Mi primera vez fue con un cliente de la firma
Me llamo Renata, tengo veinticuatro años y hace apenas un mes que recibí mi título de contadora. Toda mi vida fui la rellenita del grupo: caderas anchas, muslos gruesos, la barriga suave y, sobre todo, unas tetas enormes y naturales que parecían no tener fin. Desde la adolescencia me acomplejé tanto que aprendí a esconderme debajo de blazers dos tallas más grandes, blusas serias de cuello alto y pantalones oscuros que no marcaban nada.
Nada de escotes, nada de faldas, nada de moda. Me sentía invisible y, al mismo tiempo, demasiado expuesta por ser la «gorda». Nunca había tenido novio, nunca un beso de verdad, nunca sexo. Mis amigas contaban sus aventuras del fin de semana y yo solo sonreía y cambiaba de tema antes de que me preguntaran por la mía.
En el estudio donde acababa de entrar me asignaron acompañar a un cliente importante a una reunión larga. No era gran cosa: tomar notas para una minuta y, sobre todo, explicarle en palabras simples lo que los demás daban por entendido. El hombre había pedido «alguien que tuviera paciencia para enseñarme». Me tocó a mí.
Se ofreció a pasar a buscarme. Cuando lo vi bajar del auto, me quedé sin aire. Don Matteo, italiano, cincuenta y tres años, alto, con el pelo gris ondulado, la barba bien recortada, los ojos de un verde imposible y una sonrisa bonachona que te desarmaba en el primer segundo. Llevaba un traje gris impecable, pero sin corbata, como si el día no mereciera tanta formalidad.
—¡Bellissima contadora! —dijo abriéndome la puerta—. Grazie por acompañar a este pobre viejo, eh.
Me sonrojé hasta las orejas y apenas murmuré un «de nada». Que alguien así me llamara bella, aunque fuera por cortesía, ya era más de lo que esperaba de ese día.
La reunión se extendió desde las nueve de la mañana hasta pasadas las tres de la tarde. Agotador. Al salir, él me miró con esa calidez suya.
—Debes estar muerta de hambre, piccola. Aquí cerca hay una trattoria como las de mi pueblo. El dueño es amigo mío de toda la vida. Ven, invito yo, y no acepto un no.
El lugar era pequeño y cálido, con olor a ajo, tomate y albahaca fresca. El dueño salió de la cocina gritando «Don Matteo! Che piacere!» y lo abrazó como a un hermano. Nos sentaron en una mesa del fondo, medio escondida, iluminada apenas por una vela metida en una botella de vino vacía.
—Hoy ando serio porque vengo con mi contadora —bromeó Matteo—. No me hagas quedar mal, Gianni.
Pero cuando me miró, sus ojos bajaron un segundo hacia mi escote escondido bajo el blazer, y volvieron a subir con una sonrisa distinta. Una que me hizo arder las mejillas y apretar el tenedor sin saber por qué.
***
Esa misma noche me llegó el primer mensaje. Después, todos los días. Fotos de la comida que cocinaba, memes malísimos, consejos tontos, audios largos en los que mezclaba el español con el italiano cuando se entusiasmaba. Sin darme cuenta, Matteo se había convertido en mi amigo. El único con el que me animaba a hablar de cosas que jamás le había dicho a nadie.
Una tarde gris, después de un día horrible, le escribí sin pensarlo: «A veces siento que nunca le voy a gustar a nadie». Respondió al instante.
—Ven a mi oficina al rato. Te invito una copa de vino y lo hablamos. Solo hablar, eh. Te lo prometo.
Llegué con el estómago hecho un nudo. Su secretaria me dejó pasar sin levantar la vista, como si me esperara. La oficina era enorme: ventanales del piso al techo, un escritorio de caoba que olía a barniz y un sofá de cuero negro tan grande que parecía tragarse la pared. Matteo me recibió con dos copas de tinto y esa sonrisa de siempre. Nos sentamos en el sofá, demasiado cerca.
—Cuéntame, piccola. ¿Qué te pasa?
