Lo que viví con el amigo de mi primo en Formentera
A Lorenzo lo conocí un verano en Formentera, cuando todavía no sabía que aquel viaje me iba a cambiar la manera de mirar a los hombres. Era amigo de mi primo Daniel, y desde el momento en que nos lo presentó en el muelle, entendí que entre ellos había algo más que una simple amistad de bar.
Daniel y yo crecimos como hermanos. Él tiene cuatro años más que yo, y como soy hijo único, siempre lo vi como el hermano mayor que me hubiera gustado tener. De pequeños nos bañábamos juntos, dormíamos en la misma habitación cuando me quedaba en casa de mis tíos, y nos contábamos absolutamente todo. Cuando él me dijo, con catorce años, que le gustaban los chicos, no me sorprendió ni me pareció raro. Para mí siguió siendo Daniel, mi primo, mi cómplice.
En aquella época de descubrimientos también nos masturbamos juntos más de una noche bajo las sábanas, riéndonos en voz baja para que no nos oyeran sus padres. Cosas de la edad, de las primeras curiosidades, de no saber muy bien qué hacer con un cuerpo que de pronto te pide cosas raras.
Ya de mayores, la costumbre de pasar parte del verano juntos se mantuvo. Cada agosto buscábamos una semana en alguna isla, alquilábamos un apartamento barato y nos dedicábamos a no hacer absolutamente nada productivo. Aquel año tocó Formentera, y allí nos esperaba Lorenzo.
Lorenzo había nacido en la isla, pero sus padres eran italianos, de un pueblo cerca de Nápoles. Hablaba español con un leve acento que convertía cada palabra suya en una invitación. Era alto, delgado, fibroso del gimnasio y del trabajo físico, con la piel tostada de pasar meses al sol y unos ojos castaños tan claros que parecían dorados al atardecer. El pelo le caía sobre los hombros, y tenía esa manera italiana de tocarte mientras hablaba —en el brazo, en el hombro, en la nuca— que a los tres días ya no sabías si era simpatía o algo más.
Desde el primer momento di por hecho que él y Daniel habían estado juntos en algún momento, o lo estaban todavía, o lo estarían pronto. Daba igual. Lorenzo me acogió como si me conociera de toda la vida, y los tres nos hicimos inseparables esa semana. Por las mañanas, playa y resaca. Por las tardes, siestas eternas. Por las noches, cenas, copas y baile hasta perder la noción de la hora.
—¿Estás seguro de que aguantas otra ronda? —me preguntó Daniel la cuarta noche, ya casi sin enfocar la vista.
—Yo aguanto lo que haga falta —contesté.
—Mentira —se rió Lorenzo, pasándome el brazo por encima del hombro—. Mañana te llevamos a rastras al ferry.
Acabábamos siempre en el mismo sitio: un chiringuito-discoteca con la pista hundida en la arena, donde la música no paraba hasta que amanecía. A esas horas, cuando ya quedaba poca gente seria y mucha pasada de copas, la playa alrededor se convertía en otra cosa. Parejas que se metían entre las hamacas a meterse mano. Grupos que se reían y se besaban en cualquier rincón oscuro. Algún solitario masturbándose en la orilla pensando que nadie lo veía. Un pequeño caos sexual al aire libre que nadie parecía considerar fuera de lo normal.
Yo, que siempre me he reconocido bisexual aunque casi nadie en mi entorno lo supiera, miraba aquello con un cosquilleo difícil de disimular. Me excitaba ver tanto cuerpo medio desnudo, tanta urgencia, tanta gente perdiendo el control delante de desconocidos. Lorenzo se daba cuenta. Me lanzaba miradas largas y se mordía el labio, y yo apartaba la vista hacia mi primo, que entre risa y risa se iba quedando sin fuerzas.
***
La quinta noche, Daniel directamente se desmoronó en una hamaca y se quedó frito. Ni siquiera llegamos a discutir si lo llevábamos al apartamento. Lo arropamos con su sudadera, le pusimos la mochila debajo de la cabeza y lo dejamos roncar como un bendito.
Lorenzo y yo nos tumbamos en la hamaca de al lado, con dos copas a medio acabar y la espalda apoyada en la lona. Hablábamos en susurros, no fuera a despertarse mi primo, aunque ya estaba claro que no se despertaba ni con un cubo de agua encima.
