Lo que Noelia hizo con los amigos de su novio
El salón olía a sudor y a sexo reciente, y un silencio cómodo lo cubría todo, ese silencio espeso de quienes ya se han descargado y solo quieren quedarse quietos un rato. En el sofá, los tres seguían medio vestidos, con esa pereza tibia que deja el placer cuando por fin afloja.
Mateo y Rubén estaban sentados a cada lado de Noelia, los pantalones todavía a media pierna y las pollas ya blandas pero sensibles, brillando un poco bajo la luz baja de la lámpara. Ella ocupaba el centro, con la camiseta subida hasta debajo de los pechos y las manos pegajosas de habérselas trabajado a los dos a la vez hasta hacerlos correr casi al mismo tiempo.
—Joder, qué bonito ha sido —murmuró Adrián, con la voz ronca, sin dejar de acariciarle el muslo a su chica—. Los dos temblando como si nunca los hubieran tocado. Y tú con esa cara de estar disfrutándolo más que ellos.
Noelia rió bajito y se limpió un resto blanco del dorso de la mano con el pulgar.
—Son buenos chicos —dijo, mirando a Mateo y a Rubén con cariño—. Se portan tan bien cuando los toco…
Mateo seguía con la cabeza echada hacia atrás contra el respaldo.
—Eres una maravilla, Noelia. La mejor.
Rubén asintió y le apretó suave el muslo.
—De las veces que más fuerte me he corrido en mi vida.
—¿Sabéis qué? —soltó de pronto Adrián, mirando primero a sus amigos y luego a ella, mientras le ponía las manos en las rodillas para abrírselas un poco más, exhibiéndola con un orgullo casi descarado—. Me he puesto tan caliente mirándoos que creo que deberíamos seguir. Los cuatro. Ahora. En la cama, o aquí mismo. Como queráis.
Hubo un segundo de silencio. Mateo y Rubén se miraron, después miraron a Noelia. Los dos sonrieron a la vez, con esa complicidad de quien ya sabe que la respuesta es sí.
—Yo me apunto —dijo Mateo, sin dudarlo.
—Cuenta conmigo. Si Noelia quiere… —añadió Rubén, ya empezando a endurecerse otra vez solo de imaginarlo.
Noelia sintió el calor subirle por el cuello hasta las mejillas. Se ruborizó de verdad, no era fingido, era ese rubor hondo que le salía cuando algo la excitaba tanto que le daba un poco de vergüenza admitirlo. Bajó la mirada un instante, se mordió el labio y soltó una risa nerviosa, dulce, casi infantil.
—No digo que no… —murmuró, todavía sonriendo, con los ojos brillantes—. Es que siempre me pillas desprevenida con estas cosas, Adrián.
Él se inclinó, le tomó la cara con las dos manos y la besó hondo, lento, demorándose como si quisiera saborear cada segundo.
—Entonces ven —le dijo contra los labios—. Vamos a la cama. Quiero verte entre los tres. Quiero que nos dejes hacerte de todo, y que tú nos hagas lo que te apetezca.
Noelia respiró hondo, el pecho subiéndole y bajándole rápido. Miró a Mateo y a Rubén, que ya se subían los pantalones lo justo para poder caminar.
—Vale —dijo al fin, con esa voz suave que le temblaba un poco de ganas—. Pero id despacio al principio. Quiero sentirlo todo.
Adrián se levantó, la cogió en brazos como si no pesara nada y la llevó hacia el dormitorio. Sus amigos los siguieron, expectantes.
***
La dejó con cuidado en el centro de la cama. Noelia se tumbó boca arriba, las piernas abiertas, todavía sonrojada, todavía riéndose bajito de nervios y de deseo. Se quitó la camiseta y quedó por fin desnuda del todo, el sexo brillante de su propia excitación, y extendió los brazos hacia los tres.
—Venid —susurró—. Quiero sentiros a todos.