Y le conté todo. Que tenía veinticuatro años y seguía siendo virgen. Que los chicos no me miraban. Que mis amigas tenían parejas y yo me sentía fea, gorda, invisible. Las palabras me salieron entre lágrimas, sin filtro, como si llevaran años esperando.
Él me escuchó serio, pero con una ternura que me desarmó.
—Cada quien va a su ritmo, Renata. Lo importante es saber qué quieres de verdad.
—Quiero que me vean… pero soy fea.
—¡Madonna! ¿Cómo puedes decir algo así? —exclamó, casi ofendido—. No eres fea. Te escondes, que es muy distinto. Quítate ese blazer. Déjame ver qué hay debajo de tanta tela.
Dudé. El corazón me golpeaba en la garganta. Pero obedecí. Me quité el blazer enorme y lo dejé sobre el brazo del sofá. La blusa blanca se tensó sobre mi pecho, los botones luchando por no saltar.
—Ahora desabrocha esa blusa, bella.
Solté dos botones con dedos torpes. Él se acercó y sus manos grandes y cálidas rozaron mi piel.
—Permíteme.
Soltó el tercero, el cuarto, y siguió hasta abrirla por completo. Bajó la tela despacio por mis hombros. Quedé en sostén negro, las tetas enormes apenas contenidas por las copas, la carne blanca desbordando por los costados. Me puse roja como un tomate y crucé los brazos por instinto.
—No te tapes —dijo en voz baja—. Ponte de pie. Vamos a quitar también el pantalón. Quiero ver qué escondes debajo de tanta armadura.
—No… no puedo —susurré.
—Solo quiero ayudarte a recuperar la confianza. Nadie va a entrar. Pero si te sientes más tranquila, ve tú misma y ponle el seguro a la puerta.
Fui, temblando, y giré la llave. El clic de la cerradura sonó como un trueno en aquel silencio. No hay vuelta atrás, pensé, y una parte de mí, una que no conocía, sonrió por dentro.
Cuando volví, él me miraba con unos ojos hambrientos y al mismo tiempo dulces.
—Ahora, frente a mí. Sin pantalón.
Me lo bajé despacio, dejando los muslos gruesos al aire, la barriga suave expuesta. Quedé en bragas y sostén en medio de aquella oficina inmensa, con la luz de la tarde entrando por los ventanales y un hombre que me devoraba con la mirada.
Él se levantó y me recorrió de arriba abajo, sin prisa.
—Yo veo a una mujer hermosa. Sexy. Con un cuerpo que vuelve loco a cualquiera.
—Lo dices para que me sienta bien, porque eres mi amigo…
***
Entonces tomó mi mano y la apoyó sobre su entrepierna. Sentí su polla dura y gruesa, latiendo bajo la tela del pantalón, tan grande que la palma no me alcanzaba para abarcarla. Aparté la mano por reflejo, pero él la sostuvo ahí y me obligó a apretar, a recorrerla de arriba abajo por encima del pantalón.
—Créeme, la amistad no provoca esto —dijo con la voz ronca—. Mira lo que le haces a un hombre sin siquiera tocarte. Estoy que reviento por ti, piccola.
Me quedé electrizada. Mi cuerpo empezó a responder por su cuenta: los pezones se endurecieron contra la tela del sostén, sentí una humedad caliente empapándome las bragas, la respiración se me volvió corta y desigual. Nunca, en veinticuatro años, había deseado tanto algo.
—¿Me dejas ver más? —pidió—. Por favor.
Asentí, apenas, con la cabeza.
Se acercó por detrás y, con una habilidad que me sorprendió, desabrochó mi sostén de un solo movimiento. Mis tetas cayeron pesadas y libres, los pezones grandes y oscuros duros como piedras, apuntando hacia él. Escuché su respiración cortarse a mis espaldas y sentí sus manos subir por mis costillas hasta atrapar cada teta por debajo, sopesándolas, como si midiera cuánto le cabía en cada palma. Sus pulgares raspaban los pezones y yo mordí el labio para no gemir.
—Madonna santa… nunca vi unas tetas así —murmuró contra mi nuca—. Naturales, pesadas, hechas para que un hombre se pierda en ellas.
