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Relatos Ardientes

Rompí mi propia regla y volví a buscarlo

La regla era simple y la había puesto yo misma cuando Bruno y yo abrimos la relación: con la misma persona, jamás dos veces. Una noche, una historia, y después se cerraba la puerta. No por moralidad, sino por supervivencia. Repetir es lo que enreda, lo que te mete en la cabeza a alguien que no debería quedarse.

Por eso, después de aquella noche con Damián, lo bloqueé de todos lados. Su número, sus redes, hasta el contacto que tenía guardado con un apodo tonto. Listo. Caso cerrado. O eso creí durante unos días, los suficientes para convencerme de que ya estaba.

Nos cruzamos un martes cualquiera. Yo iba caminando al colegio de los chicos, con el sol pegándome en la nuca, y él bajaba por la vereda de enfrente. Cruzamos la mirada apenas un segundo. No nos saludamos. Pero esa clase de segundos pesan más de lo que parecen.

Minutos después sonó el teléfono. Número desconocido. Me quedé mirándolo en la palma de la mano, dejando que vibrara hasta que se cortó solo. Seguí caminando. Volvió a sonar. El mismo desconocido obstinado. Esta vez atendí.

—¿Hola?

—¿Me bloqueaste? ¿Qué te hice para que no podamos hablar?

—Hola. Sí, te bloqueé, perdón, son las reglas. Vos sabías todo desde el principio, así que no me podés reclamar nada. Pasó y listo. Disculpame, tengo cosas que hacer. Chau.

Corté antes de que pudiera contestar. Guardé el celular en el bolsillo y caminé el resto del trayecto con el corazón yendo más rápido de lo que quería admitir. Ya está, no insiste más, me dije. Me equivoqué en casi todo ese día.

***

Cuando volví a casa, lo encontré sentado en mi propio living. Con Bruno. Los dos con un vaso en la mano, charlando como dos viejos amigos que se ponen al día. Resulta que se conocían de antes, de un grupo de fútbol de los sábados, y yo no tenía la menor idea. El mundo, a veces, es del tamaño de una caja de zapatos.

—¡Llegaste! —dijo Bruno—. Mirá quién apareció.

—Hola —solté, lo más neutra que pude—. Voy a dejar esto y ya vengo.

No volví. Agarré una botella de agua de la cocina, me metí en la pieza y cerré la puerta. Prendí la tele, busqué una serie cualquiera para tener ruido de fondo, me saqué la ropa y me puse el pijama. Me tiré sobre la cama y apagué la luz, como si la oscuridad pudiera apagar también lo otro, eso que me latía abajo desde que crucé la vereda.

Pasó media hora. Golpearon la puerta. Supe enseguida que no era Bruno: él entra sin tocar. Me levanté, y antes de abrir hice algo que no me detuve a pensar. Me saqué el pijama, me revolví el pelo con las dos manos y abrí desnuda, apoyada en el marco.

—Así me esperás, mi amor —dijo Damián, mirándome de arriba abajo—. No me contestás, me bloqueás, me saludás como a un cualquiera. ¿No merezco al menos que me digas qué hice mal?

No le contesté con palabras. Lo agarré de la mano, lo metí en la pieza y lo besé con una urgencia que ni yo me esperaba. No podía parar. Él tampoco: me recorría la cintura, las caderas, la espalda, como si quisiera memorizarme con las manos. Me levantó del piso, me abrazó contra él y sentí su erección endurecerse contra mi vientre, separada de mí apenas por la tela del pantalón.

Me tiró sobre la cama, boca abajo. Me abrió las piernas y bajó con la boca despacio, sin apuro, hasta dejarme temblando y completamente mojada. Yo me arrodillé en el colchón y le pedí que se sacara el pantalón. Estaba en eso, con los dedos en su cinturón, cuando escuchamos el motor del auto de Bruno entrando al garaje.

Damián se separó de golpe, se acomodó la ropa y salió de la pieza con una sonrisa de disculpa. Me dejó ahí, de rodillas, hirviendo, con un montón de ganas y ningún lugar donde ponerlas. Me quedé mirando la puerta cerrada un largo rato.

Desde el living llegaban las voces de los dos, otra vez la charla relajada de antes, los hielos chocando contra el vidrio. Bruno se reía de algo. Yo seguía desnuda sobre las sábanas, con el cuerpo desordenado y la cabeza peor, escuchando a mi marido reírse con el hombre que un minuto antes tenía la boca entre mis piernas. Debería haber sentido culpa. Sentí, en cambio, una rabia tibia por haber quedado a mitad de camino.

Me vestí, me lavé la cara con agua fría y me miré en el espejo del baño más tiempo del necesario. Una sola vez, ese era el trato conmigo misma. Pero el trato ya estaba roto desde que abrí la puerta sin el pijama. Lo demás eran solo formalidades.

Una sola vez. Esa era la regla.

Lo desbloqueé esa misma noche.

***

—Quiero que sigamos —le escribí, sin saludo, sin vueltas.

—Mirá lo que tengo que hacer para que me hables —respondió enseguida—. Me quedé con las ganas de todo. Vení a mi casa, te prometo que no te vas a arrepentir.

—Voy a aceptar la oferta —contesté—. Pero la que pone las condiciones de acá en más soy yo.

—Las que quieras —escribió—. Te espero.

No respondí más. Me bañé, me puse un vestido negro sin nada debajo, me perfumé el cuello y las muñecas y salí. Le dije a Bruno que iba a lo de una amiga; él ni levantó la vista de la tele. La libertad que habíamos pactado tenía esa comodidad incómoda de no tener que explicar nada.