Mateo y Rubén se miraron un segundo. Conocían las reglas de Noelia de memoria, porque ella siempre las repetía con esa dulzura suya: si querían el culo, primero tenían que comérselo. No era una orden dura, sino una petición cariñosa que ellos cumplían con devoción, porque sabían que cuanto más la cuidaban, más se entregaba ella.
Adrián se sentó al borde de la cama, se quitó la camiseta despacio y les hizo un gesto con la barbilla.
—Vosotros primero por detrás. Yo miro. Y ya sabéis: salvo que ella os diga lo contrario, lo de delante es solo mío.
—Entendido, tío —respondió Mateo con media sonrisa.
Rubén se arrodilló entre las piernas de Noelia, le agarró los muslos con suavidad y los abrió más, dejándola expuesta del todo. Ella suspiró, se mordió el labio y estiró los brazos hacia atrás para sujetarse al cabecero.
Empezó despacio. Le besó la cara interna de los muslos, subió lamiendo la piel hasta el perineo y luego le pasó la lengua plana por el ano, un lametón largo y húmedo que la hizo arquear la espalda y soltar un gemido dulce.
—Sí… así… —jadeó ella.
Mateo se unió por el otro lado. Se tumbó boca abajo y las dos lenguas se pusieron a trabajar juntas, una rodeando el agujero en círculos lentos, la otra presionando en el centro, buscando entrar un poco. Noelia temblaba, las caderas subiendo solas hacia sus bocas. Ellos no tenían ninguna prisa.
Mientras tanto, Adrián se acercó por arriba. Se arrodilló junto a la cabeza de su novia, le tomó la cara con una mano y la besó hondo, tragándose sus gemidos. Con la otra le acariciaba los pechos, pellizcándole suave los pezones hasta dejarlos duros.
—Estás preciosa así —le susurró—. Dejándote querer por todos.
—Quiero que me folléis ya —jadeó ella—. Pero despacio al principio…
Rubén levantó la cabeza, los labios brillantes.
—¿Lista?
Ella asintió, con los ojos encendidos. Él se puso un condón —porque aunque Noelia tomara la píldora, por detrás y con más de uno siempre usaban protección— y se lubricó bien. Se colocó detrás, le separó las nalgas con cuidado y la fue penetrando despacio, centímetro a centímetro, hasta el fondo, y se quedó quieto un segundo dejándola acostumbrarse.
Mateo se puso de pie junto a Adrián, masturbándose lento mientras miraba, sintiendo otra vez ese hormigueo que anunciaba que volvía a tener ganas.
Adrián, sin decir nada más, se colocó entre las piernas de Noelia. Le rozó el clítoris con el glande y entró de un empujón firme pero suave, notando enseguida el calor de ella apretándolo. Noelia gritó bajito, sintiendo las dos pollas a la vez, una delante y otra detrás. El contraste la volvía loca, esa mezcla morbosa de placer puro y de saberse tomada por varios hombres al mismo tiempo.
—Estáis… tan dentro… —alcanzó a decir entre jadeos.
Adrián empezó a moverse primero, lento y profundo. Rubén siguió su ritmo, entrando y saliendo con cuidado. Noelia se retorcía entre ellos, las manos buscando a Mateo. Él se acercó, le ofreció la polla y ella se la metió en la boca con ganas, la lengua jugando en el glande sin apartar los ojos de él mientras los otros dos la embestían.
Los movimientos se aceleraron poco a poco. Adrián empujaba más fuerte, notando cómo Rubén, lleno por detrás, le apretaba más a ella alrededor.
—Joder, Noelia… estás tan apretada… —gimió Rubén, las manos clavadas en sus caderas.
Noelia se corrió la primera, un orgasmo que le subió desde muy hondo, el cuerpo entero temblando, contrayéndose alrededor de los dos a la vez.
—¡Me matáis…! —gritó, soltando la polla de Mateo, con lágrimas de puro placer corriéndole por las mejillas.