Después se arrodilló y bajó mis bragas despacio, rozando con los nudillos la cara interna de mis muslos. La tela salió empapada, con un hilo brillante que se estiró y se cortó contra mi coño. Él lo vio y sonrió.
—Mira cómo estás, bella. Chorreando. Y todavía no te hice nada.
Quedé completamente desnuda, expuesta como nunca lo había estado ante nadie, con las piernas separadas por instinto y el coño palpitando al aire.
—Déjame tocarte —murmuró contra mi vientre—. Déjame probarte, por favor.
Moví la cabeza para decir que sí, incapaz de pronunciar una palabra.
Tomó una de mis tetas con ambas manos y la levantó hacia su boca, la lengua caliente rodeando el pezón antes de cerrarlo entre los labios y chupar fuerte, con hambre, como si quisiera arrancármelo. Después soltó y pasó a la otra, mordisqueándola despacio, tirando con los dientes hasta que gemí alto. Su otra mano bajó por mi vientre, paciente, hasta abrirse paso entre mis piernas y encontrar mi coño hinchado y mojado.
Sus dedos separaron los labios y encontraron mi clítoris sin dudar. Empezó a frotarlo en círculos lentos, resbalando en toda mi humedad, mientras me chupaba las tetas con una intensidad que me sacaba el aire. Yo me arqueaba contra su mano, perdida, jadeando cosas que ni siquiera entendía, apretándole la cabeza contra mis pezones.
—Dilo, Renata. Dime qué quieres.
—No sé… no sé —balbuceé—. Más… más fuerte, por favor…
—¿Aquí? —susurró, apretándome el clítoris entre dos dedos.
—Sí… ahí… ay Dios…
Cuando deslizó un dedo dentro de mí sentí un ardor breve, distinto, y solté un quejido agudo. Curvó el dedo hacia arriba, buscando algo en el fondo, y me arrancó un gemido gutural que no reconocí como mío. Añadió un segundo dedo, con cuidado, estirándome despacio, y empezó a bombear al ritmo de los círculos que su pulgar dibujaba sobre mi clítoris.
—Tan apretada —susurró contra mi oído, chupándome el lóbulo—. Tan cerrada, piccola. Un coño virgen de verdad. Me estás mojando la mano entera.
Oír esas palabras sucias saliendo de esa boca elegante fue lo que me terminó de romper. El primer orgasmo de mi vida me golpeó como una ola que no avisa. El cuerpo entero me tembló, los gemidos salieron altos, sin vergüenza, y me aferré a sus hombros como si fuera a caerme de un acantilado. Sentí mi coño apretarle los dedos en espasmos, la humedad chorreándome por los muslos, y él siguió frotándome hasta el último temblor. Nunca había sentido nada parecido. Ni de lejos.
***
Cuando por fin abrí los ojos, él me sonreía con una calma que me dio paz y vértigo a la vez. Se llevó los dedos empapados a la boca y los chupó sin dejar de mirarme, saboreándome como si fuera algo caro.
—Deliciosa —dijo—. Ahora quiero probarte desde la fuente.
Me ayudó a recostarme sobre el cuero fresco del sofá y me abrió las piernas de par en par, sin permitirme cerrarlas ni un poco. Se arrodilló entre mis muslos gruesos y me miró el coño de cerca, abriéndolo con los pulgares, examinándolo como quien descubre un tesoro.
—Rosa, hinchado, brillante. Todo mío por un rato, ¿verdad, bella?
—Todo tuyo —susurré, sin reconocerme.
Bajó la boca y me dio el primer lengüetazo largo, de abajo hacia arriba, lento, apretando la lengua contra el clítoris al final. Me arqueé y solté un grito ahogado. Él sonrió contra mi coño y volvió a hacerlo, y otra vez, y otra, hasta que empezó a girar la lengua en círculos rápidos sobre el clítoris, mientras metía otra vez dos dedos y los movía dentro de mí con un ritmo constante.