A pocos metros, justo enfrente, una pareja había empezado lo suyo. Una chica menuda, rubia, de pelo corto y una cara aniñada, estaba arrodillada en la arena entre las piernas de un chico negro, alto, fornido, bastante mayor que ella. Lo que el tipo llevaba entre las piernas no se podía ignorar: una polla larga, gruesa, oscura, que la rubia intentaba tragar con una entrega impresionante. Cada vez que se le escapaba, soltaba una risita y volvía al ataque sin rendirse.
Lorenzo y yo fingimos durante un rato no mirar. Hablábamos del mar, del día siguiente, de cualquier tontería. Pero la atención se nos iba sola, y los dos lo sabíamos perfectamente.
—Vaya pieza tiene el chaval —dijo él por fin, en voz baja.
—Y la rubita que no se rinde —contesté—. Mira cómo le tiembla la mano al sujetársela.
Lorenzo se rió. Una risa corta, ronca.
—No me dirás que no te has puesto cachondo.
—¿Tú qué crees? No soy de piedra.
—Pues tiene fácil arreglo.
Lo dijo así, como quien comenta el tiempo. Me giré para mirarlo y él se encogió de hombros, todavía sonriendo.
—¿Qué quieres decir?
—Te la sacas y te la meneas un rato. Aquí nadie mira. Y si miran, peor para ellos.
—¿Qué clase de pervertido te crees que soy?
—Pues uno como yo —contestó.
Y, sin más, se aflojó el nudo de los pantalones y se sacó la polla delante de mí.
La tenía larga, más bien delgada, totalmente depilada, con los huevos prietos y rosados. La cabeza era pequeña y brillaba bajo la luz tibia del chiringuito. La cogió con la mano izquierda y empezó a tocársela con calma, sin prisas, como si estuviera solo en su habitación.
—¿Te animas?
No contesté. Volví la cara hacia la pareja, que ahora estaba en otra fase: ella a cuatro patas en la arena, él detrás, agarrándola por las caderas y entrando y saliendo con una cadencia brutal. Cada empujón le arrancaba un gemido a la rubia, gemidos que el ruido de la música tapaba sólo a medias.
Tragué saliva. Noté la polla apretándome contra la tela del pantalón. Y, sin pensarlo demasiado, hice lo mismo que él: solté el botón, bajé la cremallera y me la saqué.
—Joder —murmuró al verla—. Vaya con el primito. La tienes gorda de verdad.
Yo no dije nada. Solo bajé la mano y empecé a tocarme, despacio al principio, mientras seguía mirando a la pareja de enfrente. Era la primera vez en mi vida que me masturbaba al aire libre, rodeado de gente, con un tío al lado haciendo lo mismo. Y, lejos de ponerme nervioso, me ponía como un animal.
***
Lorenzo alargó la mano de pronto y, antes de que yo entendiera bien lo que pasaba, su palma envolvió mi polla. Le miré de reojo. Él me sonreía, todavía masturbándose con la mano que le quedaba libre.
—Déjame —dijo—. No la sueltes tú, déjame a mí.
Abrí las piernas un poco más, me dejé caer hacia atrás contra la lona de la hamaca y obedecí. No me lo pensé. No me hizo falta pensarlo. Lorenzo se humedeció la mano con saliva, recogió un poco más con la lengua, la pasó por mi capullo y empezó a hacer un giro suave con la palma, como si estuviera puliendo algo precioso. Era una paja distinta a todas las que me había hecho yo mismo. Más lenta, más experta, más pendiente de mis reacciones que de su propio ritmo.
Sentía cómo subía la sangre, cómo la piel se me ponía caliente, cómo cada movimiento suyo me arrancaba un suspiro que tenía que tragarme para no despertar a Daniel. La música tapaba casi todo, pero igual me daba vergüenza.
Esto no me está pasando a mí, pensaba mientras lo miraba.
Le miré la polla a Lorenzo. La tenía más hinchada que antes, brillante, asomando por encima del puño cerrado. Sin decir nada, alargué la mano y se la cogí. Él soltó un pequeño jadeo, casi de sorpresa, y se dejó hacer.