Adrián no aguantó más y se vació dentro de ella con un gruñido. Rubén sintió los espasmos y se corrió también, empujando profundo y abrazándola por detrás. Mateo, que pensaba terminar en su boca, se le salió en el último instante por un giro de la cara de ella y acabó sobre su cara y sus pechos. Noelia se dio cuenta enseguida pero le transmitió con la mirada que no pasaba nada, sonriéndole, en ese estado en el que cualquier guarrada le parecía bien.
Al terminar, los tres se dejaron caer a su alrededor, jadeando. Ella quedó en el centro, con restos de semen, sudor y sonrisas. Adrián le besó la frente, Rubén le acarició el muslo, Mateo le limpió la cara con ternura.
—Eres lo mejor que nos ha pasado —murmuró Adrián.
—Y vosotros a mí —rió ella, exhausta y feliz—. Siempre.
***
El cuarto seguía envuelto en esa tibieza de después, los cuerpos relajados pero todavía pegajosos, el aire oliendo a sexo y a cariño. Noelia estaba tumbada en el centro, con Adrián a un lado acariciándole el pelo, Rubén al otro besándole despacio el hombro, y Mateo un poco más abajo, la cabeza apoyada en su muslo, respirando hondo como si acabara de correr una maratón.
Todos sabían lo de Mateo. No era un secreto que se susurraba con maldad, sino algo que se había hablado abiertamente en el grupo, con la misma naturalidad con que se habla de quién prefiere el café solo o con leche. Mateo tenía un problema en el sistema reproductivo —nada grave, nada que le impidiera disfrutar— que le hacía eyacular muy poco, apenas unas gotas o, a veces, casi nada.
Lo arrastraba con complejos desde hacía años. Se sentía menos hombre, se avergonzaba cuando los demás se corrían a chorros y él apenas mojaba la sábana. Nadie se había burlado nunca, pero le pesaba igual.
Noelia lo sabía mejor que nadie. Por eso, siempre que podía, hacía lo mismo: se aseguraba de que él se corriera en su boca. Tragaba todo, aunque fuera casi nada, para que nadie viera lo poco que salía, para que él no tuviera que bajar la mirada. Lo hacía con amor, con la naturalidad del gesto más sencillo del mundo.
Por eso, antes, salvo aquel descuido en que ella movió la cara y Mateo acabó fuera, cada vez que él se acercaba al límite Noelia se giraba hacia él. Le tomaba la polla con suavidad y se la metía en la boca sin decir nada, chupando despacio, con la lengua plana, mirándolo a los ojos todo el rato. Él gemía bajito, las manos en su pelo sin apretar, solo acompañando. Y cuando llegaba, eyaculaba apenas unas gotas calientes en su lengua.
Noelia tragaba sin dudar, sin apartarse, sin un gesto que pudiera leerse como decepción. Al contrario: seguía chupando suave hasta que él terminaba de estremecerse, y luego subía besándole el vientre, el pecho, hasta su boca.
—Gracias —le susurró él, con la voz rota y los ojos húmedos.
Ella le dio un beso hondo, dejándole probarse a sí mismo en sus labios.
—No me des las gracias. Me encanta. Me encanta sentirte así, tan vulnerable, tan mío. Y me encanta ser yo la que lo guarda todo.
Adrián, que lo había visto todo, le acarició la espalda a su novia y le besó la nuca.
—Eres la mejor con él. Siempre lo has sido.
Rubén asintió y le pasó un brazo por la cintura, a la vez que le guiñaba un ojo a Mateo en un gesto de pura empatía. No hacía falta añadir nada más.
***
Mateo se acomodó al lado de Noelia, apoyado en un codo, mirándola con esa vulnerabilidad que a ella siempre le rompía un poco el corazón. Noelia giró la cabeza hacia él, le sonrió con una ternura infinita y le puso la mano en la mejilla.
