extraño es lo que pasó en casa. Rubén cree que me he vuelto más devota que nunca, y está tranquilo, casi aliviado, desde que dejé de buscarlo por las noches. A veces pienso que en el fondo nunca le gusté demasiado, que mi deseo le pesaba más que le gustaba. Ya no me importa. Cada uno encontró su paz por caminos distintos.

Sé lo que dirían si lo contara en voz alta. Sé que esto no tiene perdón de verdad, ni el suyo ni el de nadie. Pero los domingos por la mañana, cuando me arreglo frente al espejo, me pinto los labios pensando en la polla que voy a chuparme después de misa y me paso los dedos por el coño ya mojado bajo el vestido, no siento culpa. Siento hambre. Y cada semana que pasa, esa hambre es un poco más grande y un poco más mía.

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Comentarios(7)

Gonza_uy

Increible, me dejo sin palabras. Que situacion tan intensa!!

PatriciaDelNorte

Por favor que haya segunda parte, me quede con muchisimas ganas de saber como sigue. No podés dejarnos asi!!

MartaConfe

Me recordo a cosas que yo misma vivi en otro contexto... ese morbo del secreto que no podés contar con nadie es muy real. Muy bien escrito.

NocheReader_22

Me pregunto como termina esto a largo plazo. Vas a escribir la continuación?

ElCriollo_74

Que relato tan morboso, me tuvo pegado hasta el ultimo parrafo!!

LuciaMdel

Buenisimo!! Me encanto el tono tan sincero, se nota que está escrito desde adentro. Sigue publicando por favor.

SilencioSur

Jamas pensé que iba a leer algo así sobre una iglesia jajaja tremendo el final, me dejo pensando

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