Ahora nos pajeábamos el uno al otro, tumbados en la misma hamaca, escondidos a medias entre las sombras del chiringuito, con la pareja de enfrente como banda sonora visual. La rubia ya no estaba a cuatro patas: ahora cabalgaba al chico, con las manos apoyadas en su pecho, las tetas pequeñas saltando, el culo blanco bajando y subiendo contra los muslos oscuros de él. Cada vez que se sentaba a fondo, soltaba un grito agudo que se mezclaba con la canción de moda de aquel verano.
Yo ya no sabía dónde estaba la realidad. El alcohol, la música, los gritos de la chica, la mano de Lorenzo, su polla en la mía. Todo se mezclaba en una sola sensación.
Sin pensarlo —y eso es lo más raro de todo, porque yo no había hecho nunca algo así—, me incliné, bajé la cara hacia su regazo y me la metí en la boca.
Lorenzo dio un respingo. Levantó la pelvis, sorprendido, y la mitad de su polla me entró de golpe. Le oí soltar un «joder» entre dientes. Le sujeté la base con la mano para controlar el ritmo y empecé a chuparla despacio, midiendo lo que podía aguantar, dejando que mi lengua hiciera el resto.
Al levantar la vista, los ojos de la rubia estaban fijos en nosotros. Seguía moviéndose encima de su chico, pero sonreía mirándome a mí, con una cara de puro vicio que me terminó de poner ciego. Le sostuve la mirada, le di un par de lametones largos a Lorenzo sin dejar de observarla, y le saqué una sonrisa todavía más amplia.
Lorenzo no aguantó mucho. Le subió un temblor por toda la pierna, me apretó la nuca con una mano sin llegar a empujarme, y soltó un gemido más grave que los anteriores. Le saqué la polla justo a tiempo, seguí pajeándolo y vi cómo le brotaba un chorro espeso que le cayó en el ombligo y otro en la mano que aún me sujetaba.
—Te toca —susurró él, todavía agitado.
Me puse en pie delante de la hamaca. Lorenzo se incorporó, me cogió la polla con las dos manos, me pajeó con fuerza y me chupó la cabeza al mismo tiempo. Notaba la lengua dándome vueltas, los dedos apretando la base, y la pareja de enfrente todavía en lo suyo, mirándonos. Empezó a subirme ese cosquilleo desde dentro, el aviso de que no quedaba mucho.
—No quiero acabar dentro —le avisé en voz baja.
Él se apartó un segundo y volvió a masturbarme con la mano. La rubia, justo en ese momento, miraba directamente hacia mí, con la polla del otro todavía dentro, una mano en su propio pecho y la otra apoyada en la arena. Bastó eso. Solté un gemido seco y me corrí a chorros largos, espesos, blancos, que cayeron en la arena delante de ella. La oí reír. Soltó dos arcadas seguidas, tosió, y por las comisuras de la boca le bajaron dos hilos finos del semen del chico negro, que había acabado al mismo tiempo sin que yo me diera cuenta.
***
Amaneció a los pocos minutos. La pareja se vistió en silencio y se fue cada uno por su lado, sin despedirse, como si nada de aquello hubiera pasado. Lorenzo se ató otra vez los pantalones, me dio una palmada en el muslo y se levantó.
—Despertamos al primo y a casa —dijo—. Como si no hubiera pasado nada.
Daniel seguía roncando como un bendito. Le costó volver en sí, y cuando lo conseguimos, ni preguntó qué habíamos hecho ni le importó. Volvimos los tres tambaleándonos hacia el apartamento, con el sol ya alto, y yo notaba la mano de Lorenzo en mi espalda como una marca que solo yo podía ver.
Nunca le conté a Daniel lo que pasó esa noche. Y Lorenzo, aunque me escribió un par de veces después del verano, terminó por desaparecer de mi vida como aparecen y desaparecen muchas cosas en agosto.
Pero cada vez que vuelvo a una playa, cada vez que oigo música a las cinco de la mañana y huelo a sal, a alcohol y a tabaco, me acuerdo de Formentera. De la rubia que me sonreía mientras me corría. Y de Lorenzo, con esa polla larga y esa manera italiana de tocarme que no he vuelto a encontrar en ningún otro hombre.