—Ven aquí —susurró, con voz ronca pero suave.
Él se inclinó despacio y sus labios se encontraron en un beso lento, hondo, lleno de consuelo, como si ella le dijera sin palabras: «estoy aquí, lo sé todo y te quiero igual». Noelia le acariciaba el pelo mientras lo besaba, la lengua rozando la suya con delicadeza. Mateo gimió bajito contra su boca, no de placer esta vez, sino de puro alivio: sabía que ella lo aceptaba tal como era, sin comparaciones ni juicios.
Mientras tanto, Adrián y Rubén no paraban. Adrián estaba entre sus piernas, de rodillas, con la cara enterrada en su sexo, lamiéndole el clítoris con movimientos lentos y precisos, la lengua plana subiendo y bajando.
—¡Adriááán…! —jadeó ella entre besos, sin querer separarse del todo de Mateo, porque sentía que aquel era un momento solo entre ellos dos.
Rubén estaba detrás, también de rodillas, abriéndole las nalgas con cuidado. Le comía el culo con devoción, la lengua rodeando el agujero ya sensible, presionando en el centro y volviendo a salir para lamer alrededor en círculos amplios. Noelia arqueaba la espalda, restregándose contra su boca, pero su atención seguía en Mateo: le besaba el cuello, le mordía suave el lóbulo de la oreja, le susurraba contra la piel.
—Eres perfecto. No cambies nunca —le pidió, con las puntas de las narices tocándose cada vez que se juntaban los labios—. Me encanta tenerte así.
Mateo cerró los ojos, con alguna lágrima asomando, pura felicidad. Le puso una mano en el pecho, justo sobre el corazón, y sintió cómo latía fuerte mientras los otros dos la trabajaban abajo.
Adrián levantó la cabeza un segundo, los labios brillantes, y miró a su amigo con una sonrisa cómplice.
—Está empapada por ti también, ¿sabes? Todo esto es por lo bien que te portas con ella.
Rubén asintió sin apartar la lengua. Noelia rompió el beso solo para girar un poco la cabeza, besar a Mateo en la frente y volver a su boca, más hondo aún, como si quisiera tragarse toda su inseguridad y mantenerle la mente demasiado ocupada como para volver a dudar.
Abajo, Adrián le metió dos dedos mientras seguía lamiéndole el clítoris, curvándolos hacia arriba para rozar ese punto que la hacía temblar.
—¡Sigue…! —chilló ella, incapaz de contenerse.
Rubén la preparó otra vez con un dedo lubricado de saliva, moviéndolo despacio, y Noelia pegó un respingo, apretando los dientes en una sonrisa de placer al sentir aquel cosquilleo que, aun no siendo del todo cómodo, tenía su morbo.
Y así se corrió, entre los besos amorosos con Mateo y las bocas y los dedos de los otros dos. El orgasmo fue suave pero profundo, un temblor largo que le recorrió todo el cuerpo. Gimió dentro de la boca de Mateo, y él la abrazó fuerte, como si quisiera sostenerla entera.
—¡Me matáis de gusto…! —alcanzó a decir antes de quedarse sin aire.
Cuando pasó la ola, se separó un poco de Mateo, solo para mirarlo a los ojos.
—Gracias por dejarme quererte así. Gracias por ser tú.
Mateo sonrió, por fin sin vergüenza.
—Y gracias a ti, por no dejarme sentir menos.
Adrián y Rubén subieron despacio, se tumbaron alrededor, y los cuatro se enredaron en un abrazo múltiple: besos suaves, caricias lentas, respiraciones que se iban calmando juntas. Ya nadie tenía prisa por seguir. Solo quedaban el cariño y esa certeza absoluta de que, en aquel grupo, nadie se quedaba fuera y nadie se sentía menos. Y Noelia, en el centro, seguía siendo la que más daba, porque sabía que recibía el doble.