Damián me esperaba en la vereda de su casa. Apenas bajé del auto se acercó, me puso una mano en la cadera y la deslizó por debajo del vestido. Tardó dos segundos en darse cuenta de que no llevaba ropa interior. Sonrió de un modo que me erizó la piel.

—Viniste preparada —murmuró contra mi oído—. ¿Hoy vas a portarte bien?

—Eso depende de vos —le dije—. Te aviso que soy bastante caprichosa.

—Pedime los caprichos que quieras. Te trato como a una reina.

—Esta reina quiere que la lleves alzada hasta la cama.

Me alzó sin pensarlo, una mano bajo las rodillas y otra en la espalda, y me llevó adentro entre besos. La casa estaba en penumbra y olía a su perfume. Me dejó sobre la cama, me sacó el vestido por la cabeza y se quedó mirándome un momento, como quien evalúa lo que tiene delante antes de tocarlo.

—¿Vas a quedarte ahí mirando? —le pregunté, apoyándome sobre los codos.

—Estoy tratando de creérmelo —contestó—. Después de cómo me trataste por teléfono, no daba ni un peso por esta noche.

—Yo tampoco —admití—. Y acá estoy.

Se subió a la cama y me besó el cuello, despacio, bajando por el esternón, por el vientre, dejándome la piel marcada de saliva tibia. Cada centímetro que recorría me iba apretando un poco más por dentro. No tenía apuro, y esa calma suya era peor que cualquier urgencia: me daba tiempo de desear lo que venía.

Se desnudó parado frente a mí, sin prisa. Yo no aguanté: me incliné y lo tomé con la boca. Primero lo besé despacio, paseando la lengua desde la base hasta la punta, deteniéndome donde sabía que más le costaba quedarse quieto. Él apoyó una mano en mi nuca, no para empujar, solo para sostenerse.

—Así, despacio —dijo con la voz ronca—. Me vas a volver loco.

Lo escuché y no le hice caso. Subí el ritmo. Él empezó a gemir, a avisarme que si seguía iba a terminar antes de tiempo, y eso me dio más ganas de no parar. Me agarró del pelo, me marcó el compás, y cuando estaba al borde me sacó de golpe.

—No tan rápido —dijo, recuperando el aire—. Ahora me toca a mí.

Se acostó de espaldas y me pidió que subiera. Me senté sobre su cara y él me abrió con la lengua, lento al principio, sumando los dedos después. Yo me sostenía del respaldo, gimiendo, mientras él alternaba entre la lengua y la presión de sus dedos. Me pellizcaba los pezones, me mordía suave, me leía el cuerpo con una precisión que me desarmaba.

Quise correrme, salirme antes de perder el control, pero me sujetó de las caderas y no me dejó moverme. Le pedí por favor que parara, que me iba a venir encima de él, y siguió como si no me hubiera escuchado. Fue, de lejos, el mejor orgasmo que me habían dado solo con la boca. Me deshice sobre él, temblando, con las piernas sin fuerza.

Cuando me soltó, me dio vuelta y me puso en cuatro. Se acercó a mi oído.

—Ahora te voy a dar algo para que no me olvides —dijo—. Pero solo si vos querés.

—Quiero —contesté, aunque la voz me salió más temblorosa de lo que esperaba.

Me juntó las muñecas en la espalda con una mano y con la otra me acomodó. Entró despacio, milímetro a milímetro, con una paciencia que no le conocía. Yo le pedía que fuera suave, que me dolía, y él me hablaba bajito, diciéndome que confiara, que él sabía lo que hacía.

—Despacito —le rogué—. Por favor.

—¿Te duele? —preguntó, sin moverse de más—. Te paro cuando me digas, en serio.

—No pares —admití—. Solo dame tiempo.

Me lo dio. Avanzó de a poco, escuchando cada respiración mía, hasta que el dolor se fue volviendo otra cosa, una mezcla espesa que ya no sabía si quería que terminara. Cuando sintió que yo cedía, me apretó las muñecas un poco más fuerte y empezó a moverse en serio.

—Decime que no estás soñando —murmuró—. Llevo noches imaginando esto.

—Estás despierto —le dije, mordiendo la sábana—. Y yo también.

Me preguntó dónde lo quería, adentro o afuera. Le dije que adentro, que quería todo. No le hizo falta más. Lo sentí endurecerse, perder el ritmo cuidado de antes, y al final me soltó las manos, se inclinó sobre mi espalda y me abrazó por detrás mientras terminaba, todavía dentro de mí, respirando agitado contra mi cuello.

Nos quedamos así un momento, encastrados, sin decir nada. Después me besó el hombro y se apartó.

Me levanté, me bañé, me puse el vestido negro y me fui sin demasiadas palabras. Manejé de vuelta con las ventanillas bajas, dejando que el aire de la noche me ordenara la cabeza.

La regla era no repetir. La había roto por él, y todavía no sé si fue un error o lo único honesto que hice en todo el asunto. Lo que sé es que esta vez no lo bloqueé. A veces una se cansa de protegerse de las únicas cosas que de verdad le gustan.

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Comentarios (5)

SoledadR

Dios mio, senti exactamente eso que describis. Esa lucha interna antes de contestar... tremendo.

PedroCba22

genial!!! una de las mejores confesiones que lei aca

MelancolicaLuna

Me recordo a una situacion similar que viví hace un par de años. Uno sabe perfectamente lo que va a pasar y lo hace igual, jaja. Muy bien contado.

Caro_lectora

Por favor sigue!!! me quede con ganas de saber como termino todo

VeroM_baires

La descripcion del numero desconocido me engancho desde el principio. Se siente muy real, sin nada forzado. Sigue asi!!

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