Le agarré el pelo gris con las dos manos, sin saber si empujarlo o apartarlo, y él gimió contra mi carne, un ronroneo grave que me vibró entero por dentro. Me chupaba el clítoris entero, encerrándolo entre los labios y tirando suave, y volvía a la lengua, sin darme tregua. Yo me retorcía sobre el cuero, las tetas bamboleándose con cada sacudida, la boca abierta jadeando obscenidades que jamás había pronunciado.
—Sí… sigue… no pares, por favor, no pares…
El segundo orgasmo me pegó más fuerte que el primero, me sacudió las caderas contra su cara y él no se apartó: se quedó ahí, bebiéndose todo lo que salía de mí, con la barba empapada, hasta que dejé de temblar.
Levantó la vista, los labios brillantes, los ojos verdes negros de deseo.
—Eres virgen de verdad —dijo—. Tan cerrada, tan intacta. Sería un crimen apurar esto y romperte aquí, sobre un sofá, con un teléfono sonando en cualquier momento.
—No pares… —rogué, y me sorprendió mi propia voz.
Sonrió y se subió sobre mí. Sentí el bulto duro de su polla apretándose contra mi coño empapado por encima del pantalón, y por reflejo empujé las caderas hacia arriba, buscándolo. Él se rió bajito y me besó los labios por primera vez, un beso profundo, con lengua, sabiendo yo a mí misma en su boca.
—Mira cómo te pusiste, cachorra. Ya ni siquiera quieres esperar.
—Quiero verte —susurré, atrevida por primera vez en mi vida—. Déjame verla. Aunque no sea hoy. Déjame verla.
Se incorporó, se soltó el cinturón y bajó pantalón y calzoncillo de un tirón. Su polla saltó dura, larga, gruesa, con la punta roja y una gota brillante en el glande. Se me secó la boca. Nunca había visto una de verdad, solo en las pocas veces que había espiado un video, y en persona era otra cosa: pesada, viva, latiendo al ritmo de su pulso.
—Tócala —dijo con voz áspera, tomándome la mano y llevándomela hasta ahí—. Sin miedo. Cerrá los dedos alrededor.
La agarré y sentí el peso, la piel caliente, la vena gruesa que la recorría por debajo. La moví arriba y abajo, torpe, y él soltó un gemido grave que me hizo apretar los muslos.
—Así, piccola, así. Ahora la boca. Solo probala. Sin apuro.
Me incorporé un poco y saqué la lengua. Le lamí la gota del glande primero, salada, distinta, y después abrí los labios y me metí la punta en la boca. Él siseó entre los dientes y me acarició el pelo, guiándome despacio, sin forzar.
—Eso, chúpala suave. Con la lengua. Sin dientes. Perfecta, bella, perfecta.
La chupé unos minutos largos, aprendiendo, cerrando los labios más fuerte cada vez, mientras con la mano subía y bajaba en la base. Sentí el sabor cambiar, más denso, y él me tiró suave del pelo para sacármela de la boca.
—Basta, o te termino en la cara ahora mismo, y esa primera vez no va aquí.
Me apartó un mechón de pelo de la cara con una ternura que no encajaba con la polla dura apoyada contra mi mejilla.
—¿Quieres dejar de ser virgen, Renata?
—Sí —susurré sin dudar.
—Entonces déjame preparar algo a la altura. No será aquí, entre papeles y teléfonos que suenan. Tu primera vez merece otra cosa. Ven a mi casa el sábado. Cena, vino, velas. Y después te enseño, sin prisa, todo lo que un hombre puede hacerle a una mujer como tú. Te voy a follar despacio, hasta el fondo, hasta que te olvides de tu propio nombre.
Asentí, todavía temblando, con las piernas empapadas y el sabor de él todavía en la boca, sin terminar de creer que esa mujer entregada y desnuda fuera yo. Mientras me ayudaba a vestirme, abrochándome los botones uno a uno como si desarmara con cuidado lo que él mismo había encendido, supe que algo en mí se había roto para siempre. La coraza que llevaba años cargando.
Ese sábado, cuando crucé la puerta de su casa y sentí el olor a vino y a velas, supe que mi vida acababa de cambiar. Y que, por primera vez, alguien me veía de verdad.